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Full text of "Los años terribles"

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1 

1 Fotm No. 673 









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1 1 



http://archive.org/details/losanosterriblesOOtost 




^m'^m 



EN PRENSA, EL ÜLTIIVIO TOMO, 
QUE SE TITULARÁ: 

= CARflBOBO = 

EN PREPARACIÓN: 

JACOBILLA 

NOVELA DE VIAJES Y COSTUMBRES EXÓTICAS. 



-n 



1 

s 


EPISODIOS VENEZOLANOS 


1 


F. tOSTA GARCÍA 


i 

i 


ep Mlcrofiímed 

SOLINET/ASERL PROJECT 
1990-92 


y 

1 . 


íiOS AHOS TEHKiBIiES 




.,M,VEB81TY OF NORTH CAEOUNA 



I 



GARAGAS 

TIPOGRAFÍA «LA SEMANA» 

DE EÜMULO A. GARCÍA 

1907 




' 1. 



f "^ ir* 



LOS AÑOS TERRIBLES 



i Que impresiones tan diversas, cuántas aciagas, 
alternativas, las de aquella recia campaña de 1814 í 

¡ Qué cambios tan rápidos, qué marchar tan in- 
cesante el de uno y otro ejército, qué huracán de des- 
venturas y qué pelear tan sin descanso ! 

La tierra reñida con el arado y la escardilla, re- 
gada con sangre de criollos y de iberos y abonada 
con los detritus humeantes de tantos hombres y de 
tantos caballos muertos, alimentaba en su seno la 
savia con* que había de nutrirse el árbol de la Liber- 
tad y de la Independencia que, con tantos sacrificios 
plantado, estaba á punto de secarse nuevamente por 
descuidos y faltas garrafales. 

Luis Reyes, principal protagonista de esta au- 
téntica relación, sin duda alguna agobiado por tantos 
bélicos lances y por tan vertiginosas transiciones del 
triunfo á las derrotas y del buen éxito á las catástrofes, 
concretándose á lo publico y general y haciendo caso 
omiso de lo personal y privado, olvidó referir en el 
anterior libro, cuando le cedimos la palabra, que en la 
gran concentración de tropas hecha en Valencia, antes 
del máximo encuentro con Cagigal, tuvo el placer de 
reunirse una vez más con su excelente amigo, Luis San- 
tinelli; quien incorporado, como sabemos, á la brillante 
división de TJrdaneta, se batió con su conocida bravura^ 
en la mencionada acción, acompañado, como siempre, 
de su muy leal y esforzado teniente, el apócrifo Víctor 



4220 23 



4 F. TosU Garc/a 

Eomber, alias el Inglesito, ó sea de la heroína occi- 
dental, Estefanía Garguera. 

Obligado por el solemne compromiso personal de 
absoluta discreción y reserva, hecho con su antiguo 
conmilitón, en contra de toda su voluntad, porque los 
vehementes impulsos de su no extinguida pasión le 
aguijoneaban, dando tortol á sus íntimos deseos, tuvo 
que hacerse el desentendido, que sacrificar los arran- 
ques de su alma, y verse en el caso mortificante de 
encontrarse en varias ocasiones con ella frente á fren- 
te y hacerse el extraño, por más tentaciones que tu- 
viera, de levantar el velo, descubrirse á solas con la 
insigne caroreña, echar á un lado el seudónimo, man- 
dar á paseo las conveniencias y las insignias con que 
sé ocultaba, sacando á relucir su verdadero nombre y 
sexo ; pero lo repito, la palabra empeñada á su 
compañero y amigo, y el temor de disgustarlo, fueron 
la causa de que no se diera jamás por notificado de 
que era poseedor de tal secreto, con tanta más razón 
cuanto que ella, positiva ó ficticiamente, se mostraba 
de continuo muy seria al encontrarse con el, aparen- 
tando no conocerle. 

El 13 de junio del malhadado año referido, hallá- 
base nuestro héroe con su batallón en Villa de Cura, 
incorporado al ejercito expedicionario, que á las, órde- 
nes del general Ensebio Marino, estaba acantonado en 
dicha población, llave del Llano, con el objeto de 
hacer frente á Boves que, según informes fidedignos, 
se había movido de Calabozo con numerosas fuerzas 
de caballería e infantería. 

Allí estaba también Santinelli, con casi todos sus 
antiguos guerrilleros, los cuales hacían parte del 
cuerpo que mandaba Jalón, á cuyo cargo estaba la 
artillería. 

Quiso la casualidad que á los dos camaradas los 
acuartelaran en la esquina llamada "El Pozóte," en 
dos casas contiguas, motivo por el cual siempre esta- 
ban juntos y frecuentemente se les incorporaba Rufi- 
no Peralta, en los ratos libres que le dejaba su servi- 
cio en el Estado Mayor. 



Los Años Terribles 5 

La noche del referido día, después que habían 
cenado en compañía, versaba como de costumbre, la 
conversación sobre el tema permanente de la guerra. 

-^Mi corazón es muy leal, señores, y no me ha 
engañado nunca — dijo don Luis, tomando los últi- 
mos tragos de su taza de cafe y encendiendo un 
tabaquillo negro — me siento inquieto, nervioso, con- 
trariado y se me imagina que estamos en el borde 
de un abismo .... 

— ¿ Y por que razón ? — le interrumi)ió Reyes, sor- 
prendido — ¿que está sucediendo para que se halle 
usted dominado por ideas tan pesimistas? 

. — Hola, mi querido amigo, — contestó el veterano, 
sonriendo — conque viene usted ahora á hacerse el 
tonto de capirote y aparenta no comprender, cuando 
9,ntes nos entendíamos pefectamente en todas nues- 
tras apreciaciones ? Pues oiga, "po. que escuche, como 
dice mi asistente cuando está canfareado, le voy á 
hablar más claro, con la franqueza que acostum- 
bro ; y como se halla presente el amigo Peralta, 
mano derecha de Marino, conforme es usted la de 
BoHvar, me haré cargo que voy á dei^ositar estas 
confidencias en manos de los dos Libertadores .... 
Mejor dicho, como me encuentro ante la reserva 
¡personificada en ustedes, voy á desembuchar todo 
cuanto tengo por dentro. Lo linico que les encargo 
es que cuando se escuezan ó desagraden un poco por 
alguno de mis juicios ú opiniones, no me interrumpan 
y me dejen concluir, qae después cada cual tendrá el 
derecho de decir lo que le plazca. 

— Aceptado — exclamó alegremente Rufino,^ — quí- 
tele el corcho al garrafón que somos de entera con- 
fianza. 

— Convenido — añadió Luis, con fingida gravedad — 
aflójele la tusa á la ta/para, que estamos los tres solos. 

— Pues bien, compañeros míos — continuó Santi- 
nelli, arrojando al suelo con rabia el criollíto de Ori- 
tuco, i)orque á cada instante se le apagaba— soy el 
primero en descubrirme ante los grandes méritos y 
condiciones de los generales Simón Bolívar y Eusebia 



6 F Tcst,i /"src'a 

Marino ; i)fi^'o ambos han contribuido mucho con sus 
chambonadas y caprichos, á que la Patria sé halle en 
vísperas de perecer una vez más y de que la guerra se 
prolongue indefinidamente .... 

Rufino y Luis intentaron, como movidos por un 
resorte, abrir la boca para protestar, pero Santinelli 
les impuso silencio llevándose el índice á los labios, y 
añadió : 

— No hay que chistar, compromiso es conij^romi- 
so. Lo que acabo de decir les parece á ustedes una 
blasfemia ó ui^a profanación, dado el incondicional 
afecto que ambos profesan á sus jefes ; pero amor no 
quita conocimiento, y ni el mismo papa es infalible. 
Principiare la escaldadura por el cabezudo, ó sea por 
mi queridísimo don Simón, á quien Dios guarde mu- 
chos años y libre de malas tentaciones, de belenes 
mujeriegos, de balas españolas, de adulaciones vulga- 
res, de picadas de culebras, de ... . 

— i Basta tocayo ! — exclamó Luis Reyes — suspenda 
esa letanía irónica y entre en materia. 

— Muy bien — continuó el ex-guerrillero, cubrien- 
do una picaresca sonrisat con su enorme bigote- gris — lo 
que quiero es dejar sentado que no le tengo ninguna 
mala voluntad al santo de su devoción, ni al otro 
inmaculado ídolo del compañero Peralta, puesto que 
lo que intento es juzgar las cosas imparcialmente y 
nada más. Vengamos á cuentas. Que en la primera 
vez que llegó Bolívar á Valencia no hubiera oído la 
sesuda opinión de Urdaneta, y en lugar de ir á Ax)ure 
á concluir con el núcleo realista, se hubiera dirigido á 
Caracas á recibir los honores del triunfo, pase esa 
bisoñada, puede tolerarse porque entonces no conocía 
la talla superior del hombre que cambió su apellido 
Rodríguez, por el de Boves, su profesión de contra- 
bandista, por la de tendero, y la vara de medir por la 
lanza, esa primera falta puede dispensársele muy bien 
á don Simón, porque como he dicho, no conocía los 
puntos que calzaba el moderno Cid asturiano, pero 
«cuando le vio organizar, como mágico ó brujo, cuerpos 



Los Años Terribles 7 

de caballería e infantería ; dar sorpresas como las de 
Calabozo ; combates como los de Mosquiteros j La 
Puerta ; mostrar la preponderancia de sus facultades 
en San Mateo y medirse, en Bocacbica, con el ejercito 
de Marino, verdaderamente señores, no se comprende 
cómo después de la batalla de Carabobo, no se le ocu- 
rrió á Bolívar seguir con sus 5.000 hombres vencedores 
bacia el Guárico á buscar j á destruir á Boves que 
era la única amenaza seria que quedaba sobre el ta- 
blero, con tanta m.ás razón cuanto que Urdaneta vol- 
vió á indicárselo muy calurosamente, (y esto me consta 
de manera autentica) observándole que la ocasióif era 
propicia, porque teníamos las excelentes caballerías 
orientales, capaces para enfrentarse con las del enemigo 
en las sabanas, y que por ningún caso convenía dejarlo 
Organizar de nuevo en sus guaridas. A nuestro muy 
egregio Libertador se le volvió á salir el tiro por la 
culata e hizo todo lo contrario : disgregó el ejercito, 
mandando á Urdaneta i^ara Occidente ; á Eibas para 
la capital, y á nosotros, como carnadas, para este 
acantonamiento de Yilla de Cura, en donde creo que 
no tendremos cura porque estamos como incautos 
chirulíes picando la semilla de lechuga sobre el peine, 
mientras que Su Excelencia está caraqueñeando, de lo 
lindo, como lo hizo después de Bárbula, de Yigiri- 
ma, de Araure y de San Mateo ; en fin, como lo hace 
siempre, pues la táctica inmutable de nuestro jefe es 
el paseíto á Caracas como complemento de cada triun- 
fo. Por eso dicen las malas lenguas que en ello hay 
hasta faldas de por medio .... 

— Dispénseme que lo interrumpa — observó Rufi- 
no — sin dejar de convenir en que tiene usted mucha 
razón, le advierto que se está saliendo del tema prin- 
cipal y que no comprendo por que se imagina que 
estamos perdidos, cuando tenemos aquí además del 
probado y aguerrido ejercito oriental, con jefes y ofi- 
ciales de primera clase, muchos otros cuerpos del 
Centro y del Occidente que forman la muy respetable 
cifra de 3.000 hombres, entre las tres armas, con los 
cuales, sin duda alguna, podemos derrotar á Boves y 



8 F. Tosía Gurda 

á Ceballos reunidos, sin necesidad de que se halle 
presente el general Bolívar, desde luego que el prime- 
ro, que es el que tenemos en facha, no ha podido repo- 
nerse tan pronto, dígalo quien lo dijere, de su gran 
descalabro en Bocachica. 

— Ese es el error, amigo mío — contestó Santi- 
nelli con mucha calma — es que no conocen al hombre, 
es que no tienen una idea exacta de lo que es Boves, 
su valor, su actividad, su energía, el respeto que le 
tienen en el Llano y su desmedida ambición de figu- 
rad en alta escala. Con tales condiciones puede ha- 
cer hasta milagros. Si no fuera tan perverso ese 
monstruo, sería indudablemente un gran caj)itán. 
Después que se separó en Valencia de Ceballos, su 
labor bélica ha . sido asombrosa. Día j noche ha 
trabajado por reunir hombres, bestias y pertre- 
chos. Estos últimos le han venido en abundancia 
de Guayana, por el río Apure ; y para que ustedes 
puedan formarse una idea de la manera como ha 
meneado los cubiletes en materia de recluta, voy á 
leerles la copia de un oficito que pasó al Teniente 
Justicia Mayor de Camatagua, que tengo aquí á la 
mano, por habérmela dejado confideiicialmente un ami- 
go ganadero, qae i)asó antier para Caracas, cuya copia, 
dice así : 

"Trate usted de reunir toda la gente útil que 
se halla por los campos; y el que no comparez- 
ca á la voz del Eey nuestro Señor, se tendrá co- 
mo traidor y se pasará por las armas, sin ninguna 
fórmula.'' 

— ¿ Que les parece la receta ? — añadió sonrien- 
do Santinelli, mientras guardaba en la faltric^uera 
el papelito escrito con lápiz que había sacado para 
leer — ¿ que les parece esa fórmula para reunir volun- 
tarios ? ¡ Al son de ese golpe bailan hasta los sacrista- 
nes y monaguillos ! Y no hay que forjarse ilusiones, 
amigos míos ; tanto por el referido ti^aficante en gana- 
dos, como por otros pasajeros con quienes he hablado, 
pues mi costumbre vieja en campaña es, preguntar y 



Los Años Terribles 9 

preguntíiT, sé que esos caminos vienen tapados de 
gente. Lo menos que trae Boves, entre caballería 
é infantería, son 8.000 hombres, i Esto es como tres 
y dos son cinco ! Volviendo ahora á mi i)rincipal 
objeto, me ocuparé de las chambonadas de Marino, ya 
que muy íntimamente, bien entendido y fiando en la 
discreción de ustedes, les he hecho ver á la ligera las 
más notables de Bolívar. La primera falta del Liber- 
tador oriental fué andar con tantas dudas, escrúpulos 
y distingos para concurrir en auxilio de nosotros ; 
pero como al fin vino, y nunca es tarde si la intención 
es bue^ia, me limitaré á decir que, en Bocachica, ha 
debido perseguir á Boves y no cometer la tontuna de 
retirarse á todo ganar, haciendo como ciertos gallos 
resabiosos que, después que matan al contrario de 
una picada, bajan la cola y salen huyendo. En El 
Arado debió oír la opinión de los jefes occidentales, 
(lue le aconsejaban una operación muy distinta de la 
que ejecutó ; y si os cierto que en la acción de Cara- 
bobo se condujo brillantemente, combatiendo á las ór- 
denes de Bolívar, nadie me podrá negar que ahora no 
está en orden, pues debería esperarlo, n© comprometer 
acción con tan pocas fuerzas, y hasta retirarse á La 
Victoria. Esto se lo han dicho muchos compañeros, 
conocedores de este terreno ; pero él está animado de 
las más halagüeñas esperanzas y se imagina poder* 
su jetear á Boves. 

— Y no solamente podrá sujetarlo sino derrotar- 
lo — afirmó Peralta retorciéndose la infeliz perilla. — 
Esa farándula de miles y miles de hombres que le 
calculan, no me cuela á mí, porque eso no es tan fácil 
como soplar y hacer botellas. El hombre que salió 
tan mal librado en Bocachica, lo repito, no puede, en 
el corto espacio de dos meses, haber ido á Valencia y, 
de allá . haberse dirigido á Calabozo á organizar tan 
crecido ejército. 

—Bueno, — replicó el viejo veterano meneando 
lentamente la cabeza, — lo que se ha de ver no se 
porfía ; pero me permito decirle, que yo tengo muy 
buen olfato. Pregúntele á nuestro compañero Eeyes 



i(> F. Tosía GarciA 



si n'^e engañé en Coro, cuando la campaña del marqués 
del Toro, y si no es cierto que, en La Victoria, vi las 
cosas claras antes que los demás, y disolví mi batallón 
para no caer dentro de las redes de la capitulación. 
Mi anteojo tiene siempre los cristales muy claros, 
señor bachiller y amigo ; me sobra experiencia y ten- 
go, además, una razón muy poderosa para creer que 
no estamos nada bien, y es la profunda anarquía ó 
emulación que reina entre orientales y occidentales ; 
bien entendido, que no partici])0 yo de esas ideas di- 
sidentes, sino muchos quisquillosos que hay en este 
ejército .... 

Iba Luis á terciar en el animado diálogo de sus 
dos amigos, dándole la razón en mucha parte á San- 
tinelli, cuando se presentó á la carrera un ayudante 
del Estado Mayor, con la orden de formar j ponerse 
en disposición de marcha. 

— i Ya apareció aquello ! — exclamó Santinelli, se- 
parándose de los dos jóvenes para cumplir la disposi- 
ción trasmitida. — i Si este movimiento no es para re- 
tirarnos, muy pronto nuestras almas ajustarán sus 
cuentas con el Criador ! 

En la alta madrugada emprendió el ejército la 
marcha, no por cierto para La Victoria, como lo anhe- 
laba don Luis en sus pesimistas desahogos y para 
donde quizá, y sin quizá, hubiera sido mucho mejor 
hacerlo, sino hacia adelante, porque habían llegado 
partes de que el ejército realista se aproximaba. 

El día 14 por la tarde llegó Marino á La Puerta 
y acomodó sus tropas lo mejor que pudo para pernoc- 
tar en disposición de combate, procurando ocupar las 
más altas posiciones, porque allí estaba Boves espe- 
rándolo, con muy malas intenciones, desde la mañana. 

Este lugar, donde había sido destrozado Campo 
Elias, es un agreste y accidentado vallecico, que tiene 
á la izquierda las planicies que dan principio al cami- 
no de San Sebastián ; á la derecha, las abruptas serra- 
nías de San Juan de los Morros, de donde nace el río 
'Ouárico ; y al fondo, el camino real que va para los 



Los Años Terribles 



llanos y que, en cierta parte del referido sitio, tiene 
dos grandes piedras de lado y lado, cortadas á pico y 
que se angostan mucho en la parte alta, como for- 
mando la ojiva ó arco de una gran puerta. 

— i Esto era lo que nos faltaba ! — rugía Santineili, 
dado al demonio en aquella funesta noche, en que, á 
mayor contrariedad, llovía á torrentes. — i Miren uste- 
des que venir á escoger este punto tan mabitoso para 
nosotros, y que Boves conoce como la palma de sus 
manos, para atacarlo de frente, cuando nos está es- 
perando aquí; como un tigre cebado ! . . . . Y es lo jjeor 
que, según veo, vamos á empezar el combate sin que 
llegue el Libertador de su maldita pega-pega de Cara- 
cas. Oh ! esto es el colmo de la insensatez, esto es 
algo así como el suicidio de la Patria ! 

— ¿ Q^^ pájíiiro tan de mal augurio es este señor 
coronel Santineili, ó cantinela de desgracias '? — excla- 
mó Kufino, dirigiéndose á Eeyes en voz baja. — No se 
ocupa sino en jjronosticar calamidades, y todo lo en- 
cuentra mal hecho. 

— Pero tenemos que respetarlo, y deberían oírse 
sus opiniones — le respondió Luis. — Sabe mucho del 
arte militar, jamás se equivoca en sus juicios ; y sobre 
todo, es un patriota austero e incorruptible. Y lejos 
de ser lo que te imaginas, su espíritu es de bronce, 
su alma de acero, y cuando todos se abaten ante el 
infortunio y las tribulaciones, el se agiganta entonces 
y los afronta con denuedo. Nunca podre olvidar que, 
después de la cax)itulación de San Mateo, fue el único 
que no dio su brazo ^torcer y se hizo el jefe de los 
guerrilleros occidentales que mantuvieron vivo el fue- 
go sacro de la protesta y latente el propósito levan- 
tisco de la emancipación, i Este servidor es un eximio, 
ante el cual hay que descubrirse ! 

— Es la verdad — replicó convencido el bachiller. — 
Tus razonamientos me abruman, y no puede negarse 
que cuanto nos ha dicho últimamente está ajustado á 
la lógica ; y más que á la lógica, á los sencillos rudi- 
mentos de la ciencia militar, puesto que el hecho pal- 
pable es que teniendo, como teníamos hace poco 



i2 F. Tosta Garda 



tiempo, en Carabobo, un ejercito vencedor de cerca de 
6.000 hombres, nos fraccionamos en presencia de un 
enemigo ¡peligroso que se concentraba, y á quien va- 
mos á atacar ahora en la proporción de uno contra 
tres, cuando hubiéramos podido hacerlo antes vice- 
versa, es decir, siendo Boves el uno y nosotros el 
tres .... 

— A pesar de todo — observó Keyes, procurando 
ahogar sus malas impresiones — descansemos algunas 
horas y aguardemos confiados el desenlace de este 
drama, que está muy próximo ; y que acaso por los 
caprichos de la suerte, puede sernos favorable .... 



II 



Al amanecer del día 15, empezó Marino á formar 
sus tropas en orden de batalla en presencia de las fuer- 
zas enemigas (pie evolucionaban en distintas direc- 
ciones, obedeciendo á un plan desconocido para el. 

Los cuerpos de infantería marchaban y contra- 
marchaban buscando las alturas más extrate'gicas, y 
deti'ás de cada división de fusileros, marchaba lenta- 
mente un escuadrón de jinetes. A golpe de miradas 
exjjertas, el conjunto visible de tropas enemigas no 
pasaba de 3.000 hombres. 

— Ya usted observará, mi coronel — dijo Rufino 
Peralta á Santinelli, en el momento de comunicarle 
una orden relacionada con el i)unto que el debía ata- 
car, apoyado por Luis Reyes — ya se deja ver que más 
era el ruido que las nueces, pues las fuerzas realistas 
que tenemos al frente son poco más ó menos iguales 
á las nuestras. 

— No lo crea usted — contestó prontamente Santi- 
nelli, — esas son las que tenemos á la vista, ó en ¡vierta, 
por detrás está lo gordo, repare que se nota muy poca 
caballería y esa es el arma en que es más fuerte Boves. 
Me atrevería á apostar que en las cejas de monte, en 



Los Años Terribles i3 



las márgenes del río y en los matorrales próximos, se 
hallan emboscados, en asecho más de 4.000 lanceros. 
Dígale al general Marino que no se fíe de las apariencias 
y que oiga los consejos de un viejo soldado. Todavía 
hay tiempo de salvarnos y lo más prudente sería reti- 
rarnos en buen orden antes de caer en esta trampa nú- 
mero 4, cuyo queso asado me está dando en la nariz .... 

— Eso no puede hacerse ya — replicó Rufino — por- 
que una retirada al frente del enemigo equivaldría á 
una derrota, y palpablemente, estamos viendo que so- 
mos bastantes para acabar con Boves sin necesidad 
de que se nos incorpore Bolívar. Así opinamos la ma- 
yoría de los orientales. 

— Pues, que les aproveche y andando, — contestó 
don Luis, preparándose para cumplir la orden recibi- 
da—a ley nos veremos; y puede asegurar al general 
Marino, que por culpa mía no se perderá la acción, 
pues á pesar de mis ideas contrarias, como buen subal- 
terno, cumpliré con mi deber hasta morir si necesario 
fuere. 

En esto se sintió á retaguardia gran movimiento 
y muchos víctores y aclamaciones. 

Era el Libertador que acababa de llegar de Cara- 
cas con algunos jinetes y con dos batallones, que ve- 
nían jadeantes y bañados en sudor, pues más que á 
pasitrote, su marcha había sido casi á carrera suelta, 
con el fin de poder llegar á tiempo. 

En el acto Bolívar se hizo cargo del mando, em- 
puñó el anteojo, revisó el campo de batalla ; y arru- 
gando la frente, dijo : 

— Nuestra situación es muy mala y lo mejor sería 
retirarnos antes de comprometer acción en este lugar 
tan desventajoso para nosotros. 

En aquel instante resonó el clarín ,de órdenes de 
Boves, y como si este hubiera percibido la llega- 
da del Libertador, ó hubiera podido escuchar aque- 
llas frases ; en el acto se rompieron los fuegos en la 
vanguardia, y simultáneamente por el centro y por la 
derecha, en razón de que seguramente el zahori jefe 
realista, por el bullicio y los vivas que había oído, 



i4 F. Tosía Gircia. 

adivinó la llegada de Bolívar j quiso á todo trance 
comprometerlo á librar la acción. 

Y logró su intento porque no hubo otro remedio. 

Nuestra artillería tronó y casi todos los cuerpos 
entraron á pelear por los distintos flancos, de manera 
tan impetuosa que al cabo de una hora, los enemigos 
empezaron á cedernos las posiciones ; y cuando Bolí- 
var estaba ya comunicando órdenes á la caballería 
para cargar y complementar la derrota, de súbito apa- 
recieron por distintas vías y como si hubiesen brota- 
do del fondo de la tierra, tres legiones de caballería,, 
como de 1.500 jinetes cada una, tres furiosos aluviones 
de hombres, lanzas y caballos, que lo arrollaron todo 
y lo dominaron todo, sin resistencia posible por su 
número abrumador, pues sumados los tres núcleos 
acometedores, no bajarían de 4.500 jinetes, que ha- 
bían estado de reserva aguardando aquel momento 
decisivo para entrar en acción. 

En menos de media hora el ejercito patriota que- 
dó materialmente destrozado, el pánico fue inmenso y 
hasta los más valientes no pensaron sino en escaparse 
de aquella lluvia de acero que caía sobre sus cabezas 
no como vivificador maná, sino como ün verdadero 
azote del cielo. Bolívar con algunos de á caballo aban- 
donó el funesto campo huyendo por el camino real de 
Yilla de Cura, y Marino por el abra de San Sebastián, 
faldeando las serranías del Pao de Zarate. 

Aquel fue un desastre, de dimensiones colosales 
que causó la muerte del segundo gobierno repu- 
blicano. 

Kufino Peralta, con asombro de sus dos amigos 
que ' no lo creían tan sereno y valeroso, se cubrió de 
gloria agigantándose en aquella hora calamitosa de 
manera inconcebible, pues muerto el jefe del batallón 
Cumaná, espontáneamente lo reemplazó, formó un 
cuadro con sus aguerridos paisanos y logró contener 
en una larga distancia la embestida feroz de los lan- 
ceros de Boves, salvando de esa manera el buen nom- 
bre del ejercito patriota y evitando su completa des- 
trucción, pues á pesar de ese digno proceder de 



Los Ár'.os Terribles ió 



Peralta y sus esforzados cumaneses y de los grandes 
esfuerzos hechos por Santinelli y por su teniente 
el Inglesito, para salvar los restos del aniquilado 
ejercito y evitar su completa ruina, este perdió no 
obstante en e.quella jornada fatídica, más de 1.500 
hombres entre muertos, heridos, prisioneros j dis- 
persos, gran cantidad de parque y multitud de bestias. 

Sucumbieron allí luchando con heroicidad, el 
eminente Muñoz Tébar, hombre de letras y de espada. 
García de Sena, que busco con bizarría la muerte, tal 
vez para acallar á sus acusadores, Aldao, muchos 
otros oficiales de nota, y por ultimo, el intrépido Ja- 
lón, que después de prisionero, fué villanamente 
invitado á comer por Boves ; y para obsequiar á sus 
otros convidados lo mandó á ahorcar en su presencia 
durante los postres, remitiendo luego á sus amigos de 
Calabozo, la cabeza de aquel mártir de la libertad,, 
como un recuerdo de su gran victoria de La Puerta. 

El general Antonio María Freites, cual otro Eo- 
lando, al ver destruido el batallón que mandaba, se 
quitó la vida/Con una de sus pistolas, para no caer en 
manos de sus enemigos y para no sobrevivir después 
de tan vergonzoso fracaso. 

Santinelli, que en aquella acción se batió con ma- 
yor coraje que. nunca, al retirarse, venía con el brazo 
izquierdo en un pañuelo de Madras, á guisa de cabes- 
trillo, por haber recibido una herida y como acertara 
á pasar cerca del cuadro de los cumaneses que man- 
daba Eufino Peralta, levantando la diestra donde 
llevaba el sable ensangrentado, le gritó : 

— Es usted todo un valiente, señor bachillercito, 
porque en estos casos es cuando se conoce el temple 
de los hombres. Contésteme ahora: ¿tenía yo razón 
ó no, en mis dpiniones ? 

— Completa, mi coronel, — le respondió Eufino, 
descubriéndose ante el — i hasta la saciedad ! Compren- 
do ahora que es usted un verdadero militar y un 
insigne patriota, pues se sacrifica por el deber, hasta 
procediendo en contra de sus sabias ideas — y alzando 
la espada, y dirigiéndose al heroico cuadro oriental. 



ífi . . F. Tosía García 



que no dejaba de hacer fuego por hileras, en retirada, 
grito : 

— i Viva la Patria y el bravo coronel Luis San- 
tinelli! 

— i Yivaaa ! — contestaron llenos de entusiasmo los 
beneméritos soldados cumaneses, acompañando su 
aclamación con una descarga cerrada contra los per- 
seguidores. 

Cualquiera sin poseer grandes conocimientos de 
estrategia ni de táctica, podrá comprender lo acerta- 
do que andaba don Luis en sus inteligentes cálculos. 
La batalla de La Puerta se perdió por una enorme 
estupidez, pues Boves para vencer no apeló á ninguno 
de los maestros recursos usados i)or los militares 
celebres. 

Aníbal, estando en Cartago, para ir á Boma, dio 
un largo rodeo, atravesando á España, los Pirineos, 
las Galias y los Alpes, á fin de desorientar á sus ene- 
migos y derrotarlos en Trebia. 

Federico el Grande, marchó, apoyando su ala iz- 
quierda sobre' el Oder y su derecha sobre el Elba y 
el Saale, para engañar á su contrario Soubise antes de 
vencerlo en Bosbach. 

Turena, hizo una audaz marcha saliendo de Lore- 
na y salvando los Vosgos para engañar á Montecu- 
cuUi, antes del combate de Turckheim. 

El grotesco Boves, sin más ciencia que la de sa- 
ber reunir hombres y caballos, no se ocultó de nadie 
ni hizo rodeos, ni estratégicos movimientos, sino que, 
como la cosa más natural del mundo, en abigarrado 
pelotón, salió de Calabozo para Caracas, limitándose á 
ejecutar la táctica de los muchachos cuando juegan al 
escondite, ocultó la mitad del cuerpo entre los mogo- 
tes, lanzó el rutinero yd, y fueron incautamente los 
patriotas á buscarlo en sus posiciones para entregarse 
como infelices papanatas. Tal fue esa batalla de La 
Puerta. 

En aquel funesto día para Venezuela, ocurrió á 
Luis Beyes un incidente notable, que influyó mucho 
en la historia de su vida. 



Los Años Terribles . Í7 



Eran las cuatro de la tarde j después del recio 
batallar y de los esfuerzos hechos en la retirada, ape- 
nas quedaban dos compañías de su batallón, con las 
cuales venía haciendo fuego, de vuelta en vuelta del 
camino, economizando por supuesto en lo posible, los 
pocos paquetes que en las cartucheras quedaban, para 
poder salvarse de la activa persecución de los golosos 
llaneros, cuyas lanzas relampagueaban á sus espaldas. 

Un i)oco más acá de Villa de Cura, en el sitio 
llamado Las Guasduas, se creyó irremisiblemente 
perdido por la circunstancia imprevista de que gran 
número de jinetes perseguidores muy conocedores del 
terreno, tomaron un atajo por la quebrada de Las Mi- 
nas y le salieron adelante, cortándole el paso por 
completo. En tal situación, no le quedó otro recurso 
sino el de vender cara la vida, para lo cual ordenó á 
sus soldados, formar un pequeño cuadro, calar bayo- 
netas, y quemar los liltimos cartuchos hasta morir 
combatiendo. 

Tal hubiera acontecido sin duda, porque ya los 
enemigos venían hacia el, lanzas en ristre, cuando 
bruscamente tuvieron que contramarchar á hacerle 
frente á un cuerpo de caballería patriota, que huía en 
vanguardia, pero que al ver su apurada situación, 
generosamente se revolvió y acudió en auxilio, lo cual 
hizo cambiar la escena en el acto, pues en lugar de 
quedar cortados los fugitivos se trocaron los frenos y 
vinieron á quedar en el medio los lanceros realistas, 
recibiendo de frente los fuegos de Luis Reyes y por 
retaguardia la brusca carga de la caballería patriota, 
que había volado tan oportunamente á salvarlo. 

Esto dio por resultado natural y violento la com- 
pleta destrucción del cuerpo perseguidor, pues los 
que no fueron muertos ó heridos, unos, se precipita- 
ron llenos de pánico por los farallones cíe la quebrada 
para ir á incorporarse á su ejercito, y otros salieron 
desgaritados tomando los senderos que conducen á la 
la laguna de Taguayguay. 

Cuando quedó el camino libre, diligente y entu- 
siasmado corrió Luis Reyes á dar las gracias á los 

LOS ASoS TBEBIBLES. 2 



í* F. Tosía GarciA 

compañeros que tan generosamente habían acudido 
en su ayuda ; y lleno de asombro vio que el jefe de los 
que con tanta audacia y arrojo lo había salvado, era 
el oficial Víctor Romber, alias el Inglesito, ó sea el 
mismísimo portento de carne j hueso, de gracia, de 
virtud y de energía, la valerosa Estefanía Garguera, la 
cual, sonriendo con fingida indiferencia, y como si 
nada de importancia acabara de haeer, pensaba seguir 
la marcha á la cabeza de sus lanceros, sin detenerse 
siquiera algunos instantes á comentar el lance ocurri- 
do ni á recibir las manifestaciones de gratitud de los 
patriotas y compañeros beneficiados por la bella ac- 
ción ejecutada. 

No pudo consentirlo Luis Reyes, y echando á un 
lado todo miramiento, metió las espuelas á su caballo, 
la alcanzó, y apartándose con ella un poco del camino 
y tendiéndole los brazos, debajo de un copado árbol, 
la dijo : 

— No, no, Estefanía, nosotros no podemos conti- 
nuar así, esto no puede ni clebe ser, tenemos muchas 
cosas que hablar. Basta ya de incógnitas, de aparien- 
cias tontas, de escrúpulos y fingimientos innecesarios. 
Yo sé bien quien eres y en momentos tan conflictivos 
tu proceder ha sido muy noble. Fuerza es romper ya 
las imposiciones y consignas. No puedo prescindir 
de abrazarte suceda lo que sucediere. Es imposible 
que deje de darte las gracias en mi nombre y en el de 
mfs soldados, pues todos te debemos la vida. 

Estefanía, sorprendida, dudosa, y fuertemente 
impresionada, se quedó contemplando de pies á cabe- 
za á su antiguo amante, como sosteniendo una lucha 
interior hasta que al fin, acaso vencida, por los feme- 
niles impulsos del corazón que se trasparentaron en 
el relampagueo de sus hermosos ojos azules, que .se- 
mejaban al cielo, airada contestó con acento entre 
quejoso y despechado : 

— ¿ Y si me habías conocido, Luis, si es cierto 
que sabías quien era yo, por que cometiste, no diré la 
ingratitud, sino la descortesía, de no dirigirme media 
palabra siquiera en la multitud de ocasiones en que 



m 



Los Años Terribles' i O 



nos hemos encontrado, en estos últimos meses, exhi- 
biéndote como el ser más indiferente é ingrato del 
mundo ? 

— Por una razón muy poderosa — se apresuró á 
contestarle Luis — por haber ofrecido no hacerlo á 
un amigo á quien estimo y respeto mucho, el cual 
como línico poseedor de tu secreto, me lo confió ape- 
lando á mi honor de caballero. Tu sabes que la pala- 
bra de un militar es sagrada y mucho más cuando está 
de i)or medio un hombre tan digno y tan respetable 
como el amigo en cuestión. 

— Ah ! ya comprendo — exclamó muy interesada 
la Grarguera — fue Santinelli quien te hizo la rebe- 
lación. 

— Sí, fué él, fué ese viejo amigo y compañero á quien 
admiro como á una lumbrera de la Patria y á quien 
acato como á un padre; fué ese Néstor de nuestra cru- 
zada redentora el cual tiene por tí un cariño rayano 
en idolatría. No vayas, te lo suplico, á inculparlo ni 
á hacerle ninguna objeción ; pues conociendo el no- 
ble viejo soldado los lazos de antiguo afecto que nos 
unen, no quiso tener reservas para mí y me lo reveló 
todo, encargándome la más absoluta y severa discre- 
ción ; y sobre todo, me impuso la expresa consigna de 
que no me diera por entendido contigo, en ninguna 
forma y por ningún caso, porque si tal sucediera tu 
enojo sería imponderable. Respóndeme tú ahora, — 
añadió el héroe de Güedeque, mirando frente á frente 
á su salvadora — contéstame sin ambajes, ¿ qué moti- 
vos has tenido para conducta tan extraña y tan esqui- 
va, por qué has querido establecer entre los dos inco- 
municación tan completa ? qué ofensa te he hecho ? 
¿ Será acaso porque llegó á tu conocimiento mi matri- 
monio con Carmen Requena? ¿No sabías muy bien 
que estaba solemnemente comprometido con ella antes 
de conocerte ? ¿ Acaso te lo negué alguna vez ? ¿ No 
me quisiste á sabiendas de ello y has olvidado que en 
aquellos días felices de Garora, constantemente me 
dabas bromas con ella ? No tienes por qué guardar- 
me ningún rencor, Estefanía, porque nunca te engañé ! 



:20 F. Tosta. Garc/a 



— Eso depende — contestó la varonil descendiente 
de amazonas, lanzando una mirada terrible á su in- 
terlocutor — eso depende, señor mío, del modo como 
se aprecien las mujeres y se grad aen los afectos ; mas 
como ese punto es muy extenso é intrincado y estapa- 
rada va muy larga ya y puede dar lugar á que nos 
alcancen nuevamente los godos, te propongo seguir la 
marcha, y adelantándonos los dos un poco de nuestros 
soldados, podremos continuar hablando sin riesgo por 
el camino. 

Así se verificó, pues Luis encontró la idea muy 
oportuna y razonable. Ambos, en consecuencia, orga- 
nizaron sus respectivos cuerpos : la caballería detrás, 
la infantería adelante y los dos solos en vanguardia 
como á cien varas de distancia de sus subalternos. 

Ella reanudó el diálogo de esta manera : 

— 'Te lo repito, Luis, eso depende de la clase de 
mujer con quien se trate. Vengamos á cuentas y 
óyeme sin preocupaciones. Echemos uua ojeada ha- 
cia el pasado. Te vi, te trate, nos hablamos muchas 
veces, y desde el primer día, me pareciste superior á 
los demás hombres y encontré que tú eras el ser 
predestinado, el ensueño de mi alma y la personifi- 
cación de mi masculino ideal. Luego y á mayor abun- 
damiento, te llevaron un día á casa en camilla y mo- 
ribundo con gran renombre de valiente y realzado por 
la fama ue tu comportamiento en la acción de Güe- 
deque ; en una palabra y para decírtelo pronto, te 
-asistí, te salve y te ame con delirio, como no puede 
amarse sino una sola vez en la vida : he ahí todo lo 
que recuerdo. 

Y cuando una mujer como yo ama, ese amor tie- 
ne que ser indestructible y eterno. Entraste en mi 
<;orazón y de el no has salido ni saldrás jamás. 

¿ Que le importan al verdadero amor las trabas 
y las ligaduras sociales ? Ellas pueden ser muy jus- 
tas y muy correctas ; pero esté género de afecto es 
autónomo, libre e ingobernable. Eompe costumbres, 
quebranta leyes, se sobrepone á las cortapisas civiles 
y religiosas y lo domina y avasalla todo. 



Los Años Terribles Si 



Tu separación de Carora fué para mí una puña- 
lada en el alma. 

i Contigo se fueron mis ilusiones doradas, mis en- 
sueños color de rosa, mi felicidad y mi vida entera ! 

Todo concluyó para mí con tu alejamiento brus- 
co é indefinido, espesas obscuridades me rodearon ; 
pero en el fondo de la abrumante tiniebla, siempre 
miré como lejana antorcha, nuestras frases de despe- 
dida que grabadas quedaron en mi mente, como una 
esperanza remota : si tu me olvidas — te dije — bascaré la 
muerte en cualquier a forma. Tú me contestaste, recuér- 
dalo bien : yo seria un ynonstruo de ingratitud y de mal- 
dad si cometiera la vileza de olvidarte. ¿ Y qué sucedió, 
Luis ? Ya vas á saberlo (y dispénsame estos cargos, 
que pueden llamarse postumos, porque aquella Este- 
fanía de marras ya no existe para el mundo). Suce- 
dió que me olvidaste, que tu oferta fué un engaño ; 
y en el torbellino de tu agitada vida, cayó mi pasión 
como marchita hoja y no fui para ti sino cuando 
má^ una envanecida y petulante puebleña, que no 
merecía ni los honores de un débil recuerdo, fui como 
la insignificante pluma arrastrada por el vendaval 
furioso, de la cual no se ocupa ni la misma ave que la 
arrojó al pasar. 

Mucho sufrí después de tu ausencia ¿ á qué ne- 
garlo ? Al ver que habías sido perjuro, y que jamás 
te dignaste escribirme una línea, ni mandarme el 
más insignificante saludo, quedé anonadada bajo el 
peso de la más espantosa catástrofe, mi pobre ser 
quedó tan abatido y tan decepcionado mi espíritu, 
que consideré llegado el caso de cumplir la determi- 
nación de quitarme la vida en cualquiera forma ; y no 
permitiendo los anormales tiempos que atravesába- 
mos, suicidarme moralmente con mi encierro en un 
convento, no pudiendo tomar el velo, continué con 
la lanza y la carabina, que ya en mis manos estaban 
desde la destrucción de mi hogar por Monteverde. 
No pudiendo hacerme monja, continué de guerrillera 
patriota, que si no era lo mismo, me llevaba por lo 
menos al mismo fin de buscar la muerte como el 



S^ F. Tosta García 



mayor alivio para mis penas. Te aseguro, Luis, por 
mi honor j por las cenizas de mis padres, que la he 
buscado muy de veras en cien ocasiones ; mas he te- 
nido la desgracia de que las lanzas y las balas enemi- 
gas me hayan respetado hasta ahora. En cambio he 
conseguido preclaro renombre como valiente, y tanto 
en las comarcas occidetales como en las centrales, se 
ha hecho celebre y popular Víctor Romber, 6 sea 
el Inglesito. Tengo, pues, algo que agradecerte, 
Luis — concluyó con amarga sonrisa y con los ojos 
humedecidos. — No me has hecho dichosa, pero me has 
hecho famosa. No he i^odído ser tu compañera en 
el hogar^ pero seré tu hermana en la gloria. 

Luis Eeyes se sintió anonadado, cohibido y per- 
plejo, sin hallar que responder de pronto al exquisito 
rasgo de abnegación y grandeza que conteiiían las 
elocuentes frases de la heroína. ' Vencido por aquellas 
argumentaciones tan raras, al mismo tiempo que tan 
nuevas é independientes, abrumado por la fuerza de 
aquellos razonamientos tan rudos y tan vei;íd%os, 
salidos con tanta virilidad de sus labios, se disculpó 
lo mejor que pudo, alegando para su defensa entre 
otros subterfugios, que había dado cartas y enviado 
saludos para ella con varios amigos, y (jue si estos no 
habían podido ó querido cumplir sus encargos, no era 
justo que él cargara con la responsabilidad de ajenas 
culpas, y como término de su débil y justificativo dis- 
curso, le dijo : 

— En una palabra, mi archisublime amiga, aman- 
te y compañera, jo soy un hombre honrado, franco y 
leal, podré haber errado, pero no te he engañado. 
Comprometido á casarme como lo estaba, casi desde 
mi niñez con Carmen Eequena, creí más correcto y 
más digno de nuestro superior afecto, seguir amándo- 
te- espiritualmente de lejos, lo cual no significaba en 
manera alguna, olvido sino más bien consideración y 
respeto, sobre todo, después que al llegar á Caracas 
celebré mi matrimonio con Carmen. Por lo mis- 
mo que eres una mujer que descuellas sobre las demás 
del femenino sexo, debes estimar mi conducta, lejos 



Los Años Terribles SS 



da vituperarla y debes saber valorar la rectitud de mi 
procedimiento .... 

— Tu matrimonio — interrumpió la heroína, con 
sarcástica sonrisa y vehemente acento — en nada me 
preocupó cuando lo supe, porque no ha sido sino la 
consecuencia lógica de tn primitivo desden hacia mí; 
ese hecho en fin de fines, ni quita ni pone rey, te ase- 
guro que la tal ceremonia religiosa y social no pertur- 
bó en absoluto mi ánimo, ni siquiera logró excitar mis 
nervios. Soltero ó casado, has debido recordarme, 
Luis, porque debes convencerte de una verdad : las 
mujeres aceptamos todo del hombre amado, peños el 
olvido. 

— Te complaces en ser injusta y hasta cruel con- 
migo, Estefanía — replicó Luis, muy contrariado — yo 
no te he olvidado ni un día ¡ te lo juro por mi honor ! 
Los azares de la guerra, mi ausencia del país, los 
acontecimientos extraordinarios de estos últimos tiem- 
pos, todo de consuno se ha confabulado en mi contra 
para hacerme aparecer ingrato ante tus ojos ; perv) te 
engañas ; i)ues no hay tal cosa ; ¡ ojalá pudieras, vol- 
verte buzo espiritual, y sin la escafandra de la hirien- 
te duda, zabullirte, hasta el fondo de mi alma ! Así 
te convencerías que eres siempre la misma que has 
sido antes, para mí. Te he querido y te quiero mucho, 
Estefanía, y tengo de ti una altísima idea, por lo i-uaí 
carecen de base tus creencias relacionadas conmigí\ 
Tienes tú muchos méritos, bellezas y cualidades, vales 
mucho en todos conceptos, y estás- cada día más llena 
de atractivos para que ningún hombre á quien hayas 
amado, aunque fuera un príncipe, pudiera ser cajiviz 
de olvidarte. 

Los dorados proyectiles del elogio hicieron inme- 
diato efecto, por lo mismo que pegaban en un blanco 
femenil ; y lo que el plomo y el hierro español no 
lograron nunca conseguir, alcanzáronlo el gentil floreo 
y la galante lisonja, ablandando y venciendo á la indó- 
mita guerrillera, la cual anhelante, emocionada, tré- 
mula de^ pasión y hasta olvidándose de la inconv^- 



24 F. Tosta García 



niencia del traje, del sitio y de las circunstancias 
críticas que se atravesaban, preguntó : 

— ¿ Hablas en serio, Luis mío ? — ¿ Es cierto cuán- 
to dices y podré creer que me amas siempre ? 

— Sí, Estefanía adorada — respondió el bravo jefe 
del batallón La Guardia, creyendo ganada la partida 
como en el campo de Taguanes- -i no digo te amo por- 
que me parece muy poco, yo te adoro con toda mi 
alma, te lo aseguro por mi honor ; y en esta inolvida- 
ble ocasión, debemos reanudar nuestras íntimas rela- 
ciones, y lo pasado, pasado ! Dime con entera fran- 
queza lo que debo esperar en lo presente y en lo 
futuro y si tendré derecho á ser para ti loqueantes 
fuera. 

La violenta acometida i>or imprudente y prema- 
tura, fracasó en razón de que la heroína, que ya había 
perdido los estribos, volvió á la silla y, recobrando su 
perdida actitud, respondió con viveza : 

— No, Luis, no precipites los acontecimientos, ten 
calma, que por ahora no puedo ofrecerte nada más 
que mis buenos deseos por tu felicidad y engrandeci- 
miento. Ya te lo he dicho, Estefanía Garguera ha 
muerto para ti y para todo el mundo, mi resolución á 
ese respecto es irrevocable por ahora, haste el cargo 
de que estoy en un convento. Eso sí — añadió cam- 
biando por completo la adusta expresión que su her- 
moso rostro tomó al pronunciar las anteriores frases- 
hay una cosa que no puedo ni debo negarte, porque 
sería una hipócrita, tienes siempre puesto muy distin- 
guido en el fondo de mi corazón y vives y vivirás 
eternamente en lo más íntimo de mi ser, porque no 
he amado ni amare á ningún otro hombre sino á ti. 
Con ese noble e incomparable afecto sepultado dentro 
del alma seguiré acuciosa buscando la muerte en los 
combates ; y cuando consiga ese galardón con que 
sueño, contiuare amándote más allá de la tumba y en 
esa mansión desconocida te aguardare con todos mis 
anhelos, para que puedas ser en alguna parte mío sólo, 
y para poder yo disfrutar de ese inmenso bien, de esa 



Los Años Terribles 55 



sublime dicha, que no me ha sido posible lograr en 
este mundo. 

La actitud, el semblante j hasta el eco de la voz de 
Estefanía tenían un encanto indescriptible. En cual- 
quiera otra oportunidad hubiera cubierto de besos y 
de abrazos y hasta me hubiera arrodillado para ado- 
rar aquella mujer tan grande en ideas y tan admirable 
en dignos y excepcionales procedimientos ; pero tuve 
que abstenerme de semejantes manifestaciones eróti- 
cas, limitándome á suplirlas con apropiadas y ardien- 
tes frases, pues de otra manera nuestros subalternos, 
á pesar de traer por retaguardia á los lanceros realis- 
tas, se hubieran tirado de espaldas x)Oseídos de natural 
asombro al ver á sus dos jefes en tan peregrinas, ino- 
portunas y hasta sospechosas maniobras .... 

También nos fué forzoso cortar el hilo de nuestra 
interesante conversación, por la circunstancia de ha- 
ber llegado al sitio de Casupito y encontrado allí al 
Libertador, dejando resollar un i)oco su caballo que 
estaba bañado en sudor y echando blanca espuma por 
la boca. Se alegró bastante ai verme salvo j sano, 
felicitó calurosamente al Inglesito por su brillante 
acción, que le referí, y ordenó que me incorporara á su 
séquito y que agregara los restos de mi batallón á la 
tropa que llevaba Santinelli. 

Así lo hice é incontinenti, el Libertador, el gene- 
ral Eibas y 150 jefes y oficiales montados, seguimos 
adelante, tomando el camino de la cuesta llamada de 
Las Muías, por ser el más corto para llegar á La 
Victoria. 

En aquella población no nos detuvimos sino el 
tiempo indispensable para comer algo nosotros y las 
bestias, caminamos toda la noche y al siguiente día 
llegamos á Caracas. 

Como se ve, hicimos una jornada increíble, un 
itinerario vertiginoso de derrotados perseguidos ; y 
nadie podrá explicarse en lo futuro, cómo habiéndonos 
batido con Boves en La Puerta el 15 de junio, pudié- 
ramos estar el 16, bebiendo las aguas del manso- 
Guaire y del cristalino Catuche .... 



F. Tosta G&fci 



\ Qué marclia tan rápida ! ¡ Parecía que niiestiros 
caballos llevaban alas en lugar de corvejones ! 

Puede asegurarse que esta marcha fué la más 
forzada que ejecutó Bolívar en el transcurso de su 
inquieta vida. . 



III 



La situación de Caracas, el día 6 de julio de 
aquel aciago año, era terriblemente pavorosa. 

Ninguna familia patriota quería es[)erar ia= entra- 
da de Eijves. Las casas estaban en el mayor desor- 
den, los escaparates y baúles se vaciaban, i)<ira llevarse 
ó enterrar los objetos de valor ; y como la retirada 
del ejército debía verificarse en el referido día, en 
todos los hogares reinaba infernal baraúnda y las 
calles eran un hervidero de bestias ensilladas, que 
iban y venían, de arreos de burros cargados de equi- 
pajes ; de esclavos que sacaban petacas y bultos de 
todas dimensiones, con ropas, prendas y demás ense- 
res indispensables para el camino, como también lavS 
joyas quG cada cual podía llevarse. 

El Libertador, desjíués de muchas fluctuaciones 
y cabildeos entre los • notables de su íntimo consejo y 
contra la voluntad del general José Félix Eibas, que 
opinaba por la resistencia á todo trance, había resuel- 
to evacuar la capital y dirigirse por tierra á Barce- 
lona, en razón de que las tentativas hechas para dete- 
ner á llamón González en Las Adjuntas, resultaron 
infructuosas. 

Y en tanto que dicho teniente de Boves se ade- 
lantaba por ese lado con 1.500 hombres ; el guerri- 
llero Machado, subalterno de Kosete, avanzaba por la 
vía del Túy al frente de 400' desalmados, cometiendo 
toda especie de tropelías y de crímenes. 

Desde fines de junio, la inquietud era extraordi^ 
naria. 



Los Años Terribles "' 

La absecacióii de la huida, el instinto de escapar- 
se y un temor exagerado convertido en ¿pidemieo 
pavor, sugestionaban todos los ániíxios y nadie se de- 
tenía á pensar en los inconvenientes, amarguras y 
conflictos que ocasionar podría aquel trasunto de lo 
egipciaca peregrinación, en presencia de un enemigo 
cruel que seguramente marcharía á pasitrote en pos 
de ella, inspirado en los más diabólicos propósitos. 

En una mañana de aquellos azarosos días, el se- 
ñor Mora Meló, Administrador de Bienes Nacionales, 
dialogaba con el Libertador, que acababa de levantar- 
se, en esta forma : 

— Convénzase Su Excelencia, estos canónigos y 
curas caraqueños se nos han puesto de punta y viven 
inventando subterfugios y evasivas para no entregar- 
nos las alhajas de los templos, (pae, como he dichu 
tantas veces á Su Excelencia, son en estos instantes 
críticos, elementos de guerra y fuente de recursos que 
no debemos dejar en sus manos .... 

— ¿ Y qué pretende usted que se haga ?— inquirió 
Bolívar con marcado acento de contrariedad. 

— Lo más natural del mundo — contestó Mora ; — 
impedir (pue esos clerizontes se burlen de nosotros, 
pues como bien lo sabe Su Excelencia, desde la sesión 
del 9 ele febrero . quedó convenido y firmado que nos 
entregarían dichos tesoros en calidad de empréstito, 
y hasta ahora no han entregado ni un hisopo ; por lo 
cual creo indispensable amarrarles la cara y apretar- 
les los tornibos .... 

— Oiga usted, don Mauricio— interrumxjió Bolívar 
rascándose la cabeza — ese es un asuutillo algo clesa- 
gradable y. peliagudo, al cual hace tiempo vengo sa- 
cándole el cuerpo. Dejemos á los curas quietos y 
busquemos recursos en otra parte. 

— Pero si todos los ramos están agotados — insis- 
tió el hombre de las Siete Emes, con marcado interés 
— si ya tenemos mucho adelantado en ese camino y 
seYÍa una sandez imperdonable dejar que Boves le 
pusiera la mano á ese tesoro místico, del cual pode- 
mosjsacar tantos fusiles, tanta pólvora y tantos caño- 



28 F. Tosta Garda. 



nes, puesto que está valorado en trescientos n:íil 
pesos ; y el cabildo eclesiástico ha convenido en ce- 
derlo á la Nación en forma de empréstito, limitándose 
ahora, para ganar tiempo, como he informado á Vue- 
cencia, á cMcanas, disculpas y moratorias que sería 
muy fácil allanar. 

— Pues allánelas usted, don Mauricio — contesto 
el Libertador, seducido por las frases del astuto Meló 
— allánelas usted, que yo no me opondré. 

— Muy bien — exclamó con acento de triunfo el 
perínclito vencedor en Mquitao. — 'Hay un medio indi- 
recto, hábil y eficaz para hacer las cosas sin escán- 
dalo y conseguir el éxito. 

— ¿ Cuál es ese medio ? 

— Llamar ahora mismo á don Nepomuceno Ribas 
y darle facultades amplias para proceder de modo 
formal y autoritario ; y como en el cabildo podemos 
contar con un buen patriota, con el doctoral don Do- 
mingo Blandin, que es un sacerdote vivo, prudente, 
sabio y enérgico, Ribas, de acuerdo con el, podrá con- 
seguirlo todo. 

— Pues llamare á don Nepomuceno ahora mismo, 
señor Mora — dijo Bolívar, sonriendo con sorna. — Yeo 
que es usted un hombre terrible, y cuando se propone, 
vence los mayores obstáculos. ¡ Que escoba la que se 
agita en las manos del ciudadano Administrador de 
Bienes Nacionales ! i Quiere barrer hasta en terreno 
sagrado ! . . . . 

Los preparativos de huida continuaron siendo la 
única ocupación de los caraqueños y á pesar de haber 
llegado D'Elhuyar ( quien atacado por retaguardia y 
puesto entre dos fuegos, tuvo que abandonar el sitio 
de Puerto Cabello y abrirse paso hacia la caiñtal ) no 
obstante aquel refuerzo de buena tropa y contra la 
opinión, como queda dicho, de José Félix Ribas, re- 
solvió Bolívar no pelear en Caraoas sino retirarse 
hacia las regiones orientales con las fuerzas de que 
podía disponer y acompañado de cuantas personas 
quisieron seguirlo. 



á 




Los Años Terribles 29 



Por todas estas apremiantes circunstancias y en 
conocimiento los caraqueños de las iniquidades que 
venían cometiendo los realistas en las poblaciones 
que ocupaban, y especialmente llenos de" pavor por la 
noticia circulante de que traían orden expresa de su 
malvado jefe para ejecutar una degollina general, nin- 
guno quería quedarse j era un verdadero furor el que 
reinaba en la ciudad del Avila, ocupándose activamen- 
te más de las dos terceras partes de sus Habitantes en 
los preparativos de tan largo j desatentado viaje. 

Las familias pobres que no podían disponer de 
acémilas, hacían también á la carrera sus líos y sus 
paquetes para llevarlos á la mano ó á cuestas, y em- 
prender la marcha á pie. 

Era aquella una fiebre ó locura mucho más gran- 
de que la que acometió á los realistas en la época de 
Monte verde, cuando se acercaba Bolívar con el ejército 
vencedor. 

Salvarse, salvarse de la cuchilla y del saqueo, era 
el supremo ideal en aquellos instantes aciagos ; se 
dejaba todo por salvar la vida, y los valores que no 
podían llevarse, se enterraban. 

Huir, huir á todo trance para esquivar la segura 
muerte, era la nota dominante de aquel momento psi- 
cológico y nadie se detenía á pensar en las incomodi- 
dades, en los trabajos, en las intemperies y en los 
múltiples peligros, de aquella excursión tan larga y tan 
aventurada por tan fragosos lugares, y sometida natu- 
ralmente á los rumbos inciertos y á las visicitudes de 
un ejército en campaña. 

La calle real de Candelaria, arteria principal á 
donde afluían los viajeros de todos los demás barrios, 
en espera de la salida del ejercito, para marchar de- 
trás, presentaba el aspecto más heterogéneo que pue- 
de concebirse. 

— ¡ Al Oriente, al Oriente ! — gritaban aquellos hí- 
bridos pelotones, compuestos de adultos y párvulos, 
de ancianos y mujeres de todas las condiciones so- 
ciales. 



30 F. TosU Garda 



-^¡ A Barcelona, á Barcelona !— exclamaban alzan- 
do los brazos al cielo j fijando los ojos en el horizon- 
te, para columbrar en imaginativa lontananza, aquella 
soñada Meca de asilo y de salvamento. 

Barcelona era la ilusión de aquellos cruzados en 
derrota, la Jerusalén anbelada de aquellas turbas 
poseídas por el delirio de la fuga. 

La familia de Luis Beyes no pudo sustraerse á 
aquella necesidad impretermitible de emigrar y si ella 
no hubiera resuelto mofa pro'prio la mayúscula locu- 
ra, seguramente que él se la hubiera aconsejado, por- 
que indudablemente en vista de tan azarosa espectati- 
va y en fuerza del ejemplo general, no era posible 
proceder de otra manera. 

La casa de don Agapito Callejones fué escogida 
como punto estratégico de reunión para la partida, y 
desde las seis de la mañana estaban allí, don Eufino 
Beyes y doña Marcelina, (esta muy enferma, con reu- 
matismo, por lo cual habíase dispuesto llevarla en 
silla de manos con dos cuadrillas de esclavos que irían 
remudándose de trecho en trecho) y Carmen, quien 
apesar de su estado interesante, iría á caballo en una 
yegua muy mansa y fina que al efecto le había com- 
prado Luis. 

Estaban también en tren de viaje, todas muy em- 
bulladas como si se tratara de una fiesta ó paseo, con 
sus blancos ropones y sus sombreros de cogollo de 
anchas alas con cintas verdes y azules, doña Bita y 
las dos hermanas de Carmen, Luisa y Emilia ; las Ca- 
llejones, inclusive Bosalvina, la esposa de Santiago 
Bequena. Este iiltimo había obtenido por unani- 
midad de votos, el mando en jefe de aquel grupo de 
emigrantes, tanto por sus condiciones de experto via- 
jero y buen jinete, como porque era el más joven, ac- 
tivo y rubusto de la comitiva, en la cual figuraban 
muchas otras familias respetables de la cuadra, excep- 
ción hecha de los esposos Alvarez, en razón de que 
don Manuel Antonio, aunque estaba allí metiendo 
su cuchara en todo, era enemigo declarado de la emi- 
gración. 



Los Años Terribles ^l 



Tampoco formaba paiie de esta el doctor Fede- 
rico Pedernales, porque algunas semanas antes se 
había visto obligado á emprender un largo y peli- 
groso viaje á los llanos de Barinas, llamado con ur- 
gencia por su antiguo cliente y amigo, el capitán de 
caballería José Antonio Páez, quien lo mandó á bus- 
car con un paje á caballo, una carta y quinientos pe- 
sos para rjue le dejara á su familia. Esta inesperada 
ausencia de su compiche el galeno, fenía muy contra- 
riado al boticario, de tal manera, que solamente re- 
joneado por su familia, era que contra toda su vo- 
luntad, había resuelto á última hora, incorporarse en 
la caravana de la fuga, á sabiendas d.e que era un 
enorme disparate que iba á alejarlo acaso, por mu- 
cho tiem|)o, de su amigo de la infancia y compadre, 
el doctor Pedernales. 

En cambio, había entre el grupo de emigrantes 
un personaje muy dispuesto, muy emperejilado y 
muy anheloso por tomar soleta. 

Era sin quitarle ni un adarme de su excelsa per- 
sonalidad, el nunca bien encomiado don Mauricio Mo- 
ra Meló, quien á pesar de encontrarse doblemente 
aflijido, tanto por la separación de su dulce y casta 
Petronila, como por el abandono del pingüe biberón 
del manejo de los bienes nacionales, desde el amane- 
cer estaba allí, esperando el paso del ejercito para 
incorporarse, porque el prefería todos los sinsabores 
y amarguras á la horrible pesadilla de tener que ha- 
bérselas con los lanceros de Boves. 

Acompañado no como primero, de su paje Valen- 
tín, a caballo, con sus deteriorados baúles en la parte 
delantera del apero, sino ahora, de un par de asistentes 
en fornidos potros, y de un arreo de muías cargadas de 
lujosas maletas de suela inglesa, y de pesados cajones 
de madera, que sin duda habían de contener prendas, 
alhajas, dinero ú otros objetos de mucho valor, puesto 
que quería llevarlas á la vista y no exponerlas á la 
baraúnda de la impedimenta; aquel benemérito caimán 
cebado, honor y prez de la naciente bellaquería buro- 
crática, que sin exponer su pecho á las balas tenía 



32 F. Tosta García 

tantos meses en el remanso del pelecheo, aquel cetá- 
ceo de extracción ó importación granadina, salía por 
fin á la superficie, no á la liora del combate sino á la 
llora de tomar las de Yilla Diego, y salía relativamente 
gordo, colorado, jaquetón, en magnífica muía con he- 
rraje de plata, de botas lustrosas y manta bordada, 
con el aire satisfecho, plácido y dominante de un 
mandarín de la China, creyendo que la Patria era su 
patrimonio, que se estaba libertando en su provecho, 
y, que los ríos de sangre, que corrían y las innumera- 
bles víctimas que se inmolaban, eran solo para pro- 
porcionarle gangas y proventos tanto á el como á los 
demás zánganos, sus congeneres, de la genésica cama- 
rilla de vividores y especuladores del erario público, 
que andando los, tiemi)os había de ser tan numo- 
rosa 

Al verlo tan finchado y tieso y con tan irritante 
catadura, no pudo contenerse don Manuel Antonio 
. Alvarez, se acercó á la rueda donde estaban todos los 
viajeros, j dirigiéndose á el, con acento sarcástico y 
marcrda exaltación, dijo : 

■ — Es locura grandísima, es disparate mayusculísi- 
mo, este que van á cometer los habitantes de Caracas. 
Xos riesgos de esa cruzada son incalculables y mu- 
chas las molestias, privaciones y desaguisados que les 
aguardan en ese largo y accidentado camino de aquí 
á Barcelona, que es sin hipérbole un barrial continua- 
do, lleno de pasos de ríos, empinados cerros, intrinca- 
das montañas, escuetos valles y sabanas, en donde 
abundan animales dañinos. Morir por morir, equivale 
á lo mismo ; y en la disyuntiva, yo profiero hacerlo 
tranquilamente metido dentro de las cuatro paredes 
de mi casa, ya que no puedo cumplir con mi deber. . . . 

— Bueno, señor don Manuel, — interrumpióle en 
son de guasa el hombre de las Siete Emes, — comisio- 
namos á"'usted para que de nuestra parte le de la^ bien- 
venida á don José Tomás, y damos á doña Benigna el 
encargo de unas hallacas de gallina y un plato de 
hienmesahey para ablandarle las entrañas .... 



Los AñoTi Tarribhs 33 

— i Eso sí que no, señor mío ! — grito el ínclito pre- 
ceptor, golpeándose el pecho y montado en cólera, 
como una culebra cascabel que hubiera sido pisada 
por el rabo — Benigna y yo no haremos ningún pacto 
con los enemigos de nuestra Patria, nosotros, lejos de 
huir como unos carneros ó de abdicar como unos infa- 
mes, sabremos colocarnos á la altura de la situación y 
hasta morir dignamente si preciso fuere ; y morire- 
mos, se lo juro á usted, llegado el caso, como los pri- 
mitivos cristianos, entonando salmos y oraciones, ó 
como los antiguos gladiadores que pronunciaban el 
morituri te salutant, inclinándose sonreídos en el circo 
ante el Cesar; y contrayendome especialmente á mí, 
le aseguro que tendré el valor de esperar á Boves en 
la plaza de Capuchinos, con la misma arrogancia y 
altivez conque Papirio y los demás senadores aguar- 
daron en Koma á Breuo y á sus terribles galos. No 
señor de Mora, no, señor Administrador de los bienes 
secuestrados, yo no emigro ni capitulo, ya que todos 
los demás patriotas se van huyendo, alguno debe que- 
dar en Caracas para aguardar á los godos, ya que 
todos se van, haciendo alarde de sus riquezas al brin- 
co y de golpe y porrazo; yo que no tengo ni un pláta- 
no que asar, me quedaré en la ciudad de don Diego de 
Losada, como un raro ejemplar de los varones de 
entereza de los pasados tiempos. 

Todos los presentes se sonrieron con la venenosa 
cuchufleta, dirigida á don Mauricio, á quien se le 
calentaron las orejas, y el verboso don Manuel An- 
tonio, continuó imperturbable : 

— ¿ Acaso no hubo un hombre que se llamó Hora- 
cio Publio Cocles, que solo y armado con su lanza 
detuvo en el puente del Tíber al ejército de Pórsena,. 
y acaso no hubo otro de estos trigos que se llamó 
Alonso Andrea Ledezma, que armado con su trabuco,, 
detuvo en las faldas del Avila á los piratas ingleses 
que venían á saquearnos ? Y si esos dos héroes, que 
algunos necios tendrían por Quijotes, supieron sacar 
la cara en presencia de la cobardía de sus conciuda- 
danos, ¿ por qué razón no ha de repetirse la historia, 

LOS A5fOS TERRIBLES. 3 



*4 F. Tosta G«rc/« 



por qué hoy, cuando huyen tan triste é inexplicable- 
mente los egregios vencedores en San Mateo y La 
Tictoria, que no ha mucho supieron en tan memorar 
bles sitios poner á raya al audaz asturiano, por qué 
hoy, cuando hasta el bravo pueblo del 19 de Abril 
huye amilanado ante un secuaz de Boves que se acer- 
ca á la ciudad, ¿ por qué hoy, señores, no ha de tener la 
gloria el maestro de escuela Manuel Antonio Alvarez, 
de salir al Empedrado á sujetarlo con su palmetaj ya 
que no hay un valiente militar que quiera hacerlo con 
su espada ? Cómo es posible que el ejército patriota, 
— en donde hay tantos hombres de temple, aguerri- 
dos é indomables y caraqueños tan altivos, se vayan 
así en esta vez sin quemar un cartucho siquiera, cuan- 
do en estos momentos hay un i:>ueblo heroico que se 
sacrifica, pero no abdica ; cuando los dignos valencia- 
nos á las órdenes del coronel Juan Escalona y del 
gobernador Espejo, emulando allá con los numantinos 
y saguntinos, se cubren de renombre y se hacen in- 
mortales, muriendo en las trincheras antes que huir ó 
capitular ? ¿ Cómo pueden hermanarse tanta heroici- 
dad y tanta cobardía ? 

No, no, este impremeditado paso será siemj)re 
Tina mengua y un bochorno, por más que los historia- 
dores quieran azucarar la pildora en lo porvenir. 

Oh! GontrsistQ penosísimo ! ' 

Allá un puñado de adalides combatiendo contra 
siete mil hombres mandados por Boves y Morales ; y 
aquí un ejército valeroso y un pueblo viril corriendo 
como unos galli-pavos ante el mandador del capitán 
Bamón González, que se acerca .... Por eso el ínclito 
Bibas está furioso y quiso romper su sable, por eso 
quería combatir á todo trance, había hecho una cin- 
dadela atrincherando las manzanas centrales y tenía 
en el Seminario y en otros edificios públicos gran 
acopio de víveres y muchas pipas de agua para la 
resistencia, en la cual se hubieran repetido siu duda 
las magnas escenas de La Victoria. 

Y á pesar de las levantadas ideas que le animan, 
pronto le veremos pasar por esta vía ignominiosa, 



Los Años Terribles S5 



pues no embargante sus opiniones, por obedecer á 
Bolívar y á Marino, aunque contrariado y tascando el 
freno de la disciplina, entrará también en la manada 
de la fuga .... 

Con inmenso entusiasmo, con extraordinaria com- 
pla«encia oyó don Agapito Callejones aquella tremen- 
da é inesperada filípica de su vecino el preceptor de 
primeras letras, y no se abstuvo de batirle palmas 
ruidosamente á pesar de que el duro zurriagazo había 
caído también sobre las espaldas de Marino, en razón 
de que su apego hacia el caudillo oriental, había caído 
de bruces, desde que en los últimos días le vio tan 
subordinado á Bolívar y tan plegado á todas sus órde- 
nes y caprichos. Por eso, estrechando con gran exal- 
tación la mano de don Manuel, le dijo : 

— Cómo se comprende, vecino, que es usted 
un hombre de gran talento, un austero patriota 
y un ciudadano imparcial, justo y probo, que 
habla la verdad sin ambages y sin ai)asionamien- 
tos. Lo que usted acaba de decir es el evangelio. A 
Miranda se le ha criticado mucho su capitulación de 
San Mateo, y yo sostengo que esta fuga insensata que 
vamos á emprender, entregando la capital á un sar- 
gento de Boves sin tirar un tiro, es cien veces más 
vituperable, porque á ella se agrega la impremeditada, 
la desastrosa idea de la emigración, que es á todas 
luces un enorme disparate en el cual, óigase bien^ — 
añadió golpeándose fuertemente el pecho, y dirigién- 
dose á todos los que estaban á su alrededor — voy á 
entrar yo, no por mi gusto sino por complacer á mi 
familia. ^ Quiero que conste esto para que nadie extra- 
ñe que siendo contrario al supino desbarajuste, me in- 
corpore en él como un bolonio. ¡ Quiero salvar mi 
responsabilidad para lo futuro ! 

IV 

Algo muy serio y anonadante iba á responder don 
Mauricio Mora á las chocarreras diatribas de don 
Manuel y á los aspavientos y desahogos de don Aga- 



36 • F. Tosta Carda 

pito, algo muy trascendental sin duda, iba á salir de 
sus elocuentes labios á juzgar por los extraños ade- 
manes que hacía, mostrándose nervioso, impaciente y 
sulfurado, cuando se oyeron á lo lejos tambores, pitos 
y cornetas y en la empinada esquina de Arguinzones, 
apareció la vanguardia del ejercito que venía mar- 
chando á banderas desplegadas. 

Aquello puso fin á la discusión y todes empeza- 
ron á acomodarse para la partida. 

— ¡Nos vamos, nos vamos ! — gritaron mil voces 
emocionadas. 

Y sonó para todos la hora crítica y solemne de la.> 
despedida. 

Y digo para todos, porque de acuerdo con lo dis- 
puesto de antemano, la emigración debía marchar á 
retaguardia, por lo cual, los que formaban parte del 
ejército, obligados como era natural á marchar incor- 
porados en sus respectivos cuerpos, tenían forzosa- 
mente que separarse de sus familias, á pesar de que 
ellas iban á seguir el mismo rumbo. 

Luis Keyes se sentía hondamente preocupado y 
bien fuese por la impresión que le causaron las apo- 
calípticas frases de don Manual Antonio, ó por el es- 
tado de apocamiento en que se hallaba su espíritu 
desde el gran desastre de La Puerta, agravado por los 
preliminares ó preparativos de aquella arriesgada y 
súbita partida, acompañado de todos los seres que 
componían su hogar, es lo cierto, que su emoción era 
inmensa en aquella inolvidable mañana. Por su men- 
te cruzaban aciagas ideas, sombríos presentimientos y 
pesimistas augurios, todo lo veía negro y en el instan- 
te psicológico de recibir la bendición de sus padres, 
abrazar estrechamente á Carmen y decir adiós á los 
demás parientes y amigos que formaban parte del 
grupo, sus ojos se humedecieron, sintió el corazón 
oprimido, se figuró que aquella lejanía de los suyos 
sería eterna, y por misteriosa e inexplicable alucina- 
ción, al montar á caballo y ponerse á la cabeza de sus 
soldados, creía que se alejaba para siempre de aque- 



¿os Años Terrible» 3 7 



líos seres queridos, que jamás volveria á verlos, y, 
hasta oía el aire alegre y marcial que iba ejecutando 
la banda como si -fuera el toque fúnebre ó marcha re- 
gular que se acostumbra en los entierros militares, lle- 
gando á tal extremo aquella especie de intuición 
fatalista, que le sugestionaba, que cuando llegó á la 
plaza de la Candelaria j volvió el rostro hacia atrás, 
los blancos pañuelos que en señal de despedida le 
agitaban desde lejos su madre, su esposa, su suegra y 
sus cuñadas, le parecían girones de mortajas ó peda- 
zos de sudarios : y para colmo de enredo en su dese- 
quilibrada, confusa y entelerida imaginación, al mirar 
las ruinas de la casa solariega de los Eequena, le pare- 
ció que el espectro airado y sañudo de don José Ven- 
tura surgía de entre ellas, en amenazante actitud, 
como haciéndole responsable de aquella insigne locu- 
ra que iba á cometer su familia, y hasta llegó á supo- 
ner que la ilusoria silueta, abriéndose paso por entre 
las densas brumas que cubrían las ruinas, le decía : 
oye, plebeyo mal nacido y cuarterón, ya que al fin en 
este mundo te has salido con las tuyas y dispones á 
tu antojo de la suerte de mi familia, te aplazo para 
que arreglemos cuentas en la eternidad ! . . . . 

Lenta, pesada y monótona fue la marcha de la 
abigarrada procesión en aquella primera jornada, 
por causa de que la retaguardia, á cargo de don Luis 
Santinelli, tenía que andar á paso de morrocoy, cui- 
dando el parque, las bestias de respuesto y la impedi- 
naenta ; procurando al mismo tiempo, no" alejarse mu- 
cho de la emigración, para jjrotegerla y ayudarla en 
todo lo posible, según la orden que se le había dado. 

Al siguiente día, contrariado i)or' tan peligrosa 
morosidad, dispuso Bolívar que el ejercito marchase 
con mayor rapidez, aunque los emigrantes se queda- 
sen atrás. 

Esta orden llenó de gran angustia y de justos te- 
mores á Luis Keyes por la suerte de su familia, por- 
que se supo además, que al salir el ejercito y la ^emi- 
gración de la capital, se armaron en ella muchos 



3S F. To^U GafoitL 



voluntarios realistas, y unidos con el guerrillero Ma- 
chado, que había acelerado su marcha, llegando á 
Sabanagrande por el camino de Baruta, venían juntos 
por detrás en pleno pillaje, persiguiendo á los fugiti- 
vos y cometiendo las mayores iniquidades y salvaje- 
ces con los que lograban alcanzar, y era ello tan 
- positivo, que por retaguardia se escuchaban de tiempo 
en tiempo, tiros aislados y nutridas descargas. 

La situación del héroe de Güedeque y de Ta- 
guanes se hizo más crítica é inllevadera á medida 
que fueron internándose en los pantanos y obscuras 
montañas de la ruta oriental ; y á pesar de que su 
espíritu no se hallaba tan conturbado y dislocado 
como el día de la salida de Caracas, vistas las cosas 
con sangre fría, encontraba muy justos sus temores 
por la vida de los suyos, y hasta había razón de 
que se aumentasen con las desoladoras noticias y 
espeluznantes relaciones que circulaban de boca en 
boca respecto á -las innumerables vejaciones y ma- 
tanzas cometidas, pues aunque era cierto que el 
había recomendado muy especialmente á Santinelli 
su familia y en las dos primeras jornadas tenía 
informes de ella con frecuencia por el negro An- 
tonio, que estando bien á caballo iba y venía de re- 
taguardia á vanguardia con tal -objeto, después que 
se había aligerado la marcha para poner al ejercito 
fuera de toda contingencia, quedó completamente 
incomunicado, porque el cuerpo de Santinelli iba 
marchando á una jornada del ejercito con órdenes 
de no comprometer acción, limitándose á sostener 
la retirada y á auxiliar en lo posible á la emigra- 
ción, cuando fuese atacada por los perseguidores. 

Fue entonces cuando comenzaron á perecer los in- 
felices caraqueños, pues todos los que, ora por can- 
sancio ó bien por enfermedad, se veían en la nece- 
sidad de quedarse en los ranchos y arboledas de 
la vía, eran sacrificados sin piedad por los rea- 
listas, sin que sirviese de garantía la ancianidad, 
sin que fuera salvaguardia el femenino sexo, ni 
inspirara lástima la niñez. 



Los Años Terribles 39' 



El corte era 'por parejo y aquellos monstruos 
no respetaban ningiín fuero humano, ni se amedren- 
taban por ningún castigo divino. 

En las filas del ejército republicano se notaba gran 
desanimación j tristeza y todos los que desgraciada- 
mente liabían consentido en que sus familias se incor- 
porasen á la emigrante Bomería, temblaban al leer las 
nutridas listas de bajas que de hora en hora llega- 
ban, temiendo encontrar en ellas los nombres de sus 
deudos. 

Doce días después de haber salido de Caracas 
el ejército patriota, estaba pernoctando en Píritu j 
la preocupación de Luis Eeyes, lejos de disminuirse 
había aumentado grandemente, porque durante aque- 
llos días de angustia, ni una leve noticia sabía del 
paríidero de su familia y los informes que llegaban de 
momento en momento, eran pavorosos y desesperantes. 
Cerca ya de la media noche fué sorprendido en el ran- 
cho donde tenía colgado su chinchorro, por la visita de 
Rufino Peralta, quien con muy inmutado semblante 
y y.lterada voz, le dijo : 

— Levántate, Luis y enciende luz, que tenemos 
que hablar. Hace tiempo que te busco por el cam- 
pamento con urgencia. 

Tan inesperado anuncio á semejantes horas, heló 
la sangre al acongojado Luis y le hizo comprender 
que de algo muy grave se trataba ; y mucho más 
cuando, á la escasa claridad de la vela que, con 
trémula mano encendió, pudo observar el descom- 
puesto rostro de su amigo. 

— ¿De qué se trata, Eufino, qué ocurre? — le pre- 
guntó sobrecogido de indescriptible zozobra, — tu 
llegada brusca me hace presentir una gran fatalidad. 
¡No me ocultes nada, por Dios te lo suplico! 

— Oye, Luis — contestó Rufino, poniéndole cariño- 
samente la mano en el hombro, como un padre ó 
un hermauo y presentándole una carta abierta, — 
nada te ocultaré porque ereS un hombre y espera 
que te mostrarás superior al infortunio por enorme 



-40 ' F. Tost3 Gsrr-a 

que sea. Lee esa carta que Santinelli me envía con 
un expreso, encargándome entregártela personalmente. 

Luis cogió el fatal papel de manos de su amigo 
V, acercándose á la luz incierta, como nn reo á quien 
fueran á ajusticiar, y dudando si aquello pudiera ser 
realidad ú horripilante pesadilla, leyó lo siguiente : 

— "Tengo que cumplir, amigo Peralta, la más do" 
lorosa obligación de amistad para con . nuestro compa- 
ñero Luis Eeyes; y me valgo de usted para que me 
represente en tan penoso trance. No me atrevo á es- 
cribirle directamente, pues quiero que al apurar el 
<?ontenido de la copa amarga que, en fuerza del deber, 
tengo que enviarle, se encuentre á su lado un ser ami- 
go que 1q consuele y aliente. 

Ya sabrá usted que la matanza liecba en estos 
últimos días por las partidas realistas que nos persi- 
guen lia sido salvaje y horrorosa. La emigración ha 
quedado reducida casi á la tercera parte del número 
que salió de Caracas. Pasan de 8000 las personas 
muertas^ hasta ahora, unas por enfermedades, otras 
por cansancio y por hambre, y la mayor parte vil- 
mente asesinadas. 

El grupo en donde venía la honorable familia de 
nuestro desdichado amigo, fue sorprendido en Tacari- 
gua y sacrificado casi en su totalidad, escapándose 
solamente el señor don Agapito Callejones, por ha-, 
berse adelantado á llevarle unas medicinas al general 
José Félix Ribas, y el negro Antonio, antiguo asistente 
de Reyes, cuyo leal servidor, á pesar de haber recibido 
dos heridas, pudo alcanzarme y referirme el desastro- 
so hecho. Todos los hombres fueron pasados á cu- 
•ehillo, tocándole igual suerte á las mujeres después 
de haber sido vejadas ...... 

¡ Mi mano tiembla de indignación al escribirle 
estas líneas ! 

El principal autor de semejante crimen ha sido 
un tal don Emeterio Cienfuegos, acompañado de 80 
foragidos que le seguían, y según parece, el infame 
bandido por ciertas circunstancias de ruin venganza, 



Los Años Terribles "*' 

Tenía buscando expresamente á la familia Requena y 
á la familia Eeres, para consumar el atroz atentado. 

Dígale en mi nombre al camarada Reyes, para 
que tenga algún alivio en medio de tan rudo golpe, que 
si espantoso fue el crimen, inmediato j terrible fue el 
castigo, pues hubo en el supremo instante quien hicie- 
ra sus veces. 

Dígale usted que el Inglesito, que estaba á mi 
lado cuando el pobre negro herido, llegó y refirió los 
detalles del siniestro, con violenta indignación me dijo. 

— Mi coronel, cueste lo que costare y opóngase 
quien se opusiere, tengo que vengar en el acto á la fa- 
milia de mi excelente amigo Luis Reyes. En x>remio 
de todos los servicios que jo haya podido prestar á 
la Patria y á usted, permítame ir en busca de los ase- 
sinos con mi gente. 

Contra la severa consigna que se me había im- 
puesto, le di el permiso j salió como un rayo acom- 
pañado de sus 80 jinetas. Algunas horas después ca- 
yeron en su poder casi todos los foragidos de aquella 
partida quienes pagaron con su vida el inaudito cri- 
men cometido, mereciendo el cabecilla don Emeterio 
Cienfuegos la distinción de ser ahorcado en un alto 
jabillo para que sirviera de alimento á los zamuros y 
no manchara la tierra con su inmundo cuerpo. El In- 
glesito, ó sea la admirable heroína que detrás de este 
apodo de guerra oculta su verdadero nombre, y de la 
cual hable á usted muy en reserva en cierta ocasión, 
esta sin igual mujer, después de haber vengado tan 
ejemx:)larmente á las víctimas patriotas sacrificadas, las 
hizo enterrar á todas, cerrando antes los ojos con ma- 
no cariñosa Á los padres y á la esposa de nuestro ami- 
go á la cual quitó el anillo y cortó una crineja con la 
delicada intención de entregarle esos preciados re- 
cuerdos en sü oportunidad, teniendo además la genti- 
leza y previsión de cubrir con flores campestres la 
sepultura y marcarla con improvisada y tosca cruz, 
para poder sacar en algún tiempo, aquellos restos tan 
queridos para el hijo y el esposo". 



4S F. Tosta Garc/a 



Con los ojos turbios por las lágrimas, sintiendo 
como un síncope ó vacío cerebral, al concluir la lectura 
de aquella fatídica carta que de sus manos cayó al mu- 
griento suelo del rancho después de haber desgarrado 
su corazón, tuvo Luis Reyes que agarrarse de su ami- 
go para no caer también á tierra desplomado por la 
pesadumbre de la enorme desgracia ; y con acento de 
indescriptible dolor, exclamó: 

— ¡ Que hombre tan perv^erso y que mujer tan 
extraordinaria, tan generosa y tan noble ! Oh ! Ru- 
fino, amigo mío, compadéceme, que todo acabó en el 
mundo j^ara mí. Sin padres, sin esposa y sin el 
hijo querido que ella llevaba en sus entrañas y con 
el cual en lo íntimo de mi alma principiaba ya á for- 
jarme doradas ilusiones; ¿habiéndolo perdido todo en 
el mundo, para que he de querer más esta desgraciada 
e iniitil existencia ? 

— Para la irredenta madre, de nuevo esclavizada — 
contestó Rufino hondamente conmovido, estrechándolo 
contra su pecho como un hermano — para la Patria 
que ha menester de tu fuerte brazo, para los amigos 
que saben cuánto vales ; y sobre todo, tienes que 
vivir para esa Nemesis incomparable, de modo que 
puedas pagar en lo futuro, en cualquier forma, la sa- 
grada deuda de gratitud que has contraído con la 
heroica vengadora de los muertos venerandos. 

i Colócate á la altura de la catástrofe, amigo mío, 
tú eres hombre, eres valeroso, fuerte y audaz, para 
todo eso tienes que vivir ! 



• ^ Las blancas mariposas del ensueño y los gayos 
colibrís de la fantasía, que de continuo revoloteaban 
por la imaginación de Luis Reyes, dando vida y íini- 
mación á exuberantes esperanzas de felicidad y á 
arreboles de gloria, abatieron sus alas y súbitamente 



Los Áñót Terribles 43 



cayeron heridos de muerte por el rayo de la máxima 
catástrofe acaecida. 

Como un autómata, mudo e indiferente á todo, 
siguió rindiendo maquinalmente los itinerarios de la 
penosa marcha hasta Barcelona, casi sin comer y sin 
dormir ; y cuando á fines del mes de julio, llegó el 
ejercito á la referida ciudad, su semblante estaba ama- 
rillento y demacrado, su cuerpo flaco, su alma anona- 
dada y en su bigote y cabellera habían aparecido pre- 
maturos hilos de plata, reveladores de la honda impre- 
sión que le causara el rudo golpe de Tacarigua. 
y ¿ Para que podía querer ahora grados, renombre, 
honores, dinero y posición encumbrada, cuando de la 
noche á la mañana todo acababa de perderlo y el 
mundo había, por así decir, desaparecido para el ? 

Sin sus padres, sin su Carmen, sin aquellos 
irreemplazables seres, sin aquella mujer querida, que 
era la mitad de su existencia, sin su familia y sin sus 
íntimos amigos inmolados todos por la feroz cuchilla 
goda, para que podía aspirar á más nada y para que 
podía apetecer la vida misma ? 

Las consoladoras y elocuentes palabras de su ca- 
marada Eufino, sonaban en su acalorada imaginación 
como campanadas lejanas que le llamaban al santuario 
de la conformidad y de sus deberes de patriota ; pero 
todo eso le parecía ya iniítil y ese resorte, insulso y 
majadero. 

Sus mismos ardores e ideales de libertad e inde- 
pendencia, estaban apagados, porque después del 
mayúsculo fracaso de La Puerta y del censurable 
abandono de - la capital, que vino á ser el corolario 
de la bancarrota, veía declinar la estrella de su 
jefe y obscurecerse el sol de la emancipación na- 
cional, desde que hombres de la talla de José Félix 
Eibas empezaban á desconfiar de las aptitudes de 
Bolívar y á buscar rumbos inciertos y descabellados, 
que evidentemente conducirían á la más calamitosa 
anarquía. 

Y se aumentaban las tribulaciones de su espíritu 
por el aspecto desgarrador y eonflictivo que presen- 



44 F. Tosía. Círcia 



taba Barcelona en aquellos días, llena de dolencias, 
de lágrimas, de enfermedades y de miserias, con sus 
casas convertidas en hospitales y sus calles repletas 
de emigrantes pálidos, andrajosos, famélicos y tristes 
que solicitaban, inspirando lástima, asilo donde re- 
posar sus fatigados cuerpos y donde llorar los seres 
amados que habían i3erecido en la malhadada emi- 
gración. 

Mucho deseaba en aquellas tribulaciones ver á 
Estefanía y hasta la buscó acusioso por todos los 
cuarteles ; mas como el cuerpo de Santinelli, que 
venía en retaguardia como se sabe, sin entrar á la 
ciudad, había tomado de orden superior, otro rumbo 
y estaba ahora de avanzada hacia la vía de Aragua, 
por tal contrariedad, no pudo conseguir su íntimo 
deseo, por causa de serle imposible separarse del 
mando del nuevo batallón que le habían confiado 
últimamente. 

No había podido ver á aquella mujer incom])a- 
rable, aquella única personalidad humana, que por 
gratitud y otros atractivos poderosos, era el resto de 
ventura y de esperanza que en su inmenso abando- 
no le quedaba. 

No había podido verla, pero por las raras coin- 
cidencias ocurridas, el recuerdo de la rival y al 
mismo tiempo la Tengadora de Carmen, llenaba por 
completo su atribulada imaginación,}' por grande que 
fuera su dolor y su desprecio por la existencia, 
aquellas palabras de Eufino Peralta resonaban en 
sus oídos con la fuerza de un mandato supremo en 
medio de su naufragio : "tienes que vivir para la 
Patria y para esa noble y generosa mujer á quien 
tanto debes". 

Evidentemente por inúmeras razones y por 
multitud de ligaduras inzafables no podía desenten- 
-derse ni mirar con indiferencia á tan ejemplar he- 
roína, modelo de constancia, de abnegación, de ili- 
mitado desinterés j de superior energía. No era 
concebible olvidarla porque le debía mucho y tenía 
•con ella muchos puntos íntimos de contacto y de 



Los Años Terriblts 45 



imperecedera gratitud ; sobre todo, ahora que acaba 
de consuraar la más hermosa de sus acciones, cas- 
tigando al asesino de su malograda Carmen y al 
destructor de su familia. Aquel solo acto merecía 
que el la colocase en el santuario de su corazón. 

Y ahora, que la mano implacable de la desgra- 
cia lo había azotado con dureza tanta, era cuando 
estaba en capacidad, por afinidad de las situaciones,, 
de poder valorar en toda su extensión, los elevados 
quilates del alma de Estefanía y el gran mérito de su 
excepcional conducta después de la enorme contra- 
riedad que debió sufrir su angelical enfermera de 
Carora, cuando á raíz de haberle salvado la vida 
por sus esmerados cuidos y atenciones en el lecho 
del dolor, empezó aquel poético episodio amoroso, 
que tuvo por desenlace su brusca separación, el sub- 
siguiente olvido y el desengaño final causado por 
su matrimonio con Carmen. 

Y subía á las nubes su admiración por aquella 
mujer al recordar que bajo la impresión del gran de- 
sastre de su hogar y de la trágica destrucción de su 
familia consumada en otros tiempos por las hordas 
de Monteverde, ella, en situación análoga á la que él 
se encontraba ahora, se sobrepuso á todo, se agigantó 
en la adversidad y á pesar de las condiciones de su 
débil sexo, lejos de abatirse por la soledad en que^ 
quedaba, se irguió fiera é indomable, y con el temple 
de Semíramis y la saña de Judit, emxjuñó las armas 
para defender su Patria y vengar á su familia, al mis- 
mo tiempo que con aquel varonil comportamiento al 
desaparecer moralmente del mundo, porque cambiaba 
de nombre y hasta de sexo, se ponía en condiciones 
de no cultivar ningún otro amor en su vida entregán- 
dose por completo á las amargas remembranzas de 
aquel afecto tan desgraciado y mortificante para ella;; 
pero del cual no podía apartarse ; como no se aparta 
la inóauta mariposa de la luz que la atrae para que- 
marla, como no puede sustraerse el paj arillo de la 
mirada hipnótica del áspid que lo atrae para devo- 
rarlo. 



46 F. Tosía Gare/* 



Todos estos detalles íecordaba Luis en el parale- 
lo mental que hacía de sus cuitas con las de Estefanía, 
como también el prudente incógnito guardado por 
ella, la estudiada lejanía en que se liabía mantenido, 
hasta que por segunda vez, después de la acción de la 
Puerta, le salvó la vida en la forma que ya sabemos, 
completando su magna obra de alteza y abnegación, 
su conducta en Tacarigua, con lo cual sellara el ex- 
pediente de la canonización que merecía, como una 
santa ó una mártir de aquel amor tan grande que él 
le inspirara un día. 

Tales hechos no necesitaban de comentarios, y 
en cualquiera de los grados de su comparación con 
ella, quedaba él muy por lo bajo en toda la línea de 
los deberes y en todos los puntos de afectos, obliga- 
ciones, enterezas y virtudes. 

¡ Qué contraste tan abnimador y mortificante ! 

Ella, mujer, se había enaltecido en lugar de aba- 
tirse cuando los esbirros de Monteverde en aquella 
hora trágica, destruyeron su hogar en Carora ; y 
él, hombre, andaba lloroso, pusilánime, inerte y casi 
nulo, porque don Emeterio Cienfuegos con sus bandi- 
dos, le había causado igual daño en Tacarigua. 

Ella, amante desairada, con un desinterés más 
grande que el de Eloísa, no liabía puesto sus ojos ja- 
más en ningún otro hombre, y no pudiendo pertene- 
ceré materialmente, se había entregado á los peligros 
de la guerra, él, preferido, complacido y hecho feliz, 
no había tenido para ella ni siquiera la cortesía de un 
cariñoso saludo ; ella, subalterna apartada y obscura, 
le había hecho servicios muy notables ; él, de gradua- 
ción superior, conocido, famoso y hasta mimado por 
Bolívar, no había hecho nada por ella, ni siquie- 
ra cumplir con el sagrado deber de darle las gracias 
por su último comportamiento en el desastre de los 
suyos.. . . . 

Todas estas poderosas consideraciones, como el 
hecho de no haber podido encontrarla para cumplir 
aquella obligación y desahogarse un poco comunicán- 
dole sus penas, ni haber podido encontrar tampoco en 



Zos Años T9rribl9s 47 



Barcelona á Bufino Peralta, que se había ido para 
Cumaná, al lado de Marino, todos estos trastornos, 
todos estos agudos pensamientos, formando causa 
común con la espantosa soledad en que se hallaba, le 
hacían ver á la felicidad, como un mito, á la gloria, co- 
mo una pasajera bruma, al renombre, como una insig- 
ne quijotada, y caía en la chifladura del suicidio, 
mirando ese recurso extremo de los débiles, como la 
única puerta abierta hacia el camino de lá liberación 
infinita. 

Sí, sí, su estrella había declinado y se considera- 
ba como demás en este valle de lágrimas. 

Con todas las bellas ilusiones muertas, con la 
convicción de su pequenez y de su manifiesta inferio- 
ridad ante el único ser que en el mundo quedaba dig- 
no de inspirarle interés y amor, la vida era para él un 
castigo, y resuelto estaba á hacerse matar en el primer 
combate serio que se presentara ; de tal manera, que 
sintió incomparable júbilo cuando llegó la noticia de 
que el temible canario José Tomás Morales, ascendido 
á brigadier per saltum, y al frente de 8.000 soldados 
realistas, entre ginetes, infantes y arenilleros, se aproxi- 
maba por el camino del Chaparro. 

A pesar de que el Libertador sólo había podido 
organizar, con muchos trabajos y dificultades, un efec- 
tivo de 2.000 hombres en Barcelona, al saber la men- 
cionada noticia, marchó inmediatamente hacia la villa 
de Aragua y allí encontró al coronel José Francisco 
Berniúdez con 1.000 voluntarios, enviados por Marinó 
y también encontró allá á Santinelli, que se había 
adelantado con su cuerpo de tropas al tener el informe 
de la aproximación del enemigo. 

Bolívar y Berniúdez, aunque no muy de acuerdo 
en pareceres, porque, el dañino árbol de la insubordi- 
nación estaba próximo á dar sus agrios frutos, traba- 
jaron día y noche con tesón, para atrincherar el 
pueblo y esperar á Morales en las mejores condiciones 
de contrarrestar las desventajas del menor número. 

El lugarteniente de Boves tocó diana del lado 
-allá del río el 17 de agosto, y con ese motivo se hicie- 



4S , F. Tosía Garcfa 



ron manifiestos y tangibles los primeros zarpazos del 
demonio de la anarquía, que sordamente venía minan- 
do desde atrás, las filas del ejercito patriota. 

Quería Bolívar, como era lógico y natural, que 
los cuerpos de caballería existentes, á las órdenes de 
Monagas, Zaraza, Carvajal, Cedeño y otros lanceros 
de nota que ya se habían hecho famosos por sus ha- 
zañas, fuesen á disputar al enemigo á campo descu- 
bierto, el paso del río, y que la infantería quedase 
dentro de las fortificaciones. 

Se opuso á ello enérgicamente Bermudez, alegan- 
do que no debía haber preferencias ni favoritismos 
para nadie "que salían todos ó se encerraban todos, 
pues no era justo que los orientales fuesen á pagar el 
liaio, exponiendo sus pechos á las balas á cuerpo lim- 
pio, en tanto que los occidentales se quedaban a buen 
recaudo, dentro de las trincheras." 

El Libertador, que conocía el carácter brusco y 
atrabiliario de Bermudez y medía el estado tirante y 
crítico de la situación que se atravesaba, con tan po- 
deroso enemigo á la vista, para no soplar el combus- 
tible de celos e inquinas entre orientales y occidenta- 
les, en tan inoportunos momentos, prefirió aceptar 
para complacerlo la errónea modificación, y se libra- 
ron las órdenes del caso en el propósito de defender 
los cuatro extremos de la población, combatiendo todo 
el mundo dentro de trincheras, jinetes e infantes con- 
fundidos. 

¡Error del uno y debilidad del otro, que costaron 
muy caro á Venezuela ! 

El día 18 amaneció Aragua totalmente circunvala- 
da por el numeroso ejercito de Morales, que pudo 
maniobrar á su gusto, sin que nadie le esgrimiera una 
banderola ó le quemara un triquitraque. 

Los robustos brazos de nuestros ecuestres Aquiles 
quedaron inertes por una disposición descabellada. 

A las 8 de la mañana, se rompieron los fuegos por 
todos los flancos. El Libertador, que personalmente 
mandaba como un simple jefe de columna el ala de- 
recha de la línea de defensa, hizo gala en aquel día 



Los Años Terribles 49 



de un valor j de una serenidad incomparables, resis- 
tiendo el furioso ataque de los realistas hasta las tres 
de la tarde, hora en que estaban agotadas las muni- 
ciones y las filas independientes casi aniquiladas. 

El batallón Caracas, que en la organización he- 
cha en Barcelona quedó á las órdenes de Pedro Sallas 
y Luis Eeyes, y cuya brillante oficialidad se componía 
de los jóvenes más distinguidos de la capital, aquel 
insigne batallón quedó casi todo tendido en las calles, 
inclusive el denodado Sallas, que recibió siete heridas 
mortales. 

Muerto Carvajal dentro de paredes y obstáculos, 
que le impidieron ejercer sus asombrosas habilidades 
de jinete, muerto el imponderable Tigre Encaramado 
y muchos otros jefes y oficiales de importancia, Bolí- 
var viendo la acción perdida, se abrió paso por el ca- 
mino del Carito, tomando la vía de Barcelona, mien- 
tras que Bermúdez, después de haber Combatido bi- 
zarramente, se dirigió hacia Maturín, acompañado de 
algunos soldados de caballería y de infantería, que lo- 
gró salvar de aquel nuevo desastre para la República. 

Las perdidas de los patriotas en, aquella funes- 
ta jornada fueron de gran magnitud y no bajaron los 
muertos de 4.000, entre militares y paisanos de ambos 
sexos, porque el feroz Morales hizo degollar, junto 
con los prisioneros y rendidos, á multitud de seres 
indefensos dentro de sus casas y hasta dentro del 
sagrado recinto de la iglesia. 

Aquello traspasaba ya los luctuosos límites de la 
guerra á muerte y tomaba pavorosos lineamientos de 
guerra de exterminio contra una raza, desde luego que 
la matanza se extendía á los ciudadanos pacíficos, sin 
reparar en sexos ni en edades. 



VI 

Jamás había combatido Luis Reyes con fmayor 
ardimiento y temeridad que como lo hizo en aquella 
ocasión. 

LOS AJ70S TBRBIBLRS. 4 



50 F, Tosía García 



No lo impelía, como antes, el estímulo de la 
fama, ni el interés sublime del triunfo de su Causa; 
como queda dicho, sus esperanzas é ideales estaban 
muertos y solo abrigaba desencanto, rabia j deseos 
frenéticos de venganza. 

Había buscado muchas veces la muerte durante 
el azaroso día, peleando de esquina en esquina con 
su bravura acostumbrada, y todavía, á pesar de tantas 
bajas entre sus valerosos soldados, todavía, en el 
momento de la derrota y de la huida, le quedaba 
una guerrilla del heroico "Batallón Caracas" y con 
ella á pie, sable en mano y á la cabeza de la in- 
trépida guerrilla, que había calado bayonetas, no 
queriendo retirarse por más que se lo hubieran or- 
denado varias veces, marchaba ciegamente como un 
sublime enagenado en dirección del río, despreciando 
la lluvia de balas que pasaban silbando por sobre 
su cabeza, con el ánimo insensato de contener el 
cuerpo del ejército realista que avanzaba por aquel 
flanco á la carrera, dando feroces gritos de triunfo 
y de alegría, porque iban á apoderarse de la pobla- 
ción abandonada. 

Sin duda alguna que nuestro héroe estaba irre- 
misiblemente perdido en tan peligrosa ocasión, á 
no haber ocurrido un ,^ incidente inesperado y hasta 
en cierto modo fenomenal. 

^¡Detente, Luis y vuelve atrás! — gritó á lo lejos 
una voz extraña, vibrante, aguda y argentina, con 
la entonación con que dice el libro de la Apoca- 
lipsis habrá de resonar el clarín el día del juicio 
flnal, — ¡detente, por Dios, que vas á sacrificarte como 
un suicida y tienes en el mundo á quien hacerle 
falta! 

Luis dudó un momento, entre detenerse ó con- 
tinuar en el fatal avance ; pero como aquel metal 
de voz no le era desconocido, porque lo había oído 
muchas veces, aunque no en tan alto tono ni en 
escala tan poderosa y dominante, seguro de que 
era la voz de Estefanía Garguera, una fuerza mis- 
teriosa lo detuvo, miró hacia atrás y en medio de 



Los Años Terribles 5i 



una nube de polvo, entre el silbido de las balas 
y la gritería de la soldadesca enemiga que ya estaba 
muy cerca, alcanzó á ver á la heroína que venía al 
galope, en su seguimiento, acompañada de un grupo 
de lanceros, por lo cual con indefinible expresión 
ordenó á su guerrilla la contramarcha ; y, juntándose 
á la carrera con la valiente amazona, la dijo : 

— Está muy bien, amiga mía, te obedezco. 

— i Cuánto te lo agradezco, Luis, salvémonos 
pronto ! Yo aunque de los últimos iba también hu- 
yendo con los pocos jinetes que me han quedado 
vivos ; mas al verte desde aquella colina empeñado en 
tan absurda temeridad, volé hacia aquí acompañada de 
mis valientes y te lance aquel desesperado grito para 
contenerte. 

- -Y lo has conseguido, Estefanía, y te lo agra- 
dezco. Solamente tu, te lo juro, hubieras podido con- 
tenerme en la extrema resolución de morir para no 
seguir presenciando tantas calamidades. A ti no 
puedo negarte nada. ! 

— i Huyamos, huyamos pronto, porque estamos 
casi cogidos ! 

— Sí, huyamos, Luis, monta ligero en uno de los 
mejores caballos de mis soldados, el cual te lo cederá 
con mucho gusto ; el subirá en la grupa de un compa- 
ñero, tu guerrilla hará lo mismo, subiendo en las ancas 
de los otros jinetes ; y así, nos escaparemos todos. 

Al pie de la letra se cumplió la orden, porque con 
el Inglesito nadie jugaba, y con la prontitud que el 
apurado lance requería, todos quedaron en el acto 
montados y emprendieron la fuga velozmente. 

Cuando estuvieron lejos de los perseguidores y 
de la zona donde podían alcanzar las balas, Luis se 
acercó á Estafanía ; y adelantándose los dos á cierta 
distancia del resto de la comitiva, di jóle el primero 
con marcado interés : 

— Estefanía, mujer incomparable, ¿que puedo yo 
decirte en obsequio de tus acciones tan nobles ? Aca- 
bas de salvarme una vez más ; pero mi deber antes 
que todo, es darte las gracias, de rodillas si pudiera. 



Si F. Tosía Garti» 



por tu sin par conducta en el calamitoso siniestro de 
Tacarigua. Hace tiempo que deseaba verte- y te he 
buscado mucho para decirte, que aunque te odiara, 
por ese solo acto tenía que amarte y admirarte. Hi- 
ciste mis veces á cabalidad ; y por eso, aunque no lo 
extraño, porque conozco el levantado temple de tu al- 
ma, sería yo un monstruo de ingratitud si no te dijera 
ó mejor dicho, si no te probara con hechos en lo por- 
venir, que mi reconocimiento será eterno. Óyelo bien, 
ahora te creo más digna del singular amor que te he 
profesado ; y te aseguro que el poco apego que le 
tengo á la vida es solamente por ti y por la Patria. 

— Mis acciones no merecen tantos encomios — 
contestó Estefanía, profundamente tocada por aque- 
llas expresivas frases del hombre á quien tanto ama- 
ba — salvándote he llenado mi extricta obligación. 
Alanceando aquellos asesinos y ahorcando al infame 
Cienfuegos, cumplí un deber de patriota indignada ; y 
cerrando los ojos á . tus padres y á tu buena esposa, 
dándoles sepulturas y marcando el lugar de ella para 
que en mejores tiempos puedan ser sacados sus res- 
tos, con tales procedimientos, tan justos como natura- 
les, sólo he llenado una obligación de desinteresado 
afecto hacia tí, Luis mío, que eres el único hombre á 
quien he amado en mi vida y á quien amare hasta la 
muerte; y no tengo escrúpulos en confesártelo tan 
paladinamente ahora, por lo mismo que estás triste, 
solo y lleno de amarguras de todo genero. Traigo 
conmigo cuidadosamente envueltos en mi capotera 
dos recuerdos para ti, una trenza de la pobre Carmen 
j el anillo nupcial que le regalaste .... 

Los ojos del coronel se inundaron en gruesas 
lágrimas, tanto por la evocación del siniestro lan- 
ce con aquellos detalles expresados por boca misma 
de la eminente heroína, cuanto por la modesta senci- 
llez conque decía cosas tan grandes en aquellas sen- 
tidas palabras de intención tan profunda y de mérito 
tan insólito ; y llegó su emoción á tal extremo y fue- 
ron de tal manera sugestivos los afectos de su arroba- 
miento, que tornó su caldeado cerebro, aunque mo- 



Loe Año» Terribles ' £^ 

mentánéamente á sentir de nuevo conatos de desequi- 
librio, y en su entusiasnao por aqiiella mujer tan noble 
correcta y sobrenatural, le pareció ver por entre las 
malezas y parales del camino, la imagen de Carmen ó 
su espíritu convertido en materia visible y tangible, 
que muy camplacido le decía : "esa debe ser mi suce- 
sora, ya que fué mi vengadora, es muy buena y te 
ama mucho, quiérela, quiérela bastante, que es la 
única que veo en ese mísero mundo digna de reempla- 
zarme y de acompañarte." Y en aquella especie de 
éxtasis ó de estupor por su compañera y salvadora, 
torrentes de palabras afluían á sus labios, queriendo 
salir á borbotones, hasta que dueño de sí y calma- 
da su excitación mental, exclamó : 

— Óyeme bien, Estefanía ; por mas que quieras em- 
pequeñecer tus procedimientos, ellos te colocan á la al- 
tura de una deidad, al nivel de un ángel terráqueo, en- 
cargado de velar por mi suerte ; y todo lo que me has 
dicho es tan bello, tan delicado y tan gentil, que desde 
hoy te proclamo, no mi amada del alma, porque ya lo 
eres desde hace mucho tiempo, sino mi eterna compa- 
ñera y algo más grande de que te hablaré en otra 
oportunidad. Entre tanto, bueno es que sepas que 
ese anillo nupcial que quitaste del yerto dedo de mi 
malograda Carmen, te pertenece, porque lo has ganado 
muy dignamente y la crineja de su negra y abundosa 
cabellera la guardaré, como un precioso recuerdo para 
colocarla en dorado cuadro en tranquilos y mejores 
tiempos. 

Aquí le tocó su "turno de flaquear á la indomable 
amazona, que á horcajadas en su corcel y con el apo- 
do de el Inglesito adquirió tanto renombre en la cru- 
zada de nuestra emancipación; aquí reaparecieron 
ardientes sus inclinaciones de hija de Eva, su varonil 
ánimo fué vencido por las significativas frases del 
ecuestre Adán, sus ojos se humedecieron, dejó caer 
las riendas, y alzando los brazos hacia el cielo, 
contestó : 

—Oh ! amado mío, cuan bondadoso eres para con- 
migo y cuánto bien me haces^ con tus palabras* ¡ Dios 



, ^^ F. Tosí» García 

solo sabe lo feliz que me siento en este momento, al 
verme juzgada por tí tan favorablemente ! 

Iba Luis Beyes á contestar algo muy importante 
á la heroína, cuando súbitamente notó muchas man- 
chas rojas en su blusa, hechas visibles por el movi- 
miento de alzar los brazos para invocar á Dios. Por 
esta circunstancia inesperada, preguntóle lleno de an- 
gustia : 

— ¿ Que significa eso, Estefanía ? Tienes manchas 
de sangre en el vestido. ¿ Estás herida acaso ? Por qué 
no me habías dicho nada ? 

— Es muy poca cosa, no te alarmes — respondió 
ella, sonriendo —es un rasguño que tengo en el hom- 
bro izquierdo, que produce alguna sangre, y nada más. 

— ¿ Pero de que proviene eso, que te ha pasado ? 

— Eue una bala que se antojó de acariciarme, y 
acaso superficialmente me habrá roto alguna vena* 
Es una tontería. 

— Sea como fuere — replicó Luis, en tono de re- 
proche — no debes ver el incidente con descuido, pues 
aunque leve, al fin es una herida. Tienes que hacerte 
algo en el acto para contener la hemorragia, porque 
la perdida- de tanta sangre te debilitará en extremo y 
no podrías continuar la marcha á caballo. Si quieres, 
podíamos desmontarnos Im momento para yo hacerte 
algo.... 

— No, no — dijo resueltamente Estefanía, con mu- 
cha viveza. — Eso nos haría perder tiempo y sin duda 
podríamos ser alcanzados por el enemigo. Me siento 
con fuerzas para llegar hasta Barcelona. Sigamos, 
que allá podré hacerme alguna cura con más como- 
didad. 

— Está bien — contestó Luis — encuentro muy dis- 
creta y razonable tu observación. Eso sí, debemos 
apurar la marcha. Entre tanto, dime, ¿ qué ha sido de 
Santinelli, qué rumbo ha tomado con su aguerrida 
tropa, y á qué horas y cómo recibiste esa herida ? 



Los Años Terribles 55 



— Te lo explicaré brevemente — respondió Estefa- 
nía, espoleando su caballo para alijerar el paso. — Noso- 
tros estábamos combatiendo por los alrededores del 
camposanto, rudamente, desde la mañana. Como á la 
una de la tarde, salí yo por su orden con mi caballería 
hasta fuera del poblado, despejando^aquel flanco con una 
recia carga en un espacio de más de veinte cuadras. Cuan- 
do regresé, perseguida por un grueso cuerpo de lance- 
ros realistas, no pude incorporarme á Santinelli, porque 
otro cuerpo de caballería de los enemigos lo tenía com- 
pletamente cercado. Yarié entonces de rumbo y sólo pu- 
de ver que el valiente y experto veterano, hizo calar ba- 
yonetas y se abrió paso, tomando la dirección de la se- 
rranía y haciendo fuego en retirada. En cuanto á mi heri- 
da, la recibí como á las tres de la tarde, al emprender la 
retirada, después de haber presenciado la admirable 
evolución de nuestro amigo Santinelli. Fué en la ca- 
lle que va hacia el río en el instante en que, al mirarte 
y reconocerte á lo lejos, galopaba hacia allá ; y cuando 
te grité para que retrocedieras, sentí como un foetazo 
en el hombro izquierdo, me llevé la mano á la parte 
dicha y noté que empezaba á salir alguna sangre ; 
pero, te lo repito, no es cosa de gran importancia ni 
merece la pena de que te preocupes. 

— Siempre sufriendo por mí, todo por causa mía — 
murmuró Reyes, contemplando á la denodada hija de 
don Quijito con inefable expresión. — Yo sería un des- 
preciable escuerzo, sería el más vil de los mortales, si 
me atreviera á conducirme mal contigo, en recompensa 
de tantos servicios hechos y de tantas pruebas dadas 
de tu sublime afecto. 

Después de tan interesante diálogo, siguieron 
marchando sin ninguna novedad digna de particular 
mención, y muy tarde de la noche llegaron á Barcelona- 

Lo primero que hizo Luis fué tocar en la botica 
para conseguir hilas y bálsamo con que curar á Este- 
fanía, y conseguir al mismo tiempo una cama para que 
pudiera pasar regularmente la noche, en espera de que 
un médico la recetara al amanecer. 



-56 V F' TosU Gareia 



En Barcelona no se detuvo Bolívar sino muy po- 
cas horas, por ser materialmente imposible la defensa 
de aquella plaza con los insignificantes restos de tropa 
que había logrado salvar de la tremenda derrota de 
Aragua ; y resolvió, como era lógico en tal situación, 
seguir sin perdida de tiempo hacia. Cumaná á reunirse 
con Marino. 

En tal apuro, Luis buscó muy temprano al facul- 
tativo y como este encontró con fiebre á Estefanía y 
opinó que no debía seguir marcha á caballo sino en 
hamaca, procedió en el acto á solicitar el colgante 
vehículo, con los necesarios peones de repuesto. 

Y por la aterrada ciudad del Neverí se extendió 
como un toque de agonía, la desoladora nueva del 
desastre de Aragua, que traía por consecuencia inme- 
diata, la necesidad imperiosa dé que la exangüe emi- 
gración continuara la maroiía hacia Cumaná, porque 
la vanguardia del sanguíneo Morales venía ya acer- 
cándose á paso redoblado. 

Y el lastimoso convoy siguió adelante después 
de haber sacudido sus harapos y liado sus petacas, y 
las infelices familias caraqueñas que habían podido 
llegar hasta allí, y que en tan limitados días de des- 
canso no habían tenido tiempo de reponerse de sus 
fatigas, ni de curarse las fiebres, las úlceras de los 
pies, las insolaciones, las picaduras de los insectos y 
los demás achaques de tan nefasta iDcregrinación, tu- 
vieron, con la velocidad hija del pánico, que em- 
prender de nuevo la abrumante travesía, al sentir 
la proximidad de aquellas serpientes humanas, que 
acaudillaba el teniente de Boves, más dañinas y fero- 
ces que las que nos pinta el Dante, saliendo del sépti- 
mo foso de la infernal mansión, para castigar á Yanni 
Cucci, el sacrilego de Pistoya, y á los demás ladrones 
que ocupaban aquel pavoroso antro. 

Y aquí, parodiando al inmortal compañero de 
Yirgilio, para describir mejor tan desolante cuadro, 
podríamos decir : confían gentes desnudas y ateyTori- 
zadas .... 



Los Años Tenibles ^ 57 



VII 



Los restos del una vez más derrotado ejercito 
patriota, con la gran cola de emigrantes cojos, mal- 
trechos, contusos, enfermos y averiados, llegaron á 
Cumaná el 20 de agosto ; y allí estaban junto con Ma- 
rino, Eibas y Piar esperando á Bolívar, para resolver 
lo más conveniente en vista de la conflictiva situación. 

Lo primero que hizo Luis Reyes al llegar á la 
ciudad de don Diego Castellón, con su amada heri- 
da, fue buscar á Rufino Peralta y ponerlo al corrien- 
te de todo lo sucedido, y principalmente del penoso 
estado en que se hallaba Estefanía. 

Tal imprevisto caso — dijo el bachiller sin titubear 
-^no tiene otra solución sino que la llevemos en el acto á 
mi casa de la call^ del Medio, para que sea cuidada y 
asistida por mi esposa Teresa. No faltaba más, para 
que fueras el modelo de ios ingratos, sino, que iludiera 
ocurrírsete, dejarla en el hospital ó en una casa ex- 
traña. 

— Tienes razón— observó Luis, algo dudoso — pero 
tu conoces que hay ciertos inconvenientes que acaso 
podrían ser una dificultad .... 

— No, querido , amigo — interrumpió Peralta con 
entereza — no estamos ahora para esas nimiedades y 
escrúpulos. —Teresa es una mujer muy entendida, 
muy experta en las apuradas situaciones y tiene un 
corazón de oro. A ella solamente confesaremos el 
secreto de tus obligaciones para con el militar he- 
rido, y su verdadero sexo, á fin de que todo se arre- 
gle á pedir de boca. Déjame obrar y estáte quieto. 

Muy grande. fue el asombro de don Diego de 
Zurbarán y de su hija Teresa (nuestros antiguos co- 
nocidos), cuando en la tarde de aquel día llego Ru- 
fino á su casa, y después de haberles presentado á 
su buen amigo Luis Reyes, y de haber hecho entrar 



58 F. Tosía García 



por el ancho portón la hamaca en hombros de los 
soldados, dijo á su suegro y á su mujer, que est{i]:)an 
estupefactos al ver la inesperada comitiva que había 
llenado el corredor : 

— Es indispensable arreglar ahora mismo una 
pieza para acomodar á este importante jefe patriota 
que salió herido en la batalla de Aragua. Se llama 
Yíctor Eomber, alias el Inglesito, y es preciso asistir- 
lo y cuidarlo con gran esmero, porque vale mucho y 
es un valiente á carta cabal ; y á mayor abundamiento, 
amigo muy estimado y querido de Luis Reyes, quien 
es para mí, como un hermano. De tan noble tarea 
te encargarás tú en persona, Teresa, según las ins- 
trucciones que voy á comunicarte. 

Al pronunciar estas palabras, que por el tono con 
que fueron dichas no admitían réplica alguna, el 
Romeo de Altagraciá llamó aparte á la Julieta de 
Santa Inés, díjole pocas frases al oído, las cuales hi- 
cieron abrir á ésta desmesuradamente sus hermosos 
ojos azules, y con la sorpresa pintada en el circa- 
ciano rostro y los coralinos labios entreabiertos por 
maliciosa sonrisa, salió muy diligente á cumplir el 
encargo de su marido, con la mejor voluntad de pre- 
parar la pieza y hacerse cargo de la curación de aquel 
misterioso ser, que le presentaban con masculina in- 
dumentaria y con bélicos arreos, sabiendo ya como 
sabía por la revelación de Eufino, que no era un herido 
sino una herida .... 

La curiosidad, que es el duendecillo ingénito y pe- 
culiar en la femenina grey, puso azogue en sus manos 
y alas en sus pies. 

Cuatro horas después todo estaba listo. Estefa- 
nía desvestida, acostada en su muelle lecho, recetada 
por el médico, lavada la herida y aplicada en regla 
la primera curación. 

Teresa se hallaba a su lado como si fuera su an- 
tigua compañera, hablándole familiarmente en estos 
términos : 

— Pero qué sorpresa tan grande y tan agradable 
he recibido hoy, amiga mía. Imagínese que después 



Los Años Terribles 59 



que entraron la hamaca j cuando Rufino me habló 
en secreto, diciéndome que usted no era tal hombre 
sino una heroína muy célebre del ejército patriota, 
me pareció que estaba loco ó que se burlaba de mí ; 
mas ahora que estoy plenamente convencida de la 
realidad y que usted en pocas y expresivas palabras 
me ha referido su extraña y novelesca historia, estoy 
muy contenta de que mi marido la haya traído aquí 
y de que á mí me haya tocado la fortuna de poder 
serle útil en todo cuanto pueda hasta que recobre^ 
su interesante salud. Hágase cargo de que se ha- 
lla en su propia casa y no tenga ninguna pena en 
pedir cuanto necesite. 

— Oh! señora, muchas gracias — respondió Estefa- 
nía — cuan bondadosa es usted ! Su comportamiento- 
es digno de todo elogio y revela la nobleza de su es- 
tirpe. Siempre viviré agradecida de lo que ha hecho- 
usted por mí sin conocerme. 

— ¿Sin conocerla? — exclamó riendo la condesa de 
Zurbarán — bien se mira que ignora mis antecedentes. 
Yo, apesar de mi título nobiliario y de mi origen ibé- 
rico, soy una partidaria fervorosa de la causa repu- 
blicana y le he prestado muchos servicios. No he ida 
á los campos de batalla, pero en los tiempos de Mon- 
teverde, cuando Rufino militaba con el general Pjar, 
tuve la honra de formar parte del comité revolucionaria 
de Cnmaná. Ya usted ve, mi amiga, que estoy haciéndo- 
le mi autobiografía para que se convenza que está al 
lado de una furibunda patriota que la conocía á usted 
de fama, pues he oído decir muchas veces, que en el 
ejército patriota de Occidente, había una heroína disfra- 
zada de hombre que mandaba un cuerpo de caballe- 
ría y^era tan valerosa como nuestra Juana la Avanza- 
dora; pero con mucha más educación y finura que 
ella; y mucho más hermosa y elegante 

— Extraño bastante eso — interrumpió sonriendo la 
herida, muy satisfecha del elogio, en razón de que 
este delicioso néctar cae siempre muy bien en los pa- 
ladares femeninos, y muchas veces, hasta en el de los 
masculinos. — No comprendo cómo haya podido tras^ 



60 F; Tosía Garcia 



lucirse esa ficción, cuando he procurado tanto tenerla 
en el mayor secreto. 

— ^Pero eso, tiene que ser imposible, amiga mía, 
X)ues usted sa.be que en un ejército hay muchos ojos 
y muchas bocas. Además ¿ á qué ese empeño de 
guardar en secreto un proceder tan bizarro, tan digno, 
meritorio y ejemplar? 

— Por la sencilla razón — contestó Estefanía — de 
que yo, aunque mi padre y mi madre fueron unos 
grandes patriotas, no me metí á la guerra sino por 
un amargo desengaño amoroso y por un cruel espíritu 
de venganza, después que me vi sola en el mundo 

— ¿Y qué importa eso? — exclamó Teresa, á quien 
la animación ponía muy chacharera. — Los móviles im- 
portan poco, puesto que en la vida lo que queda en pie 
son las buenas ó malas acciones que se ejecuten. En 
el mismo caso, poco más ó menos, me encuentro yo. 
¿Supone usted por ventura, que me hice frenética pa- 
triota por vocación ó por interés político? Nada de 
eso, fui empujada á ese campo por el amor de mi Eu- 
fino, que es apóstol y guerrero de tan justa causa. 
Y no embargante ello, á pesar de que mis servicios 
han sido cuasi de interés i)ersonal, mis credenciales 
son muy limpias y mi fama en estas regiones está tan 
bien asegurada, que el mismo general Marino, mi pa- 
drino y admirador, preconiza mucho mis hechos, lla- 
mándome en publico la Carlota Corday cumanesa; 
aludiendo sin duda a la revolucionaria francesa, (¡ue 
mató al patibulario Marat, cuando se hallaba en el 
baño, pues aunque por fortuna, yo no he muerto á 
nadie, dice él, que con mis ideas y planes sería cai)az 
de matar á todos los godos habidos y por haber, y 
con mi belleza personal, muy capaz también de ma- 
tar á todos los patriotas nacidos y por nacer .... 

En ese momento entró al cuarto el señor conde 
don Diego de Zurbarán y muy asombrado de que su 
hija sostuviese tan animado palique con el recienlle- 
gado herido, se apresuró á decir en alarmado tono : 

— ^¿Pero Teresa, qué disparate estas cometiendo? 
Eres muy mala enfermera ¿No ves que estás dando mu- 



L«6 Anca Tarribhs 9i 

cha conversación á este caballero j eso no es prudente, 
por su delicado estado de suma debilidad? 

— No te inquietes, mi buen papá — respondió Te- 
resa, guiñando de soslayo los ojos á la enferma. — El 
medico dijo que la herida era muy leve y que la fie- 
bre que tuvo el señor comandante Romber fue oca- 
sionada por una pasajera inflamación local que cal- 
mará con dos ó tres días de descanso y de cuido. To- 
do peligro ha pasado. 

— Bueno, hija, me alegro mucho de ello — respon- 
dió el conde clavando los ojos en el semblante cíela 
herida. — Es una fortuna que este adalid de tanta fama 
y que por añadidura tiene el rostro tan bello como 
el de Adonis, se encuentre ya en tan buenas condi- 
ciones de salud; — mas á pesar de todo, mi opinión es 
que después de curado y alimentado, es conveniente 
que duerma para que acabe de reponer sus fuerzas. 
Dejémoslo solo y ponle una campanilla al alcance de 
la mano para que llame si algo necesita durante la 
noche. Para conversar nos sobrará tiempo ma- 
ñana ...... 

Así lo hicieron y Estefanía, que verdaderamente 
tenía gran necesidad de descanso, pasó la noche en 
un solo sueño. 

¡ Que bien hallada se sentía en aquella confor- 
table cama y cómo le parecieron excelsas las comodi- 
dades que se le brindaban, de las cuales estaba aleja- 
da hacía tantos años, por su vida errante y aventu- 
rera al través de las selvas, de los caminos, de las 
sabanas y de las empinadas cordilleras ! 

Como su herida era sin duda alguna muy insigni- 
ficante, y la curación hecha en Barcelona fue tan opor- 
tuna, la cómoda marcha en hamaca, lejos de irritarla 
la había mejorado mucho, y ahora con las aplicaciones 
indicadas por el medico cumaneSj con el exquisito tra- 
tamiento, y sobre todo, con el prolongado reposo en su 
mullido lecho, había desaparecido la fiebre junto con la 
pequeña inflamación que el sol y el ejercicio á caballo 
le produjeron; de tal manera, que el mencionado gale- 



62 F. Tosía García 



no del Manzanares, al examinarla de nuevo en la maña- 
na siguiente declaró, con cierto airecillo de vanidad 
profesional, que él estaba demás allí y que aquello 
sería á lo sumo cuestión de dos ó tres días de quietud, 
para que el joven comandante, en estado de completa 
salud, volviera á empuñar su lanza. 

Con los últimos sucesos ocurridos, Estefanía se 
hallaba como trasplantada á otro planeta, de modo 
que aquel halagüeño diagnóstico en combinación con 
el esmerado trato que recibía su persona en aquella 
casa, hicieron que un tropel de nuevas ideas acudie- 
ran á su mente removiendo las cenizas que cubrían su 
antigua pasión, y más que todo, haciendo renacer en 
ella los primitivos impulsos de su naturaleza poética, 
ardiente y soñadora, sus naturales sentimientos feme- 
niles, su cariño por el hogar y su apego por las ocupa- 
ciones del sexo á que pertenecía. Súbitamente, como 
si misteriosa hada hubiera derramado en su cerebro 
una cesta de gayas y perfumadas flores, sentía in- 
mensa ojeriza por los hábitos militares, manifiesta 
repugnancia por la ruda vida guerrera que se había 
impuesto durante tanto tiempo, descollando en ella 
por modo tan brillante y adquiriendo reputación como 
valerosa de primera línea. Al suelo había caído de 
golpe aquel inseguro andamio de cuchilladas, Liure- 
les, grados, renombre y hoja de servicios en la carre- 
ra de Marte j de Belona, renaciendo en su imagina- 
■ción multitud de aspiraciones y deseos completa- 
mente antagónicos con la órbita de achaques milita- 
Tes, en que hasta allí había venido girando empujada 
por el huracán de sus desgracias. 

Una violenta metamorfosis se había verificado en 
su ser que se hallaba, jjor así decir, bajo los efectos de 
una evolución moral retrospectiva y en pleno auge 
■de renacimiento. 

A pesar de la firmeza de su resolución categórica 
de renunciar para siempre al amor de los hombres, 
y de que en ese formal propósito se había mantenido 
imperturbable, no embargante la casual y i)eligrosa 
<íircunstancia, de haberse encontrado más de una vez 



Los Años Terriblis f>3 



en las ciudades y campamentos, con la tentación en 
forma hnmana que se llamaba Luis Keyes, después 
que el horrendo crimen de Tacarigua lo dejo viudo y 
libre, después que tan abnegada y noblemente cum- 
plió ella á cabalidad con los deberes de amistad y 
compañerismo, que la ligaban á su antiguo amante, 
empezaron lógicamente á removerse en el fondo de 
su corazón los gérmenes indestructibles de aquella 
pasión de antaño, que ella suponía ahogada y vencida, 
cuando en realidad lo que estaba era adormecida por 
el despecho y las contrariedades ; resultando, como es 
fácil suponer, que desde la hora y punto en que la 
aparente muerta fué galvanizada por el soplo de los 
acontecimientos, las cosas variaron por completo. 

Y el brusco cambio se explicaba con facilidad, 
dados los antecedentes de orgullo, honradez y correc- 
ción que animaran á la benemérita hija de los difuntos 
don Modesto y misia Águeda; y conociendo, como el 
lector debe conocer, la excelsa calidad y la superfina 
estructura del inmenso amor que supo inspirarle en 
Carora el héroe de Güedeque; dañino y pecaminoso 
afecto, que ella había sabido refrenar con mano de 
hierro, cuando se convenció de que no podía ser la 
preferida ni la única; fácil es comprender asimismo, 
que desde el inesperado instante en que se abrió el 
postigo, por el,cual se veía el cielo de la realización de 
sus antiguos ensueños, tornaba aquel amor brioso, 
indomable y soberano como el potro salvaje, que su- 
jetado por algún tiempo, vuelve á correr y á relinchar 
en la querida pampa, sin la tiranía del freno, sin las 
cortapisas del bozal y libre del peso de la silla y del 
jinete. 

Antes de romper aquella venturosa alba, que por 
enredo novelesco la sorprendía en la suntuosa man- 
sión de los Zurbarán, aquel mismo duendecillo ó 
endriago mental, que en otro tiempo le habló en Ca- 
rora, aquella misma espiritual aparición que tanto 
recordaba, había vuelto á presentársele desnudo, con 
alas de oro, matizadas de púrpura y de azul, caba- 
llero sobre un delfín con una antorcha encendida en 



64 F. To3ta Garcia 



una mano y con una aguda y áurea flecha en la otra; 
presentábasele ahora bailando cierta danza de aque- 
larre y con zumbón y agudo sonsonete le decía "quí- 
tate, por Dios, las telarañas de los celestes ojos, ohÍ 
gentil doncella de los rubios cabellos y del alma de 
fuego ; torna á tu primitiva factura. Echa á un la- 
do la lanza, la carabina y las pistolas, que eso de 
andar cabalgando día y noche sobre un cuadrú- 
pedo, repartiendo cuchilladas y tiros, no tiene 
nada de cómodo ni de agradable, y sí mucho 
de incongruente y de postizo, tratándose de una mujer. 
Vuelve á ser lo que eras, elegante, hermosa, ar- 
diente y seductora, para que definitivamente puedas 
hacerte dueña y señora del Anhelado de tu corazón. 
¿ No recuerdas de lo que una vez en la ciudad del 
Morere te advertí? No conservas en la memoria lo que 
en aquel tiempo, cuandojel tal marrullero Tenorio an- 
daba por aquellos pajonales, te aconsejé : iVo lo dejes ir, 
atrápalo, ^oorque ese es el hombre que espejeabas ? Pues 
bien, hoy te lo repito; si inesperados acontecimien- 
tos te lo hicieron perder, ha llegado la oportunidad 
de atraparlo para siempre ; y no pierdas tiempo, por- 
que los instantes son críticos y los signos del Zo- 
díaco político anuncian que han de acontecer sucesos 
extraordinarios é increíbles, según el mal cariz que la 
causa patriota presenta. 

" Además, piénsalo bien y verás que tengo razón 
y también mucha experiencia, porque la cabra Amal- 
tea que me dio de mamar cuando mis benditos pa- 
pas me botaron al arroyo, ó mejor dicho, á los bos- 
ques, sabía donde le apretaban los cascos, porque era 
hija de un paceré muy sabio, de los de cuernos vol- 
teados y puntiaguda barba. Óyeme, pues, con aten- 
ción : 

"¿ Qué porvenir te aguarda en la carrera mili- 
tar, siendo como eres formada de la costilla del abue- 
lito Adán,* incapaz, por nuestra mala organización so- 
cial de desempeñar ningún puesto público ni de ir 
á ninguna cima, por más que luches con denuedo 
y aunque la Patria triunfe en toda la línea ? 



Los Años Terribles ^5 



"¿ Hasta cuándo persistes en esa incómoda j pe- 
rruna vida que llevas, en esa inconcebible promiscui- 
dad con los hombres ordinarios, tanto en los cam- 
pamentos como en las ciudades y teniendo siem- 
pre que aislarte dentro de los cuarteles, porque así te 
lo han impuesto el pudor, el bien parecer t tu inta- 
chable reputación ? 

"No, no, basta de sacrificios inútiles ; echa á un 
lado esos grotescos arreos masculinos j bélicos y 
vuelve á tu estado natural de mujer fina, de dama se- 
ductora y de amante correspondida ; puesto que ya 
tu Adorado se halla libre, prudente es no dejarlo de 
su cuenta, porque cualquiera otra garduña, sin los 
indiscutibles derechos que tú tienes, podría sin duda 
arrebatártelo. 

"Demasiado has hecho por la deidad que se llama 
Patria y por tu Anhelado que se llama Luis Keyes. 

"Ahorca sin vacilar los hábitos guerreros, aban- 
dona la toca y la camándula; más claro, suelta el uni- 
forme, recuesta la lanza y vuelve á coger tu corpino y 
tus faldas, tus cintas, tus flores y tu espejo, junto con 
tu aguja y tu dedal, para que cumplas en el mundo la 
sagrada y augusta misión de ser la compañera de tu 
Amado y la dicha del hogar." 

Este oportuno diálogo mental de la convales- 
ciente guerrillera fue interrumx>ido por la brusca entra- 
da del conde de Zurbarán que, en su afanoso deseo 
de darle los buenos días y congratularse por su mejo- 
ría, empujó la puerta del cuarto sin la etiquetera 
fórmula de antes preguntar, ¿se puede? procedimiento 
que era disculpable hasta cierto punto, desde que se 
trataba de un militar joven que debía ser despreocu- 
pado .... 

VIII 

Estefanía, como es natural imaginarlo, absorvida 
on sus profundas meditaciones y sabiendo que estaba 
sola en su habitación, se hallaba en el lecho en actitud 
de abandono, en posición muy descuidada y apenas 

LOS iJOS TKRKIBLE8. 5. 



«6 F. TosU Gartisi 



cubierta por una camisa dormilona que le había pres- 
tado Teresa para que pudiera descansar con mayor 
comodidad, sin el roce de las medias y de los panta- 
loncillos. 

Poco falto para que don Diego se tirara de espal- 
das, espantado por el fenómeno que había entrevisto y 
retrocedió con presteza volviendo á cerrar la hoja de 
puerta, lleno de confusión, sin poderse dar cuenta de 
lo que aquello significaba y hasta creyendo que se 
había equivocado e ido al cuarto de su hija; en lugar 
de ir al del herido. 

— Adelante, señor conde — gritó Estefanía muy 
azorada, comprendiendo el chasco que había ocurrido, 
y tapándose precipitadamente las torneadas piernas y 
otros tesoros con las sábanas y la colcka. — Adelante, 
entre usted, que somos de confianza, y entre hombres 
no debe haber fórmulas ni cumplimientos .... 

— Es que.... — dijo el conde desde afuera, sin 
poder todavía comprender lo que pasaba — me había 
imaginado de pronto que este no era el cuarto en don- 
de estaba usted alojado. 

— ¿ Cómo no, señor conde ? Pase usted adelante 
sin escrúpulos de ningún genero .... 

Don Diego, algo más tranquilizado y hasta supo- 
niendo que lo que sus ojos acababan de ver había sido 
sin duda una ilusión óptica ó un espejismo de las lu- 
cubraciones lúbricas de su cerebro, afección nerviosa 
de que frecuentemente padecía, empujó de nuevo la 
puerta y sonriendo picarescamente, dijo : 

— Muy felices días, querido señor coman dan tico ; 
disimule mi rara turbación cuando lo vi ahora poso 
de golpe, porque los viejos tenemos, á las veces, ciertas 
majaderías y caprichos. . . .Se conoce que ha dormido 
usted muy bien y que la juventud y el reposo, valen 
mucho más que los médicos y los remedios. Está us- 
ted fresco, rozagante y en disposición de coger pronto 
su lanza y su caballo, j Sea en muy buena hora ! 

— Es la verdad — resi^ondió la heroína, recuperan- 
do por completo su aplomo — y más que todo, hay que 
convenir en que á eso se une mi fortuna de encontrar- 



Los Años Terribles ' *7 



me aquí, porque es innegable que el esmerado trato 
que se me ha dado en esta generosa j providencial 
€asa, es el principal motivo de tan pronto mejora- 
miento. 

Quiso el de Zurbarán hacer alguna alusión res- 
pecto á lo que su avisora mirada de antiguo cazador 
de vedado había podido apreciar en la pasajera exhi- 
bición, y hasta se le ocurrió insinuar su extrañeza 
de que un hombre pudiera ser dueño de tan preciosos 
dijes dorporales ; y aunque no habían desaparecido 
por completo sus sospechas de que el oficial herido 
pudiera ser de sexo apócrifo ó dudoso, no se dio por 
notificado y se limitó con un tonillo que no carecía de 
marcada sorna, á contestar : 

— Bien puede ser eso que usted supone, mi buen 
caballerito ; pero nosotros lo que estamos haciendo es 
cumplir con an deber de hospitalidad amistosa, que 
no merece ningún elogio ni acarrea ninguna deuda ó 
responsabilidad ; con tanta más razón, cuanto qae se 
trata de un extraordinario adolescente, de un famoso 
paladín que es cas¿ un niño, que no apunta aún bozo 
en sus rosados labios, que ni siquiera ha cambiado la 
voz y que tiene formas esculturales que x^areceh mo- 
deladas por las divinas manos de Fidias ; nada de lo 
que se haga por un héroe de semejantes condiciones 
mere«e agradecimiento ni recompensa. ... 

— Es usted muy amable, señor conde — respondió 
Estefanía algo escamada por las ambiguas frases que 
acababa de oír. — Soy demasiado joven y mis hechos 
no tienen nada de particular. 

— Eii cuanto á lo primero, es verdad — contestó 
don Diego — parece que acaba usted de salir de la es- 
cuela y apenas representa quince ó diez y seis años ; 
pero en cuanto á lo segundo, no; las hazañas de Yíctor 
Romber, las proezas del Inglesito han venido en alai 
de la fama hasta Cumaná ; eso sí, nunca llegue á ima- 
ginarme que el protagonista de esa epopeya de triun- 
fos fuera un chico que más pide metra y papagall^ 
que lanza y carabina Y por supuesto — añadió son- 
riendo, siempre con socarronería el malicioso conde*— 



68_ F. TosU Garc/a 



que Marte y Venns se habrán .dado las manos precoz- 
mente y que tanto las reales y honestas hembras co- 
mo las mozas de jjartido, suspirarán y echarán la 
baba por los méritos y atractivos del apuesto Adonis ; 
sobre todo, 'por la belleza j perfección de sus atlética» 
formas .... 

Iba Estefanía á responder al indiscreto don Die- 
go en términos evasivos, cuando se asomó Teresa por 
la pu.erta, y dijo : 

— Papá, aquí está Kufino con el coronel Luis 
Reyes ; parece que ocurre algo muy grave. El primero 
quiere hablar contigo j conmigo urgentemente ; y el 
^segundo, de igual manera con su amigo Eomber, so- 
bre el referido y sensacional asunto. Vente, y déja- 
los solos, que tienen muchas cosas de que tratar. 

Salió el conde, entró Beyes, se cerró la puerta, é 
incorporándose Estefanía en el lecho, al ver entrar á 
su amigo con el rostro demudado, le preguntó an- 
helosa : 

— ¿ Que ocurre, Luis ; que novedad tenemos ? 

— En primer lugar, que estoy muy contento de 
verte casi restablecida ; y luego, que vengo asaz con- 
trariado, por lo que acabo de presenciar. 

—¿Que hay? 

— Que no solamente estamos perdidos, sino que 
nos encontramos en la mayor anarquía ; estamos unos 
con otros como perros j gatos, enseñándonos las 
uñas y los dientes y queriéndonos devorar. Yiene 
aquí como de perilla una frase que me dijo en La 
Victoria Santinelli, cuando sucumbió el primer go- 
bierno patriota : " Esto es un edificio que se de- 
rrumba, y sólo nos toca procurar que no nos aplasten 
las paredes." 

— ¿Pero que ha sucedido? 

— Que acaba de verificarse en la casa donde está 
alojado el general Bolívar una conferencia ó consejo á 
donde han asistido Marino, Ribas, Azcúe, Valdez y 
otros jefes de importancia, resolviéndose allí, después 



Las Anos Terribles '^^ ■ 

de muy acaloradas discusiones y de lluvia de cargos 
Leclios á Bolívar y á Marino, por los últimos desas- 
tres ocurridos, la inmediata evacuación de k ciudad, 
<iue se verific9,rá mañana al amanecer. 

— ¿ Y para donde será la marcha ? 

— La poca tropa que tenemos aquí irá hacia Ma- 
turín á incorporarse á Bermúdez ; y Bolívar, Marino 
y algunos jefes y oñciales de la intimidad de ambos 
caudillos, nos embarcaremos con rumbo á Margarita 
en la escuadrilla que manda Bianchi, á fin de poner 
en salvo el gran tesoro que sacamos de Caracas. 

— ¿Y ese tesoro á que te refieres' — preguntó cavi- 
losa Estefanía — será sin duda el que hemos traído 
en varios arreos cargados de cajones, bajo el cuido 
V vigilancia del corrompido carcamal don Mauricio 
Mora Meló ? 

—Precisamente — contestó Luis — son los orna- 
mentos sagrados de las iglesias de Caracas y las 
alhajas de las imágenes, que se han destinado paz a 
la adquisición de un gran parque, por lo cual es pre- 
ciso evitar en cualquiera forma que caigan en manes 
de Boves y de Morales. 

— Oye, Luis — dijo Estefanía con cierta preocu- 
pación de misticismo, que revelaba su atávico fervor 
como descendiente de las linajudas matronas que 
fundaron en Carora una ermita dedicada al culto 
de San Dionisio Areopagita — vo j á hablarte con en- 
tera franqueza ; yo creo que e»os cajones son los que 
nos han puesto de malas, pues no hemos debido 
nunca disponer de las prendas y joyas de los templos, 
Tiabiendo tantas otras cosas de que S3 hubiera podi- 
do 6ichar mano con el objeto de arbitrar recursos. . . . 

— Esos son escrúpulos mujeriles y preocapacio- 
nes clericales — contestó Luis en tono jovial — y me 
sorprendo que el Inglesito se exprese en esos ter- 
. minos. Además, eso no tiene remedio, y á lo hecho 
pocho. Lo que importa ahora es que ese gran teso- 
ro no caiga en poder de lo» enemigos j por eso va- 



7#» F. 7ost& C»r9iik 



mos á ponerlo bajo la custodia de los leales y esfor- 
zados margariteños. 

—Y ^ tu te vas á embarcar — preguntó Estefanía^ 
llena de la mayor consternación— ¿ qué será de mí ? 
¿ A dónde me quedare ? 

— Ese es el más grave asunto que lie venido á tra- 
tar contigo, porque has de saber también que casi to- 
das las familias patriotas de Cumaná se unieron á 
la emigración caraqueña para dirigirse hacia la costa, 
huyendo del ejercito realista que se acerca por el 
camino de Barcelona. 

— Y si te ausentas y si se van todos— repitió la 
cuitada heroína con creciente angustia, envolviendo 
á su antiguo amante en una mirada profundamente 
escrutadora — si esta buena familia á cuya casa me 
has traído, se marcha, ¿que partido tomare? 

— Ese es el punto esencial que tenemos que re- 
solver sin perdida de tiempo — exclamó Luis con aire 
muj grave — á eso hemos venido á la carrera Rufino 
y yo al salir del Consejo de Guerra. El está ha- 
blando con su esposa y con su suegro sobre la urgen- 
te materia y yo he venido á tratarla contigo. 

— Está bien — respondió Estefanía, visiblemente 
emocionada y con unos latidos de corazón tan fuertes, 
que casi se oían en la estancia como la péndula de 
un reloj — está bien, hablemos. A ti te toca empezar ; 
por lo mismo que tienes más experiencia, estás en 
conocimiento de todo y sabes que, desaparecido don 
Luis Santinelli, no tengo ningunos otros jefes que 
me manden, sino mi conciencia, mi corazón y mi vo- 
luntad. ... . 

El duendecillo tentador, aquel de marras, que 
siempre vagaba al rededor de Estefanía buscando la 
rendijilla de algiin propicio poro, que le permitiera 
colarse sutilmente dentro de su cerebro, se encon- 
tró en aquella vez con el espíritu de Carmen Reque- 
na, que también revoloteaba por la estancia, curioso 
e interesado con lo que allí iba á pasar ; y ambos, 
en un abrir y cerrar de ojos, quedaron á. partir un 



Los Año» Terribles 7¿ 



confite, formando alianza j estratégica combinación 
para inspirar á sus protegidos j dar conveniente so- 
lución á tan arduo problema. 

— Tienes mucha razón — ^murmuró Luis, acercan- 
do su silla al lecho de la guerrillera — yo soy @1 obli- 
gado á explicarme sin rodeos. En primer lugar de- 
bo decir, que mi admiración y mi gratitud, tratándo- 
se de ti, son incomparablemente ilimitadas y que 
nunca te he engañado ni con palabras ni con acciones. 
En estos últimos días, cuando la desgracia me ha 
azotado el rostro con marcada inclemencia, es cuando 
he podido apreciar mejor cuánto vales y que mo- 
delo de perfecciones eres en este mundo falaz ; hoy 
que me encuentro solo en el, desilucionado, triste 
y sin esperanzas, vengo á tí para confesarte que la 
vida me aburre, que tod© lo veo negro j que la úni- 
ca luz que miro brillar en lontananza eres tú, la mu- 
jer grande, la mujer noble, el ser generoso, el ser sin 
segundo, la única mujer que en un tiempo pudo com- 
petir con la sin par y malograda Carmen. En aque- 
lla época, Estefanía, no pude entregarte de hecho mi 
alma, mi corazón y mi mano, porque ya no me per- 
tenecían y soy hombre honrado .... 

Estas sentidas frases, pronunciadas con el calor 
que imprime la pasión y la sinceridad, penetraron co- 
mo un dardo de fuego en lo más íntimo de la amazo- 
na, y verdaderamente conmovida, contestó : 

— Tan segura estoy de tus afirmaciones, que ja- 
más, como debes recordarlo, te he hecho ningiin cargo 
á ese respecto. Te amé á sabiendas de tu formal com- 
promiso con la infortunada Carmen á quien nunca 
tuve inquina y á quien lloro hoy junto contigo, sin- 
tiéndome muj satisfecha por haber podido castigar,, 
como se merecía, á su infame asesino. Ta te lo dije 
una vez : aband®nada por ti juré no querer á ningún 
otro hombre, y hasta pensé en el suicidio ; pero á fuer 
de buena cristiana, como no podía hacerme religiosa, 
por los tiempos que atravesábamos, me hice guerrille- 
ra. Te lo repito, jamás ni me he quejado ni te he- 



75 " F. Testa Garda 



recriminado por la realización de tu lógico matrimo- 
nio con Carmen ; apenas me limité á llamarte indife- 
rente ó descortes por no haberme mandado ni memo- 
rias escritas ni siquiera, un saludo verbal. Creo que mi 
comportamiento no ha sido malo .... 

— ¿ Portarte mal ? — interrumpió el viudo y huér- 
fano coronel, presa de la más grande exaltación. — ¡ Que 
disparate ! Si te lo he dicho ya y quiero que no te 
canses de oírlo : en el pasado conocí tus méritos, com- 
prendí y ralore tus cualidades ; y si el destino me 
apartó de ii, siempre tu grato recuerdo .tuvo distingui- 
do puesto en el fondo de mi alma ; en el presente, las 
circunstancias han variado; el caprichoso giro de nues- 
tras estrellas ó el hado que dirige el rumbo de nues- 
tras existencias, ha querido nivelarnos por modo raro, 
ha querido igualarnos hiriéndonos con el mismo agu- 
do puñal. Tu familia y la mía han perecido de idén- 
tica manera en el f>:rioso vendaval de la im^jlacable 
guerra. En el presente nos hallamos solos en el 
mundo y creo que lo natural es juntarnos indisoluble- 
mente para poder afrontar el porvenir. . . . 

— ¿ Y no estamos juntos, Luis ? — murmuró Estefa- 
nía, con expresión de indescriptible complacencia j 
arrobamiento — ¿ no estoy en esta casa de amigos tu- 
yos, asilada por seguir tus consejos ? ¿ No he venido 
siguiéndote á esta honorable mansión de personas tan 
distinguidas y amables ? ¿ Qué más quieres que haga ? 

— Quiero, exclamó Luis — estrechando entre las 
suyas las manos de la comandanta — que vuelvas á ser 
lo que antes fuiste para mí, que nos juntemos eterna- 
mente en el desamparo j en la orfandad en que nos 
hallamos, que vuelvas á ser Estefanía Garguera j 
proscribas á Víctor Komber, que no seas más heroína 
sino mujer hermosa, digna y modesta, como antes lo 
eras y como jo te conocí ; en una palabra, deseo que 
dejes la carrera militar, que abandones los campamen- 
tos y vuelvas al hogar doméstico, como mi amada j 
como mi prometida para mejores tiempos ; más claro, 
como mis duelos particulares y recientes y los duelos 



L:3 Años ¡err.b'cs 'o 

de la Patria, impideu que nos juntemos ahora mismo 
para ser felices en ol presente, quiero que te guardes, 
(pje te reserves como mi compañera, como mi novia, para 
(pae seamos esposos en lo porvenir, cuando concluya la 
guerra. Eso quiero y te lo confieso sin ambages, por- 
'iue los momentos son críticos y las resoluciones tie- 
nen que ser rápidas. 

La preclara liija del Morere, la invicta caroreña, 
que, á caballo y lanza en ristre, era capaz de resistir las 
más furiosas >ürgas de los dragones españoles, como 
lo había demostrado en más de un recio encuentro, 
ante aquella formidable carga, no inesj^erada porque 
ella la estaba aguardando de un momento á otro, |)or- 
que era lógica y natural desde que el héroe de Giiede- 
([ue había quedido libre ; ante aquel brusco ataque a 
la bayoneta, se rindió á discreción, entregó la espada, 
botó la carabiJia, y contestó : 

— Tu sabes, Luis, que no soy hipócrita y recor- 
darás lo que te dije en casa cuando me declaraste tu 
amor por primera vez. Eso mismo te reijito ahora : 
te ame desde que te vi, no he dejado de amarte un 
momento ; y hoy, después de lo que acabo de oír, 
te amo más que nunca y estoy dispuesta á ir contigo 
hasta el mismo infierno, si allá me llevas, y estoy re- 
suelta á hacer lo que me digas al pie de la letra, aun- 
<iue sea el mayor de los disparates ; pero hay un 
punto, que aunque muy razonable, no lo entiendo : 
Me hablas de abandonar los campamentos y volver 
al hogar, como tu prometida, á esperar mejores tiem- 
' pos ; pero á que hogar voy, cuando lo perdí, hace 
años, trágicamente ? ¿ Dónde puedo refugiarme á es- 
])erar ese venturoso día de unirnos para siempre ? 
Contesta, dímelo pronto, pues te lo repito, resuelta 
estoy á complacerte en todo. Fui tuya, lo soy aun, 
lo seré hasta la muerte, y no puedo pertenecer á nin- 
gún otro hombre sino á ti. Cuando todas las puertas 
se me cerraron, para conseguirlo, cambie hasta de 
sexo y me llame el Inglesito; ahora que las cir- 
cunstancias han variado y me hablas de ese modo, 



74 F. Tosta Gurei*. 



volveré á ser lo que era y lo que tanto lamentaba 
haber perdido ; mas, te lo repito, ¿ á dónde va ahora 
Estefanía Garguera, en qué hogar puede guarecerse 
mientras llega tan venturoso día ? 

— ^Te explicaré mis intenciones, adorada mía — 
contentó Luis, acariciando á su amante con ternura, — 
te diré en dos palabras lo que Eufino y yo. hemos 
pensado. Al ver perdida la Patria, ál dar' el Consejo 
aquella voz de sálvese el que pueda j al saber que 
todas las familias de Cumaná han resuelto emigrar, 
coincidimos en la determinación salvadora de que las 
familias Zurbarán y Peralta se embarquen incontinenti 
para Trinidad, en una de las lanchas pescadoras de 
don Froilán, como el iinico medio seguro de libertarlas 
de la deshonra y de la muerte ; pues emigrar dentro 
del país es el más grande disparate, como lo com- 
prueba la triste suerte que ha cabido á las familias 
caraqueñas .... 

— Es cierto — dijo Estefanía, visiblemente intere- 
sada — pero no comprendo qué tenga que hacer con mi 
pregunta. 

— Ten calma, que vas á comprenderlo todo cuan- 
do me acabes, de oír. Kufino j yo hemos convenido 
en que tú te incorpores á las dos familias t te vaya» 
también para Trinidad, á vivir junto con ellas y á es- 
perar el fin de la guerra ; por supuesto y bien enten- 
dido, cambiando de traje y volviendo á ser Estefanía 
Garguera .... 

— Es inmenso, es doloroso el sacrificio que me 
propones — respondió la heroína, designes de haber 
meditado un instante y derramado dos gruesas y blan- 
cas lágrimas, que fueron el primer anuncio de su formal 
transición al sexo débil — separarme de la Patria r se- 
pararme de ti son dos imposiciones bien duras y bien 
terribles; pero no puedo volver atrás, dije que nO' 
tenía otros jefes que me mandaran sino mi corazón, 
mi conciencia j mi voluntad y ellos me ordenan, á 
grito herido, volver hacia ti. Soy tuya,, tú mandas j 
yo obedezco, j Sea ! 



Los Años T9rribl*s 75 



IX 



Én el momento en que Estefanía pronunció las 
anteriores y decisivas frases, entró Rufino Peralta al 
cuarto T con visible agitación, dijo : 

— Todo está arreglado, Luis ; he convencido á Te- 
resa y á su padre y, á pesar de la enormidad del ines- 
perado proyecto de embarco, en vista del inminente 
peligro, están resueltos á marchar. Sólo me falta 
correr á casa, alistar igualmente á mi familia y hacer 
preparar el falucho. ¿ Que has hecho tií en el desem- 
peño de tu comisión ? 

— Tampoco hay inconvenientes de ningún genero 
— respondió Luis, con aire de triunfo — y en prueba de 
ello, tengo el gusto de presentarte á la señorita Este- 
fanía Garguera, mi prometida j compañera de viaje 
de tu familia. 

— De mil amores, — exclamó Rufino, tendiendo la 
mano respetuosamente á la ex-guerrillera. — Y te feli- 
cito muy de veras por ese gran acto de justicia y de 
reparación. Siendo, como soy, tu amigo íntimo, co- 
nozco todos los antecedentes y por eso puedo valorar 
á que altura te remontas hoy llevando á esa mujer tan 
digna, valerosa y ejemplar, al puesto que se merece. 
Teresa la conoce ya y en las pocas horas que ha podi- 
do tratarla, ha formado resjjecto á ella el más favora- 
ble concepto. 

— Mil gracias, señor coronel y amigo — dijo Este- 
fanía, cuyo pálido semblante se tiñó de subido carmín 
por efecto de la gran emoción que experimentaba — es 
usted muy galante conmigo, y ya su bella y espiritual 
compañera, me ha abrumado de nobles atenciones. 
Estoy dispuesta á todo, Luis ha dicho la verdad ; 
¿pero cómo puedo presentarme al público tal cual 
soy, si no tengo enseres ni trajes apropiados, j eso no- 
puede improvisarse? 



'^ F. Tosta García 

— Todas las dificultades las allanaremos— contes- 
to Euñno, con viveza — ahora mismo será presentada 
en su nuevo estado á la tía Fredegunda y á Inesita y 
con los vestidos de Teresa que casi es de su misma 
talla, quedará usted perfectamente. 

— Convenido — exclamó Luis, sonriendo — bien se 
nota que eres hombre ducho en ardides y en estrata- 
gemas. ¡Procede como quieras con prontitud, que los 
momentos son preciosos ! 

— Bien — dijo Eufino, preparándose á salir— mien- 
tras yo voy á casa, tú te encargarás de enti'etener al 
conde en la sala, mientras las mujeres transforman al 
comandante Eomber — y tomando el sombrero, abrien- 
do la puerta y saliendo acompañado de Luis, se diri- 
gió á las habitaciones de su esposa ; y de paso añadió, 
en alta voz : 

— Tenga la bondad, señor conde, de atender á mi 
amigo Luis ; pues me marcho en seguidas para Alta- 
gracia á disponerlo todo para el viaje. 

— Con mucho gusto lo haré^respondió don Die- 
go, saliendo de su pieza en donde se ocupaba en el 
arreglo de baúles. — Pase usted al salón, señor coronel, 
que allí echaremos un párrafo y tomaremos una copi- 
11a de ron, para dar tiempo á que Eufino regrese de 
su diligencia. 

Y mientras esto se verificaba, Teresa, la tía Fre- 
degunda y una criada de confianza se colaron de ron- 
dón en el cuarto de Estefanía, llevando en petacas un 
cargamento de hKltimenfos femeniles sacados de los 
escaparates y que representaban diversas épocas y 
modas, desde los clásicos trajes del reinado de Carlos 
III hasta los extrambóticos adefesios introducidos en 
España por la abigarrada corte de Pepe Botellas. 

— i Oh, que alegría !— dijo la primera, batiendo 
palmas, — ja estoy en cuenta por Eufino ; se que nos 
vamos juntas y que el guerrillero Víctor Eomber va 
á pasar á mejor vida, ejecutado por nosotras. 

— ¡Aye María purísima ! — exclamó la santurrona 
tía, haciendo la señal de la cruz — las cosas que se ven 
en la guerra son increíbles. ¿ Cómo podía imaginar- 



Los Añnr^ T^rriblss 7~ 

me que el señor comandante herido, que el adalid tan 
ponderado, pudiera feer mujer ? 

— La convaleciente, al ver aquella invasión ines- 
perada, se sentó en el lecho prontamente, y preguntó 
riendo : 

— ¿ Que traen ustedes ahí ? ¿ De que se trata ? 

— De la cosa más natural, amiga mía — respondió- 
Teresa — de vestirla á usted para presentarla á mi pa- 
dre y i)ara que se halle lista y en disposición de viaje. 

Y sin perdida de tiempo, y sin oír observaciones 
ni reperar en escrúpulos, las tres mujeres se hicieron 
cargo del apócrifico Inglesito y en un abrir y cerrar 
de ojos, echando á un lado arreos masculinos lo con- 
virtieron en elegante y gentil dama, calzándole zapa- 
tillas y medias caladas, con ligas color de rosa ; po- 
niéndole blanca y delgada camisa de batista, lujosas 
enaguas bordadas en seda, falda de terciopelo, corpino 
suelto con mangas abombadas, collar de perlas, som- 
brero de paja italiana, adornado con flores, y una 
gran basquina de tafetán azul que había hecho furor 
en los hombros de doña Fredegunda, en los dorados 
tiempos de su juventud. 

Cuando llevaron á Estefanía vestida de este mo- 
do á las habitaciones de Teresa y se vio en un espejo 
de cuerpo entero, no pudo menos que sonreírse llena 
de satisfacción, pues á pesar de la extravagancia del 
improvisado equipo, lucía por demás seductora, bella 
y llena de atractivos, sobresaliendo la esbeltez de sus 
torneadas caderas que se dibujaban tentadoras por 
debajo de los pliegues de la ajustadí^ basquina. 

Dos horas después, regresó Rufino de Altagracia„. 
asegurando que su familia paterna había recibido la 
noticia del viaje con inmensa alegría y que, al amane- 
cer del día siguiente, se verificaría la marcha. 

Atónito quedóse el bachiller cuando vio á la ex- 
guerrillera tan admirablemente emperijilada ; y comoy 
en los lances más serios de la vida, siempre hay lugar 
para la nota cómica y se impone la natural facecia, 
por más que los Heráclitos la repugnen, fue indes- 
criptible la cara que puso el conde don Diego de Zur- 



7* F. Tosta García 



barán cuando todos se dirigieron al salón, en donde 
él conversaba con Luis, y su hija Teresa, con el mo- 
hín más picaro del mundo, presentándole á Estefanía, 
le dijo : < 

— Papá, aquí tienes una joven de la emigración 
caraqueña, que acaba de llegar de Barcelona. Es la 
novia del señor coronel Luis Eejes, el cual ha tenido 
la amabilidad de confiárnosla para que se embarque 
con nosotros para Trinidad .... 

El conde, perplejo, veía á unos y á otros, y, prin- 
cipalmente contemplaba de pies á cabeza á la presente 
recien llegada y compañera de viaje, pareciendole qrUe 
no le era extraña ó que él había visto aquel rostro en 
otro cuerpo, y dando tumbos y tropezones por los 
recovecos de su imaginación, cayó al íiii en sospechas 
de que pretendían meterle gato por liebre, por lo cual 
contestó : 

— Sí, señores; tengo mucho gusto en conocerla 
tanto por ser la novia, del coronel Reyes cuanto por 
ser tan parecida al comandante Yíctor Romber á 
quien hemos asistido en casa, — y cambiando biiisca- 
mente el tono malicioso y burlesco por una explosión 
de aparente cólera, añadió con afectados ademanes : — 
¿ Se imaginan ustedes que soy algiin caduco, para no 
comprender el quid de la engañifa ? ¿ i^caso no estoy 
viendo que la novia y el comandantico son una misma 
cosa y que esa histórica basquina que cubre sus tor- 
neadas caderas es la misma que compré en Sevilla pa- 
ra traer de regalo á Fredegunda, cuando fui á España 
el año de 1774, -con motivo de la expulsión de mi tío 
Pedro, Superior de la orden de Jesuítas ? 

Una carcajada general acogió esta inesperada res- 
puesta, porque nadie pudo contenerla ; y Zurbarán, 
riendo también de muy buena gana, continuó : 

— No me la tenía yo muy bien tragada y casi po- 
día saber á qué atenerme desde que una vez por des- 
cuido, tuve la dicha de ver la brújula á la sota ; y ¡ qué 
brújula, amigos míos ! de carta de triunfo, ó como 
dice el cura de Santa Inés cuando en el tute, le cantan 



Les Años Terribles 7* 



las cuarenta, brújula de parvum foramen per quod sem 
aliquam intensiits specidamur . . . . 

Luego que pasó la hilaricLad producida'por aque- 
lla escena j por las palabras del conde, Rufino Peral- 
ta dijo : 

— Ya que todo está allanado, no bay tiempo que 
perder ; procedamos al arreglo de equipajes, que las 
toras cuando se está de viaje, vuelan sin saberse como! 

— ¿ Y qué bas notado por las calles ? — preguntó 
Luis — ¿ se ba traslucido algo de la crisis que estamos 
atravesando ? 

— I Cómo no ! — Todos los patriotas se bailan aba- 
tidos, j á los catalanes se les conoce en las caras la 
alegría, por más que quieran disimularla. El tema de 
todas las conversaciones es la' derrota de Aragua, las 
atrocidades que viene cometiendo Morales, y la anar- 
quía que reina en nuestras filas. 

— En medio de la inmensa satisfacción que sien- 
to por mis asuntos personaies-^mnrmuró Estefanía 
mirando escrutadoramente á Teresa, por que en 
aquel instante y por analogía de afectos, sus ideas, 
aunque por distintos rumbos, tendían al mismo fin 
de la no separación de sus respectivos galanes — al 
verme rebabilitada por Luis, vuelta á la vida del bo- 
nor y de la sociedad y acogida noblemente por esta 
familia tan digna como respetable, una gran pena me 
abruma, porque la separación en estas calamitosas 
circunstancias de los seres á quienes se ama puede 
acaso ser eterna ; y además, cuando se ba lucba- 
do tanto por la Patria, es mortificante abandonar- 
la, cuando en ella se queda el ser que adoramos y 
cuando más necesario es servirla. Yo quisiera que- 
darme 

El conde, que era muy du(?bo en el conocimiento 
de las profundidades de los corazones femeniles, 
presintió un trastorno en el plan de fuga concebido ; 
y mucbo más, cuando vio á su bija muy emocionada 
y con los ojos llorosos, y cuando la oyó decir : 

— Tiene mucba razón Estefanía. Yo también 
creo que es un paso descabellado el que vamos á 



so F. Tosía Garci 



dar. La separación en estas circunstancias reviste 
muy gr£|ves caracteres y sería mucho mejor que 
Eufino y Luis nos acompañaran. Demasiado han 
combatido ellos por la Lidependencia, para que nadie 
se atreviera á criticarlos por su ausencia. 

Luis y Rufino se miraron, y ambos exclamaron 
casi simultáneamente. 

— -Nó, no, en eso no hay que pensar; nuestro 
puesto está en el ejército. 

— Desertarnos es imposible ; con nuestros jefes 
triunfaremos ó moriremos. 

— Claro, clarísimo — añadió el conde con afectada 
entonación, procurando atajar el síntoma de debi- 
lidad asomado á última hora — así es como hablan 
los hombres ; y me siento orgulloso de ser el padre 
de Eufino y el amigo del coronel Eeyes. Para cui- 
dar y atender á las mujeres, me basto y me sobro, ya 
que estoy viejo e inservible. Conozco mucho á mis 
paisanos los españoles ; ahora, con los recientes triun- 
fos, se envalentonarán ; y libres como están ya de 
Napoleón, en breve se acordarán de sus posesiones 
de America y querrán asegurarlas, mandando nue- 
vas legiones á combatir. Puede decirse que ahora es 
cuando va á comenzar la guerra. Lo convenido es sa- 
grado ; no hay que mirar hacia atrás, Teresa. Acuér- 
date de la mujer de Loth. 

Después que don Diego puso fin á los escrúpulos 
sentimentales y á aquella conferencia, con tan opor- 
tuna fiilí pica, . nadie chistó más ni una jota y todos 
fueron á acomodar sus maletas. 



La noche del 25 de agosto por caprichosa incon- 
gruencia, á pesar de que el cielo estaba muy azul y 
despejado, las estrellas muy brillantes, el aire suave 
y la luna muy clara, fue terrible y pavorosa para la 
ciudad del Manzanares. 



Los Años Terriblts Sí 

El terror se había apoderado de casi todos sns 
habitantes ; 3^ á la misma hora en que las familias pa- 
triotas, unidas con la acribillada emigración llegada 
de Caracas, tomaban la nueva ruta de amargura que 
conducía á la costa de Güiria, en la pía ja se juntaban 
dos grupos que iban á embarcarse por distintas vías. 

El primero lo formaban, el Libertador, el general 
Ensebio Marino, Luis Eeyes, Kufino Peralta, don 
Mauricio Mora Meló, y algunos jefes j oficiales más 
que acompañaban á los dos caudillos patriotas, que 
después de haber dejado las fuerzas de la plaza al 
mando de Ribas y de Piar, iban á embarcarse preci- 
pitadamente, con rumbo á Margarita, ^n la escuadrilla 
mandada por Bianchi, con el objeto de poner á salvo 
todos los caudales sacados de Caracas, y principal- 
mente, los 24 cajones que contenían oro y plata la- 
brados y las alhajas de las iglesias de la capital, que 
el clero, de buena ó de mala gana, había entregado á 
Bolívar para compra de elementos de guerra. 

El segundo grupo se componía del conde don 
Diego de Zurbarán, j don Froilán Peralta, acompaña- 
dos de sus respectivas familias y de Estefanía Gar- 
guera, qui«n, á pesar de su improvisada y peregrina 
toilette y no embargante las desventajosas circunstan- 
cias de haber pasado tantos trabajos j privaciones en 
la campaña y de estar recien salida de un tratamiento 
medicinal, llamaba la atención por su belleza y su 
gracia, con la añadidura de encontrarse al lado de las 
dos mujeres más hermosas de Cumaná, como lo ha- 
bían sido y lo eran Teresa y Belén, las estrellas de 
Santa Inés y Altagracia, á quienes el tiempo y los 
acontecimientos juntaban ahora en la desgracia, des- 
pués de haber sido rivales. 

Este segundo grupo, como se sabe, llevaba el 
rumbo de la vecina isla de Trinidad y debía embar- 
carse incontinenti en aquel mismo falucho del mar- 
gariteño Bruno, en donde, antes de la campaña orien- 
tal, se habían embarcado los Peralta con el joven 
Sucre, y que ahora, listo y en franquía, estaba con las 

LOS i^OS TBBBIBLBS. 6 



tó F. TosU Gsirti». 



Telas hinchadas, cerca de la playa, balianceándose 
suavemente con las oscilaciones de la subiente marea. 

Mientras algunos marineros j soldados se ocupa- 
ban activamente en colocar en botes los cajones que 
contenían el parque y el tesoro para llevarlos abordo 
de la escuadrilla, operación que dirigía don Mauricio 
con sumo interés, Rufino se despedía de las personas 
del segundo grupo, abrazando á Teresa, á su hija, á 
sus padres y á todos los demás miembros de su fami- 
lia, con las frases más cariñosas y sentidas, en tanto 
que Luis Reyes j Estefanía Garguera, algo apartados 
de tan conmovedora escena, dialogaban muy en voz 
baja en esta forma : 

— Tengamos fe en el porvenir, Estefanía ; y ya 
que la suerte es tan caprichosa y cruel con nosotros, 
que nos separa siempre en el supremo ijistante en que 
nos creemos dichosos, combatámosla con fuerza y 
tengamos firmeza y esperanza, i Recuerda, amada 
mía, que estoy solo en el mundo y no me olvides ! 

— ¿ Cómo puedo olvidarte, Luis adorado, cómo 
puedes suponer tal despropósito, cómo puedes imagi- 
narlo siquiera, sabiendo que ni en los tiempos de dura 
y amarga prueba lo hice ? No lo digas ni en chanza, 
pues ahora que me has jurado eterna fidelidad y que 
nadie sino yo tiene derecho á tí, puedes vivir tran- 
quilo y estar seguro de que al acabarse la guerra, me 
encontrarás en el lugar adonde hoy me mandas, con 
los brazos abiertos para recibirte ó dispuesta á acudir 
adonde me llames. No puedes quejarte, la altiva 
leona te ha obedecido como una falderilla, porque no 
tiene más voluntad sino la tuya. 

— Sí, sí, mujer sin igual, única ilusión de mi vida; 
por eso te quiero con toda mi alma. 

— Cuídate mucho, Luis ; acuérdate que ya no ten- 
drás en los peligros al Inglesito para salvarte, y 
piensa que yo también estoy sola en este mundo y no 
tengo otro apoyo sino el tuyo. 

— j Adiós ! 

— i Buen viaje ! 



Lo» Año» TTríbhs <* 



Un ardiente beso sello aquella rápida despedida 

Ír los dos amantes fueron casi á la carrera á ocupar 
os respectivos botes, que ya llenos con sus correspon- 
dientes pasajeros, sólo á ellos esperaban para ale- 
jarse de la playa en opuestas direcciones. 

Muy asombrado se quedó el italiano José Bian- 
chi, comandante de la escuadrilla patriota, al ver que 
Bolívar y Marino se habían embarcado sin tropas, 
acompañados solamente de algunos oficiales, cuando 
llevaban tanto parque y tantos tesoros: lo cual, desde 
luego le hizo comprender que aquello olía á huida ó 
á desastre completo, j, como era natural, por aquello 
de que los antiguos resabios nunca se olvidan y el 
que come tierra carga siempre su terrón, ante aquella 
novedad acudieron en tropel á su mente las antiguas 
ideas mañosas de contrabandista y los olvidados ins- 
tintos de filibustero, despertándosele el apetito de la 
rapiña á la vista de aquellos tentadores y pesados ca- 
jones, que varias veces tanteó á hurtadillas antes de 
acostarse en su camarote. Ni un segundo pegó sus 
ojos en aquella noche, y se la pasó entera fumando su 
pipa y calculando el mejor procedimiento para apo- 
derarse de la cuantiosa fortuna que la casualidad po- 
nía en sus manos. Al fin, después de tanto pensar y 
repensar, se echó la conciencia y los escrúpulos á las 
espaldas, resolviendo que lo más práctico era dese- 
char necios temores y adueñarse de tan rico carga- 
mento, á cuyo fiji dejaría á un lado la isla de Mar- 
garita y tomaría el rumbo ha«ia cualquiera'*&e las 
vecinas antillas, en donde desembarcaría de cualquier 
modo á sus pasajeros, quedándose abordo con los 
apetecidos cajones. 

Echa esta determinación se fue á la caja de 
bitácora y cambió la aguja del rumbo. 

El general Marino, que no se mareaba y era muy 
conocedor de aquel mar, notó con gran sorpresa al 
siguiente día que el rumbo estaba cambiado, y acer- 
cándose, á Bianchi le preguntó : 

— ¿ Que significa esto, don Giuseppe ? Me parece 
que no vamos en dirección de Margarita. 



84 F. Tosta C*rc/a 



— Ya lo creo que no vamos para allá— contestó 
muy tranquilo el italiano, quitándose la x>ipa de los 
gruesos labios y arrojando una bocanada de humo. 

— ¿ Y para dónde vamos entonces ? 

— Eso me lo reservo yo, mi general ; abordo de 
mi escuadra soy el línico jefe y no tengo obligación 
de darle cuenta á nadie de mis operaciones. 

— ¿ Cómo es eso ? — gritó Marino sin poder conte- 
ner la rabia. — ¿ De manera que se declara usted en 
rebeldía y es un insubordinado ? 

— No señor — replicó Bianchi sin alterarse^— no 
soy ningún insubordinado; pero estos buques los 
mando yo, j ellos irán adonde me plazca, porque la 
tripulación me obedece á ciegas. 

— ¡ Pedazo de ... . marrajo ! — rugió el derrotado 
de La Puerta, acabando de montarse en cólera y des- 
envainando su espada vencedora en Bocachica. — i En- 
tonces su cinismo sube de punto, y ya no es un insu- 
bordinado sino un miserable traidor, á quien sometere 
á juicio en el acto y haré castigar como se merece ! 

— Poco á poco, 77110 caro general — respondió el 
ex-contrabandista con irritante sorna que pintaba su 
inaudito descaro. — Palabrotas y amenazas están de 
más en este momento. Yo- no soy ni insubordinado 
ni traidor. Me hago justicia por mi propia cuenta y 
nada más. La Nación y el Gobierno me deben mucho 
dinero por suplementos y por servicios, y como veo 
que estamos XJ^i'didos, naturalmente no habrá quien 
pueda pagarme ; es muy justo que yo lo haga, dispo- 
niendo de esos cajones y tomando todo lo que contie- 
nen por mi cuenta. ¿ Tiene esto algo de malo ? No 
lo creo ; y aunque tuviera, lo haría siempre, porque, 
se lo repito, señor general, aquí no se obedece ningu- 
na otra voz sino la de Giuseppe Bianchi. 

El Libertadoi", que se hallaba cerca, al oír tan 
seria e inesperada disputa acudió prontamente y ha- 
ciéndose cargo en el acto de lo difícil de aquella peli- 
grosa situación, en tono conciliatorio dijo : 

— ¿ Está usted por ventura fuera de su juicio, se- 
ñor comandante Bianchi ? ¿ Ignora usted que lleva 



Los Años Tarribles . *^ 



abordo ele su buque al Jefe Supremo de Venezuela y 
ai General en Jefe del Ejército Oriental ? ¿ Olvida 
usted quiénes somos y pretende usted pisotear los 
grandes servicios que usted ha prestado á la Patria, y 
que mañana podrá recompensarlo con esplendidez j^ 

— No, Excelencia, yo no olvido nada — contestó 
Bianchi con la misma repugnante pachorra conque 
antes hablara á Marino— todo lo contrario ; la Patria 
j ustedes son los que se han olvidado por completo 
de mí. Estoy en mi derecho : como no se han acor- 
dado de pagarme y veo á una y á otros, á la Patria y 
á los jefes perdidos sin remedio, naturalmente, quiero 
asegurarme — y alzando el brazo y frotándose rápida- 
mente el dedo índice con el pulgar, añadió en italiano, 
como para dar más fuerza á sus palabras — / io voló 
salvare il mío denaro, ecco ! ■ ^ 

— ¡ No señor, — gritó Bolívar perdiendo por com- 
pleto la paciencia — usted no tiene ningún derecho á 
cometer tan grande infamia, que sería digna de un 
bandido de la Calabria. Por grande que sea la suma 
que se deba á usted, yo se la pagaré con creces en su 
oportunidad. En este momento no, porque esos te- 
soros son sagrados. ¡ Ordeno á usted que ponga proa 
hacia Pampatar, sin más réplica ! 

— Si se me paga, obedeceré — contestó impertur- 
bable el italiano — de otra manera es tiempo perdido 
darme órdenes. 

Al oír este ruidoso altercado los tripulantes del 
Independencia, que en su mayor parte eran antiguos 
contrabandistas y filibusteros enganchados por Bian- 
chi, subieron á cubierta, armados; y como Luis Reyes 
y Rufino Peralta también acudieron presurosos junto 
con los demás oficiales que iban abordo, colocándose 
los dos primeros con sus pistolas amartilladas cerca 
del insubordinado comandante, era inminente un con- 
ñicto ; por lo cual Bolívar, interponiéndose con acento 
de autoridad, dijo : 

— ¡ Esto no es posible, señores ! i Que nadie haga 
uso de las armas ! Hay que esperar que yo arregle 



*• F. TosttL Gkrtiti 



este asunto con el señor comandante de la escuadrilla 
republicana. 

— Está muy bien, general — respondió Reyes sin 
desmontar su pistola — esperaremos ; pero que tenga 
entendido este señor pirata, que los hombres que es- 
tamos aquí, dispuestos nos hallamos á morir matan- 
do ; y que él será, sin duda, el primero á quien yo 
apunte al haber reyerta. 

— Oiga usted, señor Bianchi, — dijo el Libertador 
acercándose más y colocándose en el centro del grupo 
— «este asunto es muy fácil de arreglarse por las 
buenas. 

— ¿En qué forma ?^pregunto el italiano, algo 
cohibido por el inesperado aspecto que había tomado 
la situíición. 

— Entregando á usted en pago de su acreencia la 
cuarta parte de los valores aquí depositados, á condi- 
ción de que usted nos desembarque en Margarita j 
nos deje la escuadrilla. 

Bianchi recai)acitó un instaaite y en seguida res- 
pondió : 

— Eso no es posible ; lo que yo puedo hacer en 
prueba de mi amor á la causa de la emancipación 
americana j de que no soy un vulgar pirata como se 
me ha calificado, es conformarme con la tercera parte 
del tesoro, dejando á Su Excelencia el resto, todo el 
parque y dos buques para que se dirijan á Pampatar, 
quedando yo en libertad de obrar como mejor me 
convenga. ' 

— Aceptado, señor comandante — contestó Bolívar, 
deseoso de dar un corte cualquiera á tan crítico esta- 
do de cosas. — Proceda u»ted á dar sus órdenes en 
consecuencia lo más pronto que le sea posible, con- 
tando, por supuesto, con su lealtad y esperando que 
este desagradable incidente no apartará á usted del 
buen camino, ni que esos buques que á su cargo que- 
dan serán en ningún tiempo hostiles á la Patria. 

— Eso no hay para qué advertirlo, mi general — 
afirmó don Giuseppe encendiendo su pipa, que se 



Us Afí9s TTríhlts S7 



había apagado durante la acalorada discusión — mi 
palabra es un documento escrito, y los acontecimien- 
tos futuros dirán mejor que yo la rectitud de mis pro- 
cederes, ofreciéndole desde ahora que los tres barcos 
que en mi poder quedan no caerán jamás en manos de 
los enemigos, pues antes que eso pudiera ocurrir, los 
incendiaría ó los echaría á pique. Yo soy patriota de 
corazón, se lo juro á Su Excelencia ; y lo que acaba 
de pasar nada significa, puesto que, habiendo como 
hacerlo, era just^ que se me pagara. 

Nada contestó el Libertador á aquella rara dis- 
culpa ó tardía protesta de adhesión, se limitó á sen- 
reírse y los ánimos se tranquilizaron. 

Bianchi, de acuerdo con lo pactado, yarió el rumbo, 
y, ya cerca de Pampatar, hizo trasbordar al bergantín- 
goleta Arrogante y á la goleta Cidehra el parque y 
las dos terceras partes de los cajones ; operación en 
que salió notablemente perjudicado en sus intereses el 
insigne don Mauricio Mora, en razón de que como al- 
gunos de sus baúles, por misteriosa analogía, pesaban 
al igual de los discutidos cajones que contenían oro y 
plata, fueron confundidos e incorporados en la cuen- 
ta por Bianchi, desde luego que, abierto uno de ellos, 
se encontró que llevaban de contrabando la misma 
mercancía ; coyuntura de que se valió el italiano para 
dejar en su poder 10 cajones en lugar de Jos 8 que 
le correspondían por el tercio ; y tal tunantada hu- 
biera ocurrido sin la enérgica intervención de Bolívar 
y Marino, quienes sostuvieron que aquellos baúles 
eran de propiedad particular y que por ningún caso 
podían entrar en el reparto, el cual debía limitarse á 
lo perteneciente á la Nación y al Ejercito. 

Como ya don Giuseppe estaba medio sometido y 
en la vía de los arreglos, aunque no de muy buena 
gana, convino en ello, se verificó á poco el desembarco 
en Pampatar, los elementos de guerra quedaron en 
dicho puerto á cargo de las autoridades patriotas ; y 
cuando el día 3 de setiembre, por la noche, se dirigían 
lo« ei:p8dicionarios para Garúpano, Bolívar con sus 
«ubalternos en el bergantín-goleta Arrogante j Ma- 



8S F. Tosta. Garda 



riño cou los suyos en la Culebra, Felipe Esteves, que 
había sido nombrado comandante de dichos dos bar- 
cos y era de carácter muy alegre y^bromista, decía en 
la cubierta del primero al Libertador, que iba muy 
preocupado : 

— Estoy convencido de que Su Excelencia es el 
hombre más afortunado del mundo y de que á pesar 
de tantos trastornos y vicisitudes, su estrella no se ha 
eclipsado. 

— ¿ Por que motivo ? — pregunto Bolívar, fijando 
los ojos con mucha curiosidad en Esteves. 

* — Por este último incidente relacionado con la 
chusca repartición de los cajones de alhajas, pues ha 
resultado que á pesar de haberse cogido 8 el bribo- 
nazo Bianchi, siempre, por arte de birlibirloque, le 
han quedado á Vuecencia los mismos 24 que son de la 
Nación ; y el robado, en definitivas, á venido á ser 
don Mauricio; lo que es una gran disculpa y una 
causa atenuante para el alevoso procedimiento del 
italiano, por aquello de que, ladrón que roba á otro 
ladrón, tiene cien días de perdón .... 

— Es cierto — interrumpió Bolívar sonriendo — y 
es lo más raro, que en eso casualmente venía yo pen- 
sando ahora. 

— Pues no nos morimos en este año, mi general — 
dijo Esteves mirando hacia todos lados — y aprove- 
chando la ocasión, voy á permitirme decirle aquí á 
solas, (porque todos están mareados ó durmiendo 
á bordo) que lo que en verdad no comprendo es, por 
que causa Su Excelencia no ha castigado como se 
merece á ese tunante que llaman el hombre de las 
Siete Emes, cuando ha abusado tan descaradamente 
de su confianza en el delicado puesto que le confió. 

— Ay ! mi amigo Esteves^-respondió prontamente 
el Libertador — bien se mira que usted no conoce á 
fondo esa lumbrera humana. ¿Sabe usted lo que me 
contestó ayer en Pampatar cuando lo llame á juicio y 
le pedí explicaciones de su conducta ? Que eso lo 
había hecho él intencionalmente, en resguardo de los 



Los Años Terribiss S9 



valores que se le habían confiado ; que eso había sido 
simplemente una chícana, de muj buena ley, para 
salvar algo en caso de algún robo 6 siniestro maríti^ 
mo ; y que el resultado favorable obtenido justificaba 
su sabia y prudente previsión .... 

— ¿Y Su Excelencia, sin duda — interrumpió Es- 
teves — se indignaría ante tanto cinismo y llevará re- 
suelto procesar en forma al marrullero comisario, al 
llegar á tierra ? 

— Nada de eso, mi querido coniandante — contestó 
el Libertador con la m^ayor calma — me limitaré, muy 
satisfecho, á incorporar los baúles de don Mauricio á 
la cuenta que tiene en su poder el señor José Paúl, 
agradeciendo mucho la decantada estratagema (que 
aparento tragar con cabullita y todo) y continuaré sin 
dar importancia á lo ocurrido, con mi señor Mora 
Meló de comisario, porque para ese cargo es irreem- 
plazable. Comprendo que seguirá, como sif^mpre, co- 
giéndose algo ; pero en cambio, me hace milagros en 
materia de finanzas ; impide que los demás se cojan 
ui siquiera una galleta, es muy activo, muy diligente 
y un prodigio humano, que le saca aceite hasta á los 
guarataros .... 

— Pero eso como que no habrá de ser de muy 
buenos efectos morales — se' atrevió á observar Es- 
teves. 

— En tiempo de guerra — respondió Bolívar en el 
mismo tono irónico y guasón que venía usando en el 
diálogo — se necesitan los hombres de acción y ejecu- 
tivos, pues con .... cangrejos no se va al cielo, porque 
hasta el mismo San Pedro les da con la puerta en las 
narices. 

De pronto se vieron las luces del puerto de Carú- 
pano y Esteves dijo : 

^ — Sin duda alguna, mi general, que usted tiene 
razón y sabe mucho ; pero, con su permiso, lo dejo, 
porque hemos llegado y voy á ocuparme en las faenas 
del fondeo y á dar las órdenes par'a^el desembarco. 



9é F. Tosta. GarcU 



XI 



Indudablemente que hubo un enredo material 
y un trasconej amiento moral, cuando el Supremo Ar- 
tífice, en sus ratos de distracción, se ocupó de lan- 
zar á este asendereado valle, á don A^apito Callejones, 
desde luego que es un hecho innegalíle que TÍno con 
la etiqueta cambiada, pues su exterior no correspon- 
día con su interior, ni su pacífica j burda empa- 
cadura con sus aptitudes sobresalientes, ni su emba- 
laje de babieca,, con su genio atrabiliario y luchador. 

Era una incongruencia de marca mayor, una re- 
saltante anomalía que aquel espíritu turbulento, au- 
daz, travieso, intrigante y dominador, hubiera bajado 
aquende la gran puerta que vigila San Pedro, con tan 
contradictoria envoltura material para plantarse de- 
trás de un mostrador y una armadura llena de potes 
rotulados en mal latín, á manosear frascos, despa- 
char recetas, pesar líquidos y polvos, preparar jara- 
bes j colirios, cuando sus campos de acción eran la 
plaza publica, los clubs y los campamentos militares, 
el rucio combate por el triunfo de sus opiniones j 
por el éxito de sus simpatías personales. 

No podían compaginarse tan enérgicas aptitu- 
des con tan sedentario oficio y de ahí que su botica, 
desde las primeras chispas revolucionarias se hubiera 
convertido en un centro político de discusión y de 
conspiración. 

Los rudos golpes que recibió la Patria en aque - 
líos últimos días habían hecho pasar ratos muy amar- 
gos á nuestro benemérito farmacéutico. 

Había pasado por una crisis muy terrible, pues 
en contra de su voluntad, lo cogió de frente el remo- 
lino de desgracias que azotó á la emigración. 



Les Años Terribles 9Í 



La pérdida de su familia en la malhadada etapa 
de Tacarigua estuvo á punto de hacerle trastornar el 
juicio. Muchos días anduvo lelo y turulato, alimentán- 
dose apenas con frutas y leche, que era lo único que 
de vez en cuando apetecía ; llegó hasta el extremo de 
no conocer ni á las personas más amigas, y cayó en 
la estúpida manía de no querer hablar sino por señas, 
cuando siempre había sido tan expansivo y locuaz. 

Por motivo de estos achaques, su estatura aparecía 
más larga que de costumbre ; por lo mismo que había 
enflaquecido mucho, sus pómulos sobresalían más que 
de ordinario, dando á su cara el aspecto de un huso : 
sus grandes orejas, ya no parecían tales, sino dos 
enormes galletas arrugadas j color de azafrán, que 
casi le rozaban los entecos hombros ; y sus ojos, que 
siempre habían sido tan alegres y expresivos,^ torná- 
ronsele en dos ampolletas tristes, inmóviles y som- 
brías. 

Pero, i cosa rara ! á proporción que sus fuerzas 
físicas y la parte material de su organismo iban des- 
mejorándose y agotándose, sus energías morales se 
engrandecían en el dolor y sus fibras guayacdnicas, 
trituradas tan fuertemente en el mortero de la desven- 
tura, tomaron proporcioEies colosales, sintiéndose á los 
ocho días del consabido siniestro, con la misma dis- 
posición y entereza de otros tiempos, con la misma 
voluntad para servir á la Patria que siempre tuvo en 
los días de su juventud. 

Hombre de ideas extremas, de vehemencias im- 
ponderables, de invencibles rencores y de implacables 
sañas, había acumulado todas las responsabilidades 
de los males de la Causa y de sus desdichas persona- 
les, sobre un solo individuo á quien señalaba como el 
único culpable de todos los desastres ocurridos. ' 

Y desde que tenía una figura humana sobre la 
cual acumulaba los disparos de su odio, su tempera- 
mento se había normalizado. 

Esa entidad responsable, ese personaje refracta- 
rio que acusaba su emponzoñado criterio, era el Li- 
bertador Simón Bolívar. 



^■~ F. Testa García 

Sobre la egregia frente del fugitivo y derrotado 
en La Puerta se dirigían todos los dardos de su inqui- 
na ; su rencor no reconocía límites para el que había 
defraudado todas sus más caras esperanzas y des- 
truido sus más sublimes ilusiones. 

Nó, no ; por nada en la vida, ni exprimiendo en el ' 
cáliz de la tolerancia sus sentimientos de buen cris- 
tiano podía don Agapito perdonar á Bolívar la prisión 
en La Guaira de su ídolo máximo el generalísimo Mi- 
randa, víctima propiciatoria de las envidias é intrigas 
humanas y mártir de la Independencia, sacrificado, 
€omo él decía, en aras de criminal ambición. 

Tampoco le perdonaba ni por la salvación eterna? 
ni por el más encumbrado sitial en el quinto cielo, el 
hecho no libertador sino liberticida (como él lo califi- 
caba, haciendo este juego de palabras entre sus ínti- 
mos) de haber estrangulado ideales, congresos é ins- 
tituciones genuinamente republicanas para hacerse 
dictador, sin más ley ni freno que sus caprichos : y 
-poT sobre todos esos cargos se alzaba el inaudito, el 
insólito de no haber querido esperar á Boves en Ca- 
racas, aconsejando y permitiendo la nefasta emigra- 
ción en donde acababa de perder toda su familia, 
aquella esposa que era su tesoro, aquellas hijas que 
tanto amaba, porque una y otras constituían todos los 
encantos de su vida. 

Sí, sí, — pensaba y repensaba, aguijoneado por 
persistente manía que estaba á punto dé convertirse 
en enagenación mental — los desaciertos de aquel mu- 
ñeco ó farolón con ínfulas de gran capitán y manto de 
semi-Dios, merecían una sanción inmediata; y para 
castigarlo, le parecían tortas y acemitas, la corona de 
espinas que los fariseos pusieron al Cristo, las parri- 
llas donde los salvajes asaron á San Lorenzo, el cu- 
chillo con que Rufino mandó degollar á San Cucufato, 
y, hasta el puñal conque Bruto hirió á César .... 

Y era lo peor para el alarmista é intrigante bo- 
ticario, que en aquella densa obscuridad de su ano- 
nadante desespero, miraba hacia los cuatro puntos car- 



Los A ñor. Terribles 9-> 

(Tíñales y ni con la linterna de Diogenes, podía encontrar 
un hombre qne lo ayudase en sus planes de venganza 
en contra del prevaricador. Su inolvidable Miranda, 
con una cadena al pie se hallaba en un sombrío cala- 
bozo, apurando las heces de la ingratitud y de la 
crueldad en ilegítimo consorcio ; y Marino el demo- 
crático y libérrimo caudillo oriental, que tanto le ha- 
bía entusiasmado j á quien pensó colocar ad per- 
petuam en el vacío nicho de su adoración, á iiltima 
hora y después de la accción de Carabobo, se ha- 
bía convertido en un servil de pacotilla del llamado 
único Libertador, estando á partir un confite con el 
y siendo los dos vales corridos y compinches de uña 
y carne. No, nó ; Marino no era ya el hombre que 
el necesitaba ¿ Y en dónde encontrarlo ? 

Horas enteras se la pasaba el gran rebelde me- 
ditando sobre aquel tema y buscando una fór- 
mula ó receta eficaz para llevar á cabo sus malas 
artes, hasta qae un día brotó la chispa infernal en 
su traviesa imaginación. 

"Ah ! ah ! — exclamó interiormente golpeándose la 
frente con los perfilados dedos de la diestra mano y con 
la misma alegría con que Arquimedes debió de lanzar 
al salir del baño, el histórico vocablo eiireka — ya tengo el 
hombre ! Nada hay más conveniente en los grandes afa- 
nes de la vida, que pensar, pensar y más pensar, nin- 
gún otro recurso mejor que el de exprimir ese filtro 
milagroso que se llama el cerebro, al fin cae la gota 
salvadora. — Ya tengo el hombre, ó mejor dicho, ya 
tengo los dos hombres que necesitaba. Para Bolí- 
var tengo á Kibas, y para Marino tengo á Piar. Ten- 
go á estos dos ínclitos paladines que han sido el 
nervio de la guerra en Occidente y en Oriente, la 
cuestión previa es unirlos y acordarlos, el fin prác- 
tico es unir el aceite con el- vinagre para hacer una 
gran ensalada, una monumontal pepitoria. Sí, sí, 
manos á la obraj Calle joncito, vamos á ver si es que 
todavía sirves para algo en este picaro mundo". . . . 

Y pensando y ejecutantando, resueltamente, sin 
más vacilaciones, con el mismo ardor con que en 



94 F. TosU García 



pasados lustros tomó parte muj actiya en la conju- 
ración de Gual j España, con parecida astucia Á la 
que empleara cuando dirigió la celebre fuga de 
los reos de Estado Campomanes, Andrés y Picor- 
nell, con el mismo tesón y habilidad con que en sus 
buenos tiempos recibió y repartió clandestinamente 
en Caracas el folleto de los I>erec/¿05 del hombre, se 
puso en campaña desde aquel instante para llevar 
á cabo sus traviesos j anarquistas propósitos en 
contra de la autoridad del Libertador. 

Concebido j madurado el diabólico plan, no 
perdió minutos ; y echándose á la espalda años, due- 
los y estropeos, escrúpulos y responsabilidades, fue- 
se el maquiavélico droguista al lado del general José 
Félix Eibas y día j noche empezó á soplar la tea de 
la discordia, á carcomer sin descanso los filamentos 
de aquel frondoso roble de la Libertad, á pervertir 
aquel corazón de oro, á envenenar aquella alma de 
Aquiles, sembrándole desconfianzas, haciéndole nacer 
dudas e infiltrándole dañinas ideas de ambición, domi- 
nio, preponderancia, prematuras y extemporáneas ri- 
validades. 

Díjole entre otras mal intencionadas insinuacio- 
nes, que no era posible que continuíara por más tiem- 
po sometido á los caprichos, engreimientos y calave- 
radas de su sobrino ; que era tiempo ya de sacudir 
aquella ilógica e incongruente tutela, pues bastante 
había servido de burro de carga en el arreo, siempre 
trabajando y nunca mereciendo sino garrotazos. Siem- 
pre peleando en primera fila, siempre siendo el arbi- 
tro de las victorias, venciendo en todas partes, para 
que las glorias fuesen del providencial Dictador, con 
la irritante añadidura de que todos aquellos trofeos 
ganados por su espada los había perdido y sacrificado 
tristemente el farolón sobrinillo con disparates y bi- 
soñadas, que merecían aplicarles un cauterio inmedia- 
to para que no acabara de perderse la Patria. 

Y dale que dale, machaca que machaca, por más 
que el almirez fuera de bruñido acero, consiguió corro- 



Los Afíos Terribles 9f 



erlo ; y fué don Agapito el ángel malo que, (con aquellos 
ardides y añagazas del arte de la intriga en que era 
maestro consumado,) precipitó al héroe de Niquitao j 
La Victoria por los senderos de la infidencia y por las 
escabrosidades de la ingratitud. Fué el dañino gorgojo 
que se introdujo sutilmente en el ramaje de sus laure- 
les para roerlos y marchitarlos. 

Después de la rota de Aragua de Barcelona, 
siguió al lado de Kibas para Cumaná, y allí muy há- 
bilmente se entendió con Piar y promovió una confe- 
rencia privada, en la cual quedaron puestas las prime- 
ras bases del posterior acuerdo de insubordinación, 
tan eficazmente ideado, acariciado y fomentado por él, 
y, que tenía que elevarse á la categoría de hecho con- 
sumado, desde que logró ligar é identificar á los dos 
jefes más importantes del ejército patriota, á los pri- 
mer©s espadas de Occidente y Oriente. 

Como consecuencia del pacto hecho en aquella 
conferencia, en donde se pronunciaron las primeras 
frases de descarada rebeldía y por la decisiva influen- 
cia que había logrado el astuto Callejones ejercer, no 
sólo en el ánimo de Kibas sino también en el de Piar, 
consiguió que después de la extraña partida de Bolí- 
var y Marino para Margarita, se diera á esa excursión 
desgraciada, que ya conocemos, un carácter sospecho- 
so y malévolo, logrando de ese modo que se verificara 
en Carúpano una reunión de jefes ó consejo de guerra 
subversivo, donde fueron acusados los dos Libertado- 
res en lenguaje tan impropio y mordaz que se llegó 
hasta el extremo de calificarlos como pró/iigos y deser- 
tores, y hasta la injusticia de destituirlos sin miramien- 
tos de ninguna clase, eligiéndose para reemplazarlos, 
á Kibas como primer jefe y á Piar como segundo. 

i Peregrinos contrastes en el engranaje de la vida 
con los acontecimientos humanos ! Mientras la diosa 
tutelar de la América se tapaba el rostro, avergonzada, 
para no ver aquellas pequeneces y ruindades, don 
Agapito Callejones se bañaba en agua de rosas j en- 
tonaba el himno de su protervo triunfo. ^ 



F. Tosta Gircia 



XII 



Muy lejos estaban Bolívar y Marino de sospechar 
tan pérfidos, descabellados é inconcebibles aconteci- 
mientos ; y tan lejos estaban de suponer tan violenta 
determinación de sus subalternos, que desembarcaron 
muy confiadamente en Carúpano la noche del 3 de 
setiembre, y al amanecer del día 4, temeroso el prime- 
ro de alguna infamia de parte de Bianchi, ordenó al co- 
mandante Felipe Esteves que pusiera las dos goletas 
bajo tiro de las fortalezas, para precaverlas.de las ase- 
chanzas de aquel malvado. 

Crueles ironías de los caprichosos e inciertos 
rumbos de los sucesos históricos y del proceder de 
los hombres en esta barriada de la incongruente Babel 
moderna, que se llama Venezuela; cuando Bolívar 
firmaba aquella comunicación, no pudo imaginar que 
horas después, tendría que sufrir mayores desencan- 
tos y suavizar el calificativo que aplicara á Bianchi ; 
porque otros injustificables procederes, emanados de 
I^ersonas íntimas y para el distinguidas, consideradas 
y obligadas por grandes servicios j demostraciones, 
empalidecieron y hasta hicieron aparecer menos fea y 
vituperable la acción filibustera del italiano ! 

Entre tanto, los insubordinados no perdían su 
tiempo. Al saber la inesperada llegada de los dos je- 
fes superiores del ejercito nacional, á quienes habían 
destituido, se reunieron en el cuartel que se hallaba 
cerca de la aduana, bajo la dirección de Piar, para 
discutir respecto del partido que se debía tomar, 
mientras llegaba Ribas, que á la sazón se hallaba en 
Cariaco, y á quien . se había mandado llamar á la 
carrera. 

— Esto no tiene nada que peasar, ni puede haber 
motivos para dudas ni temores — exclamaba enardeci- 
damente don Agapito Callejones, á quien todos los 



Los Años Ttrribles ^^ 



patriotas orientales creían como á un oráculo, por su 
amistad con Bibas y por sus credenciales de fundador 
de la santa Causa. — Por grandes que sean los obstácu- 
los que se opongan á la salvación de la Patria, hay 
que apartarlos ; cuando la gangrena invade el brazo 
derecho, por más necesario y útil que sea, hay que 
cortarlo. En el presente caso, la suerte está echado- y 
no podemos volver hacia atrás. Hemos reconocido 
como rinicos jefes á Bibas y á Piar, y ese acto espon- 
táneo del ejército debe acatarlo todo el mundo. Si 
los desertores han recapacitado y vuelven sobre sus 
pasos, arrepentidos de su enorme falta, ya es tarde. 
En la actualidad no hay más que dos caminos que 
seguir con ellos : ó se someten á lo hecho, ó los so- 
metemos por la fuerza; ó reconocen la nueva orga- 
nización, ó los reducimos á prisión .... 

— Pero^ eso me parece algo violento y aventurado 
— interrumpió Piar, sonriendo, al presenciar la vehe- 
mencia del boticario.^¿ Se ha paseado el señor Ca- 
llejones por el escándalo que eso va á producir ? ¿ Ha 
medido las consecuencias de lo que prox:>one ? 

— ¿ Cómo que si las he medido, señor general ? 
— contestó don Agapito, encarándose con el vencedor 
en Maturín. — Hace muchos años, pero muchos, que 
ma^ ocupo en todo lo que se relaciona con la eman- 
cipación de nuestra querida tierra, y la experien- 
cia me grita que esa medida que aconsejo en los 
actuales momentos es la que puede entonar la si- 
tuación ; y sobre todo, será un gran acto de repa- 
ración moral para el esclarecido mártir de nuestra 
Patria, que hoy agoniza dentro de obscura mazmo- 
rra ; y como Su Excelencia sabe, fue Bolívar quien nos 
dio el ejemplo y nos enseñó á hacer estas cosas, 
cometiendo el supino atentado de aprehender al gene- 
ralísimo Miranda en el puerto de La Guaira, i Con 
la vara con que mides, con esa serás medido ! 

— Pero aquello no tiene nada que hacer con esto, 
señor Callejones — observó muy discretamente Piar. — 
Ni los tiempos son iguales, ni estamos en actitud de- 
cobrar cuentas viejas .... 

LOS AÑOS TERRIBLES. T 



SS F. Tosí* GarcitL 



—Sí lo estamos y sí tiene que hacer mucho esta 
situación con aquella — replicó don Agapito hecho un 
bota-fuego — porque si al ilustre Miranda no le juegan 
tan mala partida, sin duda alguna habría libertado á 
la Nación, de acuerdo con las potencias europeas y 
€on los Estados Unidos y habríamos evitado tanta 
sangre, tanta ruina, tantos sustos, tantos martirios 
y, principalmente, se habría evitado la desastrosa emi- 
gración, en donde acaba de perecer mi familia entera. 
Convénzase, señor general y amigo ; Miranda, después 
de la capitulación, se iba á embarcar en obedecimiento 
á un famoso plan para libertar á Venezuela, y de fijo 
que la habría libertado, y su forma de gobierno hu- 
biera sido muy distinta de la que hemos visto última- 
mente, porque el egregio mártir vale mucho y tiene 
muy noble corazón. Ahora, contrayendome al pre- 
sente, le repito, señor general, que no debemos andar 
con blanduras sino con mano de hierro, apartar los 
estorbos de cualquiera manera ; llego hasta á creer, 
que sería mucho mejor fusilar á los dos máximos de- 
sertores, en lugar de prenderlos .... 

— i Cierra y dobla ! — exclamó riendo Piar. — i Acu- 
ña y aprieta, señor don Agapito ! Parece que usted 
ha comido hoy carne de tigre y bebido aguardiente 
con pólvora. Acuérdese que no se trata de enemigos 
sino de dos servidores conspicuos de la Patria, que 
pueden haber errado, y aunque destituidos por sus 
faltas, deben de merecer por lo menos nuestras consi- 
deraciones. Esos extremos no son prudentes ni ca- 
ballerosos. 

— Bueno, mi general, — respondió Callejones, co- 
hibido y bajando un poco el gallo al ver que los de- 
más caudillos del Consejo de Guerra se inclinaban 
ante las moderadas ideas del general Piar. — Quiera 
Dios que esas mieles no se le amarguen con el tiempo 
y que sus debilidades no le pesen en lo porvenir, 
porque las cosas hay que hacerlas bien hechas ó no 
hacerlas ; y sobre todo, cuando se trata de enemigos 
peligrosos, es preciso tirarles al ojo 



Los Años T»rribles ^' 



Después de una larga discusión quedó al fin re- 
suelta la prisión de Bolívar y de Marino. Piar se 
inclinó ante el voto de sus compañeros, ordenando 
cumplir en seguidas lo dispuesto ; j cuando á las po- 
cas horas llegó José Félix Eibas, modificó el acuerdo, 
limitándose á desconocer á Bolívar j aprobando la 
prisión de Marino. 

En este conflictivo estado, Eufino Peralta j Luis 
Rejes, en la más grande incertidumbre, llenos de 
indignación y viéndose despreciados y hasta insultados, 
por sus compañeros de armas á causa de su intimidad 
con los dos jefes en desgracia, no hallaban que parti- 
do tomar ; y el primero preguntó al segundo : 

— ¿ Que te parece, Luis, esto que nos está pasan- 
do ? ¿ Pudiste imaginarlo alguna vez ? * 

—i Imposible ! No encuentro palabras para ma- 
nifestar mi asombro por tan negra alevosía y te 
asegr.ro que este proceder es mil veces peor ore el 
de Bianchi, quien se insubordinó sólo por el instinto 
rapaz del oro y puede hasta merecer excusarse por 
tratarse de un aventurero ; mientras que nuestros 
dos primeros generales, las lumbrera^ de Occidente 
y Oriente se han rebelado por bastarda ambición y 
por imperdonable deslealtad en estos instantes tan 
críticos para la patria. 

— Tienes mucha razón y, en prueba de ello, se 
me ocurre un paso que puede salvar á nuestros ^efes. 

— ¿ Cuál es ese recurso ? — inquirió Luis con anhe- 
lante acento. — Dilo pronto, para ponerlo en ejecución 
por arriesgado que sea. 

— Uno muy sencillo y fácil, trasladarnos inmedia- 
tamente en un bote al sitio en donde se halla anclado 
Esteves con las dos goletas, avisarle lo que ocurre 
e ir con ellas en seguidas á buscar á Bianchi. Creo 
que solicitando su apoyo y mediación de cierta ma- 
nera hábil e inteligente, podríamos conseguir que la 
escuadrilla reunida se impusiera á los sublevados. 

—Eso sería magnífico ; ¿pero supones admisible la 
posibilidad de obtener al^o de ese tunante después de 
la mala partida que nos jugó ? 



^''>^^ F. Tosta Carda 

— Sí lo espero, porque lo conozco mucho. No 
tiene mal fondo, lo he tratado bastante, hemos ser- 
vido juntos á las órdenes de Marino y siempre ha 
dado gran crédito á mis opiniones. Sin jactancia, 
Luis, puedo asegurarte que en estas regiones orien- 
tales mi nombre es muy popular y tengo inmerecido 
prestigio entre todos los jefes del ejercito a pesar de 
las notaciones ingratas que estamos presenciando. 

— Pues no pierdas tiempo, Rufino, vuela y eje- 
cuta tu plan al pie de la letra que yo aguardaré 
anheloso el resultado ; y, entretanto, si me lo per- 
mitieren, iré á dar parte al Libertador de ese gran 
servicio que vas á prestar. 

El bachiller animado por aquellas palabras no 
oyó más nada, y sin titubear, en un cayuco pesca- 
dor, se trasladó al bergantín goleta Arrogante, en 
donde informó á Esteves de lo que estaba pasando, al 
mismo tiempo que le trasmitió la idea que se le 
había ocurrido realizar, de ir á buscar á Bianchi 
-donde se encontrara. Don Felipe, aunque algo du- 
doso del éxito, acogió en el acto el ijlan en vista 
de lo apremiante del caso y juntos se dieron á la 
vela en solicitud del italiano, á quien, por fortuna, 
encontraron barloventeando no muy lejos, casi á la 
vista de Carúpano. 

Cruzadas las primeras palabras por medio de 
las bocinas, se acercaron y se pusieron al habla, 
trasbordándose al "Independencia". Rufino Peralta 
refirió á Bianchi todo lo ocurrido, pintándole con 
los más vivos colores y con la elocuencia que le 
era familiar los detalles y consecuencias de la vil 
acción ejecutada, recordándole sus antiguos servicios 
á la Causa, sus recientes promesas de serle siem- 
pre fiel, sus aptitudes como gran marino, la ocasión 
propicia que se presentaba para vindicarse y el pues- 
to distinguido que podría ocupar en lo porvenir dando 
oportunas pruebas de lealtad en tan aciagas horas 
para la Patria y para su Libertador. 

Bien fuese por efecto de las hábiles palabras 
de Rufino Peralta ó por un -espontáneo arranque de 



Los AFws Terribles iOi 



buena intención, de honradez y lealtad en sus ofer- 
tas, Bianclii se mostró muv indignado con la pérfi- 
da conducta de Eibas y de Piar ; y presa de la mayor 
exaltación, en tono colérico dijo : 

- -Semejante traición no puedo aceptarla yo, seme- 
jante infamia es indigna de todo corazón bien puesto. 
Bolívar y Mariñu son los dos únicos jefes de la Patria 
á quienes reconozco y deben ser sagrados para todos 
los buenos venezolanos. Escríbame una nota en el acto, 
coronel Pveyes, ((lue yo firmare y de que será usted mis- 
mo portador) diciendo á esos señores ambiciosos y 
anarquistas que si no me entregan hoy mismo á los dos 
eximios generales de la República para que libre- 
mente sigan su rumbo hacia Cartagena, con toda 
la escuadrilla de mi mando, bombardeare el puerto 
y estableceré estrecho bloqueo en estas aguas. 

La nota se escribió en tales términos y llevada 
á tierra incontinenti por Rufino, produjo inmedia.to 
y favorable efecto, porque Marino fue puesto en 
libertad y convino Ribas en que tres días desjmes 
se embarcara para el punto indicado junto con el 
Libertador y algunos jefes y oficiales que quisieron 
acompañar á los dos caudillos destituidos, entre los 
cuales, naturalmente, salieron Reyes, Peralta y don 
Mauricio Mora Meló, quien se embarcó casi llorando 
e inconsolable porque el Libertador mandó entregar 
á Ptibas todos los cajones de alhajas pertenecientes 
á la nación ; y- hasta los que se había reservado 
como ¡iropíos, el denodado hombre de las Siete 
Emes. 

Fue entonces cuando lanzó Bolívar su cekbre y 
levantado manifiesto de 7 de Setieml^re de 1814, en 
el cual campea la verdad y descuellan estos hábiles y 
valientes párrafos : 

"Yo, muy distante de tener la loca presunción 
de concej)tuarme inculpable de la catástrofe de mi 
I)atria, sufro al contrario el profundo pesar de creer- 
me el instrumento iufausto de sus espantosas mi- 
serias; pero soy inocente, porque mi conciencia no 
ha participado nunca del error voluntario de la ma- 



iOf F. TosU G«r«Ai 



licia, aunque, por otra parte, liaya obrado mal y sin 
acierto. He aquí la causa porque, desdeñando res- 
ponder á cada una de las acusaciones que de buena 
ó mala fe se me puedan hacer, reservo este acto 
de justicia que mi propia vindicta exige, para eje- 
cutarlo ante un tribunal de sabios que juzgarán con 
rectitud y ciencia de mi conducta en mi misión á 
Venezuela : del Supremo Congreso de la Nueva Gra- 
nada hablo, de este augusto Cuerpo, que me ha 
enviado con sus tropas á auxiliaros, como lo han 
hecho heroicamente, hasta expirar todos en el campo 
del honor. 

Este gran juicio debe ser pronunciado por el 
Soberano á quien he servido. 

Yo os aseguro que será tan solemne cuanto sea 
posible y que mis hechos serán comprobados por 
documentos irrefragables. 

Entonces sabréis si he sido indigno de vuestra 
confianza ó si merezco el nombre de Libertador. 

Yo os juro, amados compatriotas, que este au- 
gusto título que vuestra gratitud me tributó cuando 
os vine á arrancar de las cadenas, no será vano. 
Libertador ó muerto mereceré siempre el honor que 
me habéis hecho." 



XIII 



Fue á mediados del ingrato mes de junio de 
aquel nunca bien excecrado año, si no mienten las 
tradiciones, cuando salió de Caracas el doctor Fede- 
rico Pedernales, caballero en su antediluviana muía 
negra y acompañado del paje^ asistente ó escude- 
ro, de notíibíe Quintín Co utreras, (a) Malhañado, el 
cual, como sabemos, había venido expresaotente 
á buscarlo, por encargo apremiante de su anti- 
guo relacionado r amigo el capitán de caballería 
José Antonio Páez, á quien mucho conocía por ha- 



Los Años Terriblts iOr 



berlo tratado y curado varias veces en los diversos 
viajes que el acreditado galeuo hiciera á las regio- 
nes occidentales y á las llanuras del Portuguesa y 
el Apure en ejercicio de su profesión, siendo de 
advertir, que también había conocido mucho á su 
padre Juan Victorio Páez en la época en que fué 
empleado del gobierno colonial en Guanare, en el 
ramo del estanco de tabaco j que á ambos les había 
salvado la vida, curándole al padre una aguda di- 
sentería y al hijo una fiebre paludosa que cogió en 
el hato de la Calzada de don Manuel Antonio Pu- 
lido, cuando estuvo allá ejerciendo la ocupación de 
sabanero. 

Era asimismo Pedernales muy amigo de la fa- 
milia Ortiz, de Barinas, con la cual había emparen- 
tado el joven Páez, casándose con la virtuosa y 
bella joven llamada Dominga. 

Todas estas circunstancias militaron en su áni- 
mo para decidirse á emprender tan largo viaje, á 
pesar del estado de agitación en que se hallaba el 
país y de las discretas observaciones que le hiciera 
su consorte, en el sentido de que no se expusiera 
á arrostrar los peligros consiguientes al estado de 
cruda guerra que se atraves^aba. 

Algunos días estuvieron discutiendo este esca- 
broso punto de la separación, hasta qu© la indoma- 
ble voluntad del marido se impuso al fin, y llegó 
el día de la partida. 

— No hay otro remedio, Eosa mía, — díjole al 
salir á su esposa, que bañada en lágrimas lo abra- 
zaba en el corredor de la conocida casa de La Ho- 
yada — el deber me empuja, por muchos motivos 
tengo que atender á este llamamiento, pues se trata 
de muy buenos clientes, que además de pagar con hol- 
gura, son amigos viejos á quienes no puedo desairar. 

— Pero vas á exponer tu vida, que para mí vale 
más que todos los tesoros del mundo. 

— Es cierto, compañera mía, — repuso el doctor 
muy enternecido, echando mano en su apuro del 
arsenal de refranes que siempre cargaba en el colé- 



i04 F. Testa Caraa 

to — i)ero para merecer es necesario servir y para 
ganar, arriesgar. No i)uedo dejar de comx)lacer á 
ese joven Páez por los antecedentes que te he recor- 
dado y porque, sin duda alguna, es un nuevo sol 
que se levanta en el cielo de la patria por aquellas 
regiones : quien no ve adelante, atrás se queda y el 
que no madruga no bebe agua limpia 

— Bueno, Federico, tienes razón — contestó la re- 
signada esposa haciendo pucheros. — Que Dios te 
acompañe y cuide. Escríbeme siempre que puedas 
y regresa pronto. 

Mulbañado, que como buen llanero era sencillo 
y de excelente corazón, se- emocionó mucho con 
aquella despedida y como ya se había familiarizado 
un poco en la casa con los días de permanencia 
en ella, dijo : 

— Duerma tranquila, viisíña Rosa, que el dotor 
ba bien acompañao y á fe de quien soy, le respondo 
que golberá en un periquete, engordao, en salú y 
rejuveneció. ¡ Cañafístola ! ¡ Conmigo las navajas son 
pandas ! 

Los viajeros salieron de la casa al largo pasi- 
trote de sus cabalgaduras ; y, mientras se internan 
en las vueltas y revueltas del larguísimo camino que 
tienen que atravesar para ir á su destino, bueno es 
hacer algunos comentarios referentes á sus persona- 
lidades. 

ISÍnj poco tenemos que decir del caballero, por- 
que es nuestro antiguo amigo j nos sabemos al 
dedillo sus buenas prendas y sus malas mañas; pero 
sí tenemos que saber quién es el paje. 

Dejaremos tranquilo por ahora al meditabundo 
doctor Pedernales, limitándonos á observar que va 
arrellanado en su cómodo y ancho galápago, que pa- 
rece una butaca ; que lleva manta de guarandol, 
sombrero de campana con negro barbocpiejo que 
•oprime sus abundosas patillas á la española, botas 
enterizas de cuero charolado, que ajustan al estrecho 
I)antalón de casimir, y un par de finísimas pistolas 
de cacha de marfil en las cañoneras. 



los Anos Terribles 105 



Majbaiiado/ de quien preferentemente hemos de 
tratar y que con tanta bizarría jinetea en su 
potro overo, va de camisa rizada y abierta en el 
pecho, tocona de género crudo, pantalón de garrasí, 
de los llamados uñas de pavo, sombrero de palma, 
¡) desnudo el i>ie y espuelas sugetas con correiUas de 
dos vueltas. Por armas lleva un trabuco colgado en 
el arzón y una gran lanza en la cintura, cuya prenda 
favorita carga, con las m^ejores intenciones de enas- 
tarla, al sentir en sus anchas orejas las primera^> 
caricias del ])ro píelo viento de las ])ampas. 

Quintín Coiitreras frisai'ía en los cuarenta años; 
IDtiro apenas rei)resf?ntaba treinta, por su formidable 
comjjlexión, por el brillo de su tez mulata, 'i^or el 
fuego de sus ojos obscuros y rayados, por sus ági- 
les movimientos y por la abundosa melena de pelo 
negro y ensortijado que cubría su abultada cabeza, 
sin que, ni por ecjuivocación, se notara en aquella 
tupida montaña occipital; ni siquiera una hilachilla 
blanca denunciatoria de (pie la juventud, aunque en- 
tera y en orden, iba si no de rasi^as, por lo menos 
tocando retirada. 

Había nacido en Barinas, en cl'dse de iiicDuuiüso 
de la familia Pulido y después que en la misma 
honorable casa, como ramo principal de educación, 
aprendió á deletrear la cartilla y á rezar el Padre- 
nuestro, el Credo y la Salve fue enviado, al mismo 
cumi^lir los quince años, al hato ó quesera de nom- 
bre La Calzada, en donde se familiarizó pronto con 
todos los hábitos y ocupaciones regionales que Ca- 
racterizan á los habitantes de las llanuras. 

Se hizo jinete consumado, nadador insigne, so- 
bresaliente carpeta; Y recorría con perfección todas 
las teclas del oficio, desde ordeñar, sabanear, hacer 
el queso de sincho, ojear, parar rodeo, herrar, enla- 
zar, colear j muchas veces hasta desnucar las reses y 
sacarles los cueros para venderlos, en razón de -que 
en aquellos tiempos más valían estos que aquellas. 

Fué en aquel hato donde conoció, á su ídolo ó 
sea al catire Páez; y como éste, desde los primeros 



i06 • F. Tosía García 



días que llegó á La Calzada, tanto por sus dotes 
de superioridad en todas aquellas faenas como por 
su valor y audacia, se impuso y se"; hizo obedecer, 
Quintín se le subordinó ciegamente desde entonces, 
tomándole gran cariño y respeto, lo cual hicieron 
por idénticas razones todos los guapos j baladrones 
del hato y de las cercanías. Muchas otras cuali- 
dades, además de las apuntadas, poseía Quintín Con- 
treras : era astuto, vivo, obediente, aunque algo cha- 
charero y amigo de ^ meter su cuchara en todos los 
asuntos que se relacionaban con la política ; 'pero 
como nada ni nadie está exento de máculas en este 
imperfecto terruño, nuestro llanero tenía entre sus 
incuestionables méritos un defecto garrafal que fue 
siempre el lado vituperable de su vida; era muy 
perezoso, muy indolente y muy dejado en el cuido 
de su persona y de los caballos que montaba, pues 
siempre andaba sucio, mal vestido, sin cortarse el 
pelo, ni pasarse navaja y peine; y aquellos infelices, 
corrían la misma perruna suerte de andar x)eludos, 
arestinados y sin bañar, ingrata circunstancia que le 
valió el apodo de Malbañado, con que lo confirmó Páez 
y por el cual era conocido y llamado por todos sus 
compañeros de la región llanera, afectos desde an- 
taño, como es sabido, á encajar sobrenombres y mo- 
tetes, hasta al lucero del alba y á la estrella ves- 
pertina 

La marcha fue continuada y, sin mayor novedad, 
llegaron los viajeros á Valencia el 16 de junio, ó 
sea dos días después de la batalla de La Puerta, 
por cuyo motivo encontraron á la ciudad en gran 
movimiento y extraordinariamente alarmada, porque 
acababa de llegar la noticia de la espantosa derrota 
y se sabía que Boves y Morales, antes de marchar 
para Caracas, habían resuelto ocupar á Valencia para 
no dejar enemigos por detrás, y darse las manos con 
¡os sostenedores de JPuerto Cabello. 

Por tan morrocotuda razón, no se detuvieron sino 
po3as horas en la futura Sagunto, que se preparaba 



ios Años Terribles i07 



á la heroica defensa, y al retortero, siguieron mar- 
cha por el camino que conduce á Tinaquillo. 

Cuando llegaron á las labranzas de Mucura paro 
y se alcanzaron á ver alo lejos, las sabanas de Tocu- 
yito, Malbañado sintió súbita alegría, su espíritu se 
reanimó, la lengua le hizo cosquillas y notando que su 
compañero iba en la misma actitud que había tenido 
desde que salieron de la capital, silencioso, pensa- 
tivo y cabizbajo, le dijo : 

— No se chupe, mi dotor, que ahora, de media no- 
che pa el día, es que se ba á calentá el joropo, que la 
jierra se ba á enseria, y que los muchachos ban á coje 
el freno con los mamantones. 

— Pero ¿ cómo no quieres que me procupe, Quin- 
tín, con todo lo que ha pasado? — interrumpió Peder- 
nales, enderezándose un poco sobre la silla, pues iba 
encorvado, casi echado sobre el pico, para dar algún 
descanso á sus estropeadas carnes, — ¿ Cómo no quieres 
que me aflija y desanime al ver á la Patria perdida 
de nuevo, j al considerar cómo estará la capital á 
estas horas, y cómo estarán mis compañeros, las fa- 
milias y principalmente mi pobre Eosa, ante la ame- 
naza de los lanceros de Boves ? Nosotros mismos, tú 
lo sabes, la estamos contando de milagro, pues si hu- 
biéramos demorado un día nuestra salida, habríamos 
quedado sin duda alguna cortados y prisioneros en 
San Mateo. Francamente, te confieso que me pesa 
haber abandonado mi casa en estos conflictivos mo- 
mentos y cuando con toda seguridad se irá á combatir 
reciamente en Caracas por la defensa de la Causa 
y de los hogares, conforme igualmente se están pre- 
parando en Valencia para cumplir con tan sagrado 
deber. 

— Y toíto eso será como échale rosquetes y mel- 
cochas á la tarasca — contestó Malbañado, apretándose 
el barboquejo, porque soplaba una fuerte brisa — será 
lo mesmo que échale yuca á un sebucán, porque 
Bove anda -bien acompañao y con los peones que car- 
ga se pondrá en los cachos hasta al mesmo Mandin- 
ga, si le atraviesa el caballo. Convengo con usté en 



^OS F. Tosta Carda 



que esta mano está perdía ; pero ganaremos la otra 
cabezona y capotúa. 

— ¿Y de qué manera y con qué recursos la gana- 
remos, si al cabo de tanto luchar y de tantos sacrifi- 
cios, estamos perdidos por redondo '? 

— Con guára:no, mi dotor ! Con tuétano ! — gritó 
Quintín, irguiéndose en los estribos en arrogante 
apostura. — ¡ Con la punta de nuestras lanzaá y con el 
I)eclio de nuestros caballos, echaremos los goos de 
Berenzuela y los llevaremos hasta el improsulto ! Los 
llaneros con Bove han desbaratao la Patria 3^ los mes- 
mos lla.neros, concierto gallo que tengo muy conoció 
y jugao, le sacaremos las patas del barro, golviéndola 
á monta en la burra. . . . 

— ¿ Y quién es ese gallo á que te refieres, Quintín ? 
— preguntó Pedernales con gran curiosidad — ¿dónde 
está ese hombre capaz de acometer semejante empre- 
sa ; y sobre todo, qmén puede hacer inclinar á los 
llaneros, que son tan realistas, hacia las banderas de 
la Patria ; quién puede hacer en estos momentos ese 
verdadero milagro ? 

— Un llanero — resx)ondió con entusiasmo Malba- 
ñ;ido — un llanero con nojotros los llaneros. La morcjía 
del perro bravo se cura con los raesmos pelos .... El 
catire Páez, don Feberico, el catire José Antonio, la 
personita que usté tanto conose, el que me mandó á 
échale la soga y con ([uien va usbé á toparse muy 
presto, man'que se nos enfrente la sayona, la muía 
manea y hvista el Gñton cuatriborleao. Ese es el 
hombre, mi dotor, de sangre en el ojo, pelo en el pe- 
cho, tabaco en la l)ejiga ; ese es el que jace tose á las 
yeguas, reí á los burros y anda pa alante á los can- 
grejos 

— ¿ Es i)osible, Malbañado ; hablas en serio ? — 
inquirió asombrado Pedernales. — Conocía al joven Páez 
como buen sabanero, excelente coleador, consumado 
jinete y como negociante aventajado en ganados y ca- 
ballerías ; pero debo confesarte qiie no lo conocía 
•como militar, ni como famoso organizador, ni mucho 



Los Años Terribles iCO» 



menos, con esa preponderancia que tú quieres atri- 
buirle .... 

— Ja, ja, mi dotor ; no esajero ni un tantico ansi- 
na — respondió el llanero, haciendo un violento roce 
con las uñas del pulgar j el índice de la> diestra mano 
— y como tengo en la chirimolla saltando y fresque- 
sitos toos los pasajes sucedí os, güertas j regüertas 
de catire tan alebrestao, se los contaré, pa jacele más 
liviano el camino. 

— Muy bien pensado, Quintín, veo que eres hom- 
bre práctico y de talento. Principia cuanto antes 
que ya estoy hasta la coronilla de estas subidas y 
bajadas, lomas y lometas, valles j sabanas, cerros y 
hondonadas. Cuenta, hombre de Dios, para ver si 
se me alivia un poco este embargamiento que tengo 
desde la nuca al talón, por efectos del cual, los brazos 
me parecen huéspedes y las piernas postizas .... 



XIY 



No me engolosinaré en contale naitica de lo viejo, 
dotor — dijo Malbañado, ladeándose en su vaquera 
para ir más cómodo y para poder ver más de frente 
á su interlocutor — no le contaré na de lo primerito 
que hiso matando al ladrón que lo quería roba, ni su 
modo de maneja el mandador cuando llegó al hato de 
los Pulios, dándose á respeta como hombrón, ni le 
repetiré tampoco lo que ya usté sabe, que es gran 
jinete, coleador hasta de á dos manos, toreador por lo 
fino, nadaor como un bvisio, ni que lucha á pie hasta 
con Sansón, ni que maneja la gaaica á caballo con más 
perfesión que el mesmísimo Monbrum. \ Ay, cañafís- 
tola ! mi don Feberico, enfrentársele al Catire es como 
lleva la Pelona á caballo en la narí ! . . . . 

— Vuelvo á decirte, Quintín, que no te niego que 
sea activo y valiente, pues don Juan Victorio, su pa- 



ii# F. losta. Garc/a 



dre, me ha referido muchas cosas y proezas que eje- 
cutó cuando era casi un niño, principalmente su bri- 
llante estreno con los salteadores en la montaña de 
Mayurupi. . . . 

— Pues toítas las referencias que le haiga endil- 
gao el viejo, son busarañas y pantominas en similitú 
con lo que ha ejecutao en las iil timas j ornas. 

Póngale asunto al corrió, pa que lo pueda entende : 
Cuando el gran Libertaor chocó al tranquero por los 
laos altos de Mérida y Trujillo, el desalmao perrengue 
Tiscar, que estaba en Barina, lo llamó al servicio de la 
armas en calida de capitán ; pero el se le gol vio gua- 
bina y le dijo : ¡ paso y las boto ! Esquivó el cuerpo y 
pa tapa el bulto, no pudo desimirse de dir en comisión 
al hato del Carrao ; y pa jase el panteón de que cum- 
plía la orden de recoje los ganaos, llevó á Barina algu- 
nos mautes y bestias cojas, jugándole el quiriquiri.á 
Tiscar ; y con la artimaña de dirse pa su hato, rejen- 
dió por las montañas de Pedraza y fue á enmadrinar- 
se con los patriotas que mandaba don Manuel Pulió. 
Allí le entregaron un escuadrón compuesto de casi 
toos los sabaneros de Canaguá, entre los cuales estaba 
este Quintín que cuenta el caso. Con aquella pequeña 
fuerza, pues no pasaríamos de 120, se puso en los 
cachos á un renombrao guapetón subarterno de Ñañes, 
Uamao Miguel Marcelino, que se hallaba en las Matas 
Guerrereñas con más de 400 jinetes. La soba fue de 
la de perde hasta el grito, pues lo juimos arriando 
hasta la orilla del río Apure ; y digo que lo jidmos, mi 
dotQr, porque yo estaba en la follisca, pues tengo la 
vanagloria de ser el asistente preferío del Catire, y de 
acompáñalo pa onde quiera. 

Después de tan güeña reborcá, entuavía con el 
gusto en la muñeca, gol vimos pa Barina jaquetones y 
ensoberbecíos, creyendo que nos diban á recibí con 
música y volaores, con lasos y guirirlandas ; pero no 
fue por allí ño Miriñango ; el pescao se nos gorbió 
cabeza, y nos encontramos conque Ñañes estaba aden- 
tro de la plaza esperándonos como caimán en boca de 
caño. Los muchachos de Canaguá se quedaron medio 



Los Años Terribles iH 



inquilinos al ver que el patio estaba ocupao, j sin más 
ba ni más be, se julleron como unos gallinas. 

La desgarita fue tan soberana que no quedamos 
con el Catire sino el vale Pepe Fernande y yo, los 
tres palitos del boliche, que á los pocos días, por la 
traición de un picaro y sinvergüensa Uamao Pacheco 
caímos en las uñas del perverso Puy y juimos á dar de 
jocico á la cárcel de Barina. 

Ah ! mi dotor, qué de trabajos, sustos j torosones 
pasamos en aquel chiquero ! Al fin el Catire, que es 
un hombre tan sortario, que las perras le paren cochi- 
nos, por regüerta de brujería 6 por maravilla de mila- 
gro, dejaron un día los goos la cárcel sola, julléndole 
á un ejército imaginao (que después se llamó de las 
ánima,) y mi capitán don Pepito, de prisionero se 
hiso amo, sortó los presos, armó gente, persiguió á 
Puy, y no lo mató de chiripa, regresando á Barina 
con una ensarta de indios y ¿e goos presos, más larga 
que de aquí á Camagúán. Por esta arción tan despa- 
perá lo nombraron Comandante Melitar de la Provin- 
cia, y el muy mostrengo en lugar de échale mano á 
aquella vaca tan jorga y lechera, prefirió dirse pa su 
hato á doüde fue á mátalo una noche con su partida 
aquel mesmo Miguel Marcelino, que habíamos errotao 
en la Matas Guerrereñas, y aunque mal acomodaos, 
nos lo gorvimos á pone en los cachos. 

Cuando el comandante García de Sena ocupó á 
Barina fue llamao el Catire á la ciudá y le dieron el 
mando de la caballería. 

Pero como este jefe patriota tenía plumas en las 
patas se jujó como un cobarde, tuvo el Catire que 
para rodeo solo, dándole una cueriza soberana á los 
realistas, en el camino que sube pa Mérida. En esta 
ciudá nos regunimos con el comandante Paredes, que 
nos recibió echo unas pascuas. 

De Lagunillas, donde nos jallábamos á los pocos 
días reguníos toos los patriotas, salimos pa los Tan- 
ques, donde se presentaron los goos con un gentío al 
mando del feroz Lisón y del comandante Matute, que 
, era su tropa de manguardia. 



U2 F. Tosta Gara f a 



Aquí se lucio el Catire de un modo sobransero. 

Iba muy moiitao porque encontró un famoso ca- 
ballo de su jierro en Egío y lo agregaron á un pi- 
quete de caballería que mandaba el capitán Antonio 
Eangel. En los Tanques, no aguantaron los goos sino 
un corto tiroteo y se retiraron medio inquilinos, por 
la cuesta culebrea que va hacia Bailaores ; y cuando 
diba aquella goda subiendo que parecía un baclia- 
qnero, tuvo una corazoná el Catire y le dijo al capi- 
tán Range], que como los marocvclies diban jullíos 
se les podía muy bien soná los ñéquetes por detrás 
l)a regalos como capachos de maraca rebentá. El 
capitán argayo que tal calaberá le parecía un arza- 
bruto ejecútalo con sólo 15 jinetes, y como el Catire 
se emperrara, Rangel le dio la gente y le dio el per- 
miso, pa que echara la embestía por su cuenta y res- 
ponsabilidá. 

Jesú ! mi dotor, aquello fue una samparajDanda 
de tres mil chucutos. El jefe Páez nos mando á apretá 
cinchas, se puso en la punta y nos dijo : "i Carguen, 
muchachos y griten ¡ Yiva la Pati'ia ! con diferentes 
voces !" Arcansó^ á ios lisoneros, pegándole el mesmo 
la.guaica por la, espalda á un sargento que marcha- 
ba el último en la restaguardia ; no j otros también mo- 
jamos las chícuras y los goos espantaos, como no 
podían aguaitarnos por las vuertas de la loma, se ima- 
ginaron que eran perseguios \)ov un ejercito entero 
y se declararon en completa derrota, zumbándose- 
por los barrancos, botando los chopos y capoteras 
y dejando hasta dos cañones que cargaban. 

El único que se paró en esta desmocha fue el 
terror de los merideños, llamao José María Sánchez, 
con quien echando pie á tierra tuvo que pelear cuerpo 
á cuerpo el Catire pa pódelo esmarutá, como lo hizo, 
de un lanzaso, porque el muy endino no se quiso 
rendí. Enorgulleció me siento, dotor, al recordá que 
me jalle en aquella pelea de lujo y que los vecinos 
de Merida no encontraban cómo agasaja y festeja al 
Catire por su gran tiunfo y por haberles quitao de 
en medio al espantamio de Sánchez. 



Los Años Terribles ií3 



Después de a(iuella jierra tan obliga y cuando 
entuavía sonaban los traquitraquis de la celebración, 
un día muy temprano, jamaqueándome las cabulleras 
del chincliorro, me dijo- el jefe Páez : "Malbañao, 
tienes que hacerme una gran comisión, tienes que dir 
hasta Caracas á buscarme al dotor Feberico Pedrega- 
les, pues como pienso internarme para los llanos, 
con mi familia, necesito de un medico que me acom- 
pañe, y ese no puede ser otro sino el, tanto porque es 
mi amigo y marchante como por ser muy güen patrio- 
ta ; y más que too., porque es el que quiere Domin- 
ga. Te vas hoy mesmo, le das esta carta y estos qui- 
nientos pesos ; y aquí me lo traes de cualquiel moo"^ . . 

— Pero tú no me habías dicho eso antes, Quintín 
— dijo el doctor Pedernales, pareciendole un sueño lo 
que oía. — ¿De manera que no es para Barina.s para 
do3ide vamos, sino para Merida; j de ahí para los 
quintos infiernos? 

— A sigún y conforme — respondió el astuto hijo 
de las pampas, guiñando los ojos con picardía— nojo- 
tros tenemos que dir hasta donde esté el catire Páez 

— ¡Pero eso es una atrocidad, hombre de Dios! — 
exclamó Pedernales, más y más contrariado^o que 
has hecho conmigo es casi un secuestro. ¿ Por que 
antes no me explicaste tal barbaridad? Ese 'viaje es 
muy largo y muy peligroso ; de tal manera estoy de- 
sanimado, que soy capaz de revolverme .... 

— ¿Eegolverse? — interrumpió Malbañado, alzan- 
do el' h'ombro derecho con cierto desenfado jaciuetón — 
ja, ja, mi don Feberico ; eso sí que nones ; en primer 
tilingo, porque Bove le cortó la retirá, y en segun- 
do golpe, porque yo no lo dejaría chaseá la muía .... 

— ¿ Cómo que no me dejarías, gran tunante ? — gritó 
Pedernales, montado en súbita cólera — ¿ acaso soy es- 
clavo tuyo ni de nadie ? ¿ Por ventura me llevas preso 
ó soy algún demente ? Es preciso que comprendas 
que soy un hombre libre, y hago lo que me da mi real 
gana, i Caraqoles, pues no faltaba más ! 

— Poco á poco, mi dotor— respondió el llanero, cua- 
drándose ante Pedernales en actitud respetuosa aunque 

LOg A^O« TKSVIBI.T4. fi 



ii4 F. Tosta. Girci» 



decidida, con el avero atravesado en la mitad del 
camino. — No hay que perdé los estribos, ni salime con 
berríos de mal nativitate, porque pue resbala, y el que 
se resbala se ensanjona, porque estamos donde mono 
no carga su hijo, y' si lo carga es por un ratico .... 
Usté sabe que soy mandao y estoy cumpliendo una 
orden del jefe Páez. Cuando nos topemos con él usté 
le dirá too lo que quiera, y como son blancos, se enten- 
derán. Eso sí, aorita tenemos que echa pa alante, sin 
más ba ni más be, porque eso le conviene á usté 
pa salvase de los goos y á mí pa sálvame del Catire y 
queda bien con él. Yo he venío pa llévalo y pa cui- 
daló*; no se desquiboque, don Feberico y tenga fe en 
mí que soy gran cabrestero cuando llevo una res gorda 
amarra del rabo ... . 

El doctor Pedernales no dejó de amostazarse un 
poco más de lo que estaba al oír los graciosos y ex- 
traños razonamientos que Quintín le formuló en su 
jerigonza peculiar ; hasta tuvo tentaciones de sacar 
una pistola de la cañonera é imponerse al descomedi- 
do paje, arrostrando todas las consecuencias ; pero, 
hombre sesudo, de inteligencia y calma, reflexionó un 
rato, pesó las rudas, francas intencionadas y hasta 
justas palabras de Malbañado, se puso mentalmente 
en su lugar, midió su situación y hubo de comprender 
que tenía razón ; y dosde que situó las cosas en aquel 
terreno, verdaderamente práctico, no le quedaba otra 
salida sino la de amainar, ante la fuerza de los acon- 
tecimientos consumados, someterse incondicionalmen- 
te y continuar la marcha ; primero, porque así se lo 
imponía su tiránico escudero, quien con toda la corte- 
sía chabacana de sus modales y finura rural de su tí- 
pico lenguaje, acababa de decirle muy claramente que 
más que su compañero era su guardián ; y segundo, 
porque estudiando bien el punto y clasificando la se- 
rie de peligros que le rodeaban, lo que más le conve- 
nía en verdad era, sin duda alguna, reunirse cuanto 
antes con Páez, el denodado jefe patriota, desde lue- 
go que no admitía discusión el inminente riesgo de 
su regreso á Caracas, y aunque libremente Quintín. 



Los Años Terribles 4^5 



se lo permitiera, sería mayúsculo disparate ejecutar 
lo que podría costarle hasta la vida, porque las 
feroces hordas de Boves, que interceptaban la vuelta 
á su terruño, no perdonaban ni al mismo lucero del 
alba, que tuviera ribetes de patriota. 

Dominado el buen galeno por tan razonables 
ideas y por tan conciliadoras impresiones, dibujando 
una irónica sonrisa en sus labios belfos y acaricián- 
dose con la velluda diestra sus abundantes patillas, 
dijo : 

— El que manda manda y no ruega, caballero y 
señor de Malbañado. Ya que la cosa es así como tú 
dices, no me queda otro camino sino el de agachar 
las orejas j coger el paso. Sigamos hacia adelante ; 
estoj' á tus órdenes, porque me has convencido y veo 
que tienes razón. 

— El que sabe, sabe, mi respetao señor dotor — 
exclamó Quintín, muy contento — veo que usté se ha 
hecho cargo de lo angustiao de mi situación, j ha 
comprendió que tanto por su lao como por el mío, 
no nos queda otro ami^aro sino el de apechuga jerre 
que te jerre, ligero pa los Llanos. Allá llegaremos, 
y no me faltará ocasión de comprobale, quien es 
Quintín Contreras á quien nombran Malbañao, cuando 
es amigo de los hombres. 



XV 



Sin ninguna otra novedad digna de especial men- 
ción, continuaron la rutinaria marcha hacia San Car- 
ios, por^ el camino del Pao ; y de esta ciudad, por el 
itinerario del Baúl, se dirigieron á Barinas, á donde 
llegaron á fines del mes de agosto. 

Desgraciadamente no. encontraron al capitán José 
Antonio Páez, en la ciudad del Santo Domingo, ni 
tampoco á su familia en el cercano pueblo de Cana- 
guá, lugar de su residencia, en razón de que algunos 



ÜQ F. losta García 



días antes habían emigrado hacia Bailadores huyendo 
de las tropelías, maldades y horrores, que estaban co- 
metiendo Puy y otros guerrilleros realistas; que reco- 
rrían y expoliaban aquellas infelices comarcas. 

Ante este imprevisto chasco y en tal situación 
dubitativa, para no inspirar sospechas á las autorida- 
des españolas y por inteligente consejo de Malbañado, 
fueron se ambos viajeros para el hato de la Calzada, 
pretextando que una grave enfermedad crónica de que 
padecía el mayordomo del mencionado hato, que era 
un antiguo esclavo de don Manuel Pulido, llamado 
líarnielote, le había obligado á desenterrar las onzas 
de oro (que sí las tenía, porque gozaba del ' beneficio 
del quinto tanto en la leche como en los cueros) para 
hacer venir un afamado medico de Caracas á encar- 
garse de su curación. 

Allá estuvieron durante algunas semanas, con 
inmensa alegría de Mannelote, á quien x3or la causa 
referida de su positivri dolencia y por efecto de la ca- 
, prichosa suerte, se le presentó, como llovido del cielo, 
aquel excelente faculta, tJAo, de quien se aprovechó 
muy de veras, sin n.?s erogación que la muy natural, 
de las gallinas, pollos y (luesos frescos, conque man- 
tuvo á su huésped ácuerpí» de rey, mientras p<; ma- 
néelo en el hato. Cuando por noticias Uegadns de 
Barinas se supo que Urdaneta, después de la reñida 
batalla de Macucliíes, en donde fue derrotad-, por 
Calzada, se había i'e tirado ])ai'a los valles de Cuenta, 
con 800 infantes y un escuadrón de carabineros, y que 
el capitán Páez se había quedado en el pueblo de Bai- 
ladores, Pedernales y su activo comj^añero se j^usie- 
ron en marcha sin demora alguna hacia el referido 
lugar, y para evitar mslos encuentros se fueroi) por 
travesía, pasando i)or la Yiscaina para ir á salir á la 
Quebrada Arenosa. 

Muy grande fue la satisfacción j agradabilísima 
la sori^resa que experimentó Páez cuando vio llegar á 
la casa en donde se hallaba alojado con su familia, al 
doctor Federico Pedernales en compañía de Mal- 
bañado. 



Los Años Terribles ^^7 



— " Adelante, adelante !— les grito desde la puerta 
en donde casualmente se hallaba parado ; j al mismo 
desmontarse en el corredor, tendió los brazos al pri- 
mero, Y añadió : — Bravo, señor doctor Pedernales ! 
Veo que es usted todo un hombre, pues arrostrando 
mil dificultades y peligros ha venido hasta aquí para 
atender á mi 'llamada. No puede usted haber llegado 
más á tiempo, pues estoy en vísperas de marcha. 

Después de pronunciar estas palabras y de abra- 
zar al doctor, se dirigió cariñosamente á Malba- 
ñado, y poniéndole la mano derecha en el hombro, 
le dijo : 

— Muy bien, Quintín ; como siempre has llenado 
por completo tu deber. Te anotaré este servicio como 
uno de los más lujosos de tu hoja. 

— Y le hará usted completa justicia, señor capi- 
tán y amigo — contestó Pedernales, sonriendo con ma- 
licia — pues antes que todo y con mi genial franque- 
za, debo confesarle que por él y sólo por él, tengo 
la fortuna de encontrarme en su presencia. Si 
no hubiera sido por el carácter de su eficaz emisario, 
me deserto en la mitad del camino, y sin los recursos 
de su valiosa aj^uda, mucho menos me habría atre- 
vido á llegar hasta estos remotos y emparamados 
quilombos. . . . 

— Ja, ja, ja — interrumpió Páez, riendo de muy 
buena gana — ¿ con que quiso usted reventar la soga 
y tomar la vuelta de sus correderos ? Bien me sos- 
pechaba yo que tal podría suceder, y por eso elegí á 
Malbañado para la comisión de irlo á buscar á Ca- 
racas, porque es discípulo mío y sabe cumplir al 
pie de la letra las órdenes que se Je dan. Imagínese 
usted, qu,erido doctor, cuánta sería mi impaciencia 
por su llegada, cuando me estoy acomodando para 
emprender un largo viaje con mi, familia y amigos. 

— Ya me ha dicho algo de eso Quintín, por el 
camino. 

— Y yo acabaré de explicárselo ahora mismo, mi 
querido doctor; pero estamos hablando parados y 
su estropeo debe ser de los. de cogei^ cama ó chincho- 



m F. Tosía García 

rro. Pase usted á la sala mientras le arreglan su 
cuarto. Y tú — añadió dirigiéndose al asistente — des- 
ensilla, baña y pon á comer las bestias, que muy pron- 
to estaremos de marclia. 

En esa época tenía el próximo héroe de Las 
Queseras del Medio, apenas veinticuatro años. Era de 
regular estatura, ancho de espaldas, bien conformado, 
tenía el pelo rubio y ensortijado, los ojos pugnando 
entre verdes y azules, los labios gruesos y encarnados, 
cubiertos por bigotes recortados del mismo color de 
los cabellos ; y por su expresión, su andar y sus mo- 
dales, se comprendía á primera vista que aquel joven, 
aunque de obscura j humilde procedencia, había 
venido al mundo para hacerse obedecer y para que 
su nombre brillara en la constelación de los inmor- 
tales. 

Su traje era el característico de los llaneros, con 
el iinico aditamento de llevar polainas, espuelas su- 
jetas con cadenillas de plata y un lujoso cinturón de 
cuero, de donde pendían una rica daga y un par de 
pistolas inglesas de dos cañones. 

— ¿ Y para qué punto es ese viaje de que usted 
habla ? — preguntó Pedernales, dejando caer sobre 
un butacón de cuero sus magulladas i30saderas y con 
el credo en la boca al enterarse, al soltar el estribo 
después de tan larga y i^enosa travesía, de que se 
trataba de emiorender otra, según todos los alarmantes 
preludios. — Supongo que será para algún lugar muj 
cerca de aquí. 

— Sí, sí — respondió Páez con irónica sonrisa, to- 
mando asiento en otro butacón — muy cerca, como si 
dijéramos, pared de por medio ; para una poblada y 
pintoresca región granadma, que se llama Casanare . . . 

— i Casanare ! — repitió don Federico, abriendo ta- 
maños ojos y aterrorizado — eso es una verdadera atro- 
cidad, porque hay que atravesar los Andes, y se 
trata nada menos que de ochenta ó cien leguas, no de 
caminos humanos y civilizados, sino de picos y vere- 
das escabrosas, no hechas para andar personas á oa- 



Los Años Terribles ii9 



bailo, sino para monos 6 chivos. ¿Y qué se propone 
usted en estos momentos tan inadecuados para em- 
prender tan estupendo viaje ? 

— Me propongo salvar á mi Patria — contestó el 
joven 'Páez, sin vacilar. 

— ¿Salvar á su Patria? — inquirió el doctor, con 
creciente asombro — y entonces, ¿ por que la abandona, 
alejándose para comarcas tan distantes ? Cómo es eso ? 
i No comprendo ! 

— De la manera más sencilla del mundo — respon- 
dió Páez, con mucha animación. — Extraña usted sin 
duda, mi querido doctor y amigo, que yo huya para 
libertar á mi país ; pero es porque no le he dicho 
que mi huida será como la del carnero, para tirar me- 
jor el toponazo. En los llanos de Casanare mi nom- 
bre es muy conocido, hay abundancia de hombres y 
de caballos y me será fácil formar un respetable cuer- 
po de buenos jinetes para invadir á Venezuela. 

— Tal proyecto me parece algo aventurado y qui- 
mérico — observo Pedernales, rascándose la cabeza — 
usted tropezará con mil dificultades, entre ellas hasta 
con la oposición de las autoridades del lugar, x^ues 
aunque republicanas, acaso no le darán apoyo á una 
expedición que tiende á debilitarlas, sacándole l,os re- 
cursos de su jurisdicción. 

— No, no — dijo Páez, con acento de la más profun- 
da convicción — permítame observarle, señor doctor y 
buen amigo, que usted no sabe de estas cosas de por 
aquí. He meditado mucho ese plan y tengo plena 
seguridad de que podre organizar allá un cuerpo res- 
petable de caballería con el cual abriré operaciones 
sobre el territorio extenso del Apure, donde pue- 

de esta tierra para siempre. 

— ¿ Pero con que elementos podrá contar usted ? 
— preguntó con marcada incredulidad el desconfiado j 
molido Hipócrates. — ¿ Quienes podrán seguirlo, cuan- 
do todos los llaneros son partidarios de la causa del 
rev ? 



íáO ' F. Tosta García 



— Los mismos hombres, mi buen doctor, que han 
destruido Á los patriotas, bajo las órdenes de Ceballos, 
Yañes y Boyes. Con esos mismos aguerridos llane- 
ros contaré yo, porque los cono;zco mucho y sé que 
unos disgustados, y otros porque los licencien, vol- 
verán pronto á sus correderos y allá se unirán en 
el acto conmigo, porque los soldados son de quien los 
recluta, les pone el gorro y les da la carne asada, con 
mucha más razón tratándose de los llaneros, cuyo 
encanto es andar á caballo en son de guerra y ser 
arrastrados por la audacia y el valor de los jefes que 
los mandan. 

— Todo cuanto usted dice, señor capitán, es 
aparentemente muy fácil y bonito ; pero obras son 
amores y no buenas razones, y al freír los huevos 
puede faltarle la manteca y hasta rompérsele la cazue- 
la, porque, por más que usted lo afirme, es imposible 
creer que esos llaneros tan idólatras de la monarquía, 
puedan cambiar de opinión de la noche á la mañana, 
para militar bajo sus órdenes. 

— Lo que se ha de ver ¿pronto, no se discute — 
contestó Páez con mucho énfasis y marcado entusias- 
mo — hace tiempo que ese plan me hormiguea en la 
cabeza y lo llevaré á cabo por sobre todas las di- 
ficultades y contra todas las opiniones. Soy un des- 
conocido subalterno de los ejércitos de la Eepública 
y necesito hacerme célebre. Ninguna otra oportuni- 
dad puede presentárseme como ésta tan favorable 
para subir á la cima, por lo mismo que todos los áni- 
mos están abatidos y todos los grandes patriotas 
anonadados, y la santa Causa perdida del uno al otro 
extremo del país. Tenga fe en mí, doctor ; acompá- 
ñeme sin escrúpulos, pues lo necesito, no solamente 
como médico sino para que me ayude con sus luces, 
con su sabiduría y con su práctica en los enredos de 
la política, en la cual soy un recluta ; quiero, en una 
palabra, que yo con mi espada y usted con su cabeza 
y con sus consejos, llevemos á cabo la gran obra de 
independizar nuestra querida nación, entregada hoy 
al yugo de nuestros enemigos. 



Los Años Terribles ' iSi 



' El doctor Federico Pedernales, como se sabe, era 
hombre de mucho corazón, de mucho aliento, muj im- 
presionable y de mucho fervor patriótico. 

Al oír á Páez expresarse en aquellos términos, al 
admirar su actitud resuelta y el fuego y entereza con 
qu3 pronuncio aquellas notables palabras que lo se- 
dujeron Y arrastraron, se puso de piea sin vacilar y 
exclamó : 

— Disponga usted como guste de mis servicios, 
señor capitán Páez ; ha hablado usted como un inspi- 
rado y como un verdadero patriota. Estoy á sus ór- 
denes y listo para acompañarlo hasta el Cuzco si ne- 
cesario fuere. 

Es innegable que esta manifestación tan súbita 
y tan paladina de Pedernales obedeció á su gran amor 
por la Patria y á su entusiasmo por las enérgicas fra- 
ses de Páez ; pero hay que confesar en pro de la ver- 
dad histórica," que allá en el fondo de su ser apareció 
también el gusanillo de la ambición, por el honorífico 
puesto que se le ofrecía en lax)róxima cruzada. 



XVI 



Tres días después salió Páez para Casanare, acom- 
pañado de su familia, del doctor Federico Pedernales y 
de muchos oficiales de su confianza que quisieron acom- 
pañarle en aquella célebre y ati'^vida expedición. 

La marcha fué larga, penosa y llena de mil con- 
trariedades, porque eran pocas las bestias j se hacía 
necesario el relavo para que por turno alternasen los 
viajeros, caminando horas á caballo y horas á pie, 
excepción hecha con las señoras y el doctor Pederna- 
les, quienes gozaron de las preeminencias de ir siempre 
en sus cabalgaduras. 

Con esta abigarrada y extraña comitiva atravesó 
Páez i)arte de Los Andes y llegó á Pore, capital de la 
provincia, en donde fué muy bien recibido tanto por 



ift F. TosttL Garcit 



las autoridades como por los habitantes de la pobla- 
ción, é impuestos todos del proyecto que llevaba, 
mereció la más favorable acogida, basta el extremo 
plausible de que á los tres días de su llegada pudo 
organizar en el cercano pueblo de Betoye; un regi- 
miento de caballería, que sirvió de base para la for- 
mación de un respetable cuerpo de 1.000 lanceros, que 
fue puesto á las órdenes del comandante . venezolano 
Francisco Olmedilla, como primer jefe, y á las de 
Páez, como segundo, á cuyo fin, este último fue ascen- 
dido á comandante por el Gobierno de Casanare. 

Esta división expedicionaria se puso en marcha 
para Venezuela el 10 de octubre, tomando la vía que 
va hacia "Guasdualito, atravesando la inmensa y de- 
sierta zona que llaman Sabanas Líireñas, con el obje- 
to de poder llegar sin ser descubierta al expresado 
pueblo, en donde se hallaba de guarnición el coman- 
dante Pacheco Briceño, alias el Cotudo, con 800 
realistas de las tropas que mandaba en jefe Calzada. 

La , marcha fue muy lenta y accidentada porque 
los ríos y caños estaban crecidos, y parte de las saba- 
nas estaban anegadas ; y también que por medida de 
precaución, no se caminaba durante los días sino por 
las noches. 

El doctor Federico Pedernales se había transfor- 
mado física y moralmente, se sentía con el entusiasmo 
y actividad de sus primeros años de luchador, saluda- 
ble j gordo, aunque muy tostado por el sol ; iba de- 
sempeñando las trix)les atribuciones de secretario, 
medico y auditor ; montaba un famoso caballo ?aino, 
cabos blancos, e iba vestido á la llanera, en la misma 
forma que el comandante Páez, con la única diferencia 
de que por no haberse encontrado polainas en Pore, 
había utilizado para ello las cañas de sus botas, recor- 
tadas, sujetándoselas por sobre las alpargatas con dos 
correíllas de cuero crudo ; siendo de advertir que en 
este cambio tan favorable y ventajoso para el galeno, 
perdidosa y degradada su matusalénica muía negra, 
había trocado la silla por la jamuga y llevaba ahora 
en su lomo un par de baúles de cuero, con ropas, pa- 



Los Años Terribles iS3 

peles, drogas é instrumentos de cirugía de su querido 
dueño ; y aunque notaba el alivio de la diferencia en 
la carga, notaba igualmente la diferencia en el pienso, 
que no era tan abi;indante como primero, en razón de 
que tanto para racionales como para irracionales, 
nada puede haber completo en este asendereado valle 
de contrariedades. 

Al atra\:esar el caudaloso y torrentoso río de 
Arauca, que estaba crecido de monte á monte, todo 
el mundo comenzó á desensillar para pasarlo á nado 
con la montura y las armas en la cabeza, menos í^I 
doctor Pedernales, que se quedó perplejo ante aquel 
espectáculo desconocido' para él ; y seguramente, no 
habría encontrado maneras de salir del compromiso 
si no se presenta Malbañado, y le dice : 

— Aquí estoy yo, mi dotor ; no tenga cuidao, que 
vamos á iiRsá amorochaos. Métase usté con la silla 
en esa petacas de . cuero, que parece una canoa, que 
trae aquel indio en la cabeza, que yo lo llevaré cabres- 
teao junto con el caballo hasta la otra orilla del río. 
Acuérdese que un día le dije que Malbañao.era amigo 
de los güenos hombres, y vengo á confróntaselo en el 
momento apropiao. 

— Valiente Quintín — exclamó don Federico, á 
quien la sangre le volvió al cuerpo — veo que eres 
hombre de palabra y con toda el alma te doy las 
gracias por el servicio, pues francamente, si no te 
presentas, me habría quedadoaquí como un bolonio. 

— ¿Y cree usté, dotor, que el Catire lo hubiera 
dejao ? — contestó riendo Quintín. — ¡M pensalo ! El 
mesmito fué quien me mandé á arrímale la cpinoa en 
compaña de su otro asistente llamao Cantabonito, que 
allí viene á combinase conmigo para la operación. 

Y así fué, el benemérito doctor pasó el río muj 
cómodamente sentado en su peregrina canoa de cuero, 
escoltado por los dos llaneros que nadaban á su lado, 
llevando los caballos y prestándole auxilio cada vez 
que era menester ; principalmente, cuando á gritos y 
hasta empuñando las dagas que llevaban en la boca, 
tuvieron que espantar una piara de caimanes que que- 



^ -I F. Tosta G&rcia 



ría embestir sobre la canoa donde navegaba el deno- 
dado patriota de la Hoyada de San Lázaro. 

El día 29 de enero del año de 1815, amanecieron 
sin haber sido vistos por el enemigo en la entrada de 
Guasdnalito, y la sorpresa hubiera sido enorme y el 
éxito admirable, pues la plaza se hubiera tomado sin 
un tiro, si al estúpido de Olmedilla no se le ocHirre la 
imprudencia de mandar á tocar diana y á disparar un 
cañoncito pedrero que la expedición llevaba. Esto, 
naturalmente, alerto al Cotudo, quien formó todas sus 
tropas en columnas y aprovechándose de la obscuri- 
dad de la madrugada, marchó sobre ios jinetes patrio- 
tas, haciendo descargas cerradas casi á quema ropa, 
con lo cual logró romper uno de los escuadrones que 
estaba formado frente á la calle ; y sabe Dios el desas- 
tre que hubiera pasado si Páez, en persona, con , su 
escuadrón, no acude en el acto por el naneo izquierdo 
•atacando casi por la espalda á los realistas, destrozán- 
dolos completamente en una sola carga. 

Quedaron allí más de 200 entre muertos y heridos, 
y el resto de la guarnición, que huyó por el camino 
de la Manga, cayó casi en su totalidad en manos de 
Páez, quien fue haciendo la persecusión hasta el río 
Arauca. Entre los prisioneros, que alcanzaron á 228, 
se encontraban muchos oficiales españoles, el coman- 
dante Manuel María Marchan y los capitanes Fran- 
cisco Guerrero y José Kicaurte, á quienes Páez perso- 
nalmente y tirándose al río hizo prisioneros, ofrecién- 
' doles que les perdonaría la vida ; y como al acto de 
entregarlos á Olmedilla este los mandó á matar, em- 
pezando por Marchan, á quien cortaron la cabeza, 
Páez se opuso enérgicamente á tan villana hecatom- 
be, consiguiendo salvar á los demás. Por causa de 
esta desavenencia y por informe de que Calzada se 
acercaba á Guasdualito con 1.500 hombres, ordenó 
Olmedilla el regreso á Casanare de la expedición, 
-adelantándose él hacia Pore j dejando la fuerza al 
mando de Figueredo, con quien Páez también se de- 
sagradó con mucha razón, dirigiéndose pasaportado á 
la capital de la provincia donde fué muy bien reci- 



Los Años Terribles ^55 



bido por las autoridades y le tocó la comisión" de ir 
á prender á Olinedilla, que se había desertado, inter- 
nándose en las selvas con algunos adeptos. 

A fines del año de 1815 invadió Calzada á Casa- 
nare, al frente de 3.000 infantes, 400 jinetes y (ios pie- 
zas de artillería. El ejercito i)atriota al mando del 
coronel Joaquín Eicaurte, y la caballería á las órde- 
nes del comandante Miguel Guerrero, en cuyo 'cuerpo 
mandaba un escuadrón Páez y otro Eamón Nonato 
Pérez, se encontraba el día 31 de diciembre en la 
extensa sabana llamada Banco de Chire, aguardando 
al poderoso enemigo. 

Como Eicaurte, bien por obedecimiento á los pre- 
ceptos estratégicos, ó bien para seguridad personal, 
tuvo la rara ocurrencia de situarse en una gale- 
ra o meseta, á tres millas de distancia del campo de 
batalla, á dirigir la acción, binóculo en mano, al tronar 
la artillería realista. Guerrero ordenó á la caballería 
que hicieran un movimiento ofensivo por el flanco de- 
recho, y como en este instante cayó al suelo el co- 
mandante Páez con un ataque epiléptico ó accidente 
nervioso de que pa^decía, y que se le presentaba siem- 
pre al comienzo de los combates, se x^rodujo gran con- 
fusión y alarma, hasta que el doctor Pedernales, en 
unión de Malbañado y Cantabonito, sujetándolo y 
con aplicaciones oportunas lograron que pasara x^i'oii" 
to la convulsión. Ya repuesto y á caballo Páez, al 
ver que la caballería realista, apros^echándose de la 
fluctuación y desorden de las filas x)atriotas se venía 
encima, sin consultar con nadie y sin esx)erar órdenes, 
poniéndose á la cabeza de su escuadrón, gritó : 

— i Frente y carguen ! 

La certera disposición fue ejecutada con tal rapi- 
dez, que parecía como si nuestros caballos tuviesen 
alas en lugar de cascos, y cuando los jinetes enemigos 
acudieron á contener la furiosa carga, fueron destroza- 
dos casi en su totalidad, envolviendo en su precipita- 
da fuga el ala izquierda de la infantería de Calzada, 
que aturdida y llena de pánico se declaró en fuga ; lo 
que produjo una súbita y completa derrota de todo- 



i26 „ F. TosU Gtrtla 



el ejército del rey, que sin duda alguna, hubiera que- 
dado prisionero en la persecución, inclusive Calzada, 
si nuestra caballería no se detiene para apoderarse 
del rico y cuantioso botín dejado por los fugitivos. 

Varias otras acciones bélicas muy notables llevó 
á cabo el comandante Páez en aquellos días á las már- 
genes del Arauca, sobresaliendo entre todas, por sus 
antecedentes y circunstancias, la que se libró en el 
lugar denominado Mata de la Miel, algunos meses 
después, con las fuerzas españolas al mando del coronel 
Francisco López. 

En conocimiento Ricaurte y Guerrero de que el 
enemigo se aproximalia, sin decir nada á Páez, lo invi- 
taron á retirarse y á pasar el río para dirigirse á 
Casanare. Páez, muy amistosamente, se negó á hacer 
aquel movimiento de imprudente retirada, alegando 
entre otras buenas razones, que había ofrecido á los 
vecinos de Guasdualito no abandonarlos y que (pieria 
cumplirles su palabra, y como toda la oficialidad lo 
apoyaba en la valerosa determinación, dirigiéndose 
Ricaurte á los expresados, de mal talante j con mar- 
cada contrariedad, les dijo : 

— Pues entonces, estoy de más aquí; que los 
mande el comandante Páez ; yo no quiero mandarlos 
más. 

Y como en verdad se retiró en el acto por la vía 
de Pore, sin dar ninguna otra explicación, acompañado 
de Guerrero, la Plana Mayor y dos comioañías, Páez 
tuvo que asumir el mando de las fuerzas, que alcan- 
zaban á 500 lanceros. 

— Abra el ojo compadre — dijo el doctor Pederna- 
les, que desde su bautizo de fuego en Guasdualito se 
había familiarizado con los peligros, con las fatigas, 
con el sol y con las intemperies, haciéndose un com- 
pleto llanero. — Tenga cuidado con la ida de estos 
hombres, que puede ser alguna trampa para hacernos 
caer en un mal paso. .... 

—Me lo sospecho — contestó Páez — y se me pone 
que pueda ser la aproximación de algún ejército ene- 
migo, muy poderoso. 



Lo$ Años Ttrríblts , ^■^^ 



En tales condiciones, mandó en el acto espiona- 
. jes en diversas direcciones y tuvo conocimiento, por un 
soldado que llegó á escape, de que el enemigo, en grue- 
so número, se hallaba ©n el sitio arriba nombrado ; 'y á 
su encuentro marchó, dispuesto á cambatirlo, sin ocu- 
parse en averiguar el número. 

Llevó su audacia y arrojo, rayanos en temeridad, 
iasta acercarse personalmente y casi solo á desafiar 
la descubierta de los realistas, cuyo oficial le mandó 
á hacer fuego, acertando á herir, mortalmente, el fa- 
moso caballo que montaba. 

En ese instante acudió Nonato Pérez, que venía 
• detrás con un grupo de dragones, de los cuales 
desmontó uno para ofrecer otro caballo á Páez. 
Entre tanto, la noche se acercaba, y como algunos 
observaron que sería más conveniente aplazar el com- 
bate para el siguiente día : 

— i No, no ! — gritó Páez, improvisando ante los 
suyos la más excéntrica y rara alocución militar que 
■jefe alguno haya podido producir en casos análogos. — 
Para mañana es muy tarde la pelea, ahora mismo de- 
' bemos atacar á los godos, porque la obscuridad nos 
favorece y somos más conocedores que ellos de este 
campo, i Compañeros ! recuerden que me han matado 
mi buen caballo, y si ustedes no están resueltos á 
vengar ahora mismo su muerte, yo me lanzare solo á 
perecer entre las filas enemigas ! 

Como todos le contestaron entusiastamente que 
sí lo acompañarían, dio las disposiciones de ataque 
incontinenti, haciendo formar tres columnas en línea, 
una á sus inmediatas órdenes y las otras dos á cargo 
de Nonato Pere2 y de Genaro Yázquez, que eran dos 
de sus tenientes de mayor arrojo j confianza. 

Nonato Pérez, que iba en vanguardia, se tropezó 
con el grueso de la caballería enemiga y le dio una 
carga tan formidable y bizarra que á los pocos minu- 
tos estaba derrotada y fuera de combate cerca de sus 
dos terceras partes. 

En ese momento el coronel López, que tenía su 
numerosa infantería formada en gruesas columnas. 



i28 F. Tosta Carda 



rompió los fuegos para contener el avance de Páez y 
de Yásquez que venían apoyándolo, y como quiso la 
casualidad que una de las primeras balas liiilera al 
otro caballo que montaba Páez, aventando á este á 
gran distancia con la silla entre las piernas, sus su- 
balternos lo crej^eron muerto y se produjo una gran 
confusión que cambió la faz del combate, porque los 
patriotas comenzaron á remolinear y á rotroceder 
llenos de súbito pánico. 

Por fortuna pudo levantarse Páez, y con su lanza 
en la diestra, envuelto en una nube de polvo y en pe- 
ligro de ser magullado por lo^; cascos de su misma 
caballería, se encontró con el doctor Pedernales, que 
lo andaba buscando en unión del ayudante Esteban 
Quero, quien le ofreció su caballo. 

Otra vez en disposición de combate, al ver á sus 
jinetes rechazados y la acción casi perdida, se lan- 
zó sobro ellos para contenerlos, logrando al fin con- 
seguir (pie, reanimados por su presencia, volvieran 
caras, impetuosamente, sobre un cuerpo de reserva 
del enemigo, de 400 lau ceros, que venía cargando por 
el ala derecha. 

Allí se trabó, por espacio de media hora, un re- 
ñido y sangriento duelo al arma blanca, verificado en- 
^re las sombras de la negra noche que ya había teiiido 
por completo, logrando Páez y Yásquez acuchillar 
casi en su totalidad á los 400 lanceros realistas, lo cual 
decidió el triunfo de los X)atriotas, porque López, lleno 
de pánico, huyó con la infantería que logró salvar, in- 
ternándose hacia los bosques del río Apure. 

En este memorable encuentro de la Mata de la 
Miel, que aunque muy corto por sus resultados, tuvo 
casi las proporciones de una batalla, perdieron los 
realistas 500 prisioneros, 400 muertos, 3.345 caballos 
y gran número de armas y municiones, teniendo los 
patriotas que lamentar muy sensibles perdidas, entre 
ellas, la de los valerosos capitanes P^afael Ortega y 
Gregorio Brito. 

Gran resonancia tuvo en los Llanos aquel mitoló- 
gico combate, digno de los tiempos heroicos, coronado 



Los .4, líos Ttrriblti i-^ 



por la magnanimidad usada por Páez con los prisio- 
neros; su prestigio voló por los cuatro vientos, im- 
pelido por el renombre y por la Fama, y el gobier- 
ne de ]a Nueva Granada le envió el despacho de Te- 
niente coronel, junto con un oficio lleno de honrosas 
felicitaciones. 



XVII 



El 19 de mayo de 1816 se hallaba-^el coronel Páez 
en Guasdualito, celebrando con sus amigos y subal- 
ternos muchos acontecimientos gratos, á saber : su 
onomástico, su ascenso á coronel, su nombramiento de 
primer jefe del ejercito republicano de la provincia de 
Casanare, el éxito de sus operaciones militares y los 
favorables resultados de su plan concebido, de liber- 
tar á Yenezuela con el concurso de los llaneros, los 
cuales cada día se desprendían de las filas del rey 
para venir á engrosar sus escuadrones bajo la sombra, 
de la gloriosa bandera tricolor. 

Con tal fin, se había hecho preparar una ternera, 
asándola á estilo llanero, debajo de una arboleda, cer- 
ca del pueblo. A las márgenes del río, tenía efecto 
aquella fiesta campestre, donde se encontraban las 
principales familias patriotas de Guasdualito y todos 
los jefes y oficiales del ejercito, entre los que desco- 
llaban Yásquez, Pérez, Figueredo, Mujica, Hurtado, 
Brito, Arameudi, Peña y Romero. 

—'^o hay duda, señores — decía el doctor Federi- 
co Pedernales, que junto con Páez, Nonato Pérez, 
Aramendi, Yásquez y otras persona.s distinguidas de 
la sociedad gaasdual itera, se hallaba sentado al rede- 
dor de ana mesa cubierta con hojas de plátano, á 
guisa de mantel, y llena de costillas asadas, cazabe, 
guarapo fuerte, guasacaca y jarros de pichero — nues- 
tra alegría debe ser inmensa en este día en que cele- 
bramos tantas cosas buenas reunidas ; y sobre todo, 

LO» aXos tsbkibmc. o 



i30 F. Toiít Giir€ÍM 



que el gobieruo de Bogotá haya despreciado las rui- 
nes intrigas de Eicaurte j Guerrero, haciendo cabal 
justicia á nuestro amigo j jefe el coronel Páez. 

— Oiga usted, mi querido doctor — respondió Páez, 

-en tono muy jovial — es que la buena fe siempre es 
protegida por Dios, y el que marcha por caminos rec- 
tos al fin llega á conseguir el objeto que se propone. 
Esos señores quisieron hundirme cuando me dejaron 
solo, antes de la acción de la Mata de la Miel, mar- 
chándose pérfidamente sin avisarme que el poderoso 
enemigo se acercaba ; y por el contrario, me hicieron 
un gran bien, porque me dieron ocasión para vencer y 
lucirme con mis valerosos compañeros. 

— Y lo que hemos hecho — exclamó Yásquez, muy 
animado — no vale nada en comparación de lo que 
podremos hacer. 

— Indudablemente — observó Páez, meneando len- 
tamente la cabeza, como era su costumbre cuando 
hablaba ó meditaba de asuntos serios — ahora puede 
decirse que va á comenzar la guerra, y en estas regio- 
nes será formidable, porque los españoles se fijarán 
en nosotros especialmente para exterminarnos como 
núcleo peligroso. Ya tenemos en campaña al coronel 
y padre Torrellas, que ha llegado á Mantecal como con 
1.000 hombres de caballería. 

— ¿ Y eso es cierto ? — preguntó Nonato Pérez.. 

— Cierto y muy cierto — respondió Páez, de muy 
buen humor — pero eso no me inquieta, porque esta 
misma tarde despachare á Vásquez con 300 jinetes 
para que lo confiese y le haga rezar el Credo .... 

En ese momento anunció Malbañado que acababa 
de llegar un posta con comunicaciones muy importan- 
tes ; y como se supo que venía de Guayana, por la vía 
fiíivia.l del A^''^^'''^-, con noticias del mayci" intoré^, fue 
recibido por ei cíoccor Pedernales, y luego que este se 
impuso del contenido délos pliegos, llamó aparte á 
Páez, V le dijo : 

— Oiga usted, mi coronel ; los vagos informes que 
teníamos por desertores, de los graves sucesos ocurri- 
dos en el Oriente, están confirmados por estas notas y 



Los Años Terribles üi 



muy particularmente por una extensa carta de mi 
compadre y amigo don Agapito Callejones, que anda 
por aquellas comarcas y es gran figura entre los pa- 
triotas. Su carta pinta mejor que los oficios todo 
cuanto lia ocurrido por allá en estos últimos meses. 

— Pues leamos la carta antes que todo— dijo Páez, 
lleno de curiosidad. — Llame usted á Yásquez, á Nonato 
y á Aramendi, haga traer las sillas, y mientras los de- 
más acaban de almorzar nos impondremos de su conte- 
nido, debajo de aquel apartado bucare. 

Así se hizo, y Pedernales dio lectura á la carta, 
que decía así : 

" Mi inolvidable compadre y J)uen amigo : 

"Aprovecho la oportunidad de un posta que sale 
de aquí con notas oficiales á buscar al bravo patriota 
Páez en donde quiera que se halle, para escribirle esta 
carta, pues me han informado, que desde que nos se- 
paramos, á fines del maldito año 14, tiene usted la 
fortuna de encontrarse al lado del muy valeroso y 
esforzado adalid de las pampas, cuyas últimas proezas 
han llegado hasta esta infortunada tierra oriental. 

"Ya sabrá usted, y si no lo sabe, se lo digo con 
lágrimas en los ojos, que formé parte de la malhadada 
emigración que salió de Caracas en pos del ejército 
fugitivo y que tuve la inmensa desgracia de perder 
toda mi familia, asesinada vilmente por el bandolero 
Cienfuegos en el pueblo de Tacarigua. 

"Por supuesto, que el gran culpable de todo ha 
sido el niño Simoncito, el semi-Dios de los menteca- 
tos, y por eso me he vengado de él de algún modo, 
contribuyendo con mis esfuerzos al gran chasco y 
merecido fracaso de haber sido desconocido por el 
ejército patriota, saliendo de raspas para Cartagena, 
en donde, según últimas noticias, no le ha sonado la 
fiaaia coiiio le sonó por ca¡sLialid.ad en el año Í3, pues 
como primera contrariedad, fué excomulgado por el 
arzobispado de Bogotá, por haber fusilado Urdaneta 
cinco españoles;^ y aunque su conducta en la campaña 
de Yenezuela fué aprobada por el Congreso, y por su 
orden asumió el mando de las tropas federales y re- 



i32 F. TosU Gircia. 



dujo al dictador Alvarez, ocupando áSantafe, lo que le 
valió la honra de ser nombrado Capitán General de los 
Ejércitos de la Unión, j la reparadora medida de que 
los gobernadores del arzobispado le levantaron por 
un edicto la excomunión, declarando que Bolívar era 
como ios demás hombres ; no embargante esos éxitos, en 
la expedición sobre Cartagena salió muy mal librado, 
porque hizo mal uso de las facultades que le había dado 
el Congreso, por lo cual entregó el mando de las tro- 
pas al general Florencio Palacios, embarcándose para 
Jamaica. 

"Pero no anticipemos los sucesos, querido com- 
padre, y vamos por partes, ya que mi deber es infor- 
marlo do todo desáe el principio, omitiendo natural- 
mente, muchos detalles que no vienen al caso y que 
harían esta epístola interminable. 

"Después que Bolívar y Marino se marcharon de 
Carúpano con las cajas destempladas, quedando 
Kibas y Piar como únicos caudillos, los catalanes en 
Cumaná, que ya antes de llegar Morales habían su- 
blevado la población, nombrando de gobernador al 
capitán Juan Puente, que se hallaba preso en dicha 
ciudad, el día 26 de agosto, proclamaron solemnemen- 
te á Fernando YII, prestándole todo genero de recur- 
sos á Morales, que siguió hacia Maturín, en donde nos 
habíamos reconcentrado todos los patriotas en núme- 
ro de 1.250 de las distintas armas. 

"La casualidad quiso que me encontrara en aque- 
lla tremenda folla de cuatro mil diablos, pues había 
ido á Maturín en comisión de Piar cerca áe Bermúdez, 
y ya dentro de la plaza tuve que apechugar. 

"Como los bravos maturineses, con su arrogancia 
acostumbrada, no quisieron entregarse y contestaron 
que estaban resueltos á "vencer ó morir," Morales 
atacó la plaza el 8 de setiembre, al frente de 6.500 
hombres. 

"Rudamente se peleó dentro de las trincheras 
hasta el día 12, en que Bermúdez, sin acordarse para 
nada de la inferioridad numérica de sus tropas, resol- 



Us Años TTribhs i33 



vio dar una salida y medir sus armas á campo descu- 
bierto j cuerpo á cuerpo, con el ejercito realista. 

"Yo no salí porque el héroe cumanés no quiso 
que lo hiciera, dejándome en la casa de la Comandan- 
cia, desde cuyo balcón pude ver perfectamente el céle- 
bre combate. 

"i Qué hombre, compadre, es este general Bermú- 
dez : es un tipo de los antiguos caballeros, de los gran- 
des capitanes y de los paladines de los tiempos 
remotos, cuando se luchaba en las justáis 6 torneos 
por el honor de las damas, el lustre de la Patria y el 
brillo de los blasones ! 

"Combatió como un león en tan gloriosa jornada, 
hubo momentos en que lo creí perdido ; mas al fin la 
victoria coronó sus sienes, derrotando por completo á 
Morales, que espantado, huyó hacia el pueblo de San- 
tarrosa á*esperar á Boves, dejando en el campo 2.200 
realistas entre muertos y heridos, 150.000 cartuchos, 
2.000 fusiles, 700 caballos ^ensillados, 6.000 bestias 
más, en i)elo y de carga, amén de 800 reses, perdiendo 
solamente los patriotas 200 hombres entre muertos y 
heridos, (juedando entre los riltimos la incomparable 
heroína llamada Juana la Avanzadora, con el brazo 
izquierdo atravesado por una bala. 

"Entre tanto Piar, que con escaso número de 
fuerzas se había dirigido á Cumaná, derrotó el 29 de 
setiembre á los enemigos que se hallaban en dicha 
ciudad, logrando organizar cerca de 2.000 soldados, 
con los cuales, aunque escaso de armas y municiones, 
esperó á Boves, que marchaba en auxilio de Morales. 

"El desgraciado combate tuvo efecto en la Sabana 
del Salado y Piar quedó destrozado por completo, 
entrando Boves á Cumaná á sangre y fuego, donde 
pasó á cuchillo á 1.300 personas, entre militares y. 
l)aisanos. 

"Morales, al saber la espeluznante hazaña de su 
jefe, se avergüenza por su cobardía frente á Maturín, 
y con la idea de remendar el capote, envía 800 hombres 
sobre dicha plaza, á cargo de su segundo, los cuales 
fueron derrotados en Úrica por Bermúdez, quien, en- 



iS4 F. losta. Garcjft 



valentonado por tan fácil triunfo y sabiendo que se 
acercaba Boves, salió á su encuentro, unido con Ribas, 
que había llegado de Maturín con un contingente de 
1.300 hombres más, los cuales, unidos á los que Ber- 
ñiúdez tenía á sus órdenes y á los despojos de Mora- 
les, elevaron el ejército patriota á la respetable cifra 
de 4.000 soldados, entre infantería y caballería. Pero 
en tan inoportuna hora, metió el rabo Lucifer, y las 
cosas se descompusieron. 

'' Ribas y Bermúdez se anarquizaron por diferen- 
cia de opiniones respecto á lo que mejor debía hacer- 
se, regresando el primero con sus tropas para Matu- 
rín y marchando el segundo hacia el sitio llamado 
Corocillos, en donde como era lógico, fue derrotado 
por Boves, viéndose obligado Bermúdez á refugiarse 
en Maturín. 

"Al día siguiente de este iiltimo combate se jun- 
taron en Úrica Boves y Morales, alcanzando á 7.000 
hombres sus fuerzas reunidas. 

"Reconciliados y reorganizados los dos jefes pa- 
triotas en vista de tan inmenso peligro, y á pesar de 
que Ribas no creía muy acertado arriesgar un encuen- 
tro formal, resuelven atacar al formidable núcleo 
realista en el valle de Úrica. 

"La batalla librada el 5 de diciembre, fué de las 
más reñidas que se registran en la historia militar de 
estas comarcas ; y aunque los patriotas la perdieron 
cabezona, pues apenas lograron salvarse Ribas y Ber- 
múdez con algunos oficiaiSies y soldados, tomando dis- 
tintas direcciones, tuvimos la gran fortuna de que en 
ella muriera Boves, lanceado en un farallón por un 
valeroso soldado, cuyo nombre se ignora, y el cual 
tuvo la audacia increíble de internarse aposta en el 
campamento enemigo, en lo más recio de la pelea, 
para quitar la vida al mayor enemigo de su Patria. 

"Después de la muerte de Boves, los jefes y ofi- 
ciales del ejército realista reconocieron á Morales 
como linico caudillo y director, y como aconteció que 
el día antes de la batalla de Úrica, un destacamento 
de las fuerzas godas derrotó en el lugar denominado 



Los Años Ttrriblts iS5' 



Cari, á un cuerpo de 800 patriotas que custodiaba á 
los emigrados de Caracas, estos dispersos, junto con 
los derrotados en Úrica, se dirigieron á Maturín, 
donde en número de 300 se atrincheraron con ánimo 
de resistir dentro de los muros de aquella ciudad in- 
vulnerable y tantas veces heroica. 

"Morales se presentó el 10 de diciembre, formida- 
ble, con sus vencedoras huestes, ante la denodada reina 
del Guarapiche, y como sus esforzados hijos, en unión 
de los pocos valientes que la defendían, á la intima- 
ción de rendirse contestaron con su acostumbrada 
altivez, que la táctica de los maturineses en la guerra 
era vencer ó morir, al día siguiente atacó la plaza Mo- 
rales con su numeroso ejercito, y casi todos sus bravos 
defensores murieron combatiendo junto con centena- 
res de ciudadanos pacíficos, de mujeres y hasta niños 
que fueron sacrificados infamemente como ruin ven- 
ganza por las innúmeras derrotas que allí habían reci- 
bido los realistas ; y por . coincidencia misteriosa de 
las cabalas históricas, allí donde nació el primer go- 
bierno independiente, murió el segundo, en aquel mis- 
mo estadio glorioso, donde mordió el polvo Montever- 
de y sucumbieron tantos ejércitos enemigos, en donde 
I)uede decirse, que se incubó el primer gobierno repu- 
ÍDlicano, vino á recibir el golpe de gracia el liltimo 
núcleo patriota de la segunda época, quedando Vene- 
zuela nuevamente en poder de sus opresores, con 
excepción de la indómita isla de Margarita ; logrando 
escaparse Piar con algunos llocos que se refugiaron en 
los bosques y Bermúdez que huyó hacia la montaña 
del Tigre y de este i)unto á Margarita, donde se reu- 
nió con el indomable Arismendi. 

"El invicto Kibas, el Aquiles de nuestra indepen- 
dencia, ha tenido un trágico y desastroso fin. Huyendo 
por las selvas, acompañado de su asistente y de algunos 
soldados, se dirigió hacia la parte oriental del Guárico y 
en los montes de Tamanaco, sintiendo hambre y no te- 
niendo recursos de ninguna especie, mandó al vaqueano 
Concepción González, que era de toda su confianza, á 
solicitarlos al inmediato pueblo de Valle de la Pascua. 



-í-^^ F. To9tn G»rci 



"El vaqueano fué ai)reliendido por sospechoso, y 
dándole tormento las autoridades realistas del lugar, 
lo obligaron á denunciar el sitio donde había dejado á 
su jefe. 

"Cuando se dirigieron allá, en unión del débil ne- 
gro, encontraron dormido de cansancio al egregio 
adalid que siempre había sido el favorito de la victo- 
ria, y llevándoselo amarrado, lo degollaron cobarde- 
mente en Tucupido. Fueron manos españolas las que 
ejecutaron tan horrendo asesinato, encerrando luego 
su cabeza en una jaula de hierro, y (cubierta con el 
gorro frigio de la Libertad, que siempre usaba en señal 
de su veneración por ella) se remitió como regalo á 
Caracas, donde fué colocada en ignominiosa escarpia 
en la salida del camino que conduce á La Guaira. 

"Inmerecida suerte del bravo de los bravos ; y lo 
que más me arde de esta injusticia divina y humana, 
es que los serviles aduladores de Bolívar, van sin 
duda alguna, á atribuirla á castigo por su ingratitud 
para con el providencial sobrino .... 

"Luego que Morales se adueñó de Maturín, ocu- 
pó en seguida todas las poblaciones de la costa, desde 
Soro hasta Carúpano, ascendiendo á cerca de 3.000 el 
numero de víctimas patriotas sacrificadas en este lito- 
ral, especialmente en Güiria, en cuya infeliz población 
se cebó, por haber sido elegida por Marino cuando 
desembarcó para libertar el oriente de Venezuela. 

"Aunque supongo que ya todo esto estará en co- 
nocimiento de ustedes, debo decirles, por si acaso lo 
ignorasen, por su aislamiento en las sabanas, que ter- 
minada en España la guerra con Napoleón y ocupado 
el trono por Fernando VII, sin ningunas complicacio- 
nes en Europa, organizó una gran expedición maríti- 
ma para restablecer la autoridad en sus colonias, la 
cual puso á las órdenes de uno de sus generales más 
afamados en la guerra contra los franceses, llamado 
Pablo Morillo, teniendo como segundo jefe al briga- 
dier de la armada don Pascual Enrile, natural de 
Cuba, que mandaba la escuadra compuesta de 18 bu- 



Los Ár.os Tsrribíts ' i37 

qiies de guerra j 42 trasportes, que contenían 10.642 
hombres de desembarco. 

"Dicha expedición, que salió de Cádiz con rumbo 
á Buenos Aires el 17 de febrero de 1815, j que desde 
el descubrimiento de la America es la más grande que 
ha atravesado el Atlántico, llegó á Puerto Santo el 3 
de abril, e incorporada en Carúpano con los 32 buques 
Y los 5.000 hombres que tenía Morales, formó un total 
de 15.000 soldados y más de 100 embarcaciones, que 
tomaron el rumbo de Pampatar, para conquistar á 
Margarita. Un simulacro de Jerjes en el Helesponto, 
tanto aparato bélico, tantos navios, tantos combatien- 
tes, todo dirigido contra un puñado de' patriotas casi 
inermes y sin escuadra, cuyo valor e indomable carác- 
ter los había hecho famosos y temibles. 

"Los astutos margari teños, al rer nublado su ho- 
rizonte por aquella avalancha de cruceros, cañones y 
fusiles, y por aquel mayúsculo enjambre de generales, 
marinos y soldados, dirigidos por Arismendi y por 
Bermúdez, celebraron una junta, y no obstante algu- 
nas oijiniones contrarias, resolvieron capitular y some- 
terse, en vista de la imposibilidad de combatir con tan 
poderoso enemigo, reservándose para hacerlo en me- 
jores tiempos. Bermiidez, impetuoso como siempre, 
no quiso humillarse ni aparentemente, y solo, en una 
canoa con dos remeros, huyó, pasando j)OY entre la 
escuadra realista que se hallaba fondeada en el puer- 
to, 3^ fue hasta Cartagena de aquel modo inconcebible. 

"El día 9 saltó Morillo en tierra, y á pesar de su 
magnánima alocución. Morales hizo asesinar á gran 
numero de patriotas, se decretó un empréstito forzoso 
de 80.000 pesos, se nombró gobernador de la isla al 
coronel Antonio Erráiz y siguió Morillo con su escua- 
dra y ejercito para Cumaná, habiéndose incendiado el 
día 21 el gran navio de San Pedro, que voló con la 
caja militar, los vestuarios, la pólvora y el gran par- 
que, y hay quien crea que este incendio ha sido hecho 
á propósito, i)or haber sido robada la caja militar. 

"Morillo llegó á Caracas el 11 de mayo, compar- 
tió su escuadra entre La Guaira y Puerto Cabello y 



iS8 F. Tosía Garoi» 



se hizo cargo del mando, que desempeñaba Cagigal. 
Estableció un régimen inicuo y terrorista, decretando 
una contribución de 200.000 pesos ; creó juntas de se- 
cuestros en toda la nación bajo la dependencia del bri- 
gadier Kafael Moxó, á quien también encargó del mando 
cíe las fuerzas, nombró á Ceballos capitán general in- 
terino de Venezuela y, el 12 de julio, salió de Puerto Ca- 
bello i)ara Santamarta, conduciendo sus tropas en 56 
buques de guerra y trasportes, anunciando con antici- 
pación su marcha á los granadinos, en una proclama que 
expidió en Caracas algunos días antes de su jjartida. 

"Hemos quedado, en consecuencia, los patriotas 
venezolanos, agarrotados ó en el filo del cuchillo, con 
los vencedores de Napoleón, regados por todo el terri- 
torio, así : 800 hombres que fueron para Calabozo con 
el brigadier Pascual del Real ; 700 dejados en Marga- 
rita ; 800 entre Cumaná y Barcelona ; 500 en La Guai- 
ra ; 800 en Puerto Cabello y la quinta división íntegra 
de su ejercito, en Barinas, al mando de Calzada. 

"En cambio, hemos reportado una inmensa ven- 
taja, un definitivo deslinde de la parte criolla, que sin 
duda alguna será el contrapeso que nos faltaba i)ara 
hacer inclinar por completo la balanza del triunfo en 
nuestro favor. 

"Me refiero á la política implantada por Morillo 
y los suyos, de recalcitrante esjxiñoUsmo y de profun- 
do desprecio por los monárquicos venezolanos, hasta el 
punto de que toda la oficialidad criolla de las tropas 
de Morales ha sido cambiada por europeos. Este 
desprecio se caracterizó desde el instante mismo de la 
llegada de Morillo á nuestras playas, sintetizándose en 
la chusca observación de uno de sus ayudantes, quien 
al ver en Carúpano el aspecto y traje de los soldados 
de Morales, exclamó: ¿si estos sor los vencedores, cómo 
serán los vencidos ? 

" Tan intencionales frases, repetidas por Morillo 
y celebradas por sus oficiales, serán de un efecto ma- 
ravilloso. 

"Esto, incuestionablemente, producirá el salvador 
deslinde, porque todos esos licenciados y los despre- 



Los Años Ttrríbles i39 



ciados por el tal dicho, que se ha hecho popular y de 
moda del uno al otro extremo del país, hará que los 
venezolanos realistas hagan causa común con los in- 
dependientes. 

"Aquí en las regiones orientales sabemos ya que 
por el sur de Occidente, se ha levantado una figura 
militar con trazas de coloso, que se llama José Anto- 
nio Páez, y como particularmente sé que usted, queri- 
do compadre, está á su lado desde (lue salió de la 
capital llamado por él, me he resuelto á escribirle ésta 
para que nos pongamos de acuerdo en todo lo que se 
relacione con el triunfo de nuestra santa Causa. 

"Yo, acompaño en estos angustiosos momentos al 
esforzado general Piar y unidos con otros guerrilleros 
patriotas ocupamos los pueblos del alto Orinoco, des- 
de Calcara hasta cerca de Río Negro : y en la misma 
actitud digna se hallan los compañeros : Monagas, Ca- 
nelón, Pareja, Sotillo, Eangel, Cedeño, Zaraza y Rojas, 
quienes recorren y se mueven con actividad en los 
territorios de Cumaná, Barcelona, Maturín y Llanos, 
desde Chaguaramal hasta Calabozo. 

"Lo que necesitamos para vencer al enemigo for- 
nddable que se nos ha venido encima es unión firme 
entre todos los buenos patriotas, por lo mismo que 
por las antillas anda ya en son de campaña el otro 
enemigo de la Repiiblica, que se llama Simón Bolívar, 
I)rocurando buscar elementos para uncirnos una vez 
más á su yugo, que es más irritante que el de los 
españoles. 

"Tenemos, mi buen comj^adre, que trabajar muy 
duro para vencer á los dos enemigos, tenemos que sa- 
lir de los españoles y salir de Bolívar, para poder 
fundar la verdadera República é implantar la Lide- 
pendencia sobre bases democráticas. 

"Pongamos para ello en contacto á Piar y á Páez, 
identifiquemos en ese camino á los dos espadas de Oc- 
cidente y de Oriente como medio seguro para vencer. 

"A eso aspiro, eso desea el vencedor en Maturín 
y tal propósito franco é ingenuo lleva esta carta, de 
cuya respuesta quedamos pendientes." 



-i40 F Tostü Csr9ia 



xvm 



— ¿Y quién es ese compadre suyo, tan avispado é 
inteligente ? — preguntó Páez, que liabía estado oyendo 
la lectura de la carta con la mayor atención — ¿ quien 
es ese liombre que de todo sabe j en todo se mete, 
que está al dedillo de cuanto pasa y hasta quiere pe- 
netrar en los mistei'ios de lo porvenir ? 

— Don Agapito Callejones^contestó Pederna- 
les, — comx^añero y amigo muy íntimo mío, muy buen 
servidor de la causa independiente y acreditado boti- 
cario de Caracas .... 

' — Pues hombre — interrumpió sonriendo Páez — 
de todo tiene trazas ese hombre, menos de boticario ; 
y muchas cosas de las que dice en su carta son el puro 
evangelio. Sólo sí me parece un poco vehemente y 
exagerado en sus ideas. 

— Usted ha dado el martillazo en la cabeza del 
clavo, mi coronel — contestó Pedernales — ese es el 
hombre, franco, inteligente, activo, fervoroso é incan- 
sable ; pero como amigo ó como enemigo, apasionado 
hasta la temeridad. Es idólatra de Miranda y se ha 
hecho impugnador de Bolívar, por tacharlo de anti- 
republicano, absorvente, autoritario y ambicioso. 

— Sea como fuere, mi querido doctor — dijo Páez — 
mucho me ha gustado la lectura de su carta, porque 
ella nos ha puesto al corriente de multitud de cosas 
importantes que ignorábamos. Usted contestará esa 
carta y las demás comunicaciones que ha traído el 
posta, de la manera que lo crea más conveniente, sin 
comi)rometernos á nada y sin desagradar á nadie, 
porque, con la llegada de esa gran expedición, el chu- 
basco va á ser duro ; y sobre todo, aquí, en los Llanos, 
vamos á tener que calarnos las cobijas y apretarnos 
los sombreros 'para no mojarnos, pues preveo' que 
Morillo vencerá en todas partes y se nos vendrá enci- 
ma muy ganoso y boyante .... 



Los Ár:o'i T^^rrib'es J 1 ^ 



— Pues le quitaremos los dengues y las baladrona- 
das — exclamo Yásquez — le menearemos los hierros 
como en la Mata de la Miel ; y mientras más gente ten- 
ga, más pechos encontrarán nuestras lanzas donde he- 
rir. Ya de seguro, sus compañeros que le'' mandó á 
Calzada, le habrán informado cómo cornean los toros 
por aquí, y llegado el caso, le volveremos á probar que 
en estas sabanas lo mismo lancean y corren diez hom- 
bres que ciento, y lo mismo ciento que mil. i La cues- 
tión es de piernas y de muñecas ! 

— Y también de pecho y de coraje — observó No- 
nato Pérez — pero para cofiseguir ese fin se hace nece- 
sario, que arreglemos las cosas por estos lugares de 
modo que no nos mande ningiin granadino sino el que 
queremos todos los llaneros, y á quien nos sometemos 
todos. 

— De eso me encargo yo — dijo el doctor Pederna- 
les — hace tiempo que estoy trabajando en ese plan con 
todos los leales patriotas, para que la autoridad ilimi- 
tada quede en manos de nuestro jefe el coronel Páez, 
como linico medio para vencer. 

— Entretanto — dijo Páez poniéndose de pies y di- 
rigiéndose al centro donde se hallaban los invitados — 
tenemds que movernos pronto j abrir operaciones 
sobre los y aguazos que tenemos por aquí.' Capitán 
Vásquez, póngase en disposición de marcha, que va 
á salir dentro de dos horas á una imj^ortante opera- 
ción contra Torrellas. 

Concluido el almuerzo campestre y sintiéndose to- 
dos los ánimos muy alegres y dispuestos, Cantaboni- 
to, que era una especialidad en el genero y tenía mu- 
cho oído, buena voz y talento natural para buscar con- 
sonantes, previo el permiso de su jefe, empuñó la gui- 
tarriila de cinco cuerdas y acompañado- por Malbaña- 
do, que tocaba á perfección las maracas, imi^rovisó 
un corrido dedicado á los concurrentes, quienes á 
medida que iban saliendo á relucir en las coi)las re- 
í^alaban al cantador monedas de cobre, plata li oro, 
segiin la respectiva posición y los puntos de genero- 
sidad de cada uno de los obsequiados, los cuales fue- 



i42 F. Tost* GartU 



ron retirándose á sus casas con los mejores recuerdos 
de aquella célebre fiesta. 

Entre favorables y adversos encuentros, continuó 
Páez la gjierra sin descanso por aquellas comarcas, 
liasta que en el promedio del año de 1816, liabiéndo- 
se apoderado Morillo de la Nueva Granada y des- 
truido el gobierno federal independiente se le ocurrió 
enviar á Latorre desde Bogotá con un ejercito desti- 
nado á destruir á todo trance á ios indomables patrio- 
tas de Casanare y Apure. 

Con este motivo, el gobierno regional que existía 
en Pore se anarquizó y disolvió, quedando acéfala la 
provincia ; y como á pesar de haber llegado en re- 
tirada el general Servier á dicha ciudad el 11 de junio 
e incorporádose á Urdaneta que se encontraba allí, 
como jefe de las fuerzas de Casanare, ambos fue- 
ron desconocidos por Ricaurte y Yaldez, alegando 
que ellos no recibían órdenes sino del coronel Fran- 
ciso de Paula Santander, aquello se volvió una gate- 
ría y á regaña dientes y uñas, formaron una 'junta, lo 
que dio por resultado la instalación de un gobier- 
nito provisional, compuesto del coronel Francisco Se- 
rrano, como presidente, de^. doctor Francisco Javier 
Yanes, como secretario, de los generales Servier y 
Urdaneta, como consejeros de Estado, y de Santander 
como general en jefe del ejercito. 

Tal empanada no satisfizo á nadie, los patriotas 
continuaron tirándose de las greñas, y cuando el 
referido tren administrativo llegó á la Trinidad de 
Aiicliuna, después de haber ocupado Latorre \\ la 
capital de la provincia, los jefes venezolanos que allí 
había, instigados jjor el doctor Federico Pedernales, 
resolvieron derrocarlo, para nombrar un jefe único, 
orjB^anizador y resT)onsable á quien obedecieran todos, 
con eí objelo de dar unidad y solidez á las operacio- 
nes militares. 

Aquel jefe único no podía ser otro sino Pádz, des- 
de luego que los cabecillas llaneros no tenían confian- 
za sino en el, y así se vio, que estando allí Urdaneta 
y Santander, que eran de graduación superior, fue 



L0S Años Terribles i4f 



elegido Páez para maudar el ejército, no siendo sino 
coronel. Este aparento ignorar lo que ocurría 
cuando fueron á comunicarle la elección y hasta re- 
convino á los jefes que se habían fijado en él, desco- 
nociendo la aufcoridadVle Santander. Al fin, después 
de muchos dimes y diretes y de fingidos escrúpulos. 
Pedernales buscó una hábil componenda que dorara 
la pildora, conviniéndose en que Santander renunciara 
el mando ante una junta de jefes, lo que dio fin al 
conflicto, aceptando Páez, en contra de su voluntad, el 
mando supremo de aquellos restos de la soberanía de 
las Repiiblicas de la Nueva Granada y de Venezuela, 
quedando entre sus manos tanto la autoridad civil co- 
mo la militar, pues Serrano, Urdaneta j Santander, 
aceptaron el hecho consumado como imposición anor- 
mal de las circunstancias y como recurso extremo de 
salvación común, puesto que los llaneros que formaban 
la mayoría del ejército, no querían otro caudillo sino 
á Páez. 

El 16 de setiembre del referido año, después de 
aquel pequeño golpe de Estado, después de aquel en- 
sayo ó simulacro de dictadura, ideado y realizado por 
el travieso doctor Pedernales, previa la rutinaria fór- 
mula de arengar á las tropas y al iDueblo, entró Páez 
en ejercicio de sus funciones, que no eran otras, por 
cierto, sino las de combatir muy duro, á cuyo objeto 
primordial salió el mismo día en busca de los realistas. 

Pero una vez más, por desgracia, se sembró en 
aquel surco rural, rodeado de ríos, sabanas y selvas, 
la dañina semilla de la ¿lutocracia y el personalismo, 
que ya habían cultivado antes los áulicos de Miranda 
y de Bolívar, y fué aquella especie de caricatura dic- 
tatorial, el prematuro anuncio de lo que más tarde 
habría ríe ar^ontecer en Venezuela. 

bailó Paez de la Trinidad de Arichuna, con tres 
escuadrones que formaban un total de setecientas 
jinetes escogidos, que respectivamente mandaban 
Urdaneta, Servier y Santander, generales los dos pri- 
meros y coronel el último, para quienes siempre serán 
cortas las alabanzas, por el virtuoso acto de abnega- 



i44 F Tost» GArcis. 



ción patriótica de haberse j)uesto á las órdenes de un 
inferior ©n graduación militar, para salir á batirse 
como subalternos con el mayor entusiasmo y decisión. 

Iban también en aquel ejercito en miniatura mu- 
chos hombres de letras, paisanos y hasta familias, 
unas venezolanas y otras de la emigración granadina, 
que no quisieron quedarse en Arichuna. Esta cir- 
cunstancia, como es de suponerse, junto con las difi- 
cultades del invierno, hacía muy pesadas las marchas 
y apeaas podía lograrse hacer jornadas de cuatro ó 
cinco leguas. 

Un poco más allá del sitio llamado Araguayuna, 
Páez, que como de costumbre, marchaba adelante 
con un grupo de lanceros, se acercó á un rancho y pre- 
guntó á una mujer, si había visto enemigos por 
aquellos lugares, y como la mujpr le contestara que el 
día anterior una columna realista merodeaba por el 
hato de Los Cocos, que se hallaba muy cerca, inme- 
diatamente se dirigió hacia dicho punto, avistándose 
á poco andar con un destacamento de cincuenta lance- 
ros que apresuradamente arreaban una madrina de 
más de cien caballos. 

AI contemplar Páez tan gordos y buenos caballos, 
elemento de que tanto necesitaba en aquellos instantes, 
se olvidó de quién era, de -la posición que ocupaba como 
pequeño e improvisado dictador y jefe supremo del 
ejercito, procediendo como la reina gata del cuento, la 
cual, desde el trono donde se hallaba vestida de seda y 
oro, al ver pasar un ratoncillo, se lanzó tras el á darle 
caza. ... 

— Si esperamos las fuerzas, se nos va esta partida 
con los caballos — dijo á Aramendi, que cabalgaba á su 
lado — ¿ que hacemos ? 

— Atacarlos y cojerlos — respondió sin vacilar el 
bravo teniente. 

— Pero ellos son cincuenta y nosotros doce .... 

— Doce que válemeos por doscientos ! 

— Pues á ellos ! — gritó Páez, y poniéndose á la 
cabeza del grupo, cargó sobre los realistas con increí- 
ble arrojo y temeridad. 



Los Años Terribles 145 



Los enemigos dispararon sus carabinas y se de- 
fendieron con bravura ; pero al verse con aquellos de- 
monios ecuestres encima que no se ocupaban sino en 
acosarlos y lancearlos sin hacerse cargo para naJa, 
ni de la pequenez de su número ni de la lluvia de balas 
que silbaban por sobre sus cabezas, cedieron el terre- 
no y los caballos, declarándose en completa fuga. 

Esta heroica escaramuza fué de magnífico efecto, 
porque acobardó á los, enemigos, levantó el ánimo de 
los nuestros y proporcionó remontas para los despea- 
dos escuadrones. 

Al día siguiente encontraron los patriotas al coro- 
nel López con su ejército acomodado para librar batalla 
en el hato del Yagual, situado á la margen del río 
Arauca. 

Tenía bajo sus órdenes 1.700 jinetes, 600 solda- 
dos de infantería y cuatro lanchas cañoneras, todo 
muy bien combinado y dispuesto como para resistir 
el ataque del más numeroso ejército. 

La infantería se hallaba atrincherada dentro de 
la casa ó corral del hato y defendida por 4 piezas de 
artillería, encontrándose la caballería formada en ba- 
talla en la sabana, á la espalda de la improvisada 
y rústica fortaleza. 

Páez se acercó cautelosamente al campamento 
realista, procurando escoger el terreno más seco, y di- 
vidió sus huestes en tres líneas de ataque : Urdane- 
ta, en vanguardia ; Servier, en el centro, y Santander, á 
la izquierda,, dejando en el cuerpo de reserva á todos 
los eminentes emigrados patriotas que le acompaña- 
ban, excepción hecha del presbítero coronel José Félix 
Blanco y dos clérigos más, que denodadamente quisie- 
ron tomar parte en tan célebre función de armas. 

Como se ve, la situación de las fuerzas indepen- 
dientes era desventajosa por todos respectos : mucho 
menores en número, casi sin armas de. fuego y meti- 
das, por así decir, den.tro de una ratonera ; por cuyas 
razones, y acaso era eso lo que Páez, el caudillo patrio- 
ta, se proponía, al haberlas metido en tal zalagarda, 
no les quedaba otro camino de salvación posible sino 

IOS ASroe TXfiBIlLES. 10 



^43 F. ToaU Gtrtim 



el de vencer á todo trance, desde luego que la retira- 
da hubiera sido un desastre, porque el río estaba 
cubierto con las lanchas cañoneras j por las fangosas 
sabanas no se podía correr á caballo. No embargante 
ello, Páez ordenó el ataque. 

La principal desventaja para los republicanos 
consistía en que una cañada llena de agua dividía los 
dos campamentos y dificultaba los movimientos de la 
caballería, teniendo que hacer rodeos y buscar vados 
para pasar, recibiendo, entre tanto, á cuerpo limpio las 
descargas de los realistas, tanto de la gran trinchera 
donde estaban los cañones como de la orilla opuesta, 
donde carabinero» montados también hacían fuego 
vivamente para contener el avance de la mitad 
del escuadrón Santander, que dirigido por el intrépi- 
do Yásquez, logró atravesar la cañada, y consiguió 
que los carabineros empezasen á huir, abandonando 
aquella importante posición; pero inmediatamente 
López mandó en auxilio un escuadrón de lanceros, con 
el cual trabó tan reñido combate Yásquez, que Páez, 
temeroso de un fracaso al comenzar la acción, se vio 
obligado á mandar al propio coronel Santander con el 
medio escuaárón que había quedado de reserva, con 
lo cual se obtuvo el más brillante éxito, pues fue ocu- 
pada la ventajosa posición 3\ rechazado ei enemigo 
por aquel flanco. 

En este estado, el avisado López, comprendien- 
do el inmenso peligro, destacó un nuevo refuerzo de 
dos escuadrones, j Páez, en consecuencia, mandó en 
apoyo de Santander al general Servier, con su escua- 
drón. Se generalizó entonces en la margen opuesta 
de la cañada un formidable encuentro á lanza, que 
por algiin tiempo mantuvo indecisa la victoria; y co- 
mo observase Páez que el jefe realista en%dó á su 
segundo Torrellas y al jefe de estado mayor Mo- 
rón, con todo el resto de su caballería, lo que 
significaba un inminente peligro para Santander j 
Servier, colocando el combate en su período álgido, 
resolvió acudir personalmente, acompañado de IJrda- 
neta, con el escuadrón de reserva. La lucha fue terri- 



Los Año» Terrible» ^47 



ble j sangrienta, consiguiendo al fin los dos jefes 
patriotas destrozar á Torrellas j á Morón, lo que de- 
cidió también el triunfo por el flanco donde combatían 
los otros dos escuadrones patriotas, lográndose ya al 
terminar el día, que los jefes realistas se declararan 
en completa derrota ; encerrándose unos en el cuadri- 
látero atrincherado y otros lanzándose en una laguna 
que existía á un costado del hato. 

Al siguiente día los independientes, dueños del 
campo, remontaron sus escuadrones con los caballos 
que allí tenían los realistas ; y éstos, no atreviéndose á 
continuar combatiendo, aprovecharon la obscuridad de 
aquella noche para retirarse á Achaguas y embarcaron 
sus heridos y la artillería en las lanchas. 

Tal fué el combate del Yagual, heroico, increíble 
y trascendental, porque trajo por consecuencias, la 
^ocupación de Achaguas, la toma de Nutrias, la adqui- 
sición de numerosas lancha», y, posteriormente, la 
reñida y gloriosa acción de Mucuritas, librada ei 28 
de enero del año de 1817 contra el general Latorre, 
segundo de Morillo, quien tenía á sus órdenes 3.000 
infantes de escogidas tropas peninsulares y 1.700 sol- 
dados de caballería, restos de los afamados lanceros 
de Boves y Yañes, á quienes mandaba el coronel Ee- 
migio Ramos. 

Páez tenía 1.100 lanceros, los cuales dividió en 
tres columnas á las órdenes de Nonato Pérez, Antonio 
Bangel, Rafael Rosales, Doroteo Hurtado y Cruz 
Carrillo. 

El combate principió con un despejo, escaramu- 
za ó aperitivo, especie de preliminar encuentro, entre 
8 horados patriotas, que á las órdenes del bizarro 
sargento Ramón Yalero destruyeron á lanza, en me- 
nos de diez minutos, 25 curiados 6 húsares españo- 
les que se avanzaron á practicar un reconocimiento 
sobre el flanco derecho de Páez. 

Entonces Latorre ( que milagrosamente se escapó, 
separándose á tiempo de los 25 húsares, junto con los 
cuales estaba ), se formó en batalla y ordenó á sus 



i48 F. Tost» Gurda 

jinetes que cargasen sobre los escuadrones republi- 
canos. 

A las pocas horas quedaron casi destruidos los 
jinetes monárquicos, pudiendo apenas salvarse 200 
húsares europeos que fueron á guarecerse cerca de 
la infantería, la cual, formadla en cuadro, emprendió 
la retirada, buscando el Paso del Frío ; y seguramente 
hubiera perecido toda en aquel funesto campo para 
Latorre, porque Páez mandó quemar las sabanas, sin 
la circunstancia casual de haber encontrado los rea- 
listas una vereda para ampararse en un bosque á la 
orilla del río. 



XIX 



Como corolario de tantos éxitos sorprendentes 
con que Páez fatigó en aquellos meses la Fama y el 
renombre militar, aniquilando y destruyendo en aque- 
lla estratégica zona á los más poderosos ejércitos 
realistas, hay que anotar la ocupación de Barinas, por 
una sorjíresa verdaderamente admirable por su auda- 
cia, y sin duda alguna prodigiosa por sus antecedentes 
y por su ejecución. 

Encontrándose en el bajo Apure, en la estación 
invernal del año de 1817, con todos los ríos r caños 
crecidos y con las sabanas inundadas, sin tener á su 
disposición ni una lancha, ni un bongo, se le metió en- 
tre ceja y ceja ir á tomar á Barinas, á cuyo efecto se 
(Jió el trabajo y tuvo la paciencia de reunir en todos 
los hatos cercanos dos mil caballos rucios, eligiendo 
los de este color por creerse generalmente en los Lla- 
nos que son más nadadores que los de ningún otro 
pelo. 

En esa foi^ma rara, con mil lanceros montados y 
mil caballos de repuesto, llegó al paso de Quintero 
en el río Apure, y tuvo la fortuna de no encontrar 
allí las lanchas del enemigo, que se habían trasladado 
al puerto de Nutrias. 



Los Años Ttrriblss i49 



En diclio punto, mando que 70 hombres de su 
guardia pasasen el río para ir á asaltar á Pedraza, 
saquear los almacenes y regresar en seguida á reunir- 
se con el en Canaguá, operación que tenía por objeto 
desorientar á los de Barinas, haciéndoles creer que 
se trataba simplemente de un saqueo parcial para ob- 
tener botín de comestibles y ropa, lo cual vino á con- 
firmarse por la noticia que envió el capitán Teodoro 
Garrido, desde el hato del Mamón, quien atacó sin 
éxito á los patriotas cuando regresaban, y al verlos 
repasar el río se imaginó que se retiraban á sus 
guaridas. 

Por esta circunstancia, j porque no era ni remo- 
tamente posible suponer que en aquella estación, á 
menos de viajar por el aire, pudieran llegar enemi- 
gos á Barinas, cuando Páez, con sus 1.000 jinetes, 
después de haber pasado á nado y con las sillas en 
la cabeza los ríos de Apure, Canaguá y Paguey, se 
encontró en las bocacalles de dicha ciudad, el coronel 
Eemigio Ramos se rió en las barbas del que fué a 
darle la noticia, mandándolo arrestado por cobarde y 
mentecato ; con tanta más razón, cuanto que en aque- 
lla misma hora se estaba publicando un bando que 
anunciaba la dispersión de la partida que había asal- 
tado á Pedraza. 

Pudo de este modo Páez, con toda tranquilidad, 
organizar sus fuerzas y entrar á la población por tres 
calles, dominarla por completo j coger prisioneros, 
casi sin combatir, 500 infantes y 100 jinetes de las 
tropas europeas que habían llegado algunas horas 
antes de Caracas, logrando escaparse Ramos con al- 
gunos oficiales por la vía de Boconó. 

El resultado de tan célebre sorpresa fué inmenso 
y de gran trascendencia para las futuras operaciones, 
porque allí se proveyó Páez de todos los recursos 
que necesitaba : ropa, municiones, fusiles, lanchas y 
2.000 muías aperadas, que sirvieron para el trasporte 
de los abundantes elementos cogidos. 

Tres días después de la ocupación de Barinas 
llegó el comandante Rebolledo en comisión muy im- 



ií9 F. TosttL Garda. 



portante, por vía de Guayana, con oficios de Marino 
j de Piar ; j al saberlo Páez, que se hallaba alojado 
en la casa de la familia Pulido, con algunos de su 
Estado Mayor, llamo al doctor Federico Pedernales, 
y le dijo : 

— Eeciba todas las comunicaciones, doctor ; y si 
entre ellas, como lo supongo, viniere alguna carta del 
boticario, léamela primero, porque me agrada mucho 
la manera que tiene ese hombre de contar las cosas ; 
y además, como le habla á usted íntimamente, estare- 
mos más cerca de la verdad por su órgano. 

Pedernales registró la balumba de papeles que 
traía e^ posta metidos en un saco ó capotera de hule ; 
y al conocer ]a letra del sobre ó cubierta pegada con 
lacre, de una voluminosa carta en forma de hallaca, 
alegremente exclamó : 

— ¡ Ya apareció aquello, mi general ; aquí tenemos 
la anhelada epístola del compadre Callejones ! 

— Sea muy bienvenida — añadió Páez — ábrala y 
léamela pronto, porque ese hombre sabe donde le 
aprieta el zapato en materia de política y no tiene 
pepita en la lengua para conversar, ni borras ó hila- 
chas en los gavilanes de la pluma para escribir. 

Muy sonreído Pedernales por la gráfica observa- 
ción Je Páez, procedió á leer la extensa carta, que 
decía así : 

" Salve mi querido compadre y buen amigo, salve 
mil veces porque la rueda ha dado una gran vuelta 
y el pandero de nuestra santa Causa se halla hoy en 
otras manos, en manos puras de hombres eminentes, 
serios, verdaderos republicanos e incorruptibles. 

"i Hosanna, hosanna ! Mis jdeas se abren paso, 
mis propósitos triunfan y se acaba de instalar, en Ca- 
riaco, un Congreso ó Asamblea de representantes de la 
verdadera república y de la democracia bien entendida. 

"j Marino ha vuelto á entrar en la buena senda y 
hoy es el eje de nuestra salvación ! 

"Pero no nos anticipemos, vamos por partes y to- 
memos el ovillo por la punta para que no se nos en- 
rede el hño. 



I 



Lm Año» TTríblts i5í 



"Contraigámonos primero á una explicación gene- 
ral, aunque sintética, de los últimos sucesos ocurridos ; 
y luego entraremos -de lleno al objeto principal que 
mje propongo en esta vez. 

"Como quien toma sal de higuera, con marcada 
repugnancia, tengo que ocuparme de Bolívar, porque 
este hombre funesto j diabólico es incansable y jamás 
se da por vencido. \ Que lástima que no tuviera otras 
ideas y otros procedimientos, porque son innegables 
su constancia, su actividad y su valor ! 

"Como dije á usted en mi última, al escapado de 
Carúpano no le dio el naipe en su segunda excursión 
á la Nueva Granada y después de algunos fracasos, se 
embarcó para Jamaica, donde estuvo algunos meses 
y donde hubo una intentona de asesinato en contra 
de sil persona, tocándole la china al pobre Amestoy 
do i.^lLL- dos puñaladas que le causaron la m.u8rte. 

"El asesino, según informes, fue pagado por Mo- 
rales, y ^en una noche lluviosa en que Bolívar andaba 
por la calle á picos pardos y en sus belenes con la do- 
minicana Luisa Cróber, penetró sigilosamente en la 
casa donde se bailaba alojado ; y sa.biendo que acostum- 
braba dormir en una hamaca que en su cuarto tenía, 
hirió á Amestoy, que, por casualidad, se había acosta- 
do en ella en la mencionada nocJie á descansar un rato 
mientras llegaba su jefe. 

"¡ Caprichos de la suerte y fortuna de los escogi- 
dos á quienes en el mundo llaman providenciales ! 

"Multitud de patriotas distinguidos fueron á jun- 
tarse en Jamaica con Bolívar, después de la ocupación 
de la heroica Cartagena por Morillo. 

"i Que ciudad tan benemérita, cuántos rasgos de 
ejemplar valor, y qué serie de detalles tan sublimes j 
tan dignos de pasar á la inmortalidad se verificaron 
en los tremendos días del sitio ! 

"Los patriotas encerrados dentro de la plaza, á 
pesar de la tradicional discordia entre pineristas y to~ 
ledistas, se habían defendido con titánico denuedo por 
espacio de más de tres meses. 



452 F. Tosía Gurcia 



"Los cañones tronaban sin cesar, las descargas de 
fusilería resonaban día v noche, la guarnición mer- 
maba de manera alarmante ; el hambre y la peste, de 
bracero, hacían continuas bajas, tanto en las tropas 
como en la guarnición ; los últimos barriles de harina 
se vendieron á 150 pesos óada uno, las gallinas á 16 
pesos y los huevos á 4 pesos cada uno. 

"Agotados todos los comestibles, se acudió á los 
caballos, á las muías, á los burros, á los perros, á los 
gatos y hasta á los ratones ; y por último, ja la gente 
no se alimentaba sino con cueros secos asados. ¡ No 
embargante tan insostenible estado de cosas, nadie 
pensaba ni hablaba de rendirse ! 

"¡Ejemplar conducta eu la cual deberán inspirarse 
las futuras generaciones ! 

"Morillo, lívido de furor, echaba ternos del tama- 
ño de la torre de Babel, en la noche del 11 de noviem- 
bre, al oír los cohetes que dentro de los muros de la 
ciudad invicta tiraban sus incomparables defensores, 
en celebración del cuarto aniversario de su independen- 
cia. Creyéndolos descuidados por la fiesta, á las dos 
de la madrugada mandó al coronel Villavicencio con 
800 hombres, destinados á dar un asalto al celebre 
Cerro de la Popa, cuya defensa estaba á cargo de un 
valeroso subalterno del gran Miranda, del joven j 
distinguido patriota venezolano Carlos Soublette. 

"El jefe de día en la expresada noche, era otro jo- 
ven venezolano, el mayor Piñango, quien á pesar de 
hallarse medio dormido en un butacón de brazos, al 
oír la voz del capitán José Maorta, ya con la mano 
puesta en el muro del bastión, decir á su corneta de 
órdenes : — ¡ Toca d degüello, que la Popa es nuesti^a !, 
saltó precipitadamente, y con el sable en la mano, le 
contestó : — / Nó, estando vivo Piñango !, y le cortó la 
cabeza de un solo tajo al osado Maorta, jefe de la co- 
lumna invasora, la cual fué rechazada con muchas 
pérdidas. 

" Y tuvieron la excelsa satisfacción de no rendirse 
aquellos esclarecidos patriotas, sino que se retiraron en 
una escuadrilla compuesta de 13 embarcaciones, el go- 



Las Aíos Térribhs -¡53 



berDaclor don Elias López, las autoridades y cerca de 
2.000 personas que tomaron el rumbo de las Antillas ; 
siendo de advertir, que se retir»ron después de que- 
mar hasta el iiltimo cartucho, cuando no tenían espe- 
ranzas de recibir del interior ningún auxilio y cuando 
regresaron de Jamaica los dos comisionados Ignacio 
Cavero y Enrique Rodríguez, diciendo que el Go- 
bernador de la mencionada isla británica, rehusaba la 
proposición de tomar posesión de Cartagena en nom- 
bre del gobierno ingles. 

" Es decir, se retiraron cuando ya humanamente 
no era posible hacer más nada. 

"La mayor parte de los emigrados de Cartagena, 
se trasladaron de San Luis con Bolíyar á los Cayos, 
donde también se les incorijoró Piar con el objeto de 
formar una ex]3edición contra Venezuela, la cual rea- 
lizaron ayudados por Brión que dio los buques, 8.500 
fusiles, 13.200 piedras de chispa y otros elementos ; 
siendo ayudados también ios patriotas por el ilustre 
Petión, presidente de Haití y por el generoso Roberto 
Sutherland. 

"Esta expedición, compuesta de seis goletas y una 
balandra, salió del puerto de Agüín el 30 de marzo 
de 1816, al mando de Brión que fué nombrado Almi- 
rante de Ict República de Venezuela, alcanzaba en 
su totalidad entre jefes, oficiales y soldados á 250 
hombres con muy abundante número de armas y mu- 
niciones. 

" Después de haber capturado en la travesía un 
buque mercante español, la escuadrilla republicana 
recaló á los Testigos el día V de mayo, y al día si- 
guiente sorprendió y tomó al abordaje al bergantín 
Intrépido y á la goleta Rita, embarcaciones realistas 
que bloqueaban á la isla de Margarita. 

"La escuadrilla vencedora llegó á Juan Griego el 3, 
desembarcaron en triunfo los expedicionarios, y el día 
7 casi todos los buenos i^atriotas de Margarita fra- 
ternizaron con ellos y celebraron una junta ó asam- 
blea, de la cual salió lo que era cajonero é infalible. 



iS4 F. T9tttí Garti» 



" ¿ No adivina usted á lo que me refiero, com- 
padre ? 

"Pues salió la misma muletilla de siempre, la re- 
machada del clavo, ó sea la indispensable dictadura. 
Bolívar fue elegido Jefe Supremo de la Eepiíbliea, 
sin otra ley que la de la salvación de la Patria j 
Marino fue nombrado segundo Jefe. 

"Un mes pasó Su Excelencia el Dictador en 
Margarita ; j como de costumbre salió á relucir la 
proclamita de ordenanza, en la cual ofreció la libertad 
de los esclavos j la cesación de la guerra á muerte, 
segim lo ofrecido á Petión, mas como no pudo tomar 
el fuerte de Porlamar se dirigió á Carúpano, donde 
desembarcó el 1° de junio, llevando 7 buques que 
había traído, 4 que se le incorporaron en Margarita, 
250 hombres de pelea y algunos emigrados. 

" Imparcialmente tengo que admirar aquí, la cons- 
tancia, el tesón y la fe de este gran chiflado y maja- 
dero. 

"Ya no es con 500 hombres con los que se propone 
libertar á su país, como lo intentó por el Occidente en 
la ultima cruzada, es ahora con la. mitad de aquel 
guarismo que intenta redimirla por el Oriente; j 
firme en su manía de la autocracia, de la uniperso- 
nalídad, y del egoísmo, vuelve en Carúpano á reunir 
otra asamblea que persiste, albarda sobre albarda j 
machaca que machaca, en la idea funesta del cesa- 
rismo a todo trance. 

"En Carúpano se le dio el palo cochinero á 
nuestra enclenque Federación, declarándose que el 
gobierno de la Eepública sería uno y central .... 

" Acto continuo, Bolívar despachó á Marino con 
una goleta y 4 flecheras para Güiria ; á Piar para Ma- 
turín, y se puso en comunicación con Cedeño, Monagas, 
Zaraza, Boj as y demás guerrilleros patriotas, envián- 
doles ascensos y pidiéndoles su reconocimiento. 

"Pero como pasaran días j más días y los jefe» 
llamados no llegaban y repetidos informes aseguraban 
que de un momento á otro la plaza sería atacada por 
mar y por tierra, á nuestro Preste Juan de las Indias, 



L»5 Años TTríblts i^S 



que no es ningún tonto de capirote y tiene la imagina- 
ción más que viva, algo descacJialandrada, como dicen 
por aquí, se le ocurrió con los 600 hombres de que po- 
día disponer, invadir al Centro y tomar á Caracas ; á 
cuyo fin se dio á la vela el V de julio, tocó en Burbu- 
rata el 5 y el 6 ocupó á Ocumare, anunciando á los 
caraqueños por una alocución que iba á libertarlos, que 
había cesado la guerra á muerte, que los esclavos se- 
rían libres, y, \ tírese de espaldas, compadre ! y si el 
egregio general Páez está oyendo, que se tire también 
como espantado de tigre : i ofreció que convocaría u.n 
congreso ! ^ 

"Naturalmente esta gjnlla equivalía á cantar la 
palinodia y á convenir en que había hecho muy mal 
en no haberlo convocado antes, cuando entró vencedor 
en Caracas. 

'' Carlos Soublette; que tenía el cargc de Jefe de 
Estado Mayor, siguió con todas las fuerzas á ocu- 
par el sitio de la Cabrera, batiendo en el tránsito el 
escuadrón de Húsares de Fernando VII que intentó 
cerrarle el paso ; mas como al ocupar dicha estraté- 
gica x^osición, por una carta interceptn-^lí^ ^^r-r» q^e 
Morales había sido despachado por Morillo de la 
Nueva Granada y se hallaba en Valencia al frente de 
7.000 veteranos, contramarchó en el acto hacia Ocu- 
mare, situándose en el cerro de los Aguacates, donde 
se reunió con Bolívar, quien al saber esta novedad 
había reunido en el pueblo 150 reclutas, para engro- 
sar sus filas. 

"Alas seis de la mañana del día 14, Morales atacó 
á los patriotas al frente de dos de sus divisiones j los 
derrotó completamente, causándoles 200 bajas entre 
muertos, heridos y prisioneros, quitándoles 300 fusi- 
les y casi todos los elementos que habían desembar- 
cado, logrando el benemérito coronel Salóm salvar la 
imprenta embarcándola á la carrera en uno de los 
buques. 

" Después de la derrota, Bolívar ordenó á Soublette 
j á Mac-Gregor que marchasen hacia Choroní, reco- 
gieran los dispersos y le aguardasen en dicho punto^ 



■.^"'> ^ F. Totti Gíircia. 

mientras él iba á reembarcar él parque j á despachar 
la escuadrilla en el puerto de Ocumare. 

" Estos dos denodados jefes cumplieron las instruc- 
ciones recibidas y llegaron el día 15 á Clioroní, donde 
consiguieron juntar un efectivo de 630 hombres, 
entre disijersos é incorporados de las dos armas ; j 
como hasta la tarde del 16 estuvieron esperando en 
vano la prometida llegada de Bolívar, quien por in- 
convenientes reales ó por pretextos, los dejó en la 
estacada y se dirigió hacia Güiria, acompañado de 
Brión, aquellos dos eximios patriotas para quienes la 
historia nunca tendrá suficientes palabras de elogio, 
concibieron el atrevido plan de atravesar todo el te- 
rritorio del Centro é ir á internarse de nuevo hacia el 
Oriente, buscando la vía del llamado Alto Llano para 
reunirse con los incansables compañeros que allá lu- 
chaban por la Independencia. 

" Al efecto, se reunió en el acto una junta de ofi- 
ciales, la cual nombró por unanimidad primer jefe á 
Mac-Gregor y segundo á Soublette, poniéndose en 
marcha en aquella misma tarde la gloriosa expedición 
jenofontina, cuyo itinerario regado en sangre y cu- 
bierto de laureles, indicaré á usted sin comentarios 
por la brevedad de esta carta. 

" El 18 entraron á La Victoria, desj)ués de haber 
derrotado á Quero en el valle de Onoto, el 20 llega- 
ron al Pao de Zarate, el 22 á San Francisco de Cara 
y el 29 á, Chaguaramas, en cuyo pueblo no pudieron 
entrar por haberse atrincherado loi realistas que lo 
guarnecían. El 1" de agosto se unieron en el Soco- 
rro con el coronel Julián Infante, que mandaba un 
•escuadrón de caballería de las fuerzas del general 
Zaraza. 

" Con esta oportuna ayuda pudieron los expedi- 
cionarios resistir el ataque que al día siguiente les 
hizo Quero, que al frente de 2.200 hombres los iba 
persiguiendo y después de quitarles armas, municio- 
nes, 200 caballos y 50 prisioneros, el día 3 lograron 
al fin reunirse en Santa María de Ipire con Zaraza 
j el día 10 con Monagas, en San Diego de Cabrutica. 



Los Años Ttrribhs Í5T 



"Yerificada la salvadora reunión, se paso revista 
j el ejército republicano alcanzo á 1.800 hombres, la 
mayor parte de muy escogidos jinetes, j bajo las 
órdenes del general Gregorio Mac-Gregor ó Gregorio 
más Gregorio, como lo llamaban los llaneros, y á quien 
todos reconocieron, se emprendió la marcha hacia 
Aragua de Barcelona. 

" En el tránsito, cerca ya de la mencionada villa, 
se encontraron con 2.500 realistas á las órdenes del 
coronel Eafael López, en el lugar llamado los Ala- 
cranes. 

" Allí se libró una reñida batalla que fue ganada 
brillantemente por los patriotas, merced á los impe- 
tuosos choques de los lanceros de Zaraza y de Mo- 
nagas, y principalmente por una soberbia carga, á 
la bayoneta que dio personalmente Mac-Gregor al 
frente de la infantería. 

'" Perdieron allí los sostenedores del rey, 500 hom- 
bres entre muertos y heridos, 300 prisioneros, 400 
fusiles, gran parque, 4 piezas de artillería y toda la 
impedimenta. López, acompañado de muy i:>ocos, 
no se detuvo en Aragua y pasó por Barcelona dete- 
niéndose solamente algunas horas como un ofuscado 
por el crimen, pues sólo se ocupó en matar y en 
robar cuanto pudo, sin hacer ningún caso de las au- 
toridades realistas que quisieron impedírselo. 

" En esta ciudad nos unimos con el ejercito vence- 
dor, y Piar, como de mayor graduación tomó el 
mando en jefe e incorporando las tropas que cargá- 
bamos nos dirigimos al playón del Juncal, donde se 
sabía que se encontraba Morales á la cabeza de 3.000 
realistas de las tres armas. 

"El 27 de setiembre nos avistamos con el enemigo 
que nos aguardaba formado en batalla. 

"i Que combate, compadre, que acción tan reñida 
j tan brillante para las glorias del gener al Manuel 
Piar y para todos los que á su lado tomamos parte 
en ella ! 

" Morales ó sea el terror de los malvados quedó allí 
vuelto fluecos y fue humillada para siempre su pre- 



i5« F. ToMa Garwa 



ponderancia entre los realistas y sn fama de inven- 
cible. 

" Perdió casi todo su ejercito y fué perseguido por 
los patriotas hasta la desembocadura del río Guapo, 
dejando en el campo celebérrimo del Juncal 500 
hombres entre muertos y heridos, 600 fusiles, todo el 
parque y todos los equipajes, junto con más de 400 
prisioneros que quedaron en nuestro poder. 

" ¿ Y sabe usted, querido compadre, la insigne 
chambonada que cometió Piar después de este gran 
triunfo ? 

" En lugar de ponerse de acuerdo con Marino j 
con Bermiidez, que fueron los autores principales 
del motín que en Güiria desconoció á Bolívar y lo 
obligó á embarcarse espada en mano, pasando por 
enmedio de los amotinados, que le echaban en cara 
su gran falta, de haber dejado abandonados á sus 
comi^añeros en Choroní, en lugar de haber oído mis 
consejos é insinuaciones en ese camino, por el cual 
nos hubiéramos quitado de encima para siempre al 
gran farolón de Bolívar, cometió, no diré la chambona- 
da, sino la estupidez, de ponerse de acuerdo con Aris- 
mendi T3ara entre los dos mandar á Zea en comisión 
á Haití, cerca de Bolívar, á decirle que estaban dis- 
puestos á roconocerlo como jefe supremo de la Ke- 
pública Y que lo aguardaban sin demora alguna. 

" Ante esta abdicación tan inesperada, eché pie 
atrás, y so pretexto de enfermedad, abandoné á Piar y 
me fui al lado de los dignos, me fui á formar en la 
pléyade de Marino j de Bermudez y conseguí poner 
á estos dos jefes de acuerdo con el gran patriota, anti- 
guo amigo nuestro, con el canónigo José Cortés Mada- 
riaga, quien después de haber logrado fugarse del pre- 
sidio de Ceuta, había llegado á Kingston. 

"Gran felicidad fué para mí la llegada de este 
hombre de fuego, de este eminente apóstol de las 
ideas genuinamente republicanas. Le escribí llamán- 
dolo, llegó, lo puse al habla con mis dos campeones 
y brotó la chispa pura y esi)lendente de la libertad 
sin dobleces. 



Loi Añes TTribl9» iS» 



" Al poner los pies en Pampatar, habló, y habló 
alto y claro, como esta lumbrera del clero sabe ha- 
cerlo. 

"Sin ambajes ni rodeos, dijo á Bolívar en una 
carta-manifiesto que publicó : General : cada ven se 
toca más de bulto la imperiosa necesidad de restablecer 
el gobierno repuhlicano en receso^ con la división legi- 
tima de sus poderes : sin este simulaci'o viviremos siem- 
pre desfigurados, m.enospreciados de todo el inundo, y 
lo que es peor, vendremos á ser victimas de la anarquía, 
pues vos mismo conocéis que la fuerza no es gobierno. 

" De Pampatar, á donde fui á recibir á mi gallo, 
lo lieT8 á Carúpano r sabiendo que Marino estaba 
en Cariaco, nos fuimos allá. 

" Esto acaeció á fines de abril de 1817 ; y anduve 
tan acertado en mis planes y es mi canónigo tan hábil 
y competente, que hizo como Cesar, llegó, habló y 
venció. 

" Sí, señor compadre j amigo, á los pocos días, 
no solamente se había ganado la plena voluntad de 
Marino, sino también la de hombres tan sesudos, 
notables y buenos servidores, como Zea, ürbaneja, 
Brión, Maneiro, Maíz, Yallenilla y otros muy inteli- 
gentes y»bien inspirados con los cuales indujo á Ma- 
rino á convocar un Congreso que se instaló en San 
FeKpe de Cariaco el día 8 del presente mes de mayo, 
en que escribo á usted esta carta. 

"Ante este Congreso, compuesto de 10 miembros 
entre los cuales descuellan los patriotas arriba men- 
cionados, renunció Marino el alto cargo militar que 
desempeñaba y lo más gracioso, lo más importante 
y lo que más me ha satisfecho es la zancadilla gorda 
que le hemos echado á Don Simón, pues inspirado 
por mí el astuto canónigo, convenció á Marino, que 
en representación suya, podía renunciar igualmente 
el cargo de Primer Jefe del Ejercito que desempeñaba 
Bolívar, y así Jo hizo. 

"El Congreso admitió en el acto ambas dimisiones, 
reinstaló el gobierno federal, nombró para componer 
el Poder Ejecutivo á los ciudadanos Eemando del 



iSO F. Tosta Gars/,a 



Toro, Francisco Javier Maíz r Simón Bolívar ; como 
suplentes á los ciudadanos Francisco Antonio Zea, 
José Cortea Madariaga y Diego Yallenilla. 

" ¡ Qué buena bofetada, compadre, la que liemos 
dado al émulo del desgraciado Miranda, quitándole de 
las manos el mortero y haciéndolo figurar en la nue- 
va organización como de ílapa, en ultimo sitio, como 
tercer miemhro del Ejecutivo. 

" El Congreso ha nombrado á Maiiño Generalísimo 
de los Ejércitos venezolanos, ha dado a Margarita el 
justo título de Nueva Esparta, ha fijado á la Asunción 
como capital provisional de la Eepública, ha declarado 
en vigencia la Constitución de 1811, ha nombrado el 
Poder Judicial j se ha dirigido á todos los jefes en 
armas de la nación para que lo reconozcan y acaten 
sus disposiciones. 

" Y como entre esos jefes uno de los importantes^ 
ó mejor dicho, el más meritorio y caracterizado es el 
general José Antonio Páez se ha resuelto enviarle á 
Rebolledo como comisionado especial, á fin de obtener 
su decisiva cooperación, con la cual quedará sancio- 
nado y afirmado todo lo hecho, quitado el estorbo de la 
eterna dictadura de Bolívar, salvada la Patria y en- 
cumbrado muy en alto para lo porvenir el prestigio- 
so nombre de Páez. 

" Indúzcalo, compadre, aconséjelo para que reco- 
nozca la legítima autoridad de este libérrimo Con- 
greso y será el más señalado servicio que usted 
puede hacer á la sublim^e Causa que estamos defen- 
diendo. 

" Hágale ver al valeroso llanero á cuyas órdenes 
milita, que á él le conviene más que á nadie amellar 
los filos de la espada de Bolívar, pues no sólo quiere 
cortar á los españoles sino á los principios sacrosantos 
de la Libertad, de la República y de la Democracia, 
im.e/¿ sus propósitos son matar la monarquía europea 
para establecer una monarquía americana, elevando 
exclusivamente su personalidad con prescindencia 
de los demás luchadores por más que sean tan meri- 



Los Años Terriblea i5f 



torios j conspicuos como el insigne vencedor en lae 
llanuras de Venezuela. 

" Esperamos cuanto antes una contestación favo- 
rable. ¡ Sálvenos, compadre j sálvense ustedes, reco- 
nociendo al nuevo gobierno establecido !" 



XX 



Concluida la lectura de tan interesante carta, 
Páez, que la había oído con profunda atención, se 
quedó meditando largo rato, se estrujó ó acarició sua- 
vemente las cejas ,como era su costumbre en lances 
dubitativos, y mirando atentamente á Pedernales, que 
también tenía una caldera ebulliciente en el cerebro, 
le preguntó : 

— ¿ Que piensa usted, doctor, de todo lo que di- 
ce esa cartica ; y principalmente de la parte final, 
en donde ese diablo de boticario, compadre suyo, nos 
pone entre la espada y la pared ? 

— Si Su Excelencia ( Páez, desde que asumió la 
dictadura, aunque rural y limitada, se bacía llamar 
por sus subalternos de ese modo ), si Su Excelencia 
me permite hablarle con toda franqueza, le daré mi 
opinión con mucho gusto. ; 

— Ya lo creo que se lo permito, mejor dicho, se lo 
ordeno, pues como no dejará usted de comprenderlo, 
estamos abocados á grandes sucesos y necesito oír 
á mis amigos verdaderos para saber la actitud que 
me conviene tomar y el mejor camino que debo seguir. 

— Pues bien — contestó Pedernales, con mucha 
animación y con cierto aire misterioso — harto sabéis 
que en esta cruzada sólo me intereso por la Patria 
y por vos y que con vuestro valor y siguiendo mis 
consejos, habéis llegado en estos últimos años á la 
cima indisputable que ocupáis, no solamente en los 
Llanos, sino en el Occidente de Venezuela y ^n parte 
de la Nueva Granada. 

LOS AÑOS TSRBIBLII. 11 



i 63 F. Tosti García 



Eicaurte, Santander, Guerrero, Urdaneta, Ser- 
vier, todos vuestros émulos lian quedado sometidos 
á vuestra autoridad omnímoda, apoyada y sostenida 
por vuestros constantes éxitos en los gloriosos com- 
bates que habéis librado contra el poder esi)añol. 

Nadie nos tose por estas comarcas, y vamos vien- 
to en popa, con rumbo á la dominación absoluta 
de la nación, que es lo que yo lie soñado como máxi- 
mo premio para vuestras mitológicas proezas. 

Para ello necesitamos tres cosas : constancia, fe y 
calma. 

Necesitamos saber esperar y no atravesarnos, 
tener paciencia y aguardar los acontecimientos. 

Entre tanto, creo que por ningún caso debéis re- 
conocer la autoridad de ese congresito de Cariaco, por- 
que nos anarquizaríamos en presencia de un enemigo 
poderoso, como lo es Morillo ; podríamos basta fraca- 
sar en nuestra empresa de emancipación, y, caso de no 
acontecer eso, levantaríamos la figura de Marino á una 
inmensa altura, lo cual no nos conviene por ningún 
caso, pues mi propósito es que en Venezuela, des- 
pués de Bolívar, surja Fáez . . . . ¿ Me habéis compren- 
dido, señor general ? ' 

— ¡ Cómo no, mi queridísimo doctor ! — exclamó el ■ 
aludido, abrazando entusiasmado á ^u factótum — ¿aca-^ 
so no estoy seguro de que es usted mi mejor amigo y! 
un pozo de ciencia en materia de política? Estamos 
enteramente de acuerdo ; y respecto á Bolívar, sabe • 
usted que siempre me ha causado admiración y res- 
peto ; y más de ana vez le he dicho, que sería el úni- 
co á quien me subordinaría con gusto, pues es un 
verdadero general y un verdadero caudillo con don de 
mando, conocido dentro y fuera del país y con apti- 
tudes completas para todo. 

— Entonces — dijo Pedernales muy satisfecho — 
voy á contestar las notas oficiales en ese sentido y á 
escribir al compadre, disculpándome del mejor modo 
posible. 

— Nó, nó — indicó el General con marcado interés 
— al incomparable don Agapito, á esa flor y nata de 



L»s Años Terribles i6S 

los boticarios eruditos y traviesos, háblele con fran- 
queza, expiíquele que en nuestra situación, no nos 
conviene mezclarnos en esos enredos de por allá ; pero 
que yo vería con sumo placer que el se viniera á mi 
lado, en donde le ofrezco puesto de honor y todo mi 
cariño franco, desde luego que comprendo sus méri- 
tos y sabré darle la estimación que se merece. 

— Serán cumplidas al pie de la letra vuestras 
instrucciones — contestó el galeno, bañado en agua de 
rosas por estas y las anteriores frases de su jefe — y 
es de oportunidad repetiros, que mi contento no tie- 
ne límites al considerar vuestra actual situación. Ha- 
béis derrotado á los realistas criollos y á los vence- 
dores de Napoleón en todos los combates, pequeños 
y grandes que hemos librado ; habéis sabido mante- 
ner incólume y ' hacer brillar la autoridad suprema 
que os fue conferida,en la Trinidad de Arichuna, por 
los restos de los dos gobiernos republicanos de Nueva 
Granada y Venezuela ; tenéis a vuestras órdenes el más 
poderoso ejercito de caballería que hemos presencia- 
do, casi con los mismos lanceros que tenía Boves, 
pero disciplinados y organizados á estilo moderno, 
con otras ideas y con otros procedimientos de tem- 
planza, magnanimidad y civilización. Tenéis de re- 
puesto cerca de 40.000 caballos, pastando en las saba- 
nas, listos para la campaña ; y á mayor abundamiento 
poseéis la plena confianza de los habitante* y propie- 
tarios de estas comarcas, los cuales, voluntariamente, 
os han ofrecido sus bienes para continuar la guerra, 
cuyos bienes no bajan de un millón de reses y me- 
dio millón de caballos ; y por sobre todo esto, vues- 
tra fama de guerrero invencible, creciendo cada día, 
cautivando la idolatría popular y sembrando de pal- 
mas y laureles la anchurosa vía de vuestro inmenso 
porvenir. ¡ Todo eso sois y todo eso tenéis, señor 
general ! 

— T ha olvidado usted, señor doctor, lo principal 
— respondió Pá«z, arrobado y mareado por aquel can- 
to de sirena — no ha querido decir, por modestia, lo 
esencial y es, que aquí tengo á mi lado un consejero 



i64 F. Tosta Garcii 



^Áli 



j un director que vale por ciento : sabio, astuto, hábiliOieaE 
emprendedor, político sin segundo; no ha queridopiej 
mencionar al benemérito doctor Federico Pederna-t 
les, mi constante compañero de trabajos, de luchas j||ir P' 
de triunfos, al cual llevaré junto conmigo, en hom 
bros, á las mayores alturas á donde la suerte quieraj' f^'í 
colocarme. 

El prohombre de los múltiples empleos al la 
do del general Páez, se retiró radiante de felicidad 
á despachar al comisionado Kebolledo en la formq fetew 
convenida. 

Muchos otros encuentros notables se verifi^ 
carón en aquellas regiones entre las huestes re 
publicanas j las realistas, siendo todos favorables i 
las primeras ; y ya á fines de aquel año, encontran^ 
dose Páez en el hato del Yagual, llegaron dos comi- 
sionados, enviados por Bolívar desde Guayana, loí 
coroneles Manuel Manrique y Vicente Parejo, quie-í 
nes venían á proponerle el reconocimiento de Bolívaí 
como Jefe Supremo de la Kepública. En honor d< 
la verdad, hay que decir que el general Páez no tii 
tubeó ni un instante en sus propósitos subordina* 
dos, discretos y patrióticos, y bien fuese por ellos 4 
bien en obedecimiento al plan de tendencias ulterio| 
riores, concebido con su consejero el doctor Peder^ 
nales, es lo cierto, que á pesar de las repetidas obserf 
vaciones que le hicieron muchos jefes de su ejércitcj 
y no pocos emigrados, de saber y de nota, en el sen 
tido de que las facultades que se le habían otorgad 
en la Trinidad de Arichuna, no lo autorizaban parií 
conferir el mando supremo á ninguna otra personal 
él, con la mirada fija en las conveniencias de aquel 
instante supremo de nuestra redención, y acaso penj 
sando también en sus aspiraciones de lo porvenir, si 
decidió á reconocer, como lo hizo, sin reservas d|ll8 
ninguna especie, á Bolívar, en su carácter de Jef|llapii 
Supremo de Venezuela, dando al referido acto l||faliii( 
mayor solemnidad posible, puesto que hizo formar 
ejército y prestar juramento de obediencia ante 
padre Piamón Ignacio Méndez, v^ue era su capellán mmi o 



sal: 



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'iKk Los Años Terribles ±65 



íbi] iue andando los años llego á ser Arzobispo de Ve- ' 
iilc lezuela. 

riia Dos meses después del reconocimiento de Eoli- 
as j ?ar por Páez, se hallaba este último en Achaguas ; 
bin y sabiendo que Morillo estaba reconcentrando su 
iiien ijército, tuvo el talento y la previsión, nunca bien 
3elebrada, de dividir el suyo en guerrillas, con 
la 3uya táctica, en combinación con las fiebres, las in- 
temperies y las privaciones, aquel poderoso ejército 
veterano, mandado por los jefes y oficiales qíie habían 
metido en cintura al moderno Cario Magno, vencedor 
ie las potencias europeas, fué quebrantado y destruí- 
re io paulatinamente, casi sin combatir, marchando j 
3ontramarchando por las ilimitadas sabanas como un 
enorme elefante blanco á quien picaran enjambres 
ie furiosas avispas ó acosaran jaurías incansables de 
famélicos y rabiosos canes. 

En el expresado pueblo de Achaguas, donde, 
ívíU en espera del Libertador, que le había anunciado ir 
á los Llanos, tenía Páez en aquellos días su cuar- 
tel general, se le presentó un día, al amanecer, el 
liiif doctor Pedernales, con un fajo de papeles en la mano, 

y sonriendo alegremente, le dijo : 
prioj — Mi General, tenemos al boticario en campaña ; 
llegó un posta con carta suya. Y ¡ qué cartica ! por el 
bsefvolumen amenaza ser más larga que las anteriores. 
—Pues llega á buena hora, porque me hallo ver- 
spüldader amenté fastidiado en estos días. No perdamos 
p^ tiempo, léame cuanto antes esa tercera epístola del 
par anhelado don Agapito. 

No se hizo Pedernales repetir la orden y leyó 
lo que sigue, con claro y despacioso acento : 

" Vuelvo á la carga, mi querido compadre, casi 

á quema-ropa, con este mi tercer trabucazo ; porque 

los acontecimientos van tan de carrera, que si uno no 

,Jef|se apura, lo dejan por detrás, trasnochado y con tres 

palmos de narices .... 

"No puede usted formarse idea de todas las 
grandes, más que grandes, fenomenales cosas que 
han ocurrido por aquí en este último trimestre. 



iCf ' F. Tosía Garcift 



" Pero antes de entrar en materia sobre puntos 
tan peliagudos, es bueno dar un pequeño brinco 
atrás, para hablarle de algunos incidentes muy im- 
portantes de que hice caso omiso en mi anterior y que 
por ningiin caso es conveniente dejar en el tintero,, 
para que ustedes tengan una idea exacta de todo. 

"Atendiendo al llamamiento que le hicieron Aris- 
mendi y Piar, de lo cual, auncjue, de paso, me ocupé 
en mi anterior, Bolívar, á los pocos días de librada 
la batalla del Juncal, arribó á Juan Griego con 
una segunda expedición, para la cual lo ayudaron 
una vez más Petion, Sutherlaad y Brion. ' 

" Allí tuvo noticias de que la vía que conduce á 
Caracas estaba casi libre, pues sólo había 550 rea- 
listas en la margen del río Uñare, frente á Clarines, á 
cargo de Francisoo Jiménez ; por lo cual concibió la 
atrevida idea de ocupar la capital por sorpresa, á cuyo 
fin se unió con el general Arismendi, que tenía en Bar- 
celona 400 hombres, y con 300 más que logró reunir 
se puso en marcha sobre Clarines, donde le dieron 
los realistas tan soberana felpa, que á revienta-cin- 
chas y acompañado de Arismendi y algunos oficia- 
les regresó á Barcelona, después de haber, perdido 
todo en el funesto lance con Jiménez. 

" Algunos días después de esta estupenda so- 
ba que recibió el hijo mimado de Belona y Mar- 
te, atacó Marino, con más de 2.000 soldados, á los 
realistas, que se hallaban atrincherados en Cuma- 
ná ; y cuando ya los tenía reducidos al centro de 
la ciudad, llegó un posta de Barcelona con oficio 
del Libertador, solicitando auxilio de los compa- 
ñeros, porque iba á ser atacado por 4000 hom- 
bres, al mando del brigadier Real. Marino reunió en 
el acto una junta de oficiales, y considerado el pun- 
to, se resolvió marchar para Barcelona, lo que dio por 
resultado que Eeal se retirara hacia Clarines. Por 
estas circunstancias volvieron á reconciliarse los dos 
compinches y dispuso Bolívar que Marino se situase 
con sus tropas en los llanos orientales, tomando él la 
dirección de Guayana, con el propósito de reconcen- 



Los Años Terribles ^^'^ 



; trar todas las guerrillas patriotas que andaban por 
dicha región ; y luego, junto con Marino y Piar, diri- 
girse á Caracas, antes que Morillo llegase de la Kue- 
va Granada. 

" Para ganar tiempo, dejó sus tropas á cargo de 
Marino, partiendo para Guayana acompañado sola- 
mente de su Estado Mayor y de algunos asistentes 
montados ; y como el ejercito realista, aunque retira- 
do, podía atacar á Barcelona, se dejó allí desgracia- 
damente una guarnición de 700 hombres, á las ór- 
denes del general Pedro María Freites y de Fran- 
cisco Esteban Kivas. 

" Atacada Barcelona por Juan Aldama, que ha- 
bía reemplazado al brigadier Real, los patriotas no 
quisieron rendirse, porque el tal Aldama era conocido 
como un malvado de primera clase desde que, en la 
época en que fue gobernador de Cumaná, cometió 
tantas tropelías e iniquidades ; principalmente, la ac- 
ción salvaje de haber hecho desnudar á la señora 
Leonor Guerra, mandándole dar cien azotes, monta- 
da en un burro, por las calles, por el único delito de 
haber cantado una canción patriótica. 

" Lo que pasó en el convento de San Francisco, 
que los patriotas barceloneses habían fortificado para 
refugiarse, se resiste la pluma á detallarlo ; lo qiie 
ocurrió en aquel edificio, que llamaron casa fuerte^ 
fue horrible j feroz. 

" A fuego y sangre penetró Aldama con sus hor- 
das en el sagrado recinto y no dio cuartel á nadie. 
Más de 700 hombres fueron degollados, inclusive los 
prisioneros realistas que tenían allí los patriotas j 
que, en su frenesí, no respetaron. Fueron igual- 
mente sacrificadas 300 víctimas más entre ancianos, 
mujeres y niños, consiguiendo apenas salvarse 14 pa- 
triotas, entre ellos Freites, Rivas, Yelez, el bravo Pi- 
ñango y 4 mujeres, que por ser muy hermosas, Alda- 
ma les perdonó la vida á trueque de la deshonra. 

" Freites y Eivas tuvieron un fin desastroso, pues 
como huían heridos, fueron capturados y renaitidos 



i68 F. losU García 



á Caracas. El perverso Moxó los hizo ahorcar, ex- 
poniendo al escarnio sus nobles y gloriosas cabezas. 

" En el trágico y espantoso drama de la casa 
fuerte, hubo escenas de corte espartano, dignas de 
los antiguos tiempos. 

" Chamberlain, coronel ingles al servicio de la 
Patria, imitando el acto heroico de Antonio María 
Freites en La Puerta, se dio un tiro para no caer 
prisionero ; y Eulalia Buroz, su espora, con mayor 
entereza y valor que Lucrecia, la mujer de Colatino, 
dejó tendido de un pistoletazo al vil oficial que trata- 
ba de vejarla ; acción sublime, á la altura de la de su 
€ompañero, que le costó el sacrificio de ser despedaza- 
da por la soldadezca .... 

" Cuando .estos horrores acontecían en la ciu- 
dad del Neverí, Bolívar llegó á Guayana y poniéndo- 
se de acuerdo con Piar y con Cedeño, los que acaba- 
ban de librar un combate que les fue adverso, contra 
los realistas de Angostura, regresó á los llanos de 
Barcelona, y en el lugar llamado La Palmita, encontró 
tres divisiones del ejercito i^atriota, que había dejado 
allí Marino ; y con estos cuerpos, al mando de Ber- 
múdez, Arismendi y Zaraza, pasó el Orinoco, y el 
día 2 de mayo volvió á unirse con Piar, desistiendo 
por completo de su idea de abrir operaciones sobre 
Oarg-cas, porque comprendió las grandes ventajas 
que ^ofrecía Guayana como base de operaciones para 
emprender y sostener una guerra seria y de resulta- 
dos positivos para la definitiva^emancipación ; y, en tal 
sentido, destacó á Piar sobre las Misiones del Caroní, 
comarca muy rica y provista de grandes recursos de 
bestias, ganados, indios y comestibles. Entre tanto, 
se presentó inopinadamente por aquellas remotas re- 
giones el brigadier Latorre, el cual venía despacha- 
do por Morillo desde San Fernando, después de la 
derrota que le dieron ustedes en Mucuritas, con el en- 
cargo de destruir los bandidos de esta tierra oriental. 

"Llegó Latorre á Angostura con 1.600 soldados 
de infantería y 300 de caballería, dirigiéndose sin per- 
dida de tiempo hacia Las Misiones, con el ánimo de 



.Los Año» Terribles ^«9 



sorprender á Piar ; pero este, que en achaques de gue- 
rra sabía más que tío conejo y tenía más ánimo que el 
mismo Cid Campeador, salió á esperarlo al camino 
en muy buenas posiciones, acomodándose estratégi- 
camente en el sitio de San Félix, con 500 hombres 
de infantería, 400 jinetes escogidos y una montonera 
de 600 indios flecheros y lanceros. 

" El 11 de abril se trabo en el referido lugar, 
que será histórico en lo porvenir, uno de los com- 
bates más disputados y sangrientos de esta guerra 
magna. 

" Latorre hizo alarde de su valor innegable, y 
en lo más recio de la reñida acción, durante algu- 
nos instantes de silencio, se oía la voz ronca del 
coronel Ceruti, gobernador de la provincia, gritar á 
Tino de los afamados batallones : /^/v/ie. Cachiri! 
pero todo fué iniitil, el genio y la bravura de Piar 
vencieron ruidosamente aquel poderoso ejército rea- 
lista que fué destruido casi en su totalidad, consi- 
guiendo escaparse Latorre favorecido por las som- 
bras de la noche, junto con el comandante Carmo- 
na, 17 oficiales y muy pocos soldados, con los cuales 
fué á encerrar su boclibrno en los muros de Angos- 
tura. 

" Quedaron en tan glorioso campo 700 realistas 
entre muertos y heridos, más de 500 prisioneros, 
entre éstos Ceruti y 75 jefes y oficiales de los más 
distinguidos de la expedición de Morillo, los cuales 
fueron fusilados. 

" Morillo, entre tanto, ignorante del mayúsculo 
desastre de San Félix, llegó al Chaparro y se unió 
con Aldama el día 13 de mayo ; y como á los pocos 
días arribo á Barcelona Juan Canterac con una ex- 
pedición española de 2.600 soldados, lo hizo seguir 
á Cumaná, y unido con tan poderoso auxilio ocupó 
¿ Cariaco, á Carúpano y á Güiria. Perdieron los re- 
publicanos en estos encuentros á los oficiales Eafáel 
Jugo, Francisco Sucre, Antonio Herrera, 150 soldados, 
8 cañones y muchos otros elementos de guerra. 



iTO F. Tosía G&roitt 



" Bolívar, durante estos sucesos, se hallaba; diri- 
giendo el sitio de Angostura, y temiendo que Morillo 
pudiera llegar en auxilio de la plaza, activó el sitio 
y mandó construir algunas embarcaciones con el 
objeto de poder atacar la ciudad por la parte del 
río, que estaba guardada por una escuadrilla es- 
pañola. 

" Dos incidentes chuscos, aunque desagradables, 
ocurrieron en aquellos días. El uno fue que el bri- 
gadier Carlos Soublette, Jefe de Estado Mayor del 
ejercito sitiador, para poder disponer de una com- 
pañía que custodiaba 22 misioneros capuchinos que 
se hallaban en Carache, ordenó al oficial que los in- 
ternara en la Divina Pastora ; y este, creyendo que 
el tal sitio era la eternidad, sin decir oste ni moste, 
los mandó matar en el acto con los indios del ci- 
tado lugar, quienes tenían odio profundo á los capu- 
chinos por el delito de haberlos atraído á la civili- 
zación ; y fue el otro hecho curioso, el chasco acon- 
tecido á Bolívar, quien teniendo ya construidos 11 
hongos, salió con algunos compañeros á encontrará 
Brion, que venía con la escuadrilla republicana. Esta 
imprudente excursión fue descubierta por los rea- 
listas, y destacaron un cuerpo • de tropas en embar- 
caciones, con el objeto de capturarlos ; lo cual hubiera 
tenido efecto, sin duda alguna, si á mi don Simón no 
se le ocurre el extraño ardid de zabullirse en el caño 
de Casacoima, acompañado de Arismendi j de Sou- 
blette, á fin de despistar á los perseguidores, que se 
apoderaron de los 11 • bongos, logrando salvarse los 
expresados y casi todos los tripulantes. 

" Y como en aquella fatídica noche Bolívar, al 
salir del caño vuelto un pato, destilando agua de 
pies á cabeza, empezó á decir á sus compai^eros que, 
después de emancipar á Venezuela, iría en triunfo 
á Nueva Granada e independizaría á Quito, á el Perú 
y llegaría hasta el Potosí, el capitán Martel, que lo 
escuchaba, llevándose las manos á la cabeza, excla- 
mó : / Qué desgracia tan inmensa, el Libertador se ha 
vuelto loco! 



Los Años Tsrriblts iH 



" El sitio fué estrecliándose más y más ; y como 
á los pocos días llego Brion con la escuadrilla patrio- 
ta, compuesta de 5 buques mayores y 5 flecheras, La- 
torre abandonó á Angostura el 19 de julio, llevándose 
en sus embarcaciones la tropa que le quedaba, las 
municiones y gran niimero de enfermos y de emplea- 
dos. Casi incontinenti abandonó también la Vieja 
Guayana, donde se había refugiado, porque Bermúdez 
lo estrechó de cerca, quedando definitivamente esta 
importante provincia y el Orinoco en nuestro poder, 
desde luego que Morillo ni pudo auxiliar á su te- 
niente, ni retomar á Guayana, porque los valerosos 
margariteños,' á los cuales se propuso exterminar, le 
han comprobado, dirigidos por el eximio Arismendi 
y por el altivo Juan Esteban Gómez, que los pue- 
blos viriles, por pequeños que sean, se hacen grandes 
e imperecederos cuando luchan contra sus opresores, 
y se abren paso luminoso hacia las regiones inmortales 
de la historia. 

" El cerro de Matasiete, que se halla cerca de la 
capital de la gloriosa isla que con razón hemos llama- 
do Nueva Esparta, puede considerarse como el desfila- 
dero de las Termopilas venezolanas, porque allí, un 
puñado de héroes, que han probado que saben ser 
libres, lucharon un día entero con el coloso Morillo 
al frente de su grande, ejercito, haciéndolo morder 
el polvo y retirarse á Pampatar, tan lleno de asom- 
bro y de pavor, que por la noche decía en la casa 
donde se hospedó : que durante el comhafe^ había visto 
hombres de talla de gigantes que le arrojaban de lo alto 
de las breñas piedras descomunales, que cuatro homhres 
no habrían levantado con facilidad . . . . 

'' Y como después de estas palabras textuales 
añadió que el no había venido de su tierra á com- 
batir con gigantes ni con monstruos, á los pocos días 
resolvió abandonar á Margarita, y §e embarcó el 17 
de agosto con los restos de su poderoso ejercito. 

" Y como recuerdo imperecedero de la vileza de 
este ogro velludo, que es más malo que Pitío, quedan 
sus innúmeras atrocidades, especialmente las come- 



Í75 F. Tosta García 



tidas en Juan Griego, donde después del asalto fue- 
ron sacrificados, en venganza innoble de su derrota en 
Matasiete, cerca de 1.500 patriotas (lue se habían re- 
fugiado en la Laguna Salada ; de los cuales, el mismo 
Morillo, metiéndose en la laguna con la caballería^ 
mató por su propia mano 18, como demostración d 
su diabólica saña. 



XXI 



" Paso atora, mi buen compadre, para dar fin á 
•esta, que ya no debemos llamar carta sino folleto, 
paso, con lágrimas en los ojos, indignación en el pe- 
<;ho j desencanto en el alma acongojada, á darle cuen- 
ta de un acontecimiento doloroso, increíble, morti- 
ficante, triste y desgarrador, relacionado con el nun- 
ca bien ponderado y enaltecido general Manuel Piar. 
. " Como dige á usted en mi anterior, después del 
motín de Güiria, Bolívar se escapó para Jamaica con 
los más abrumantes desengaños en el alma, porqu^ 
todo le salía mal ; y el noble Piar, después de ganar 
la ruidosa acción del Juncal, de acuerdo con Aris- 
mendi, lo mandó llamar y sin condiciones se puso 
bajo sus órdenes en Guayana, entregándole su ejer- 
cito y toda especie de recursos ; y aunque es cier- 
to que fue de los jefes que reconocieron el* congre- 
so de Cariaco, más tarde, cuando este se disolvió, el y 
Arismendi, buscando un arreglo á las dificultades pro- 
pusieron á Bolívar la formación de consejo de ge- 
nerales para consultar las necesidades de la guerra 
j del gobierno. Como el proyecto no cuajó y una 
i-uín avalancha de ambiciones, celos, chismes, en- 
redos y calumnias, establecieron sombras sobre la 
inmaculada conducta de Piar, el invencible adalid 
oriental se disgustó y pidió licencia para retirarse del 
'ejercito. 

El 4 de junio le expidió Bolívar su licencia y 
pasaporte, autorizándolo para cargar dragones que le 



Los Años Terribles Í73- 



acompañasen y para ausentarse del país, si lo tenía 
por conyeniente ; y el 17 del mismo mes, dictó un de- 
creto sobre faltas j delitos de los militares en ser- 
vicio y formación de consejos de guerra, sin duda 
alguna preparando el terreno para enjuiciar á Piar, 
el cual estorbaba y á todo trance era preciso hacerle 
desaparecer, porque el brillo de su espada y de sus 
laureles, hacía perder el sueño y el apetito á los envi- 
diosos y aduladores. 

" Debo advertir á usted, que siendo como yo era 
fiel subalterno y partidario de Piar, y teniendo muy 
buenas relaciones de amistad con el presbítero ge- 
neral Blanco, con quien estaba en desacuerdo Piar 
en las Misiones del Caroní, me dirigí allá con el 
propósito de unirlos y que terminara la discordia ; 
mas no pude lograrlo, porque el referido ex-clerigo 
me contestó con mucha gracia, ó más bien con mu- 
cha hipocresía, que el ( aludiendo sin duda á su color 
moreno, á que había ahorcado los hábitos y á que 
no mandaba tropas ) no era nada ni tocaba ningún 
pito, que todo lo que pasaba era dispuesto por el 
Libertador y que en fin de fines, el no era ni pres- 
bítero, ni general, ni blanco .... 

Por tal motivo, fueron inútiles mis gestiones 
conciliatorias, y el proceso de la intriga, de la ca- 
lumnia y de la infamia continuó adelante ; y como 
Bolívar, diz que por complacer á Piar, había destituido 
al expresado personaje anómalo, del cargo de co- 
mandante general de las Misiones, nadie me quita 
de la cabeza que este ha sido uno de los que más 
ha predispuesto á Bolívar en contra del Murat orien- 
tal, tanto por sus repetidas cartas llenas de ziza- 
ña y malos informes, cuanto por sus acusaciones ver- 
bales cuando vino al Cuartel General, como también 
por su agresiva correspondencia epistolar cuando 
volvió á desempeñar el referido empleo, después 
que Piar fue licenciado y pasaportado. 

" Como Piar no quiso abandonar el país por 
cuya libertad e independencia liabía luchado tanto, 
desde el principio, se retiró disgustado y decepcio- 



i 74 F. Tosía Garc/a 



nado á la villa de ' Upata ; y como los pocos enemi- 
gos y émulos que tenía en el ejército patriota ha- 
cían llegar á los oídos de Bolívar constantes dela- 
ciones falsas, de que tramaba planes de conspira- 
ción con el ánimo de promover una guerra de cas- 
tas, fué llamado al Cuartel General con oficio, donde 
se le decía que su comparecencia era necesaria para 
desvanecer y desvirtuar las malas informaciones y 
rumores que circulaban. 

" Temeroso Piar, en lugar de atender al llama- 
miento se dirigió á Cumaná ; lo que dio motivo para 
que sus detractores inventaran que había ido á en- 
tenderse con Marino para organizar un nuevo go- 
bierno parecido al de Cariaco. 

" Tal aseveración indignó á Bolívar y como se 
desvive por estos alborotos bizantinos y- espectácu- 
los de brocha gorda, forma una tempestad en un 
vaso de agua, convoca una junta de generales, ésta 
le reconoce de nuevo como Jefe Supremo, se cambia 
toda la oficialidad de las tropas que mandaba Piar y 
como medida de salud pública, dispone Bolívar su pri- 
sión, comisionando al general Cedeño para que, en 
unión de los comandantes Juan Francisco Sánchez, 
Juan Antonio Mina y un escuadrón de caballería, fue- 
sen á capturarlo. 

Lo encontraron tranquilamente en la villa de 
Aragua, y un cuerpo de jinetes de las fuerzas de 
Marino que á las órdenes del coronel Carmona esta- 
ba en dicho lugar, lo dejó prender, sin hacer la me- 
nor observación ni resistencia y fué conducido á la 
ciudad de Angostura. 

" Tan pronto como mi caballero señor don Simón 
tuvo en sus manos la anhelada presa, dispuso que 
en el acto se sometiera á juicio como conspirador y 
desertor, nombrando un consejo de guerra ad hoc com- 
puesto del almirante Brion, de los generales Pedro 
León Torres y José Antonio Aíizoátegui, de los coro- 
neles José Ucroz y José María Carreño y de los te- 
nientes coroneles Piñango y Conde, siendo fiscal el 
general Soublette y defensor el coronel Galindo. 



Los Años TsrribJts i 75 



" Este consejo, por mera formula, tomó algunas 
declaraciones de testigos que por mil circunstancias 
eran inhábiles y némine discrepante, como que la fa- 
tal consigna estaba dada de antemano, fué conde- 
nado el general Piar á muerte el 15 de octubre y á 
ser degradado, por los crímenes de inobediencia, sedi- 
ción, conspiración y deserción. 

" Bolívar confirmó la sentencia de muerte, y di- 
cen sus áulicos, que fué muy grande y generoso por no 
haber aceptado la ignominiosa afrenta de la degra- 
dación .... 

" Y con estos ojos, compadre, que se ha "de 
tragar la tierra ( porque me trasladé á Angostura tan 
pronto como supe que habían llevado para allá preso 
á Piar ) con estos ojos, acostumbrados ya á contem- 
plar tantos horrores en estos años terribles, vi, lleno 
de asombro y de estupefacción, en la aciaga tarde 
del día 16 de octubre, en presencia de todos los cuer- 
pos del ejército que se hallaban en la plaza, vi sen- 
tar en un banquillo y fusilar al vencedor en Maturín, 
en el Juncal y en San Félix, cayendo al suelo con su 
noble pecho atravesado por las balas de los venezo- 
lanos, por cuya libertad é independencia tanto com- 
batió. ^ 

" Antes de recibir la dSscarga homicida, con la 
mayor serenidad, y como si estuviese mandando aque- 
lla aparatosa, fúnebre y -cruel parada, quiso despe- 
dirse de los soldados que tanto le amaban y á quie- 
nes tantas veces había conducido á la victoria ; pero 
un redoble fuerte y repetido de los tambores lo impi- 
dió, enmudeciéndose jjara siempre aquellos labios 
acostumbrados á mandar batallas y á ordenar formi- 
dables cargas en contra de los enemigos de la Patria. 

" Dicen que Bolívar, exclamando : la terrible ne- 
cesidad esta cumplida, lloró al oír desde su habita- 
ción, donde se hallaba muy agitado, la descarga que 
puso fin á la gloriosa vida de Piar ; y yo creo, sin du- 
dai^alguna, que aquellas lágrimas de cocodrilo, si es 
cierto que el peso de su conciencia las hizo derramar, 
se parecen mucho á las que vertió César, cuando le 



i76 F. TosU Gurda. 



presentaron la cabeza ensangrentada de su rival Pom- 
peyó, pues debe usted recordar, compadre, que nues- 
tro inolvidable amigo, don Manuel Antonio Alvarez, 
afirma á pie juntillas que aquel histórico llanto del 
vencedor eñ Farsalia, no fué de dolor sino de inmen- 
so placer 

" Apelando á mi juicio imparcial, y sin que me 
incline para nada la antipatía que siento por el vic- 
timario y mi admiración profunda i)or la esclarecida 
víctima, haré, para concluir esta carta, algunas consi- 
deraciones sobre este trágico suceso, que ba conmovi- 
do á todos los corazones bien puestos y á todas las 
almas dignas y elevadas. 

" En primer lugar, á nadie que tenga dos dedos 
de frente j^odrá ocurrírsele que siendo Piar un hom- 
bre vivo, inteligente, audaz y avisado, iba á resolver 
internarse en las veredas de las conspiraciones, su- 
blevaciones y sediciones, precisamente en los días en 
que no tenía á sus órdenes ni siquiera una compañía, 
por haber sido licenciado y pasaportado. 

" De maduro se cae la conclusión de que si tal 
disparate se le hubiera ocurrido, era lógico ha- 
berlo ejecutado después de la memorable batalla del 
Juncal, cuando tenía á sus órdenes un ejército ague- 
rrido y vencedor, gv^^xi parque, multitud de recur- 
sos y la coyuntura favoraíjle de no encontrarse Bolí- 
var en el país. 

" Y entonces, ya sabe usted que hizo todo lo 
contrario, no diré generosamente sino tontamente : lo 
mandó buscar, lo reconoció y le entregó cuanto tenía, 
numerosos soldados, elementos y laureles 

" Ah ! mucho ha debido recordarme el egregio 
Piar en sus últimos momentos, pues varias veces le 
dije que esas debilidades y sumisiones le iban á cos- 
tar muy caro ! 

" También pudo haber intentado, con brillantes 
resultados, la tal sublevación ó proclamación como cau- 
dillo de la independencia venezolana, después que en 
San Félix desbarató el grande y poderoso ejércfto de 
Latorre sin que nadie se opuesiera ni chistara enton- 



Los Años Terrihles _^77 

ees, porque tenía bajo su mando cerca de 3.000 hom- 
bres de las tres armas, que acababan de vencer al más 
afamado general de los españoles, y con los cuales 
hubiera podido imponerse. 

" Puedo asegurarle, compadre, porque soy po- 
seedor de las intimidades del malogrado adalid orien- 
tal, que jamás pensó en tales conspiraciones ni sedi- 
ciones, ni mucho menos en revoluciones de castas ; 
y si alguna vez quiso apartarse del rumbo de Bo- 
lívar, fué pensando en los ideales puros de la ver- 
dadera república y en los principios federales y de- 
mocráticos con que hemoa soñado todos los patriotas 
radicales, que odiamos el despotismo y la autocra- 
cia, y amamos la impersonalidad como sistema de 
gobierno. 

" Y en el caso negado de que realmente este in- 
signe servidor de la Eepública hubiera podido incu- 
rrir en la falta de hacerse conspirador y sedicioso, 
no estando, como no estaba ya, en servicio por haber 
sido licenciado y pasaportado ¿ en virtud de qué ley, 
con qué derecho, como consecuencia de qué razón 
justa y humana, se le somete á un consejo de guerra, 
cuando en el mencionado caso supuesto ha debido 
ser juzgado por un tribunal judicial ordinario, por lo 
mismo que era un simi3le ciudadano sin ningún car- 
go civil ni militar ? En una palabra, compadre, lle- 
go hasta creer, y así lo piensa, sin duda, la mayoría 
de los venezolanos, que hasta en el caso indudable 
de que servidor tan conspicuo hubiera podido de- 
linquir, merecía el vencedor de Monteverde, de Mo- 
rales, de Latorre y de tantos otros célebres jefes 
del realismo, en homenaje á sus glorias y en con- 
sonancia con la generosidad de la Patria, con la mag- 
nanimidad de los principios republicanos liberales y 
hasta con el dogma del cristianismo, merecía, si no 
perdón, por lo menos la conmutación de la pena por 
el destierro. 

" Pero nó, el empeño decidido era sentarlo en 

• el ignominioso banquillo, y se ordenó su muerte antes 

de ser juzgado, formando un consejo de inferior gra- 

LO» AlíOP TKRltML»». 12 



<7< F. Tosii' Carda 



dilación á la suya, en el que la mayor parte eran ene- 
migos ; y sin libre defensa, con testigos inhábiles y 
con multitud de defectos garrafales, se atropello todo, 
se violentó todo, para dar aquel espectáculo bárbaro 
en la plaza de Angostura, como una necesidad política, 
como moral para el ejército y como un ejemplo para 
afirmar la disciplina. ... 

" Lo que hay de cierto en esta atrocidad que 
he presenciado, es, que Piar, á pesar de su compor- 
tamiento leal é incomparable, ha pagado con creces 
su insubordinación en Carúpano y sus complicidades 
en el congresito de Cariaco ; y que no queriendo 
ni atreviéndose Bolívar á castigar al principal pro- 
motor, que fue Marino, el cual obró por insinuacio- 
nes mías y del ínclito Madariaga, se ha cebado cruel- 
mente en Piar, á quien tanto debe y por quien se 
halla hoj omnipotente en Guayana. 

" Después de tan gran catástrofe, estoy de más, 
compadre, en estas malditas regiones orientales, y 
detrás de esta interminable carta me iré á buscar re- 
fugio cerca de ustedes ; y como el benemérito general 
Páez se ha servido invitarme por su órgano, saldré ma- 
ñana ó pasado en el primer bongo que se presente y 
admita pasajeros para Aj^ure. 

" Perdida mi familia y perdida mi fe y mis ilu- 
siones, encadenado Miranda en una masmorra y fusi- 
lado Piar, ambos i)or la sacrilega mano del que llaman 
Libertador, tengo que ir á respirar aires más pu- 
ros y á formar al lado del único hombre á quien su- 
pongo con dotes, méritos y audacia para sellar el 
triunfo de la emancipación y i^ara llevar la Kei)ú- 
blica á su legítimo puesto. 

" Hasta la vista, y mis respetuosos saludos al ge- 
neral Páez." 

XXII 

Cuando á principios del año de 1818, se reunieron 
Bolívar y Páez en el hato de Cañafístola, cerca de San 
Juan de Payara, abrazándose fraternalmente y po- 



Los Años Terribles Í79 



niéndose el segundo sin reservas, 6 con reservas (pues 
no viene al' caso averiguarlo), á las órdenes del pri- 
mero para emprender la campaña sobre el Centro, 
como hubo en ese acto placentero j cordial, conjunción 
de los respectivos Estados Marores, el doctor Federi- 
co Pedernales y don Aga^ñto Callejones, que estaban 
en el de Páez, tuvieron también la alegría y satis- 
facción de abrazar al antiguo y recordado amigo Luis 
Reyes, que venía al lado del Libertador, mandando un 
cuerpo cíe tropas de las que habían pertenecido al ge- 
neral Piar. 

Luego que pasaron los saludos j primeras frases 
de congratulación y que muy animados, tomaron el 
camino que conduce al pueblo. Reyes, dirigiéndose es- 
pecialmente á don Agapito, que estaba flaco y muy 
quemado por el sol de la sabana, en son de broma le 
dijo : 

— ¿ Pájaro de mar por tierra '? ¿ Plombre tan ])e- 
ligroso por aquí? ¡ Que sorpresa tan agradable ! Sa- 
bía (}ue mi inolvidable amigo el doctor Pedernales 
andaba por estos pastos y se había hecho un llanero 
consumado y hasta un militar de nota, al lado del 
invicto general Páez ; pero, francamente, ignoraba que 
el travieso compañero de Candelaria, que el éter a o 
impugnador de Bolívar, que el atacado de /níraiidítLS 
crónica y de pasajeros achaques de niarinítís, bermu- 
dífís y píaritís, anduviera por estas regiones. Segura- 
mente se habrá venido' huyendo de la quema. . . . En 
Angostura me informaron que usted, á raíz de la eje- 
cución de Piar, había tomado el rumbo de Cumaná ó 
Margarita, acaso para dar el pésame y consolar á sus 
buenos amigos y compinches Marino y Bermúdez, 
quienes se han escapado de casualidad y por suerte 
en esta ocasión 

Callejones se mordió los labios al escuchar aque- 
llos inesperados e inoportunos alfilerazos con que su 
antiguo amigo lo saludaba, entre chanzas y veras ; se 
puso pálido de la ira, haciendo el esfuerzo de no con- 
testar nada ; pero no pudiendo contenerse, porcpie hu- 
biera reventado como un torpedo ó una bomba, pro- 



^^0 F. Tosía Carda 



curando bajar un poco la voz para que no lo oyesen 
los demás de la comitiva, respondió : 

— Oiga usted, mi amigo y señor Eeyes ; como veo 
que su propósito es mortificarme, conociendo mis opi- 
niones, no irá por la contestación á Eoma. Sí, señor ; 
horrorizado me vine de aquella tierra, después que 
tantos Caínes cometieron el crimen de sacrificar al 
justo Aljel .... Piar era inocente, y muy inocente, de 
los delitos que se le imputaron ; y él tuvo la culpa de 
su fin trágico, por no haber querido hacer lo que le 
aconsejé, cuando el motín de Carúpano ; si yo hubiera 
estado en su pellejo, le pego cuatro tiros á mi don 
Simón, T asunto concluido. Pero no quiso, como no 
quiso tampoco desconocerlo después del Juncal, ni 
después de San Félix. Si hubiera justicia en esta 
tierra, á otros, y principalmente al que habla, sí que 
hubieran debido pasaportarnos para ultra-tumba, si 
se tiene como delito amar la república efectiva. Créa- 
melo usted, señor Eeyes : á Piar lo han fusilado no 
por traidor, ni por sedicioso, sino por..... can- 
grejo! 

— Por Dios, don Agapito— .exclamó Eeyes, riendo 
de muy buena gana — no se enfade usted por mis chan- 
zas, pues mi intención no ha sido ofenderle. Ahora, 
hablándole muy eu' serio sí le digo, que conforme us- 
ted tiene su criterio, yo tengo el mío. El fusilamiento 
del general Piar ha sido una gran necesidad, dolorosa, 
es cierto, pero ineludible para matar de raíz la anar- 
quía y afirmar el respeto y subordinación en el ejér- 
cito patriota. Son duras imposiciones de la guerra ; 
y sin ese acto cruel pero preciso, no estaríamos hoy 
aquí reunidos los dos ejércitos para abrir operaciones 
decisivas en contra de Morillo, para vencer como ven- 
ceremos, á pesar de todos los obstáculos; porque Bo- 
lívar es un sol cuyos rayos queman á veces, pero 
siempre animan, crean y fecundan el amor, la fe y el 
entusiasmo por la definitiva victoria de nuestra gran 
Causa. 

— En ese punto estamos en cabal desacuerdo, mi 
amigo y coronel Eeyes — dijo don Agapito con mucho 



i Los Años Terríblts . dSi 

énfasis — y continua usted viendo los lieclios por 
el prisma de su ciega admiración, por Bolívar, quien 
ha debido, si es cierto que tiene inteligencia ,y cora- 
zón, en lugar de fusilar tan injustamente á Piar, en 
vísperas de emprender su campaña sobre el Centro, 
lia debido más bien aprovechar sus sobresalientes ap- 
titudes y confiarle el mando del primer cuerpo de 
ejercito que tan imperdonablemente entregó á Zaraza, 
pues este valeroso jefe sirve muj bien para mandar 
una división de caballería, pero no para dirigir un 
cuerpo de ejercito ni para disponer una batalla. ¿ Cree 
usted que aquí se ignora el gran fracaso de La Ho- 
gaza, donde acabamos de ser derrotados de la manera 
más triste y vergonzosa, lo cual obligó á ustedes á 
contramarchar á Angostura en busca de nuevos auxi- 
lios para poder continuar la campaña, apoyados por 
Páez, el bravo de los bravos ? 

Si el vencedor en San Félix hubiera mandado 
nuestras tropas en La Hogaza, no hubiera jugado La- 
torre con Zaraza, como lo hizo, engulléndoselo como 
dulce hogaza á la manera de un astuto gato con un 
simple ratoncillo, quedando en tan funesto campo, 
entre muertos y heridos patriotas, más de 1.200 hom- 
bres, perdiéndose además 1.000 fusiles, 3 cañones, 
todo el parque, 4 banderas, 1.000 caballos y hasta 
aquella misma mabitosa imprenta que fue salvada en 
Ocumare por Salom y que no se para que diablos la 
sacaron de Angostura, ni que papeles iba á imprimir 
por aquellas desiertas sabanas 

Nó ! mi amigo don Luis. Ya ve usted la gran 
falta que nos está haciendo Piar y lo distinta que 
sería nuestra situación, si el estuviera hoy al frente 
de un Querpo, Páez al frente de otro y Bolívar man- 
dando en Jefe. De seguro que con tal organización 
no se habrían inaugurad4p tan mal las operaciones 
militares en este año de 18 , j x)odríamos, sin tener 
á Latorre, vencedor por retaguardia, acabar fácilmen- 
te con Morillo y declarar la paz en este mismo año, 
economizando muchas vidas, muchas lágrimas y mu- 
chas ruinas á nuestra querida Patria. 



i 82 ' F. ToaU Garda 



— ^Pero es que usted no cuenta con la huéspeda — 
respondió Reyes, no encontrando argumentación seria 
con que rebatir tan rutilantes verdades — usted no 
cuenta con las múltiples faculades del Libertador, no 
cuenta con el Genio tutelar que dirige sus pasos en 
esta cruzada .... 

— El mismo organillo de todos los tiempos, las 
mismas palabrejas de relumbrón, los mismos pretextos 
para cometer enormes atentados — contestó Callejones, 
arrugándola nariz en señal de desprecio. — Ahora sí 
puedo decirle con razón que usted está atacado de 
MU^,holívítls mortal, y que esas frases de caramelo me 
traen á la memoria el estilo empalagoso de don Mau- 
ricio Mora Meló 

— Doblemos esa hoja — interrumpió el doctor Pe- 
dernales, viendo que la discusión podía tomar un mal 
camino — á lo hecho, pecho ; á los muertos, tierra, y á 
los vivos, guerra ; ó lo que es lo mismo : el muerto, al 
hoyo, y el vivo, al bollo. Además, en honor de la ver- 
dad, es preciso convenir en que Bolívar no puede 
cargar solo con el peso de la gran responsabilidad del 
fusilamiento del denodado Piar, i)orque, mal ó bien, 
un consejo lo juzgó, compuesto de hombres circuns- 
pectos y de servicios á la Patria, y ellos llegaron has- 
ta el extremo de la degradación, que el Libertador 
desaprobó. Dos buenos amigos, como ustedes, no 
deben reñir por tan poca cosa ; y sobre todo, que para 
eso tendremos tiempo sobrado y mejor oportunidad. 
Y á propósito, Luis, ¿que se ha hecho esa buena pieza 
de don Mauricio ? 

— Se quedó en Cartagena, cuando, después del 
tratado con Castillo, entregamos las tropas y nos em- 
barcamos para Jamaica ; y réspecto á lo que me dice, 
referente á don Agapito y á nuestra discusión por el 
asunto Piar, sépase, y lo digo á boca llena, que lo 
respeto y estimo tanto, como uno de los proceres de 
nuestra CaTisa, que jamás me disgustare con el por 
nada de lo relacionado con sus opiniones, que siem- 
pre han sido independientes y libres, tanto en los 



Los Años Tarribles i* 3 



clubs como en su botica de Candelaria, tanto en la 
paz como en la guerra. 

A poco andar llegaron á San Juan de Payara, 
donde se estaciono el ejército por algunos días á 
causa de no haber embarcaciones para pasar el río 
de Apure, pues el único lugar por donde podía ha- 
cerse, sin riesgo, estaba guardado por las lanchas 
del enemigo. 

Bolívar j Páez tuvieron, en consecuencia, tiempo 
j oportunidad para conocerse, tratarse íntimamente, 
estudiarse, cruzar ideas, concertar planes, formar com- 
binaciones y entrar en detalles y recuentos, tanto de las 
fuerzas republicanas como de las realistas, existen- 
tes en los distintos puntos de Venezuela ; y los tres 
amigos caraqueños, instalados bajo un mismo techo, 
pudieron también disertar largamente sobre todos 
los temas y esperanzas de actualidad. 

En una tarde, cuando estaban muy enfrascados 
Luis Beyes y don Agapito, ponderando el primero 
los méritos de Bolívar, y ensalzando el segundo los 
de Páez, con tendencias marcadas á sembrar la anar- 
quía, é insinuando que no podrían avenirse aquellos 
dos caracteres, con lo cual el héroe de Güedeque le 
había dicho, riendo, que si ya le empezaban los sín- 
tomas de algún ataque agudo y nuevo de paecitis^ 
el doetor Pedernales, terciando en el debate y mor- 
diendo una mascada de tabaco, cuyo feo hábito ha- 
bía adquirido por necesario en la cruda campaña de 
los Llanos, dijo : 

— Nada de eso, amigos míos ; echen á un lado su- 
posiciones prematuras, dañinas y fuera de tiesto. 
Bolívar y Páez son en la actualidad consustancia- 
les é indivisibles, porque son las dos figuras desco- 
llantes de esta etapa de la redención venezolana, 
que, á punto fijo, habrá de ser la última y decisiva 
en-nuestro favor para bien y dicha de nuestra que- 
]|ida Patria. 

Hace mucho tiempo que el nombre de Bolívar 
es muy conocido, mientras que el de Páez ha venido 
á hacerse célebre en el trascurso de estos últimos 



i 84 F. Tosía Gareisi 



tres años, que podemos llamar terribles ; y la mis- 
ma circunstancia antagónica de haberse educado, 
el primero, por su alta posición social y linajuda 
prosapia, en la opulencia, en los bálagos de la 
vida europea, donde aprendió el arte de la políti- 
ca y de la guerra que se enseña en las escuelas y aca- 
demias ; y el segundo, en humilde cuna, sin riquezas, 
sin maestros y sin más adherentes y pergaminos que 
su caballo y su lanza ; esa misma notable diferencia en 
los antecedentes los iguala casi en la práctica, por ser 
idéntico el objetivo que persiguen ambos, con el mis- 
mo ardor, con la misma fe y con parecido entusiasmo ; 
porque si el uno hasta ahora no ha sido vencido en 
ninguna parte, porque lleva la victoria engarzada en 
la punta de su lanza, el otro, aunque ha sido derrota- 
do muchas veces, jamás se ha desanimado por los 
fracasos, por ruidosos que hayan sido, y siempre ha 
tenido entereza de ánimo y fuerza de volunt-id para 
vencer todos los obstáculos y arrostrar todas las difi- 
cultades. * 

Ambos, dotados del mismo valor, de la misma per- 
severancia, constituyen juntos una fuerza irresistible, 
y son los dos primeros militares de esta etapa, á quie- 
nes igualmente aman y siguen sus soldados, á cuyo 
frente escalarán, sin duda alguna, todos los peldaños 
de la gloria. 

Páez fuerte, sano, robusto, de complexión de hie- 
rro, incansable en las marchas, en los trabajos y en los 
peligros; peleando en los combates, siempre el primero; 
rompiendo las filas realistas con su caballería, á la par 
del primer soldado ; pasando á nado ríos y caños cre- 
cidos con la silla en la cabeza y la lanza en los dientes ; 
haciéndose respetar y querer de los suyos, ora en lu- 
chas y combates personales con ellos mismos, ó bien 
exponiendo á cada instante su vida por salvar la del 
más insignificante de sus subalternos. 

Bolívar delicado, de constitución débil, enfermizo, 
galante, fino ; amigo de las comodidades, del lujo, del 
buen vivir, del baile y de las damas, se sobrepone á 



í: Los Años Terribles i85 

todo eso Y lo olvida todo, para ser paciente y sufrido 
en las fatigas, sereno en los combates, ágil, buen jine- 
te, activo Y valeroso ; lo cual indudablemente lo hace 
superior i:>ot el esfuerzo ciclópeo que tiene que hacer • 
sobre su naturaleza pobre y sus desventajas físicas. 

Bolívar, puede decirse que es la fuerza intelec- 
tual, y Páez, la fuerza material ; el uno i)osée, sabi- 
duría y espada ; el otro, astucia y lanza. Los dos 
reunidos constituyen una potencia capaz de vencer 
tres expediciones como la de Morillo; en una pala- 
bra, esos doí; colosos representan la Independencia 
y la Libertad de la Patria ! 

— ¡ Muy bien, mi querido doctor ! — exclamó Luis 
Keyes, entusiasmado. — Ha hablado usted como Cice- 
rón, 3^ si mi buen maestro don Manuel Antonio Alvarez 
estuviera aquí, así lo diría, como también que sus elo- 
cuentísimas palabras son de corte plutarquíno y su pa- 
ralelo, semejante al de Alejandro y Cesar. 

— Y eso — observó sonriendo irónicamente don 
Agapito — que á mi compadre se. le ha olvidado sacar 
á relucir en su pichón de discurso, el rasgo esencial en 
que más se parecen nuestros dos generales, 

— ¿Y cuál es ese rasgo ? — preguntó con curiosidad 
el aludido ? 

— El prurito de las dictaduras, la manía del 
mando único, la chifladura de la centralización de po- 
deres. El uno, al por mayor, y el otro, en pequeño ; 
ambos, queriendo cambiar de jeringa, pero no del 
palote, que i^rocuran quitar de manos de los realistas 
para conservarlo y manejarlo ellos á su antojo, echán- 
donos, poco más ó menos, las mismas .... garambai- 
nas que los españoles. 

— Pero ¿ quó es lo que usted pretende, compadre ? 
— preguntó Pedernales muy contrariado. — Nada le 
acomoda, todo le desagrada ; hombres y sistemas le 
parecen defectuosos. ¿ Por fin que le gusta y á que 
aspira ? 

— Muy extraño es que usted lo ignore — contestó 
el ex-boticario, haciendo molinetes con ambos brazos, 



í»tf F. Tosía GarcjA 



señal inequívoca de cjue empezaba á ponerse nervioso. 
— A mí lo que me gusta es la democracia en acción, 
la libertad y la igualdad bien entendidas. Soy parti- 
dario de las ideas sublimes de la Eevolucion francesa 
consignadas en los Derechos del hombre, que repartí y 
difundí en Caracas en el génesis de nuestra emanci- 
pación. Conmigo nadie puede equivocarse. Soy pa- 
triota, pero quiero la verdadeka república, de todos 
y para todos ; con iguales derechos para ricos 3^ para 
ix)bres, para nobles y plebeyos, para blancos y ne- 
gros ; quiero la libertad de los esclavos, la extinción 
de los títulos, monopolios y fueros ; deseo la descen- 
tralización de i)oderes, la alternabilidad en los puestos 
públicos ; que se quite la prisión por deudas, que se 
proscriba el tormento, que se declare abolida la pena 
de muerte ; en una palabra, quiero que, ya que vamos á 
cambiar de hombres, cambiemos de sistema y no enga- 
ñemos á los pueblos que vamos á redimir. Ásiúro á la 
república práctica, verdadera y pura ; no quiero cam- 
biar al rey por el dictador. 

— Sí, sí, ya lo comprendo — exclamó riendo Luis 
Reyes — veo que está usted cada día más contagiado 
de los sofismas platónicos de mi excelente amigo Ru- 
fino Peralta; y se conoce que ha hablado mucho con 
el en estos últimos años por las regiones orientales ; 
y como por allá anduvo tn^nbien el iluso padre Ma- 
dariaga y otros ideólogos y d 3magogos de la misma, 
talla, que perturbaron los caletres de Marino, Piar y 
Bermúdez, ha llevado usted á la plenitud esos sofis- 
mas, que por ahora son irrealizables porque estamos 
en plena guerra. Para lo porvenir, al obtener la paz, 
acaso podrán ser discutibles y modificables. 

— Cabal, exactísimo — dijo el doctor, encontrando 
muy razonables las palabras de Reyes. — Por ahora no , 
debemos pensar en esas cosas, sino en unirnos pata 
vencer. 

— Ya veo que estoy en minoría — replicó don Aga- 
pito, batiéndose en retirada. — Están ustedes con sus 
dos ídolos á partir un higo ; pero les aseguro una vez 
por todas, que, después que consolidemos la Indepen- 



Los Años Ttrríbles i8T 



deDcia, si los pueblos uo alcanzan la realización de 
esos sublimes ideales, que constituyen el credo liberal, 
continuarán luchando hasta obtenerla. ¡Perseverar 
es triunfar, y querer es poder ! 



XXIII 



Cerca de una semana llevaban ya Bolívar y Páez 
estacionados en San Juan de Payara y cuando la 
impaciencia y la contrariedad ponían nervioso y ago- 
tal^an la imaginación del primero, por la insupera- 
ble dificultad de poder atravesar el río con el ejér- 
cito, se le acercó un día muy de mañana el segundo,, 
y le dijo : 

— Disponga la marcha para hoy, mi general,, 
pues aquí nos estamos consumiendo y fastidiando 
inútilmente. 

— Es cierto ; ¿ pero dónde encontramos embarca- 
ciones para pasar ? 

— Yo las tengo — respondió Páez con plena segu- 
ridad—porque las tiene el enemigo y se las quito. 

— No comprendo como puede hacerse tal cosa,, 
cuando no disponemos ni de un solo bongo. 

— No es necesario — insistió Páez — yo se las qui- 
to con caballería. 

— i Con caballería ! — exclamó el Libertador estu- 
pefacto, creyendo que su interlocutor había perdido 
la chaveta — tendrá usted caballos de agua, habrá con- 
seguido delfines que se dejen poner frenos, ó acaso 
pretenderá ensillar á los caimanes .... 

— Nada de eso — contestó Páez muy sonreído — 
tengo mi plan, y como estamos cerca del río, nada 
perdemos con marchar, pudiendo regresar, sí acaso 
no lograre llevarlo á efecto. 

Bolívar, obligado por aquella insistencia, con- 
vino en marchar, más por curiosidad que por per- 
suación ; y cuando llegó á las márgenes del Apu- 



i88 F. Tosta García 



re, vio/con gran asombro, que Páez, previo su per- 
miso, apartó 50 jinetes del escuadrón Guardia, y 
ordenando soltar cinchas y quitar baticolas, se puso 
al frente de ellos lanzándose al río en los caballos 
en pelo, porque las sillas fueron rodadas y queda- 
ron en la orilla, sin necesidad de desmontarse los 
atrevidos jinetes, para tan original operación. 

Los enemigos, más asombrados que Bolívar, al 
presenciar la extraña evolución, y al ver aquella nu- 
be de lanzas que venía sobre ellos, apenas hicieron 
algunos disparos de cañón y de fusil, y se arroja- 
ron al agua, dejando abandonadas 14 embarcaciones 
que fueron tomadas por Páez y sus lanceros, sin 
ninguna perdida y sin más trabajo que el de saltar á 
ellas del lomo de sus 'caballos. 

— Semejante audacia no tiene antecedentes en 
la historia — exclamó el Libertador — si no la estuvie- 
ra presenciando no la creería, aunque me la refirie- 
ra el mismo evangelista San Marcos, j Con estos 
hombres puedo yo libertar toda la América ! 

Tal portento, desconocido en el arte militar, ocu- 
rrió el 6 de febrero, el 7 se dirigió el ejercito pa^ 
triota á San Fernando, constante de 2.000 jinetes y 
2.000 infantes, y el día 8, dejando un pequeño cuerpo 
de observación frente á dicha plaza, marchó hacia 
Calabozo con el ánimo de sorprender á Morillo, que 
acababa de llegar de Caracas muy contento por el 
desastre de la Hogaza y resuelto á habérselas perso- 
nalmente con Bolívar. 

En la mañana del 12, su sorpresa fue indecible 
cuando vio maniobrar, frente á dicha ciudad, en la 
sabana de los x4.pararrayos, aquel gran ejercito con 
el cual seguramente no contaba después del ruido- 
so triunfo de Latorre. Intentó una salida, pero co- 
mo perdió en ella 300 hombres que le lancearon" 
en pocos minutos, replegó hacia la plaza y se forti- 
ficó á la carrera lo mejor que pudo, sacando para 
las calles muchos muebles de las casas y hasta los 
mostradores, armaduras y sacos de frijoles de las 
pulperías, para hacer trincheras. 



los Años Terribles ^«^ 



Bolívar sitió y ataco la plaza ; j en la noche 
del día 14, Morillo se retiró en dirección al Som- 
brero j seguramente Hubiera perdido todo el ejer- 
cito, si Páez lo persigue en el acto con la caballe- 
ría como lo ordenara Bolívar, cuya orden no cumplió 
hasta el día siguiente, por lo cual los españoles no 
fueron alcanzados sino en la sabana de la Oriosa, en 
la noche del 15, logrando refugiarse en el mencio- 
nado pueblo, de donde Bolívar procuró desalojarlos 
el día 16, pero no pudo conseguirlo porque estaban 
niu}^ bien acomodados en excelentes posicioiíes. No 
emlDargante ello. Morillo continuó la retirada en la si- 
guiente noche, y como Páez, por una segunda deso- 
bediencia suspendió la persecusión, alegando que sus 
caballos estaban despeados, pudo Morillo llegar tran- 
quilo á Valencia y Bolívar contramarchó á Calabozo 
y i:>ara complacer al niño malcriado de las pampas, 
como lo llamaban los orientales, le dio el título de 
Comandante general de la provincia de Barinas y la 
deseada orden de ir á ocupar á San Fernando que 
era lo que Páez venía procurando, desde que salieron 
de San Juan de Payara. 

Tal condescendencia salvó á Mürillo y fue el 
principal motivo del fracaso de la campaña sobre el 
Centro, en el año de 1818. 

Ocupada la ciudad de San Fernando, después de 
un sitio de 12 días, quedó prisionero Quero junto 
con 389 más, entre oficiales y soldados y en poder de 
Páez, 665 fusiles, gran cantidad de pertrechos, 20 
piezas de artillería de grueso calibre, 18 pedreros, 
11 buques y 63 flecheras, cuyo admirable éxito fue el 
único que coronó á nuestras armas en aquel año 
de desventuras. 

Bolívar, entre tanto,sabiendo que con Páez no po- 
día contar para nada fuera de su zona de los Llanos, 
reorganizó sus fuerzas en Calabozo que alcanzaron á 
1.200 soldados de las tres armas y reunió una junta de 
guerra para consultar si sería conveniente marchar 
hacia Occidente ó dirigirse sobre los valles de Aragua, 
y como se opinó por el último partido, emprendió 



d90 F. Tosía CArcia 



marclia i)ara el hato de San Pablo, (jue se halla eu el 
camino hacia Caracas. Allí pasó algunos días aca- 
bando de alistar su ejército y el día 7 continucS la 
marcha llegando sin ningún troi)iezo á La Victoria, 
-donde fijo su cuartel general, se le incorporaron al- 
gunas guerrillas patriotas y nombró al general Ur- 
daneta gobernador y comandante militar de la pro- 
vincia de Caracas. 

Morillo, al saber que se le habían venido á las 
barbas tan osadamente, poniéndole aquel chichón en 
tan mal lugar, se movió de Valencia con sigilo en la 
noche del 13 de marzo y al día siguiente sor- 
prendió j dispersó á los descuidados generales Za- 
raza y Monagas, que ocupaban La CaÍDrera y Ma- 
racay, los cuales se retiraron hacia Villa de Cura, 
obligando á Bolívar á hacer lo mismo para no quedar 
interceptado ; y verificada la reunión en dicho lugar, 
siguió con todas sus troicas hacia Bocachica, donde 
acampó en la tarde del 15, teniendo la peregrina ex- 
travagancia de aguardar al siguiente día á Morillo 
en el pavoroso sitio de La Puerta, por una especie 
de aberración ó maniático por lo mismo y porque se- 
gún aseguraba á los subalternos que le hicieron ob- 
servaciones i)ertinentes, no creía en cabalas ni en 
brujerías ; p'ero fué el hecho que librada la batalla le 
cerró una vez más la puerta la caprichosa suerte y la 
perdió con costas, daños y perjuicios, porque dejó en 
el maldito campo 400 muertes, 500 heridos, 600 fusiles, 
gran número de caballos, el i)arque los equipajes y 
hasta el archivo. 

Morillo tuvo también considerables pérdidas, es- 
y)ecialmente muchos muertos y heridos de lanza, que 
])asaron de 700, i)orque las caballerías del llamado 
Alto Llano pelearon con admirable arrojo é hicieron 
los mayores esfuerzos i^or vencer, quedando el mismo 
general realista fuera de combate con una enorme lan- 
ciada en el abdomen (pie iba costándole la vida, pues 
lo mantuvo mucho tiempo en cama y Latorre asumió 
el mando del ejército. En cambio, su satisfacción fué 
inmensa porque sq dio el gusto, tan anhelado, de 



Los Años Tarriblas iOi 



derrotar personalmente á Bolívar, lo que le valió 
grandes elo^^ios y el título de ^larqués de La Puerta, 
<iue recibió de España; galardón ó x^i*emio que había 
sido acordado para Boves, á .pesar de su plebeya 
sangre, pero que no pudo recibir por haberlo impedido 
la lanza vengadora del soldado anónimo que en Úrica, 
fue más diestro y afortunado que Scevola. 

Los restos de los 2.000 hombres que tenía Bo- 
lívar en La Puerta llegaron junto con el, aniquilados 
y dispersos, al Eastro ; y como, Latorre se les pegó 
en la huella, como buen sabueso, continuaron para 
Calabozo el día 19, donde se reunieron con las fuerzas 
de Páez y con éste mismo, que llegó en seguidas con 
mayores refuerzos. 

Eeorganizado allí el ejercito patriota se continuó 
combatiendo sin descanso durante los últimos meses 
del mencionado y calamitoso año. 

Primero, en .la disputada e indecisa acción de 
Ortiz, como resultado de la cual, Latorre se retiró á 
Villa de Cura y el Libertador al hato de San Pablo. 

Segundo, en el desgraciado combate del Rincón de 
los Toros, donde Bolívar, además de perder 500 hom- 
bres entre muertos y heridos, 600 fusiles y casi todos 
los elementos que cargaba, estuvo á punto de perder 
ísu propia'vida, con la alevosa descarga de Renovales, 
antes de la derrota, y por el precario y lastimoso es- 
tado en que se halló después de ella, huyendo á i)ie, 
sin chacó y sin dormán ( jjrendas de que se había des- 
pojado i)ara no ser conocido ) y con la caballería ene- 
miga detrás, habiendo podido salvarse por la abnega- 
ción del soldado Leonardo Infante, quien, al recono- 
cerlo, le ofreció su caballo generosamente, diciendole : 
; Sálvese, mi Jefe, aunque muera un pobre soldado ! 

Tercero, en el formidable y desigual combate li- 
brado por Páez y Latorre en la llanura de Onoto, 
cerca de Cojedes, donde el primero, que mandaba en 
jefe el ejercito republicano ])or haberse quedado Bo- 
lívar enfermo en San Fernando, salió derrotado por la 
primera vez en su carrera militar, perdiendo entre 



i^S F. TostA GsLrcist 



muertos, heridos j dispersos más de la mitad de sus 
fuerzas, regresando hacia Apure á reponerse. 

Cuarto, en el cerro de Los Patos, cerca de Cala- 
bozo, el 20 de mayo, donde fué Cedeño derrotado por 
Morales, y logró salvarse con algunos dispersos pasan- 
do el río Apure é internándose en las sabanas. 

Como por causa de la estación lluviosa era forzo- 
so suspender las operaciones militares y por motivo 
de tantas derrotas se habían agotado casi por comple- 
to los fusiles y pertrechos, para continuar la guerra, 
Bolívar resolvió embarcarse para Angostura, á cuyo 
efecto se hallaba el día 24 en el muelle principal de 
San Fernando, con su Estado Mayor, algunas compa- 
ñías de infantes, con el coronel Hippsley y algunos 
soldados ingleses que formaban su guardia de honor. 

Mientras se verificaba el embarque de personas y 
equipajes, el doctor Federico Pedernales y don Aga- 
pito Callejones, que habían ido á despedir hasta la 
playa á Luis Eeyes, dialogaban con el en esta forma : 

— Es increíble^decía el primero, contemplando á 
Bolívar, quien, aunque algo demacrado por su larga 
enfermedad, andaba de un lado á otro, con la agilidad 
de una ardilla ; hablaba con uno, interrogaba á otro y 
en todo intervenía — es imponderable la fortaleza de 
este hombre. A pesar de su temperamento anémico 
y delicado ; á pesar de que su naturaleza es débil y 
enfermiza por atavismo de raza ; empeorada, natural- 
mente, ahora su salud por la vida que lleva, yo lo he 
visto en esta cruda campaña marchar á caballc de 15 
á 20 horas diariamente, comer carne asada con cazabe 
ó topocJio, beber agua turbia como el ultimo de sus 
soldados, dormir al raso con su hamaca colgada en 
dos árboles, acostándose vestido con sus deterioradas 
ropas; y á pesar de tantos trabajos y privaciones, lo 
he visto dispuesto y alegre, bañándose todos los días 
en los ríos y en los caños para mitigar el excesivo 
calor de estas regiones, y siempre de magnífico humor 
con sus subalternos, usando bromas y chistes en las 
conversaciones y no perdiendo ni un momento, ora 
ocupado en dictar su numerosa correspondencia, ora 



Los Años Terribles ^^^ 

en concebir nuevos planes, ya en atender á cuanto se 
relaciona con los grandes deberes y responsabilidades 
que se ha impuesto para salvar la Patria. Durante 
el tiempo que be estado curándole las fiebres paludo- 
sas aquí, en San Fernando, he podido conocerlo muy 
á fondo ; tiene conocimientos sólidos y generales, y 
está tan habituado á mandar, que, ya convaleciente,, 
me dijo un día muy sonreído : — 3Ii querido doctor, de 
médico, poeta y loco, todos tenemos un poco . ... Es tiem- 
po ya de que me dé de alta, no necesito de más drogas, 
sino de ejercicio, baños y una buena alimentación. Con 
ésto y con seguir tomando las gotas maravillosas del tó- 
nico amargo que usted conoce y cuya receta me regalo 
la hija de un cacique en las Misiones de Guayana, es- 
tcwé curado, y bien curado ! — Sin duda alguna, este 
hombre privilegiado, que apenas cuenta 35 años, tiene 
el cuerpo de hierro, las fibras de bronce y la imagi- 
nación de azogue .... 

— Y la frente de cristal, y los ojos de diamantes, 
y algunas otras cosas de oro y de esmeralda .... — in- 
terrumpió con irónica sonrisa y ademanes burlescos 
el ex-boticario y recalcitrante patriota. — Ya nii buen 
compadre va aprendiendo la música celestial y las 
frases ditirámbicas de don Mauricio ; lo linico que le 
falta son las citas históricas de don Manuel, quien, si 
estuviera aquí, estaría comparando á Bolívar y á Páez 
con Pelópidas y Epaminondas después de su fracaso 
en la expedición de Mantinea. Mas, oigan ustedes — 
añadió agitando el brazo derecho, como si le hubieran 
dado cuerda automática — el tal Simóncito me ha pare- 
cido una mona lampiña en esta campaña. No ha dado 
en bola ni por equivocación ; no ha ganado una, le 
han dado capote redondo y se vuelve para Angostura, 
seguramente para ocultar su vergüenza ; siendo de ad- 
vertir, que si no hubiera sido por el activo y valerosa 
general Páez, después de la postrimer chambonada de 
La Puerta, allí hubiera terminado su papel. ¿ Tenía 
yo razón cuando dije á ustedes que nos iba á hacer 
gran falta el irreemplazable Piar? 

LOS AKOS TEBR1BLB8. 13. 



i 94 F. Tosta Garda 



Luis Keyes no pudo reprimir un movimiento de 
ira al escuchar las hirientes y duras frases del empe- 
cinado puritano ; tentaciones tuvo de contestarle cua- 
tro patochadas ; pero al recordar sus meritorios an- 
tecedentes, la amistad que á él le ligaba desde la 
infancia, la afinidad en los sinsabores y martirios de 
la emigración y todas las demás virtudes, servicios y 
credenciales del inmaculado procer, perdonóle, como 
de costumbre, sus majaderías rayanas en chifladura, y 
muy cariñosamente le respondió : 

— i Que soberano chasco se va usted á llevar, don' 
Agapito, cuando, dentro de muy poco tiempo, sepa 
todo lo que lleva pensado hacer el Libertador ! Co- 
nozco el plan, pero no le digo por ahora sino que es- 
tableceremos relaciones dijDlomáticas con la mayor 
parte de las naciones del mundo ; especialmente con 
Inglaterra, en donde tenemos un comisionado y manda- 
remos otro, á fin de que junto con las expediciones 
auxiliares que ya han empezado á llegar (siendo la 
primera la que trajo el coronel Hippisley) nos vengan 
armas y municiones, elementos indispensables de que 
carecemos en absoluto para continuar la guerra. Lle- 
va, sobre todo, el pensamiento formal de no ser más 
dictador, convocar un Congreso y proclamar una 
constitución .... 

— ^Ja, ja, ja— exclamó riendo nerviosamente Calle- 
jones — eso lo dice usted por halagarme y para con- 
quistarme ; pero todo lo hará Bolívar, menos dejar el 
mando absoluto, y si elabora alguna constitución, será 
algún lobo monárquico con piel de cordero, alguna 
caricatura de monarquía disfrazada. Lo conozco mu- 
cho desde pequeño : es más fácil que yo me vista de 
fraile, que la posibilidad de que el pueda ser verda- 
dero republicano y demócrata radical. . . . 

— Bueno — contestó Keyes, tendiéndole la mano á 
sus amigos, porque ya el Libertador y su comitiva 
empezaban á embarcarse — eso lo veremos, pues para 
verdades, el tiempo y para justicia, Dios. 

— Muy buen viaje— dijo el doctor Pedernales. — 
Escríbame siempre que pueda. 



Los Años Terribles i95 



— Así lo liaré con gusto — respondió Luis, incor- 
porándose al grupo de viajeros ; 3^ dirigiéndose á don 
Agapito añadió, con sorna — hasta la vista, señor puri- 
tano intransigente ; mucho cuidado con la paecitis, 
porque esa enfermedad puede ser tan peligrosa y 
mortal como la piaritis .... i 

—No hay cuidado — se apresuró á responder pron- 
tamente el astuto Pedernales, comprendiendo la in- 
tencional alusión — no hay que pensar en eso, porque 
esta^ndo yo aquí, impediré todo contagio y aplicaré 
remedios heroicos para evitar el mal. 



XXIV 



Mucho fósforo consumió el ígneo y desequilibra- 
do cerebro de don Agapito Callejones en los últimos 
meses de aquel quinto año del terrible lustro histórico 
de nuestra emancipación política. 

Eternamente contrariado en sus rebeldes ideas, 
cohibido en sus planes, desgraciado en la elección de 
los hombres en quienes fijaba sus simpatías, pues ha- 
bía visto caer en el cesto de sus desengaños, de sus 
desilusiones y tristezas, primero á Miranda, después 
á Marino, luego á Bermúdez, y últimamente al des- 
venturado Piar. Discurría y más discurría buscando 
la manera de suplantar aquellos ídolos rotos y caídos, 
á quienes sin duda alguna había dañado con el conta- 
gio de su mala suerte. 

Y lo que más le calentaba el caletre hasta el pun- 
to de haber recaído en sus extrañas visiones neuró- 
ticas ó cavilaciones maniáticas, era la injusticia ó in- 
congruencia del destino y de los hombres con prefe- 
rencia á su acongojada personalidad y á sus ideas de 
perfección republicana; pues comprendía muy bien 
que lo que él quería, era lo bueno, lo puro y lo per- 
fecto en materia de gobierno y de organización pú- 
blica ; y sin embargo se encontraba solo en la noble 



Í96 F. Tosía Garei3L 



tarea de inmaculado apóstol y á cada paso, á seme- 
janza del prototipo de Cervantes, recibía garrotazos, 
pedradas y hasta manteos y burlas de sus coetáneos 
por el constante ejercicio de aquella edificante propa- 
ganda que lejos de merecer censuras y acrimonias 
era, por el contrario, digna de las mayores gratitudes 
y aplausos. ^ ' 

Despijiés que se marchó Bolívar para GuayanaJ 
aquella sistemática obsesión de buscar un caudillo 
perfecto e ideal con quien sustituir al dictador faran- 
dulero, se recrudeció de modo enorme y alarmante ; 
y como en su perturbado magín, campeaba ahora 
Páez como único dueño y soberano, mezclándose sus 
noveles aspiraciones con los recuerdos de los hechos 
históricos que durante tantos años oyera de los eru- 
ditos labios de don Manuel Antonio Alvarez, cuando 
sentado en su taburete era parroquiano asiduo en la 
tertulia de su botica, algunas veces llevado por esas 
fantasías belico-históricas tornaban aquellas extrañas 
visiones de su desequilibrio intelectual, que caracteri- 
zaba sils períodos lunáticos y veía al héroe de las 
llanuras, unas veces en la fiera actitud desplegada en 
Eoncesvalles por Bernardo del Carpió, otras con la 
arrogancia de Carlos Martel defendiendo á Europa 
en los campos de Tour, contra los sarracenos, siempre 
á caballo y lanza en ristre, el nuevo favorito de 
sus intrigas no se apartaba de su imaginación un solo 
instante y hacia el convergían todos sus pensamien- 
tos de liberación y todos sus ensueños de rehabilita- 
ción moral y política. 

Una circunstancia casual presentóse en aquellos 
días como oportuna aliada de los planes de don 
Agapito, y fue que entre los muchos ingleses que 
ingresaban en las filas patriotas, despachados por 
nuestros agentes en Londres, se presentó en San 
Fernando un tal Wilson con ínfulas de coronel y de 
quien se supo después, '(jue venía pagado por el emba- 
jador español, de dicha capital europea, para trasladar- 
se á Venezuela á sembrar la discordia entre los jefes 
republicanos. 



Los Años Terribles i 97 



Inmediatamente que cruzaron las primeras frases 
Callejones y Wilsou, quedaron inteligenciados para 
promover entre los jefes del ejército un acta para re- 
conocer á Páez como General en Jefe, lo cual impli- 
caba una especie de insubordinación, desde luego 
que aquel cargo lo desempeñaba Bolívar y él en su ca- 
rácter de Jefe Supremo, era el único que tenía facul- 
tades para conceder ascensos. 

Firmada la referida acta por todos los jefes de 
cuerpos, éstos comisionaron al mismo enredador é 
intrigante boticario para que se la presentara á 
Páez en el jjueblo de Achaguas, en donde á la sazón 
tenía su Cuartel General ; y grande fué el desencan- 
to de Callejones, que bailando en un pie de contento 
había ido á cumplir su cometido, cuando el doctor 
Pedernales alter ego y asesor de Páez, le dijo muy 
liso y muy raspado : 

— No, no, don Agapito, Su Excelencia no puede 
aceptar ese disparate, que echaría por tierra el pac- 
to de unión y disciplina que hemos hecho con Bolí- 
var, se volvería esto una merienda de negros y aca- 
baríamos por tirarnos á las cabezas las ollas y los 
platos en el más com isleto desorden. 

— Pero el ejército de Apure — contestó el comi- 
sionado con cierto tonillo de superioridad — es el más 
fuerte con que cuentan los patriotas venezolanos, se 
ha cubierto de glorias en cien campos inmortales, es 
el único que actualmente tiene en jaque á Morillo ; y 
por consecuencia, no puede ni debe quedar desai- 
rado de ese modo tan triste en sus pretensiones. Me- 
dite un poco, compadre, y verá que el caso es peli- 
groso .... 

— Donde mando yo, no hay que " temer nada — 
interrumpió Páez, que se hallaba presente — ahora 
mismo me trasladaré á San Fernando j apagaré ese 
fogón ; el doctor Pedernales tiene mucha razón en lo 
que dice, debemos jugar muy limpio y evitar todo 
aquello que pueda dar lugar á desavenencias y dis- 
cordias cuando tenemos á los españoles de frente y 



i98 F. Tosta. García 



tratando de anarquizarnos, como lo está haciendo 
Morillo, valiéndose para ello hasta de los curas. 

Y como Páez no aplazaba sus determinaciones 
para el día siguiente : diciendo y haciendo, se tras- 
ladó en el acto á San Fernando, reunió á los jefes 
indisciplinados, echó por tierra la determinación es- 
tami)ada en el acta y como prenda de seguridad 
para Bolívar le remitió preso al aventurero Wilson, 
siendo lo peor del caso y lo más desagradable tanto 
para don Agapito como para su compadre el doctor 
Pedernales y hasta jjara el mismo Páez, que el Li- 
bertador no se conformó con que le mandaran Tínica- 
mente á Wilson, sino que pidió también : que le r emi- 
tieran bajo partida de registro alimpenitente y contumaz 
viejo Callejones de cuyas marrullerías estaba ya hasta 
la coronilla, pues sabia de buena tinta que era el prin- 
cipal culpable y estaba resuelto á cobrarle las cuentas 
viejas y las nuevas y hacerle pagar las verdes y las 
maduras 

Por esta orden perentoria que no admitía excu- 
sas ni dilaciones, contra toda la voluntad de Páez y 
del doctor Pedernales, fue despachado á fines de 
setiembre, preso para Angostura el infeliz don Aga- 
pito, llevando como consuelo una orden del prime- 
ro para que una casa de comercio le entregara tres- 
cientos pesos y una carta del segundo para Luis 
Eeyes, suplicándole que intercediera en su favor con 
el general Bolívar. 

Hay que hacer constar como una prueba del 
prestigio y simpatías de que gozaba don Agapito en- 
tre las tropas apureñas, que en el embarcadero hubo 
un conato de asonada para hacerlo fugar á lo cual 
se negó el acrisolado patriota, por más que el mismo 
Aramendi lo indujo á ello, diciendole que el lo había 
hecho en meses pasados, cuando por motivo de su 
lance personal con Cedeño, el Libertador se lo quiso 
llevar preso para Guayana. 

Luis Reyes, que en cumplimiento de su antigua 
oferta había mantenido correspondencia asidua con 
su amigo el doctor Pedernales, le escribió una carta 



Los Años Terribles i99 



fecliada en Angostura el 28 dé febrero del año de 
1819, cuya carta nos economiza algún trabajo en ra- 
zón de referirse á importantes hechos de los comien- 
zos del referido próspero año y á otros ocurridos en el 
postrimer* semestre del calamitoso año 18. 

La carta que el talentoso secretario leyó á su 
jefe como de costumbre, decía así : 

" Pocos asuntos de interés se han presentado por 
estas comarcas ( como he dicho á usted en mis an- 
teriores ) en los últimos meses del desgraciado año 
que se hundió con sus duelos y contrariedades en la 
insaciable fosa del Tiempo. 

" Las imprudentes desavenencias entre Marino y 
Bermúdez terminaron como la fábula de los conejos. 
El brigadier Tomás de Gires, gobernador de Cumaná 
los puso en paz, dándoles una mayúscula derrota el 
30 de marzo, y como resultado de tan merecida felpa, 
el primero se acampó en Cumanacoa y el segundo se 
vino hacia esta ciudad con los restos mortales de su 
destrozada división. 

" Los trabajos de organización general empren- 
didos con tanto afán y entusiasmo desde nuestro re- 
greso á esta capital han dado magníficos resultados 
y ya empiezan á conocernos y á ayudarnos en el 
extranjero. Don Luis López Méndez, nuestro activo 
agente en Londres, ha desplegado una actividad y 
una habilidad asombrosas para ayudar á la indepen- 
dencia de su país y no embargante su carencia abso- 
luta de dinero, las prohibiciones del gobierno britá- 
nico y las vigilancias y persecuciones de que ha sido 
el blanco, pues lo han llevado hasta á la cárcel, á pe- 
sar de tantos inconvenientes, ha logrado formar varias 
expediciones de enganchados ingleses, que han en 
grosado y continuarán engrosando las filas de nuestro 
ejército. 

" La llegada de Brión con algunos buques y gran- 
des elementos militares conseguidos en las antillas 
y acompañado de Mr. Irvine, agente de los Estados 
Unidos de América, también ha sido un hecho de re- 
saltante significación, pues aunque Mr. Irvine, vino 



^00 F. Tosta García 



en apariencia, á hacer algunos reclamos por las presas 
tedias por los corsarios patriotas, su verdadera, mi- 
sión fué para imponerse del positivo estado de los 
revolucionarios y para poner las bases del reconoci- 
miento del gobierno republicano de Venezuela, razón 
por la cual fue muy bien recibido y agasajado aquí, en 
Angostura, publicándose en El Correo del Orinoco, re- 
dactado por Zea, frases encomiásticas para saludarlo y 
muchos elogios para Mr. Henry Clay, presidente de la 
Cámara de representantes de la Unión Americana, por 
ser muy partidario del reconocimiento de las repúblicas 
sur-americanas y de la unión de ellas con los Estados 
Unidos para contrarrestar la preponderancia de los go- 
biernos europeos en el vasto territorio descubierto 
por Colón. 

" Pero ninguno de estos hechos favorables y otros 
que dejo en el tintero para no hacer muy larga esta 
€arta, tienen la importancia del acontecimiento cul- 
minante de haberse instalado el día 15 del presente 
mes de febrero, en una sala de la casa de gobierno, 
el Congreso convocado el 1- de octubre del ajío pasa- 
do por el Consejo de Estado y que se compone de 26 
diputados quienes eligieron como presidente á don 
Francisco Antonio Zea y como secretario al doctor 
Diego B. Urbaneja. 

" La sesión se abrió con la mayor solemnidad en 
medio de un gran concurso de militares y de ciudada- 
nos y el Libertador leyó un largo, meditado j elo- 
cuente discurso, trabajo exclusivamente suyo (pues 
lo he visto durante muchos días asiduamente ocupa- 
do en el escritorio ) en donde presentaba un pro- 
yecto de constitución para su estudio, calcado en ba- 
ses anti-republicanas y muy parecido á las institucio- 
nes de la monarquía inglesa. 

" Terminado el discurso explicatorio de sus ideas 
en materia de organización política, que hicieron frun- 
cir la cara á muchos diputados ; el general Bolívar, 
conduciendo á Zea al sillón presidencial y entregán- 
dole su bastón de mando, dijo estas hermosas pala- 
bras que no podré olvidar jamás : Devuelvo d la Be- 



Los Años Terribles 20i 



pública el bastón de general que me confió: servir en 
cualquier rango ó clase en que el Congreso se digne po- 
nerme, no puede menos de ser honroso: en él daré un 
ejemplo de aquella subordinación y ciega obediencia que 
debe caracterizar á todos los soldados de la República. 

" Zea, como presidente del cuerpo, muy inspira- 
do contestó á Bolívar, pronunciando en aquel acto 
•el más elocuente discurso de su vida, del cual, aunque 
muy recargado de citas históricas, — costumbre domi- 
nante de aquella época, — copio este párrafo como mo- 
delo ciceroniano : Todas las naciones y todos los im- 
perios fueron ^oequeños y débiles en su infancia, como lo 
son también los hombres d quienes deben su origen. 
Aquellas grandes ciudades que aún encienden la imagi- 
nación, Menfis, Palmira, Tebas, Alejandría, Tiro y aun 
la misma capital de Belus y Semiramis, y tú también 
■orgullosa Roma, dueña del universo, no eran en su 
principio más que luios lugarcillos pobres y miserables. 
No fué en el capitolio ni en el palacio de Agripa ni en 
el de Trajano, sino en una choza solitaria, bajo un te- 
jado de paja, que Rómulo, groseramente vestido, trazó 
la capital del mundo y echó los fundamentos de un p)o- 
deroso imperio. Nada brillaba allí sino su ingenio, 
nada JiaMa de grande sino él mismo. No es por el lus- 
tre ni por la magnificencia de nuestra instalación, sino 
por los medios inmensos que nos ha dado la naturaleza 
y por los inmensos planes que formemos para aprove- 
charnos de ellos, que debe medirse el poder y grandeza 
futura de nuestra República. 

" Esta misma sencillez y el esplendor de este gran- 
de acto de patriotismo de que el general Bolívar acaba 
de dar tan ilustre y memorable ejemplo, imprime á esta 
solemnidad un carácter antiguo, que es ya un presagio de 
los altos destinos de nuestro país. Ni Roma, ni Atenas, 
ni Esparta misma en los hermosos días de la heroicidad 
y las virtudes públicas no presenta una escena mds subli- 
me ni mds interesante ! 

" Muy aplaudidos fueron estos conceptos y el 
Congreso incontinenti aprobó todos los actos del Li- 
bertador, lo eligió presidente provisional por 24 



202 F. Tosta Carda 



horas y al día siguiente fue elegido en propiedad y 
se acordó nombrar un vicepresidente cuya elección 
recayó, por unanimidad, en el honorable señor Zea. 

Se sancionó un estatuto transitorio en virtud del 
cual se organizaron los poderes ejecutivo, muni- 
cipal y judicial, estableciendo el Presidente tres se- 
cretarías : de Estado y Hacienda, de Guerra y Ma- 
rina, y del Interior y Justicia, cuyos puestos se con- 
fiaron á Manuel Palacios, Pedro Briceño Méndez, y 
Diego B. Urbaneja, y como el proyecto de consti- 
tución presentado tuvo algunos impugnadores en el 
Congreso, para poner fin á la discusión se creyó más 
oportuno y hábil conceder á Bolívar facultades ex- 
traordinarias, con la atribución especial de conceder 
ascensos y empleos militares, pudiendo el Vicepre- 
sidente despachar los demás asuntos de la adminis- 
tración, en ausencia del Presidente. 

" Al mencionar estos puntos de la discusión 
del nuevo proyecto y de las facultades, se me viene 
á la memoria nuestro amigo, el pobre don Agapito, 
de quien no me había ocupado, reservándome ha- 
cerlo en, su oportunidad. 

"No me ha sido posible conseguir su libertad y 
el general Bolívar se ha mostrado duro e inflexible á 
tal respecto, limitándome á conseguir, como señalado 
favor, que no lo expulsara para el extranjero y lo 
despachara junto con el ingles Wilson, como era su 
intención, puesto que muy airado la última vez que 
sobre el asunto le hable, me dijo : 

— Jamás he negado á usted nada, mi amigo Eeyes, 
pero tengo más miedo á los sofismas de Callejones 
que á las tropas de Morillo. 

Ese loco me hace una roncha donde quiera que 
está y es capaz de seducirme hasta á la Lealtad per- 
sonificada. Dejémoslo preso, que así está el más 
seguro y nosotros también. 

" Aquí lo tenemos, en consecuencia, ahogándose 
con el calor e incomunicado en un calabozo ; yo trato 
de hacerle pasar la vida lo mejor posible, mándele 
el azafate de comida, todo lo demás que necesita y 



Los Años Terribles 203 

visitólo á menudo para distraerlo un poco, en su 
abrumante situación. 

" Este hombre es un carácter, no se amilana por 
los golpes ni se humilla, ni cede un punto en sus 
arraigadas convicciones. A los pocos días de la ins- 
talación del Congreso fui á visitarle, como de costum- 
bre y como le*íiabía mandado El Correo del Orinoco, 
en donde se publicó el proyecto de constitución pre- - 
sentado por el general Bolívar, su discurso, el de Zea 
y todo lo demás relacionado con el referido acto, le 
pregunté : 

— "¿ Qué le parece á usted, don Agapito, se acabó 
" la dictadura, tenemos Congreso y funcionarios repu- 
" blicanos que se ocupan del manejo de los asuntos 
" públicos. ¿No está usted contento con tan trascen- 
'■ dental acontecimiento ni con los magníficos discursos 
" que ha leído ? 

— " Todo lo contrario — me respondió, accionando 
" violentamente con los dos brazos, que por lo del- 
" gados parecían látigos — estoy profundamente indig- 
" nado de tanta farsa y de tanto descaro, de las in- 
" tenciones del primer actor y de las abdicaciones 
" de los comparsas. Todo lo he leído y tengo que 
" exclamar con el poeta : " lástima grande que no sea 
'■' verdad tanta belleza." Mucha erudición, mucha 
" elocuencia, pero mucho aparato y todo comedia y 
" engaño. La escena del bastón peloteado entre Si- 
" moncito y don Francisco Antonio, mevha traído á la 
" memoria lo ocurrido en la g7''an manifestación po- 
" pular del 2 de enero de 1814, verificada en el local 
" de San Francisco, en Caracas. Entonces en res- 
" puesta á la simiilada renuncia le dijo Rodríguez 
" Domínguez : continúe Vuecencia de Dictador ; ahora, 
" en contestación á la graciosa entrega del bastoncito, 
" le dic^ Zea : es preciso competir con el Libertador en 
" nobles sentimientos, no permitiéndole salir de este au- 
" gusto recinto sin i^evestirlo de esa misma Autoridad de 
" que él se ha despojado ; á lo cual replica con mucho 
" calor Su Excelencia : no, no, jamás, jamás, volveré á 



204 ' F. Tosía Gareia 



" aceptar una Autoridad á que para siempre he renuu- 
" ciado de todo corazón. 

" Y al siguiente día dale j retedale con el nom- 
" bramiento, y la nota de renuncia escrita j la contes- 
" tación ídem, en donde el uno dice : estoy confuso, 
'" me hallo oprimido, me ahoga ¡a gratitud, pero no acep- 
" to ; y los otros contestan inexorables • no accedemos, 
'^^ siga. Vuecencia empuñando su bastón de mando,' que se 
" joublique el nombramiento, que se hagan salvas de arti- 
" lleria y que se ilumine la ciudad. . . . 

" ¿ No es esto cómico, no es esto risible, no son 
^'^estas cosas indignas de hombres serios? 

" Y el culebrón 6 proyecto de constitución que 
" presentó en seguidas ; ¿ qué dice usted, don Luis, de 
'^' ese animal de tantas uñas y colmillos, con sus em- 
" pieos hereditarios y vitalicios, con su cuarto poder 
" llamado Areópago 6 Tribunal Moral y con su forma 
" central y semi-monárquica ? 

" ¿ Y qué le parece el indulto tan decantado, que 
" ni siquiera ha podido llegar hasta mí, no habiendo 
*' yo cometido ningún delito y siendo como soy, un 
" pobre diablo ? 

" Se lo repito, amigo Keyes, indignado estoy has- 
" ta la saciedad y convencido netamente de que con 
'" su providencial Libertador, si por ventura triunfa- 
" mos, no seremos nunca libres ni se establecerá la 
" verdadera república ; sí, amigo mío, esta convicción 
■" es bien desconsoladora, pero es incontrovertible." 

" Esto me dijo el benemérito don Agapito, y yo, 
que le oigo siempre con paciencia y respeto su infor- 
tunio, nada le contesté, conformándome con dejarle 
unos tabacos y una botella de' buen vino. ¿ Cómo 
podía yo entrar en discusiones con este amigo preso, 
tan venerable y digno de mejor suerte ? Imposible ; 
lo dejé desahogar, sobre todo porque me hablaba en 
la intimidad del amigo. A otra cosa. 

" Aquí hemos sabido, con delirante entusiasmo, 
la espartana acción de los vecinos de San Fernando, 
dos cuales, convocados por el general Páez é impues- 



I 

1,' Los Años Terribles COS- 



ÍOS de la hábil resolución que este iba á adoptar de 
abandonar todos los pueblos para atraer al enemigo,, 
y dejarlo pasar sin oposición, los ríos de Apure y 
Arauca, con el objeto de aniquilarlo en los desier- 
tos con marclias, contramarchas y sorpresas, no so- 
lamente aquellos ínclitos ciudadanos acogieron la 
idea con unanimidad y fervor, sino que conquistando 
una brillante página en nuestra historia, consumaron 
el sublime sacrificio de incendiar la ciudad, dando 
cada cual fuego á su propia casa, cuando Morillo se 
presentó en la margen izquierda del río. 

''El Marqués déla Puerta, al pasar el río y contem- 
l)lar aquel heroico desastre ha debido convencerse de 
la imposibilidad de someter á semejantes bandidos,. 
como él nos llama ; y mucho más grande ha debido de 
ser su espanto y consternación, cuando á las pocas, 
noches, mientras descansaba con sus fatigadas hues- 
tes en una meseta cerca del río Arauca, fue atacado 
de súbito y con extraño estrepito por una legión ó 
avalancha de caballería, que resultó estar formada 
por cuatro potros salvajes con sendos cueros secos 
atados á las colas, que Páez había hecho soltar en 
dirección al campamento realista, ordenando antes 
algunos disparos de fusil para que produjeran el efec- 
to deseado, que fue : la desorganización comx:)leta de 
los batallones del rey, los cuales, despertando sobre- 
saltados, se hicieron fuego unos á otros, causándose 
numerosas bajas entre sus propias filas y amanecien- 
do dispersos y mal trechos en diversas direcciones, 
lo que dio por resultado que Páez se apoderara de 
algunas cargas de parque y de muchos prisioneros y 
caballos. 

" Todos estos éxitos los hemos comentado y ce- 
lebrado mucho en esta capital, especialmente el chus- 
co lance de los caballos con los cueros hizo mucha 
gracia al eomandante El son, jefe de la legión inglesa, 
que vino en la fragata George Canins, á ponerse al 
servicio de la Eepública — oh! oh! — dijo en su caste- 
llano macarrónico — mí gustar mucho ese nuevo táctico,, 
mi querer abrazar al llanero Páez ! 



206 - F. Tosta García 



" También me he alegrado mucho de la buena 
inteligencia que reina entre el Libertador y el gene- 
ral Páez, en su entrevista en San Juan de Payara 
verificada antes de la reunión del Congreso, y que 
hayan sido arreglados todos los inconvenientes que 
obstaculizaron la marcha de Santander hacia Casana- 
re, cuyo jefe fué despachado hace días con instruc- 
ciones reservadas que corresponden al trascenden- 
tal propósito de libertar á la Nueva Granada, ideado 
y madurado por Bolívar, y para cuya ejecución nos 
pondremos muy pronto en marcha para esas regiones 
apureñas. 

"Por esta razón me prometo verle pronto, y en- 
tre tanto envío, por su conducto, mis saludos y feli- 
citaciones al bravo Páez por la manera inteligente j 
aud^z con que ha sabido aniquilar al ejército español 
casi sin tirarle un tiro y con ardides dignos de tJlises 
y de Yercingetorix." 



XXV 



Después de haber encargado á Zea del gobierno 
en su carácter de Vicepresidente, de haber mandado á 
Urdaneta para Margarita á organizar los contiu gen- 
tes extranjeros, montantes á 1.200 ingleses y 200 ale- 
manes, que mandaba el coronel Uzlar y de haber en- 
viado comisionados á Londres á contratar un em- 
préstito, inspirado en la salvación de la Patria y en 
la creación de la gran Colombia, partió Bolívar el 
27 de febrero de Angostura, y se reunió con Páez á 
mediados de marzo en el Caujaral de Cunaviche, don- 
de ambos generales conferenciaron largamente res- 
pecto al plan de operaciones que más convenía adop- 
tar. El primero fué partidario de atacar sobre la 
marcha á los realistas, y el seguido, opinó por la 
conveniencia de seguir entreteniendo á Morillo para 
dar tiempo á que Urdaneta se dirigiera sobre Caracas 



Los Años Terribles 207 



con su expedición de 2.000 hombres entre nacionales 
y extranjeros, según había sido ordenado ; y como 
naturalmente prevaleció el dictamen del Jefe Supre- 
mo, Páez, que siempre fue muy vanidoso y suscep- 
tible, se dio por desairado y acaso vio con placer el 
fracaso ocurrido, después que el ejercito indepen- 
diente, en contra de su voluntad, pasó el río en 
San Juan de Payara para dirigirse á Achaguas con el 
propósito de atacar á Morillo. 

Bolívar, escarmentado por el mencionado des- 
calabro que sufrió en el trapiche de Gamarra, en donde 
Pereira y López le dispersaron cuatro batallones en 
menos de quince minutos, contramarchó en el acto 
con muchas perdidas ; y como al día siguiente su- 
po que Morillo venía á atacarlo con todo su ejercito 
montante á 6.000 soldados de las tres armas, promovió 
una junta de varios jefes, siendo Páez el primero 
de los invitados, para oír sus opiniones. Este que 
al principio de la conferencia se negaba á hablar, 
mostrándose resentido, estimulado por Soublette, 
dijo : 

— Yo insisto en sostener que no debemos por 
ningún caso comprometer batalla formal con Morillo, 
pues nos expondríamos á perder á Guayana, único 
punto por donde estamos recibiendo recursos del 
extranjero; sobre todo, hay que conservar á todo 
trance la infantería, porque si nos la destruyen, el 
jefe español se encaminará sin estorbos hacia dicho 
interesante punto ; en una palabra, tenemos que 
conservar el ejercito para inspirar confianza á todos 
los patriotas del país, y como una prueba de que no 
pretendo esquivar el combate por temor, pido permiso 
formalmente en esta reunión para ir personalmente 
en busca de Morillo, á su propio campamento, acom- 
pañado de mi Guardia y algunos jinetes más que yo 
escoja en los cuerpos orientales de caballería. 

— Está bien, contestó el Libertador convencido y 
encantado por tan juicioso como audaz raciocinio, 
emitido de manera tan franca — acepto desde luego 
el consejo del general Páez ; y como prueba de ello, 



^08 F. Tosta Carciee 

rex^asaremos ahora mismo el río con el ejercito, situán- 
donos en la margen derecha en actitud defensiva has- 
ta segunda orden. 

Así se verificó en el acto y en el pr6xÍAio día 
con gran bulla de gritos, músicas y fanfarras se 
presentó Morrillo en la margen izquierda del Arau- 
ca, acampándose casi enfrente de los patriotas, en el 
sitio llamado las Queseras del Medio, donde estuvo in- 
quietándolo Páez, hasta cerca de entrada la noche, 
con 20 hombres de caballería que salieron junto con 
el á reconocer y calcular las fuerzas enemigas. 

El día 3 de abril, al romper el alba, se dirigió 
Páez al rancho de los Potreritos Marrereños, donde ha- 
bía hecho colgar su hamaca el Libertador para pasar 
la noche y como amaneció de muy malhumor porque 
la plaga no le había dejado pegar los ojos, al des- 
montarse Páez de su blanco corcel, con marcada iro- 
nía le dijo : 

— Lo supongo muy contento y satisfecho, señor 
general, pues siguiendo sus opiniones me encuentro 
aquí más que aburrido condenado, aguantando vora- 
ces zancudos, sol de fuego, viento polvoroso, comien- 
do carne flaca sin pan y bebiendo agua sucia. Estoy 
á punto de desertarme .... 

— Paciencia, mi general — le respondió Páez son- 
riendo — acuérdese que detrás de un cerro viene un llano. 
Adivinando su fastidio amanecí hoy y por eso vengo 
con el propósito de distraerlo un poco. 

— Paciencia, paciencia — repitió Bolívar muy con- 
trariado — muchas veces hay tanta pereza como debilidad 
en dejarse dirigir ^wr ella. Veamos de que se trata. 

— Vengo — contestó Páez con entereza y sin arre- 
drarse por aquellas bruscas palabras que eran un 
reproche á la inacción aconsejada por él — vengo á 
que Su Excelencia me de permiso para ejecutar lo 
que inicie en la última junta celebrada. 

— Pero eso es una gran locura, señor general — 
exclamó Bolívar cambiando de tono — ¿ que es lo que 
pretende usted hacer ? 



Los Años Terribles SO9 



— La cosa más sencilla del mvmdo i)ara noso- 
tros los llaneros, pasar el río con 150 compañeros 
({ue yo escoja y empelotar y desorganizar el ejercito 
de Morillo. Ayer tarde los provoqué y hoy me pro- 
pongo hacerles un serio descalabro. 

— Pero yo no puedo consentir en esa enorme ca- 
laverada, porque usted y los suyos van á perder in- 
cuestionablemente la vida, envueltos y cercados por 
las numerosas huestes españolas. 

— Mi general — insistió Páez, casi suplicante — com- 
plázcame, porque tengo dos motivos que me obligan á 
ello ; acallar las risitas y murmuraciones de algunos 
compañeros, que se imaginan que mi prudencia es 
miedo á Morillo, y probar á este perverso baladron, 
qu.e antes que él pueda realizar el plan que ha for- 
mado para hacerme prisionero, puedo yo meterle el 
dedo en el ojo, y hasta lancearlo en su mismo cam- 
pamento, si se descuida. 

— ¿ Y cómo ha sabido usted ese plan de Morillo ? 
— preguntó Bolívar extrañoso. 

—Por un oficial de caballería llamado Vicente 
Camero que se ha pasado á nuestras filas — respondió 
Páez. — Por estas dos razones necesito á todo trance el 
permiso ; y en cuanto á riesgo, habrá muy poco, por- 
que con los hombres que voy á elegir para seguirme, 
podría yo meter en cintura hasta al mismo Lucifer 
con sus demonios. 

— A un servidor de su talla, señor general — res- 
pondió el Libertador desxmés de haber meditado un 
rato — no puedo ni debo negar nada. Tiene usted el 
permiso, proceda como guste ; eso sí, salvo mi res- 
ponsabiKdad, en el presente y para lo porvenir-r 

— Le doy las gracias, mi general — exclamó Páez 
muy alegre — le respondo que hoy no se fastidiara y 
procuraré hacerme digno de su admiración. 

Dichas estas notables frases procedió Páez á 
escoger sus compañeros, disputándose todos el honor 
de ser elegidos, como si se trataría de concurrir á una 
fiesta ó paseo, siendo de advertir que luego que hubo 
completado su legión de buenos lanceros los hizo de- 

LOS AÑO? TERRIBLES. 14 



2i0 F. Tosta García 



sencillar, registrando cuidadosamente monturas, fre- 
nos, cinchas y barbadas, por lo cual sospecharon 
todos que se trataba de algo muy grave y extra- 
ordinario Ya cerca del medio día, el denodado gru- 
po de jinetes con Páez á la cabeza, cruzó audaz- 
mente el río en presencia del numeroso ejército rea- 
lista que se hallaba formado en batalla, creyendo que 
todas las fuerzas patriotas irían a pasar también, pues 
no era concebible que tan pocos jinetes se atrevieran 
á realizar aquella descabellada operación, que casi 
equivalía á una entrega, ó mejor dicho, á un suicidio. 

Aquel cuadro tenía mucha semejanza con la céle- 
bre batalla semi-fabulosa de la remota antigüedad, 
en donde tres hermanos salieron solos de uno de los 
campos á combatir con tres hermanos de otro campo 
para en presencia de los dos ejércitos, decidir la vic- 
toria sin grandes sacrificios de sangre ; y firmar la 
paz entre romanos y albanos. 

Si Morillo hubiera sido más noble .y más gene- 
roso, al ver y contar como lo hizo, absorto y de 
anteojo en mano, á los ecuestres adalides entre los 
cuales conoció á Páez, ha debido salir él con igual 
número á su encuentro, ó mandar á cualquiera de sus 
jefes á verificar el caballeresco duelo ; pero al conven- 
cerse de que solamente Páez había pasado el río 
con su heroico grupo, apoyado del lado opuesto por 
algunas compañías de cazadores, que de muy poca 
ayuda le servían, lanzó sobre él todas sus tropas, 
haciéndole un fuego muy nutrido de artillería y fusi- 
lería, al mismo tiempo que ordenó á Narciso López 
que se apoderara del audaz bandido, á toda costa, po- 
niendo á sus órdenes, no 150 jinetes, que hubiera sido 
lo gallardo, sino 1.000 soldados de caballería, entre 
ellos 200 carabineros. 

Páez, al ver aquella formidable avalancha de fuer- 
zas que se le venía encima, se retiró ordenadamente, 
dando la espalda al paso del río y dividiendo sus 
lanceros en tres escuadrones, con el objeto de conse- 
guir que la caballería enemiga, alentada por la supe- 
rioridad de su número, se separara bastante del grue- 



Los Años Terribles 2U 



SO de las huestes realistas y se internara persiguién- 
dolo, como lo hizo, en la extensa sabana á una distan- 
cia como de trc^s leguas. 

Tanto Morillo como el mismo Bolívar, cr^^eron 
irremisiblemente x>ei^dido á Páez ; pero el héroe del 
Yagual se spnreía confiado en su poderosa lanza j en 
el centenar de valientes que le seguían, entre los cuales 
descollaban, Carmona, Aramendi, Rondón, Muñoz, 
Mina, Gómez, Farían, Leonardo Infante, Mugica, Iz- 
quierdo, Mellado y otros excelentes lanceros muy co- 
nocidos y afamados á cuya presencia temblaban los 
iberos, porque sabían por doíorosa experiencia, que 
cualquiera de aquellos intrépidos llaneros á caballo, 
era capaz de enfrentársele á un escuadrón, de alancear 
al jefe y á los que se opusieran y de escaparse luego 
en la inmensidad de aquellas pampas, que tanto cono- 
cían y que eran su elemento. 

Páez galopaba á la defensiva, y como los realis- 
tas iban persiguiéndolo con cautela, divididos en dos 
cuerpos, lógicamente no creía prudente combatirlos, 
l)orque además de su inferioridad numérica tenía el 
peligro de que, al enfrentarse con una mitad, la otra 
lo atacara por retaguardia. 

Una circunstancia vino á poner término á su tác- 
tica de huida simulada. 

El valeroso López se adelantó del resto de los 
suyos con los carabineros y Páez ordenó á Rondón 
que fuera á contenerlo un poco á la cabeza de 20 jine- 
tes, lo cual ejecutó con tanto coraje el jefe oriental 
que consiguió detener á López, matarle mucha gente, 
retirarse sin pérdidas y lograr que la caballería rea- 
lista formara una sola línea.. 

Páez ai^rovechó aquel instante propicio para to-* 
mar la ofensiva y gritando á los suyos:—/ Vuelvan caras! 
y ocupando el lugar de vanguardia, arremetió impe- 
tuosamente contra la sorprendida caballería de Ló- 
pez, que seguramente no esperaba aquel brusco cam- 
Ídío. Alanceado con la velocidad del rayo el primer 
pelotón de perseguidores españoles, el segundo vol- 
vió riendas lleno de pavor y toda la caballería enemi- 



2í2 ' F. Tosía Cárcia. 



ga se declaro en completa fuga, entrego cobardemente , 
las espaldas á Páez y á sus llaneros y llevó en conse- 
cuencia el i^ánico á Slorillo, quien al contemplar tan 
inesxjefado desastre ordenó aturdido la retirada hacia 
Achaguas, abandonando la artillería y salvando la in- 
fantería á merced de las sombras de la noclie, y por el 
ardid de haberla hecho marchar i^or entre los bosques. 

Las bajas de los realistas, entre muertos, heri- 
dos y dispersos pasaron de 600, y el efecto moral de 
que 150 lanceros republicanos hubieran derrotado á 
más de 6.000 soldados del rey, mandados por Morillo 
y Latorre, fue inmenso y elevó muy en alto el renom- 
bre militar de Páez, de manera que cuando el vencedor 
y sus denodados subalternos regresaron al campamen- 
to, casi de noche, después de haber realizado tan in- 
signe hazaña, fueron recibidos entre víctores y acla- 
maciones, y Bolívar, que no se había acostado todavía, 
dominado x)or la inquietud, al ver entrar á Páez en su 
rancho, sin más avería que tener la mano derecha de- 
sollada de tanto manejar la lanza, lo abrazó y felicitó 
calurosamente, acordando al siguiente día, por decre- 
to especial, á todos, la cruz de Libertadores y hon- 
rándolos con estos significativos conceptos : 

— " Soldados ! acabáis de ejecutar la proeza más 
extraordinaria que puede celebrar la historia militar 
de las naciones. Ciento cincuenta hombres, mejor di- 
ré, ciento cincuenta héroes, guiados por el imperté- 
rrito general Páez, de propósito deliberado han ata- 
cado de frente á todo el ejército español de Morillo. 

" Soldados ! lo que se ha hecho no es más que 
un preludio de lo que podéis hacer. Preparaos para 
el combate y contad con la victoria, que lleváis en las 
puntas de vu^estras lanzas y de vuestras bayonetas.'* 

XXVI 

La llegada del coronel Jacinto L^a con favora- 
bles noticias de la comisión encargada á Saiítander>, el 
oobI había puesto en mano los fusiles que llevó de 
Guayana y tenía en Casan are un pie de ejército como 



Los Años Terribles 213 



de 1.500 hombres; la retirada de Morillo hacia Cala- 
bozo, dejando en San Fernando 600 hombres para 
guarnecer dicha plaza y la buena disposición en que 
se hallaban los ánimos en la Nueva Granada, lo cual 
supo Bolívar por varios condúceos, le obligaron á 
precipitar el plan de operaciones concebido x^ara li- 
bertar á nuestros hermanos y vecinos, cumpliendo las 
promesas contenidas en su hermosa proclama á los gra- 
nadinos del mes de agosto del año 18, en la cual 
les dijo desde Angostura : El sol no completará el curso 
de sicj^eríoclo sm ver en todo vuestro territorio cdtares d 
la libertad ; y pagando al mismo tiempo, la sagrada 
deuda de gratitud contraída con la Nueva Granada 
j)or su noble y generosa conducta en el año de 1813. 

En tal virtud, en lugar de emprender marcha 
hacia Barinas, como se había pensado, se convocó una 
junta secreta para discutir el punto, compuesta de 
Anzoátegui, Pedro León Torres, Soublette, Kangel, 
Iribarren, Pedro Briceño Méndez, Ambrosio Plaza y 
Manrique y en ella quedó resuelto por unanimidad, 
la marcha sin pérdida de tiempo sobre la Nueva 
Granada. 

Bolívar mandó en el acto una carta á Páez lla- 
mándolo á Guasdualito para conferenciar sobre la 
urgente resolución, y al reunirse en dicho punto, éste 
le dijo muy alegre : 

— j Qué fortuna tan grande, mi general, que se 
haj'a cambiado el plan de la campaña ! Rangel y el 
teniente Juan José Flores i>usieron en mis manos la 
carta de Su Excelencia, por cuyos amables conceptos 
le doy las más expresivas gracias. Estoy á sus 
órdenes sin reservas, pero francamente confieso mi 
inutilidad para esa expedición, porque no tengo las 
aptitudes que se requieren ni soy conocido en la 
Nueva Granada, mientras que aquí en Apure me co- 
nocen hasta los caimanes. 

—Sí, sí, — respondió Bolívar riendo — tiene usted 
mucha razón ; y cuando le hablé en mi carta de la 
jjosibilidad de que pudiera ir usted á Nueva Grana- 
da mandando el ejército, fué por el deseo vehemente 



214 F. Tosta García 



que tengo de volver á Guayana y organizar, junto 
con Urdaneta, un poderoso ejército para ocupar á 
Caracas. 

—Es verdad, amigo y señor general, — indico el 
doctor Pedernales, que se hallaba presente;— sería 
muy conveniente la ocupación de Caracas; pero todo 
no puede hacerse de golpe, y á cada cosa le llega 
su oportunidad. Yos sois el llamado á libertar á la 
Nueva Granada por vuestros antecedentes en aquel 
país. Podéis partir tranquilo, que nosotros os cui- 
damos las espaldas y os respondemos de que Mo- 
rillo y Latorre no os inquietarán. El general Páez 
se basta y se sobra para entretenerlos ! 

— Así lo espero — contestó el Libertador mu}^ sa- 
tisfecho — á cuyo fin dejaré al general Páez con ple- 
nas facultades como Jefe del Ejército de Occidente 
y de Los Llanos. 

Organizada la gran expedición en debida forma, 
en cuya faena se ocupó Páez muy interesadamente 
buscando recursos de todo género y escogiendo y 
acomodando los cuerpos de caballerí^i que debían 
marchar, procedióse á pasar el río Arauca el día 4 
de Junio; y después de diez días de marcha sin 
incidentes notables llegó á Betoyes el día 14 en cuyo 
pueblo se unió Bolívar con el general Francisco de 
Paula Santander, que tenía allí su cuartel general. 

Después de cuatro días de necesario descanso 
se pasó revista á todo el ejército republicano, que 
alcanzó, á 1.800 infantes y á 600 jinetes, reorganiza- 
dos en esta forma : 1^ División, á las órdenes de 
Anzoátegui, y 2^ á las de Santander, constando am- 
bas de los batallones "Cazadores", "Nueva Grana- 
da", "Venezuela", "Eifles", "Barcelona" y "Bravos 
de Páez". ^ 

"Legión Británica", á las órdenes del coronel 
Eook. 

Escuadrón de lanceros del Alto Llano, á las 
órdenes de Kondón y Lucas Carvajal, y tres escuadro- 
nes más, á las inmediatas órdenes del general Car- 
los Soublette, Jefe de Estado Mayor, denominados 



Los Años Terribles 2iS 



" Guías de Apure ", " Guías de Casanare " y " Dra- 
gones ". 

í^l día 18, después de pasar por el vado el río 
Tame, continuó el Libertador su audaz marcha, y 
atravesando los Andes por el páramo de Pisba llegó 
á Chitabacá el 26 y á Paya el 27, de cuto puesto de- 
salojó á las primeras avanzadas del enemigo, ocu- 
pando el pueblo de Socha, que se encuentra del lado 
allá de la empinada cordillera, el día 5 de julio. 

Luis Beyes, incansable como siempre, acompa- 
ñaba á su jefe y amigo ; y en la organización liecha 
en Mantecal quedó como jefe del iDatallón Rifles á 
las órdenes de Anzoátegui, en la brillante división 
que este bravo general mandaba. 

Mucho celebró el heroico barcelonés que le hu- 
bieran dado como subalterno en el mando de sus 
tro])as al amigo y compañero con quien había com- 
partido trabajos, azares, penas y satisfacciones, desde 
los años de 1813 y 14, cuando se encontraron juntos 
en Araure, San Mateo y Carabobo, habiendo sido 
igualmente compañeros inseparables en las campañas 
de Cundinamarca y Santa Marta, en 1815, como tam- 
bién en la expedición de los Cayos y en las campañas 
de Guaj^ana y en la del Centro en el ingrato año 
de 1818 ; en una palabra, Anzoátegui y Reyes eran 
muy buenos camaradas y jamás haÍ3Ían tenido el más 
pequeño incidente desagradable en su larga amistad, 
muchas veces sometida á elocuentes pniebas, de una 
y de otra parte. La afección y la lealtad hacia 
Bolívar era para aquellos dos hombres de temple un 
fuerte lazo que los unía. 

— i Que marcha Luis ! — le decía el primer jefe de 
la división á su segundo, mientras los asistentes sacu- 
dían cobijas y limpiaban botas en una de las casas 
destinadas al acuartelamiento — te aseguro que estos 
siete días de cerros, montañas, subidas, bajadas y pri- 
vaciones de todo genero, equivalen á siete meses de 
campaña ordinaria. ¿Cuántas bajas tenemos en la 
división ? 



Si 6 



F. losta Garda 



— Como 120, entre cojos, enfermos, calambreados 
y entumecidos por el terrible frío. 

— Y nosotros somos de los más afortunados — ob- 
servó Anzoátegui, extendiéndose cuan largo era entre 
las mayas de su lujoso chinchorro de plumas de Eío- 
negro — si tú vieras cómo han llegado los infelices 
cuerpos de caballería. No valen un comino, y los po- 
bres llaneros, acostumbrados al sol y al calor, están 
casi desnudos, pálidos, chupados y enclenques por las 
brumas y los ventisqueros; en cuanto á los caballos, 
los pocos que han logrado llegar, no pueden* moverse 
ni para comer. 

— ¿ Y cómo nos las compondremos ahora para re- 
montarlos, pues segiln creo, ha llegado la noticia de 
que Barreiro, al frente de 5.000 soldados, no por estar 
en cuenta de nuestra llegada, sino para atacar á San- 
tander, se viene moviendo hacia estos lugares ? 

— De eso no te ocupes — respondió Anzoátegui, — 
tú conoces tan bien como yo á Bolívar. Ya verás 
como todo lo improvisa y remedia, aunque tenga que 
vencer las mayores dificultades. 

Efectivamente, Bolívar, de acuerdo con Santan- 
der, que era muy conocedor de aquellas comarcas, 
mandó comisiones por distintas vías á buscar caballos 
y demás recursos, para habilitar el extenuado ejercito ; 
y en honor de la verdad hay que decir, que todo se 
consiguió, debido al entusiasmo y cooperación de las 
poblaciones y campos inmediatos, cuyos habitantes 
acogieron á Bolívar como á su Libertador y pusieron 
á su disposición sus hatos y establecimientos, de la 
manera más espontánea y generosa. 

El día 11 llegó al campamento patriota un posta 
á caballo, á la carrera, anunciando que la vanguardia 
del ejercito r*ealista había llegado á Gámeza, en núme- 
ro de 1.000 hombres. 

Bolívar dispuso que las divisiones de Santander 
y Anzoátegui salieran á su encuentro, y después de 
ocho horas de reñido combate en dicho lugar, los es- 
pañoles se retiraron á los Molinos de Tópaga, pernoc- 
tando los patriotas en el disputado campo ele Gámeza. 



Los Años Terribles 217 

Como consecuencia de este primer triunfo pudo 
Bolívar pasar del valle de Sogamoso al de Serinza, 
que era más estratégico, lo que obligó á Barreiro á 
abandonarlos molinos de Tópaga y á fortificarse en 
los de Bonza para cubrir el camino que conduce á 
Santafé. 

Entonces Bolívar, para obligar á su contrario á 
abandonar las formidables posiciones que ocupaba, se 
movió por el camino de la hacienda del Salitre de 
Paipa y el 25 de julio, cuando pasaba con su ejercito 
el río de Sogamoso, llegaron los realistas al lugar lla- 
mado Pantano de Vargas, en donde se trabó una reñi- 
da acción que duró todo el día y parte de la noclie, 
distinguiéndose mucho en ella el general Soublette, 
Eook con sus ingleses, y Rondón y Carvajal con sus 
jinetes. Los enemigos tuvieron en aquel encuentro 500 
bajas, perdieron muchas armas y municiones y dos 
banderas pertenecientes á los Dragones de Granada. 

Después del combate de Pantano de Vargas, 
Bolívar se situó en los Corrales de Bonza y Barreiro 
en el pueblo de Paipa. 

Ambos se observaban, se medían y procuraban 
adivinarse los pensamientos para .ceñir á ellos el 
curso de sus movimientos. 

El uno quería pasar á todo trance para la capital' 
y el otro, apoyado en sus poderosos elementos, estaba 
resuelto á impedirlo. 

En amagos, reconocimientos, marchas y contra- 
marchas, pasaron algunos días, hasta que por un hábil 
y rápido movimiento logró Bolívar engañar á Barreiro 
y ocupó por sorpresa á Tunja el día 5 de agosto, cayen- 
do prisionera toda la guarnición y quedando en po- 
der de los patriotas 600 fusiles, los almacenes de 
vestuarios y algún parque. • 

Asombrado y furioso Barreiro, que por tan ines- 
perada operación quedó á espaldas de Bolívar, al saber 
la perdida de Tunja, voló en persecución de su peli- 
groso adversario, tratando de cubrir el paso para 
Santafe y de interponerse como primero, á fin de no 
dejarlo pasar hacia la capital. 



'^iS F. Tosta García^ 



Bolívar, situado en las alturas de Tunja con su 
Estado Mayor y con su ejército listo formado en las 
calles, observaba los movimientos del caudillo español 
y al ver que se dirigía á pasitrote con el ánimo de 
pasar el puente de Boyacá, resolvió impedirle el pasa 
y comprometerlo á librar una batalla formal y 
decisiva. 

En consecuencia, á las dos de la tarde del día 7 
de agosto, en las proximidades del célebre puente- 
se encontraron los dos ejércitos disputándose el paso. 

Bolívar lanzó á Anzoátegui con su división, apo- 
yada por las caballerías orientales, á desalojar á Ba- 
rreiro de las ventajosas posiciones que había ocupado,, 
al mismo tiempo que ordenó á Santander que atacara 
al coronel Jiménez, que defendía el ala izquierda de 
los realistas. 

Trabada la formidable contienda, que fué muy 
breve y sangrienta, las tropas realistas, á i^íesar de- 
su bravura, no pudieron resistir el empuje de las re- 
I^ublicanas, declarándose en completa derrota y sien- 
do los primeros en emprender la fuga los granaderos 
de á caballo, á quienes destrozó Rondón. 

Anzoátegui y Santander por sus respectivos flan- 
cos arrollaron y envolvieron las columnas españolas 
que quedaron prisioneras casi en su totalidad, pues 
apenas del poderoso ejército del rey se salvaron 50 
soldados .y algunos oficiales, que huyeron en la mitad 
de la pelea por un desfiladero. 

El coronel Jiménez, todos los jefes y oficiales- 
y 1.600 soldados quedaron prisioneros, habiéndose 
apoderado los patriotas de todo cuanto cargaba Ba- 
rreiro, armamento, artillería, inmenso parque y por 
último, cuando no se había concluido aún de recorrer 
el glorioso • campo, se presentó Luis Reyes, con el 
mismo Barreiro prisionero y dijo al Libertador : 

—Mi general, el soldado Pedro Martínez, de mi 
batallón, me ha entregado esta buena presa que viene- 
á completar la más grande victoria que hemos obte- 
nido desde que estamos combatiendo i)or la inde- 
I)endencía de nuestra Patria. 



Los Años Terribles 219' 



— Esto nada más nos faltaba para completar la gran 
lista — exclamó Bolívar lleno ele gozo ; y dirigiéndose 
á Soublette, que se hallaba á su lado, añadió : — Señor 
general, agregue usted á los ascensos que he dis- 
puesto para el orden del día al coronel Luis Reyes,, 
como general de brigada y al soldado Pedro Martí- 
nez, como teniente efectivo. 

Y dando instrucciones para que al terminar la. 
recorrida del glorioso campo continuara el ejercito 
vencedor hacia Santafe, seguro de que ya no tenía 
más enemigos que combatir, se adelantó con algunas 
fuerzas ligeras por el camino que conduce á la referida, 
capital. Cinco leguas antes de llegar á ella, cerca 
de las 11 de la mañana del día 10 de agosto, Luis 
Reyes, que cabalgaba en vanguardia al lado de 
Bolívar, al columbrar y conocer á lo lejos á un ginete 
que vfenía al galope, dijo : 

— Si mis ojos no mienten, aquel que viene allá^ 
es don Mauricio Mora Meló, á quien suponíamos 
preso ó muerto. Algo muy serio debe haber pasado 
en Santafe. 

— ¿ Será posible ? — preguntó el Libertador empu- 
ñando su anÍ;eojo — sí, tiene usted razón. Reyes ; es 
el mismo que viste y calza, cuya estampa no puede 
confundirse con la de ningún otro mortal. 

Y como real y efectivamente el emisario que se 
acercaba tan de prisa era el hombre de las Siete 
Emes, al ver á Bolívar soltó las riendas, abrió los 
brazos y como á una cuadra de distancia, gritó : 

— ¡Viva el Libertador de la America del Sur.'' 
\ Salve al hijo predilecto de la victoria ! 

i Siempre el mismo hombre de antaño, con diez. 
compases de adelanto en la escala de la adulación ! 

No podía ser otro sino el. 

—Hola ! — exclamó Bolívar, muy sonreído. — ¿ De 
dónde sale usted, don Mauricio, y que ocurre que vie- 
ne tan á la carrera ? 

— Grandes novedades, excelentísimo señor general 
— respondió el jinete echando pie á tierra y quitán- 
dose el sombrero, sin reparar que el sol ardiente^ 



■^20 F. Tosía Carda 



le calentaba el enjuto cráneo, apenas cubierto por 
delgado peluquín. — En conocimiento de la asombrosa 
victoria obtenida en Boy acá, he querido adelantarme 
á vuestro encuentro para informaros que la capital 
está sola desde anoche y que todos sus habitantes 
os aguardan con los brazos abiertos. Allá nos tenían 
engañados haciéndonos tragar que los combates de 
Gámeza y Pantano de Vargas habían sido favorables 
á los realistas ; pero el día 8 en la noche se descubrió 
el pastel con la llegada del oficial Manuel Martínez 
Ai3arício, que trajo al virrey Sámano la noticia de la 
inmensa derrota de Boyacá, lo que dio por resultado 
que el tal avechucho, lleno de pánico, levantara el 
vuelo en el acto con su guardia y todas las autori- 
dades, dirigiéndose á Honda y dejando encargado 
del pandero al coronel Calzada, quien anoche pegó 
también las petacas tomando la vía de Popayán, des- 
pués de haber clavado la artillería é incendiado los 
almacenes de ¡DÓlvora. ¡ La capital está sola, mi ge- 
neral ; vuele Su Excelencia á ocuparla ! 

No se hizo repetir Bolívar tan agradable infor- 
mación y acotQpañado de su Estado Mayox% de Frei- 
tes, de Briceño y de una guardia de caballería entró en 
la capital del extinguido reino de Granada á las 5 de 
la tarde,, en medio de la mayor sorpresa, de general 
alegría y de entusiastas aclamaciones y prolongados 
Víctores. 

Cuando todos los acomj)añantes dejaron al Liber- 
tador en su alojamiento, don Mauricio Mora, que esta- 
ba afónico de tanto gritar, llamó aparte á Luis Reyes 
y le dijo : 

— LTsted se hospedará en casa, porque tenemos que 
tratar un asunto muy serio .... 



• XXVII 

^ Luis Beyes convino muy gustoso en la proposición 
de don Mauricio, pues para el que llega á cualquiera 
ciudad donde no tiene su familia, ora sea en viaje 



Los Años Terribles 22t 



6 en campaña, es punto de vital importancia la cues- 
tión alojamiento. 

Salieron á la calle, que estaba obscura como boca 
de lobo, porque no habían encendido los pocos faroles 
(jue en ella había, gratificaron con centavos á los dos 
muchachos que sujetaban las bestias, y luego que 
montaron en ellas para dirigirse á la casa, el segundo 
dijo al primero : 

— Bueno es que usted sepa, compañero, antes 
que todo, que yo estoy establecido nuevamente con mi 
antigua soda, la señorita Encarnación Morales. . . . 

— / Vade retro ! — exclamó Luis Reyes á punto de 
caerse del caballo por el efecto de tan inesperado^ 
cañonazo — eso que usted me dice es tan sorprendente 
y asombroso como la acción de Boyacá, y no me 
explico cómo después de lo ocurrido en Cartagena 
y de su imponderable odio hacia esa mujer, ha podida 
acontecer semejante fenómeno. 

— ¿ Que quiere usted, don Luisillo de mi alma ?— 
respondió Mora muy compungido y con tendencias 
á hacer un puchero. — Los hombres somos muy dé- 
biles y las hijas de Eva muy astutas. Después que 
nos separamos en Santamarta á fines del año 15, 
cuando se embarcaron ustedes para Jamaica y per- 
dimos á Cartagena, quede en la mayor consterna- 
ción, lleno de temores y sin encontrar que rumbo 
coger. En este estado de ánimo, recibí una esquelilla 
perfumada en donde se me citaba con urgencia para 
tratar un asunto de vital importancia para mí. 

— ¿Y usted, por supuesto, se puso de veinti- 
cinco alfileres y concurrió? 

— Exactamente, mi amigo Reyes ; bien se mira 
que usted me conoce al dedillo y sabe que la afición 
á las faldas ha sido siempre mi lado flaco. Fui á 
la casa indicada en la esquela, á la hora precisa y 
me encontró con Encamación, elegantemente vestida 
y más hermosa que nunca ; la cual, anegada en lá- 
grimas, me pidió perdón y arrepentida de su falta,. 
me confesó qne el infame Labatut se había condu- 



222 F. Tosta García 



cido con ella como un trastajo, habiéndole dadq hasta 
linos foetazos antes de embarcarse. 

— Y cajoneramente — interrumpió Reyes con acen- 
to burlón — hubo quejas, suspiros, promesas, juramen- 
tos, y se firmaron las paces entre conocidas y ar- 
dientes caricias? 

— Ni más ni menos, amigo mío, — dijo Mora muy 
complacido de que se le evitara el trabajo de la 
dura y vergonzosa confesión. — Caí de nuevo en las 
dulces garras de la quiteñita, de esa hembra predes- 
tinada, que tiene para mí todos los atractivos de la 
tierna Agar y todas las lubricidades de la enloque- 
cedora Lesbia. Caí en sus agudos ganchos; y re- 
solvimos, con los i^ocos ahorros que traje de Cara- 
cas, venirnos á Bogotá, donde montamos una lu- 
j'osa' y limitada casa de pensionistas, destinada á 
empleados de categoría y á altos comerciantes. El 
negocio marchaba muy bien en los primeros meses, y 
cuando Latorre ocupó esta ciudad, á fines del año 
16, los patriotas no fuimos inquietados, pon pie este 
.jefe, con mucha generosidad, expidió un indulto; pero 
al llegar el atroz Morillo, su primer acto fué anu- 
lar el indulto dado por Latorre y ordenar que en la 
aciaga noche del 22 de Marzo fuesen allanadas las 
casas de los más conocidos jjatriotas para ser redu- 
cidos á Irrisión y aherrojados con pesados grillos. 
En ese número de víctimas caí yo. Ay! (juerido 
compañero Reyes ; ¡ cuántas angustias y crujidas pasé 
en esa época calamitosa en que se estableció el 
consejo permanente de guerra y el consejo de pnrí/i- 
caclón, y que se hacían ejecuciones casi diarias que 
presenciaba Morillo y muchas de las principales fa- 
milias de esta ciudad, en la Huerta de Jaime, en 
San Victorino y en la Alameda Nueva! 

i Cuántos sustos en esos seis espeluznantes me- 
ses, durante los cuales subieron al cadalso 125 
republicanos de los más eminentes de la Nueva 
Granada, comjo el Brigadier Antonio Villa vicencio, 
Camilo Torres, Manuel Rodríguez Torices, Miguel 
Pombo, los hermanos Cabal, José María Gutiérrez, 



J.OS Años Terribles 223 



el sabio Francisco José Caldas y otras eminencias 
más á quienes vi quitar los grillos y despedirse de 
mí en la cárcel i)ara ser conducidos al patíbulo. 

Entonces fué que pude apreciar cuánto vale Encar- 
nación. Esa mujer incomparable, viva, industriosa 
y hábil, no cerró la casa y tuvo la fortuna de 
atraer á ella á casi todos los nuevos empleados de 
Morillo, muy especialmente á don José Zalamea, di- 
rector de la casa de moneda, con quien logró conse- 
guir mi libertad y darme la sorpresa de que un día 
gritara mi nombre el alcaide en el rastrillo ; y cuando 
salí, trémulo y cadavérico, creyendo que era para 
fusilarme, resultó por venturoso y providencial cam- 
bio, que era para darme puerta franca y echarme 
rcon mis corotos para la calle. 

— ¡ Brava mujer ! — exclamó Luis entre chanzas y 
veras — veo que tiene usted razón para haberse vuel- 
to á unir con ella. 

— Y eso que usted ignora lo mejor — continuó 
don Mauricio muy satisfecho; — en estos últimos dos 
años de horrible tiranía hemos estado, merced á la 
inmunidad que nos han brindado nuestros poderosos* 
clientes, metiendo la mano hasta el codo en los pla- 
nes revolucionarios ; y poniendo una vela á Dios y 
otra al demonio, logramos despachar ocultamente cen- 
tenares de patriotas que fueron á incorporarle con 
los revolucionarios de Casanare. Policarpa Salaba- 
rrieta estimaba mucho á Encarnación, y cuando la 
primera despachó á su amante Sabarain i)ara el cam- 
pamento republicano, el cual desgraciadamente fué 
sorprendido y capturado, nos escapamos milagrosa- 
mente, porque en los papeles que comprometieron á 
La Pola é hicieron que el bárbaro Sámano la fusi- 
lara junto con Sabarain, en la plaza mayor, había 
•ciertas alusiones que nos hubieran perdido sin la in- 
tervención de Zalamea en nuestro favor. 

Mucho lloramos, junto con todos los patriotas 
igranadinos, la trágica muerte de Policarpa Salaba- 
rrieta, que era muy hermosa y apenas contaba vein- 
tidós años de edad. Encarnación le guardó riguroso 



224 F. Tosta Carda 



luto j de nuestro bolsillo salió, aunque subrepticia- 
mente, el costo de la lápida de mármol que cubrirá 
su sepultura cojí el significativo j anagramático epi- 
tafio de : Yace por salvar la Patria !, escrito por 
Fernández Madriz. 

En este punto de la conversación, llegaron cerca 
de la i)lazuela de San Francisco, lugar en donde se 
hallaba la casa de don Mauricio. 

Un criado decentemente vestido salió á recibirlos, 
llevó las bestias á la caballeriza, y amo y huésped, 
subieron al salón alto muy bien ornamentado e ilumi- 
nado, donde estaba aguardándolos la señorita Encar- 
nación Morales, ataviada con el mayor esmero y ele- 
gancia. 

— i Albricias, albricias ! — gritó alegremente al ver 
á los recienllegados. — Ya sabía yo que el amigo 
Luis Reyes tenía que ser uno de los más esforzados 
vencedores en Boyacá, y por eso encargue especial- 
mente á Mora que me lo trajese, i)ara honrarnos con 
su hospedaje. 

— Gracias, mi buena amiga, por el recuerdo y x^or 
la atención — respondió Luis dándole la mano con 
afecto; — no contaba, en verdad, con esta fortuna ; pero 
ya don Mauricio me ha referido todo y estoy en 
cuenta de que ustedes han vuelto á reunirse. 

— Sí, sí, — dijo la quiteña con aire compungido, 
— y ahora será hasta la muerte, porque mi arrepen- 
timiento es sincero y mi afecto por Mora es muy firme 
y muy leal .... 

Luis se quedó contemplando un instante aquellos 
dos seres que tenía de frente : el uno, favorecido 
por el cuido y el acartonamiento, que es una coraza 
contra la vejez, había variado muy poco en los años 
transcurridos ; la otra, que ya pisaba la platafonna de 
las cuarenta navidades, sin perder su blancura ni su 
belleza, se había puesto muy gorda, casi ajamonada 
j en sus sienes notábanse ciertas disimuladas arru- 
guillas que hacían juego con las hebras de plata que, 
indiscretamente, se asomaban por sus abundosos ca- 
bellos. Ambos tenían, con seguridad, algún gran 



Los Años Terribles i 225 



secreto que comunicarle, i^orque se les conocía en los 
ojos, en el gesto, en los modales ; por lo cual Eeye^, 
diciendo para sí : / Qué ¡yar de argollas !, al cabo de 
las rutinarias frases de cortesía entre personas co- 
nocidas que ha tiempo no se ven, exclamó : 

— Comprendo que ustedes tienen un asunto serio 
de que hablarme y desearía que lo hicieran, porque es 
tarde y tengo mucho sueño atrasado. 

— i Es adivino ! Mauricio — dijo Encarnación, mos- 
trando sus blancos dientes al dibujar en sus rojos 
labios una picaresca sonrisa. 

— No tanto — observó Mora guiñando un ojo — 
porque yo le anuncie que teníamos que tratar un 
importante asunto. 

— Pues entonces ¿ que esperas ? — insinuó la socia 
con una vocecilla dulce, vibrante, meliflua y expresiva, 
— el amigo Eeyes debe estar muy estropeado y hasta 
tener hambre. Dile pronto lo que hay, y luego 
pasaremos al comedor, para que cene algo antes de 
acostarse. 

— Convenido — dijo resueltamente el hombre de 
las Siete Emes encarándose con Luis — se trata de que 
el director de la casa de moneda, don Pepe Zalamea, 
no pudo irse con Sámano por hallarse enfermo y de 
que nosotros lo tenemos aquí escondido, y, como es 
natural, queremos salvarlo. 

— Pues lo salvaremos — contestó Reyes sin vacilar. 

— Ahora falta lo gordo — indicó Encarnación muy 
animada.— Zalamea es el único que sabe en dónde se 
halla oculta una gran suma de dinero que es del 
erario y que el, por instancias mías y por sus condicio- 
nes de honradez, ha convenido en entregarla al gene- 
ral Bolívar. 

— i Magnífico ! — exclamó Luis agradablemente sorr 
prendido— entonces no hay más que hablar de este 
asunto, pues nosotros, en lugar de pedir ^ vamos 
á dar. ... 

Al amanecer iremos don Mauricio y yo donde 
el Libertador, quien se pondrá contentísimo con la 



^26 F. Tosía Garda 



noticia porque no tiene ni un centavo para racionar 
el ejército. 

— Ahora, como es natural — indicó Mora sonriendo 
— la que lia levantado el venado aspira á que le den. 
si no UQ pernil entero, por lo menos una pezuñita. 

— ¿Y á cuánto montará la suma? — preguntó Luis. 

— A cerca de un millón de pesos — contestó 
Encarnación. 

— ¡ Caracoles ! pues no es ninguna friolera. No 
hay más que hablar, todo se arreglará á satisfacción ; 
y en cuanto á detalles y estipulaciones, don Mauricio, 
que sabe mucho de esas cosas, se entenderá con el 
general á las mil maravillas. 

Terminó el palique, cenó nuestro héroe, durmió 
como un bienaventurado y al romper el alba se diri- 
gió, acompañado de Mora, á la presencia de Bolívar, á 
quien encontraron muy ocupado en formar una 
Comisión de Secuestros para arbitrar recursos. Al ver 
á don Mauricio saltó de contento y dijo : 

— Me llega usted " como pedrada en ojo de boti- 
cario", señor Mora; proceda en el acto, como presidente 
de la Comisión, á organizaría y á buscarme las ra- 
ciones para el día de hoy. 

— Gracias, Excelencia, por el alto honor que acep- 
to desde luego — respondió Mora, haciendo una cor- 
tesía tan acentuada que por poco pega la frente al 
suelo. — Mil gracias por sus inagotables bondades, y 
no se preocupe Vuesencia, porque esas raciones y 
muchas otras más le traig.o yo. 

— ¿Cómo es eso? — preguntó el Libertador muy 
sorprendido — expliqúese pronto. 

Luego que Luis Keyes y don Mauricio lo ente- 
raron de lo que ocurría, con el aditamento ó coletilla 
de que la persona que se obligaba á presentar á 
Zalamea aspiraba á un diez por ciento de comisión 
sobre la cantidad que este entregara, el Libertador, 
bañado en agua de rosas, contestó : 

—Aceptado, aceptado ; que venga Zalamea en el 
acto para recibir el dinero, rebajando el justo des- 



Los Años Terribles •^^7 



cuento en que convengo. ¿A cuánto montará ese 
hallazgo, poco más ó menos ? 

— Á ochocientos mil pesos — respondió Mora — 
en muy buenas onzas de oro. 

— Bravo, señor presidente de la Comisión de Se- 
cuestros — exclamó Bolívar — usted es mucha persona, y ' 
es el hombre que necesito. Por esta acción lo decla- 
ro, no solamente veuQedor en Niquitao, sino también 
en Boyacá, puesto que ha venido á complementar el 
éxito del ruidoso triunfo, tranquilizándome en el gran 
apuro financiero que me preocupaba. 

El afortunado Meló, cuya satisfacción le había 
quitado por lo menos diez años de encima, salió acom- 
l)añado de Luis en busca del empleado de la casa de 
moneda, y ya en la calle, le dijo : 

— Golpe redondo, don Luisillo, acabamos de dar ; 
ochenta mil pesos quedan libres de polvo y paja en 
la jugada.^ Daremos á Encarnación cuarenta mil, y 
como nosotros no somos los de menos, nos repartire- 
mos el resto á veinte por cal^a. Esto me parece 
muy racional y equitativo, pc^ue si es cierto que 
ella levantó el venado, nosotros le hemos metido los 
guáimaros en el codillo ! 

— Hago constar, señor Mora, que yo lo he ayudado 
muy desinteresadamente — respondió Luis algo dudo- 
so, aunque calculando al mismo tiempo que aquella 
lícita anchefa le caía como llovida del cielo encon- 
trándose tan lejos de su patria y sin un maravedí en 
el bolsillo. — Mas, desde que usted se empeña en hacer- 
me partícipe de las ganancias, tengo que inclinarme, 
aceptar y agradecer mucho su oportuno obsequio. 

— El deber no merece elogios ni gratitudes — dijo 
don Mauricio — y cuando llueve, debe llover para todos, 
y mucho más para el que con su influencia ha hecho 
que se abran los poros de la propicia y abundante 
nube. Eestame ahora hacerle una consulta íntima, 
bemoluda y de mucho interés y peso para mí, supli- 
cándole me hable con toda franqueza. 

— ¿ En qué puedo servirle ? — preguntó Keyes con 
gran curiosidad — estoy por completo á su disposición. 



228 F. Tosta Carsia 



— El asuntillo, como dije á usted — tartamudeó don 
Mauricio muy emocionado — es algo morrocotudo ; 
pero debo resolverlo de hoy á mañana. Encarnación 
quiere que yo la ha^a mi legítima esposa. En años 
atrás, tal proposición hubiera sido un absurdo ; pero 
ahora que se ha conducido tan bien conmigo, que vive 
tan correctamente y que por añadidura es hasta rica, 
bien merece la pena que yo lo 'piense y lo consulte con 
un amigo leal y sincero. ¿ Que opina usted sobre eso 
señor general Reyes? 

Luis estuvo á punto de responderle una atroci- 
dad, como por ejemplo : " opino que es usted un 
gran sinvergüenza y cínico " ; pero se contuvo, tragó 
saliva, y pensando (]ue á el no le tocaba ser censor de 
la vida ajena, porque cada cual puede formar de su 
capa un sayo, haciendo de tripas corazón, contestó : 

— Creo, imparcialmente, que cuando Jesucristo 
perdonó á la Magdalena, por el arrepentimiento de sus 
pecados, y más tarde fue hasta canonizada, nada de par- 
ticular tiene que ust^ de la mano y lleve ante el altar 
á su digna socia, desde luego que, como usted lo ase- 
gura, su conducta es ahora irreprochable. No será 
este acto de reparación social, ni el primero ni el líl- 
timo que se haya visto en el mundo 

Poco . faltó para que el hombre de las Siete 
Emes ahogara de un efusivo abrazo á Luis Reyes, 
diciendole : 

— Además de ser usted un insigne valiente es 
un gran filósofo, conocedor del corazón humano con 
todas sus ijequeñeces y tristes realidades. 

Y todo se realizó sin tropiezos en- la forma enun- 
ciada. 

El íntegro subalterno .de Sámano, el ejemplar 
empleado, entregó los ochocientos mil pesos en oro 
muy sonante, don Mauricio recibió el montante del 
diez por ciento de comisión, que fue repartido á 
prorrata entre los interesados. 

A los pocos días, es decir, después que se hubo 
embarcado Zalamea, pues por razones muy íntimas, 
muy hondas, muy privadas y copetudas, no era 



Los Años Terribles 829 



conveniente hacerlo antes, la señorita Encarnación 
Morales ascendió á la categoría de señora de Mora 
Meló, j i)ndo así, por virtud de tan inesperada meta- 
morfosis, codearse con las princii:>ales familias bogo- 
tanas, de bracero con su editor responsable, el señor 
presidente de la Comisión de Secuestros, en el esplen- 
dido acto triunfal con que se despidió al Libertador 
en Bogotá á mediados de setiembre ; y le fue satisfac- 
torio en aquella patriótica y celebre ovación, lucir las 
ricas joyas regaladas por su esposo, muchas de las 
cuales pertenecieron á las imágenes de Caracas, y con 
exagerados aspavientos que hicieron sonreír malicio- 
samente á más de cuatro de los concurrentes, llegó, 
arrebatada por él entusiasmo, hasta á hacer pedazos 
su lujoso abanico aplaudiendo frenéticamente al ven- 
cedor en Boyacá, cuando al recibir este de las lindas 
manos de la comisión de señoritas la corona de lau- 
reles, la colocó sobre las sienes de Soublette y de 
Anzoátegui que á su lado estaban, diciendo : Filos son 
los que la merecen, junto con sus vdlientes soldados! 



Enero de 1906. 



FIN DK LOS ANOS TERRIBLES. 



o B li A. S 

— DE — 

F. TOSTA GARCÍA 

QUE SE ENCUENTRAN Á LA VENTA EN LA 
TIPOraiAFÍA DE « LA SEMANA » 



/EL 19 DE ABRIL . . . [ 


). 3, 


LA PATRIA BOBA . . . 


' 3, 


LOS ORIENTALES. . . 


' 3, 


ILA GUERRA Á MUERTE . 


' 3, 


^„,«o^.o« ,.^n.„„ LOS ANOS TERRIBLES . 


' 3, 


EPISODIOS MEZOLAIS „,,„„,,,,„ „,„„. 




1 que se titulará : 




/CARABOBO 


' 3. 


í En preparación : 




IJACOBILLA (novela .le Via- 




\ jes y eostunibres exóticas) 


' 3, 


COSTUMBRES CARAQUEÑAS, 1° y 2° tomo . . . 


' 3, 


LEYENDAS DE LA CONQUISTA 


' 2,50 


DON SEGUNDINO EN PARÍS 


" 2, 


POLÍTICA DE BUEN HUMOR 


' 2, 


LEYENDAS PATRIÓTICAS. ........ 


' 2, 







Microfilmed 

SOÜNET/ASERL PROJECT 

1990-92